La realidad de la oración ·Jesucristo, el divino Maestro de la oración (continuación)

Capítulo 6 · 16 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Jesucristo, el divino Maestro de la oración (continuación)

Lucas nos dice que, estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar.” Este discípulo había oído predicar a Jesús, pero no sintió el impulso de decir: “Señor, enséñanos a predicar.” Podía aprender a predicar estudiando los métodos del Maestro. Pero había algo en la oración de Jesús que hacía sentir al discípulo que no sabía orar; que nunca había orado, y que no podía aprender ni siquiera escuchando al Maestro mientras oraba. Hay algo profundo en la oración que nunca yace en la superficie. Para aprenderlo, uno ha de descender a las profundidades del alma, y subir a las alturas de Dios.

—A. C. Dixon, D.D.

No se olvide que la oración fue una de las grandes verdades que Él vino al mundo a enseñar e ilustrar. Bien valía un viaje del cielo a la tierra enseñar a los hombres esta gran lección de la oración. Gran lección era, una lección muy difícil de aprender para los hombres. Los hombres son por naturaleza reacios a aprender esta lección de la oración. La lección es muy humilde. Nadie sino Dios puede enseñarla. Es una despreciada mendicidad, una vocación sublime y celestial. Los discípulos eran alumnos muy torpes, pero fueron avivados a la oración al oírle orar y hablar de la oración.

La dispensación de la personalidad de Cristo, aunque no era ni podía ser la dispensación en su sentido más pleno y más alto de necesidad y dependencia, con todo, Cristo sí procuró grabar en sus discípulos no solo una honda necesidad de la necesidad de la oración en general, sino la importancia de la oración para ellos en sus necesidades personales y espirituales. Y les llegaron momentos en que sintieron la necesidad de una instrucción más honda y más completa en la oración, y de su grave descuido en este respecto. Una de estas horas de honda convicción de su parte y de anhelante indagación fue cuando Él estaba orando en cierto lugar y tiempo, y lo vieron, y le dijeron: “Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos.”

Al oírle orar, sintieron muy vivamente su ignorancia y su deficiencia en el orar. ¿Quién no ha sentido la misma deficiencia e ignorancia? ¿Quién no ha anhelado un maestro en el arte divino de orar?

La convicción que estos doce hombres tenían de su defecto en la oración nació de oír orar a su Señor y Maestro, pero también de un sentido de grave deficiencia aun al compararse con la instrucción que Juan el Bautista daba a sus discípulos en la oración. Al oír orar a su Señor (pues sin duda debieron verlo y oírlo mientras oraba, Él, que oraba con maravillosa sencillez y poder, tan humano y tan divino), tal oración tenía para ellos un encanto estimulante. En la presencia y al oír su oración, sintieron muy vivamente su ignorancia y su deficiencia en la oración. ¿Quién no ha sentido la misma ignorancia y deficiencia?

No lamentamos la instrucción que nuestro Señor dio a estos doce hombres, porque al instruirlos a ellos nos instruye a nosotros. La lección es una ya aprendida en la ley de Cristo. Pero tan torpes eran, que se requirió mucha paciente repetición e insistencia para instruirlos en este divino arte de la oración. Y asimismo tan torpes e ineptos somos nosotros, que se nos ha de dar mucha fatigosa y paciente repetición antes de que aprendamos alguna lección importante en la escuela, de suma importancia, de la oración.

Este divino Maestro de la oración se esmera en dejar claro y firme que Dios responde a la oración, sin falta, con certeza, inevitablemente; que es deber del hijo pedir e insistir, y que el Padre está obligado a responder y a dar cuando se le pide. En la enseñanza de Cristo, la oración no es una ejecución estéril y vana, ni un mero rito, una fórmula, sino una petición que aguarda respuesta, un ruego para obtener, la búsqueda de un gran bien de parte de Dios. Es una lección de obtener aquello que pedimos, de hallar aquello que buscamos, y de entrar por la puerta a la que llamamos.

Una ocasión notable tenemos cuando Jesús baja del Monte de la Transfiguración. Halla a sus discípulos derrotados, humillados y confundidos en presencia de sus enemigos. Un padre ha traído a su hijo poseído de un demonio para que se le eche fuera el demonio. Ellos intentaron hacerlo, pero fracasaron. Habían sido comisionados por Jesús y enviados a hacer esa misma obra, pero habían fracasado ostensiblemente. “Y cuando entró en casa, sus discípulos le preguntaron aparte: ¿Por qué nosotros no pudimos echarle fuera? Y les dijo: Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno.” Su fe no había sido cultivada por la oración. Fracasaron en la oración antes de fracasar en la capacidad de hacer su obra. Fracasaron en la fe porque habían fracasado en la oración. Aquella sola cosa que era necesaria para hacer la obra de Dios era la oración. La obra que Dios nos envía a hacer no puede hacerse sin oración.

En la enseñanza de Cristo sobre la oración tenemos otra declaración pertinente. Fue con ocasión de la maldición de la higuera estéril:

“Respondiendo Jesús, les dijo: De cierto os digo, que si tuviereis fe, y no dudareis, no solo haréis esto que es hecho a la higuera, sino que si a este monte dijereis: Quítate y échate en el mar, será hecho.

“Y todo cuanto pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis.”

En este pasaje tenemos la fe y la oración, con sus posibilidades y poderes unidos. Una higuera había sido secada hasta las raíces por la palabra del Señor Jesús. El poder y la prontitud del resultado sorprendieron a los discípulos. Jesús les dice que no debe ser para ellos motivo de sorpresa, ni obra tan difícil de realizar. “Si tuviereis fe”, sus posibilidades de obrar no se limitarán a la pequeña higuera, sino que los montes gigantescos, de peñascos y fundados en roca, pueden ser arrancados y arrojados al mar. La oración es la palanca de este gran poder de la fe.

Bien es referirnos de nuevo a la ocasión en que el corazón de nuestro Señor se conmovió tan profundamente de compasión al contemplar a las multitudes, porque estaban desfallecidas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces fue cuando instó a sus discípulos el mandato: “Rogad al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies”, enseñándoles claramente que corresponde a Dios llamar al ministerio a los hombres que Él quiere, y que en respuesta a la oración el Espíritu Santo hace esta misma obra.

La oración es tan necesaria ahora como lo era entonces para asegurar los obreros que se necesitan para segar las mieses terrenales destinadas a los graneros celestiales. ¿Ha aprendido alguna vez la Iglesia de Dios esta lección de importancia tan vital y exigente? Solo Dios puede escoger a los obreros y enviarlos, y este escoger no lo delega en el hombre, ni en la iglesia, ni en convocatoria o sínodo, ni en asociación o conferencia. Y a Dios se le mueve a esta gran obra de llamar hombres al ministerio por la oración. Los campos terrenales se pudren. Quedan sin labrar porque la oración calla. Los obreros son pocos. Los campos quedan sin trabajar porque la oración no ha trabajado con Dios.

Tenemos la promesa de la oración y la capacidad para la oración expuestas de forma señalada en las enseñanzas más elevadas de nuestro Señor sobre la oración: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que quisiereis, y os será hecho.”

Aquí tenemos una actitud fija de vida como condición de la oración. No simplemente una actitud fija de vida hacia ciertos grandes principios o propósitos, sino la actitud fija y la unidad de vida con Jesucristo. Vivir en Él, morar allí, ser uno con Él, extraer de Él toda la vida, dejar que toda la vida de Él fluya a través de nosotros: esta es la actitud de la oración y la capacidad de orar. Ningún permanecer en Él puede separarse de que su Palabra permanezca en nosotros. Ha de vivir en nosotros para dar origen y alimento a la oración. La actitud de la Persona de Cristo es la condición de la oración.

A los santos del Antiguo Testamento se les había enseñado que “Dios había engrandecido su palabra por encima de todo su nombre.” Los santos del Nuevo Testamento han de aprender plenamente cómo exaltar, con perfecta obediencia, aquella Palabra que sale de los labios de Aquel que es la Palabra. Los que oran bajo Cristo han de aprender lo que ya habían aprendido los que oraban bajo Moisés: que “no solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” La vida de Cristo fluyendo a través de nosotros y las palabras de Cristo viviendo en nosotros: estas dan potencia a la oración. Respiran el espíritu de la oración, y forman el cuerpo, la sangre y los huesos de la oración. Entonces es Cristo el que ora en mí y por medio de mí, y todo lo que “yo quiero” es la voluntad de Dios. Mi voluntad viene a ser la ley y la respuesta, porque está escrito: “Pedid todo lo que quisiereis, y os será hecho.”

El llevar fruto lo pone nuestro Señor al frente en nuestra oración:

“No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé.”

La esterilidad no puede orar. Solo la capacidad y la realidad de llevar fruto pueden orar. No es la fecundidad pasada, sino la presente: “Que vuestro fruto permanezca.” El fruto, producto de la vida, es la condición de orar. Una vida bastante vigorosa como para llevar fruto, mucho fruto, es la condición y la fuente de la oración. “Y en aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.” “En aquel día no me preguntaréis nada.” No es resolver enigmas, ni revelar misterios, ni curiosas indagaciones. Esta no es nuestra actitud, ni nuestro cometido bajo la Dispensación del Espíritu, sino orar, y orar en grande. Mucha oración verdadera aumenta el gozo del hombre y la gloria de Dios.

“Todo lo que pidiereis en mi nombre, yo lo daré”, dice Cristo, y el Padre lo dará. Tanto el Padre como el Hijo están comprometidos a dar las cosas mismas que pedimos. Pero la condición es “en su nombre.” Esto no significa que su nombre sea talismánico, que dé valor por arte de magia. No significa que su nombre, engastado en hermosas perlas, dará valor a la oración. No es que su nombre, perfumado de sentimiento e intercalado y usado para cerrar nuestras oraciones y obras, hará el efecto. ¡Cuán temible es la declaración: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchas obras maravillosas? Y entonces les protestaré: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad.” ¡Cuán fulminante es la condena de estos grandes obreros y hacedores que pretenden obrar en su nombre!

Significa mucho más que sentimiento, verbosidad y nomenclatura. Significa ocupar su lugar, llevar su naturaleza, representar todo aquello que Él representó: la justicia, la verdad, la santidad y el celo. Significa ser uno con Dios como Él lo era, uno en espíritu, en voluntad y en propósito. Significa que nuestra oración es única y exclusivamente para la gloria de Dios por medio de su Hijo. Significa que permanecemos en Él, que Cristo ora por medio de nosotros, vive en nosotros y resplandece desde nosotros; que oramos por el Espíritu Santo conforme a la voluntad de Dios.

Aun en medio de la oscuridad de Getsemaní, con el sopor que había caído sobre los discípulos, tenemos la aguda advertencia de Cristo a sus soñolientos discípulos: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.” ¡Cuán necesario es oír tal advertencia, para despertar todas nuestras facultades, no solo para las grandes crisis de nuestra vida, sino como compañeras inseparables y constantes de una carrera marcada por peligros y riesgos por todas partes!

A medida que Cristo se acerca al final de su misión terrenal, más cerca de la mayor y más poderosa dispensación del Espíritu, su enseñanza acerca de la oración adquiere una forma más absorbente y más elevada. Se ha convertido ahora en una escuela de graduación. Su relación con la oración se vuelve más íntima y más absoluta. Viene a ser en la oración lo que es en todo lo demás que atañe a nuestra salvación: el principio y el fin, el primero y el último. Su nombre se vuelve todopoderoso. Grandes obras han de hacerse por la fe que sabe orar en su nombre. Como su naturaleza, su nombre cubre todas las necesidades, abarca todos los mundos y obtiene todo bien.

“¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo de mí mismo; mas el Padre que mora en mí, él hace las obras.

“Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; y si no, creedme por las mismas obras.

“De cierto, de cierto os digo, que el que en mí cree, las obras que yo hago él también las hará; y mayores que estas hará, porque yo voy al Padre.

“Y todo lo que pidiereis en mi nombre, esto haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

“Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.”

El Padre, el Hijo y el que ora están todos ligados entre sí. Todas las cosas están en Cristo, y todas las cosas están en la oración en su nombre. “Si algo pidiereis en mi nombre.” La llave que abre el vasto almacén de Dios es la oración. El poder para hacer obras mayores que las que hizo Cristo reside en la fe que sabe asir su nombre de veras y en la oración verdadera.

En los últimos días de su vida, nótese cómo insta a la oración como preventivo de los muchos males a que estaban expuestos. En vista de los temporales y espantosos terrores de la destrucción de Jerusalén, les encarga en este sentido: “Orad que vuestra huida no sea en invierno.”

¡Cuántos males de esta vida pueden evitarse por la oración! ¡Cuántas espantosas calamidades temporales pueden mitigarse, si no aliviarse del todo, por la oración! Nótese cómo, en medio de los excesos y de las influencias embriagadoras a que estamos expuestos en este mundo, Cristo nos encarga orar:

“Y mirad por vosotros, que vuestros corazones no sean cargados de glotonería y embriaguez, y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día.

“Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.

“Velad, pues, orando en todo tiempo, que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que han de venir, y de estar en pie delante del Hijo del hombre.”

En vista de la incertidumbre de la venida de Cristo a juicio, y de la incertidumbre de nuestra salida de este mundo, dice: “Pero de aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre. Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo.”

Tenemos las palabras de Jesús tal como fueron dadas en su última conversación con sus doce discípulos, halladas en el Evangelio de Juan, capítulos catorce a diecisiete, inclusive. Son verdaderas y solemnes palabras de despedida. Los discípulos habían de salir a las regiones del trabajo y del peligro, privados de la presencia personal de su Señor y Maestro. Se les había de grabar que la oración les serviría en todo, y que su uso y sus posibilidades ilimitadas suplirían en alguna medida su pérdida, y que por ella podrían disponer de todas las posibilidades de Jesucristo y de Dios el Padre.

Era una ocasión de trascendental interés para Jesucristo. Su obra había de recibir su culminación y su corona en su muerte y su resurrección. Su gloria, y el éxito de su obra y de la ejecución de ella, bajo el dominio y la dirección del Espíritu Santo, había de ser encomendado a sus apóstoles. Para ellos era una hora de extraño asombro y de peculiar y misteriosa tristeza, demasiado seguros del hecho de que Jesús iba a dejarlos. Todo lo demás era oscuro e impalpable.

Había de darles sus palabras de despedida y orar su oración de despedida. Verdades solemnes y vitales habían de ser el peso y el consejo de aquella hora. Les habla del cielo. Jóvenes, y fuertes aunque lo eran, no podían, sin embargo, cumplir los deberes de su vida de predicación y de su vida apostólica sin el hecho, el pensamiento, la esperanza y el gusto del cielo. Estas cosas habían de estar presentes constantemente en toda su dulzura, en todo su vigor, en toda su frescura, en todo su resplandor. Les habló de su conexión espiritual y consciente con Él mismo, una morada permanente, tan estrecha y continua que su propia vida fluiría en ellos, como la vida de la vid fluye en los sarmientos. Sus vidas y su fecundidad dependían de esto. Luego se les instó a la oración como una de las fuerzas vitales y esenciales. Esta era la única cosa de la que dependía toda la fuerza divina, y esta era la avenida y el medio por el cual la vida y el poder divinos habían de asegurarse y mantenerse en su ministerio.

Les habló acerca de la oración. Les había enseñado muchas lecciones sobre este tema de suma importancia mientras habían estado juntos. Aprovecha esta hora solemne para perfeccionar su enseñanza. Se les había de hacer comprender que tienen un almacén ilimitado e inagotable de bien en Dios, y que pueden recurrir a Él en todo tiempo y para todas las cosas sin medida, como dijo Pablo años después a los filipenses: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.”

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La realidad de la oración E. M. Bounds

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