Capítulo 5 · 12 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Jesucristo, el divino Maestro de la oración
Un amigo mío ha llegado a mí de su camino, ¡y no tengo nada que ponerle delante! Vuelve a llamar. “¡Amigo! Préstame tres panes.” Espera un rato y luego vuelve a llamar. “¡Amigo! ¡He de tener tres panes!” “¡No me molestes: la puerta ya está cerrada; no puedo levantarme y dártelos!” Se queda quieto. Se vuelve para irse a casa. Regresa. Vuelve a llamar. “¡Amigo!”, clama. Acerca el oído a la puerta. Se oye un ruido dentro, y luego la luz de una vela brilla por la rendija de la puerta. Se corren los cerrojos de la puerta, y recibe no tres panes solamente, sino cuantos necesita. “Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.”
—Alexander Whyte, D.D.
Jesucristo fue el divino Maestro de la oración. Su poder y su naturaleza habían sido ilustrados por muchos santos y profetas en tiempos antiguos, pero la santidad moderna y los maestros modernos de la oración habían perdido su inspiración y su vida. Muertos religiosamente, los maestros y los eclesiásticos superficiales habían olvidado lo que era orar. Hacían mucho de recitar oraciones, en ocasiones solemnes, en público, con mucha ostentación y aparato, pero orar, no oraban. Para ellos era casi una práctica perdida. En la multiplicidad de recitar oraciones habían perdido el arte de orar.
La historia de los discípulos durante la vida terrenal de nuestro Señor no se caracterizó por mucha devoción. Estaban muy prendados de su asociación personal con Cristo. Los cautivaban sus palabras, los emocionaban sus milagros, y los entretenían y ocupaban las esperanzas que un interés egoísta despertaba en su persona y su misión. Absortos en las visiones superficiales y mundanas de su carácter, descuidaban y pasaban por alto las cosas más hondas y de mayor peso que pertenecían a Él y a su misión. El descuido de los deberes más obligatorios y comunes por parte de ellos fue un rasgo notable de su conducta. Tan evidente y singular fue su conducta en este respecto, que llegó a ser motivo de grave indagación en una ocasión y de severa reprensión en otra.
“Y ellos le dijeron: ¿Por qué los discípulos de Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben? Y él les dijo: ¿Podéis hacer que los que están de bodas ayunen, entre tanto que el esposo está con ellos? Mas vendrán días cuando el esposo les será quitado; entonces ayunarán en aquellos días.”
En el ejemplo y la enseñanza de Jesucristo, la oración asume su relación normal con la persona de Dios, los movimientos de Dios y el Hijo de Dios. Jesucristo fue esencialmente el maestro de la oración por precepto y por ejemplo. Tenemos vislumbres de su oración que, como índices, dicen cuán llenas de oración estaban las páginas, los capítulos y los volúmenes de su vida. ¡El compendio que abarca no un solo segmento, sino todo el círculo de su vida y de su carácter, es preeminentemente el de la oración! “En los días de su carne”, dice el registro divino, “habiendo ofrecido ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas.” Fue el suplicante de todos los suplicantes, el intercesor de todos los intercesores. En la forma más humilde se acercó a Dios, y con los más fuertes ruegos oró y suplicó.
Jesucristo enseña la importancia de la oración con su insistencia a sus discípulos en que oren. Pero nos muestra más que eso. Muestra hasta qué punto entra la oración en los propósitos de Dios. Siempre debemos tener presente que la relación de Jesucristo con Dios es la relación de pedir y dar, el Hijo siempre pidiendo, el Padre siempre dando. Nunca debemos olvidar que Dios ha puesto en la oración las fuerzas conquistadoras, heredadoras y expansivas de la causa de Cristo. “Pídeme, y te daré por herencia las gentes, y por posesión tuya los términos de la tierra.”
Esta era la cláusula que encarnaba la real proclamación y la condición universal cuando el Hijo fue entronizado como Mediador del mundo, y cuando fue enviado en su misión de recibir gracia y poder. De aquí aprendemos con toda naturalidad cómo Jesús recalcaría la oración como la única y sola condición de recibir su posesión y su herencia.
Necesariamente, en este estudio sobre la oración, las líneas de pensamiento se cruzarán unas con otras, y el mismo pasaje o incidente de la Escritura se mencionará más de una vez, sencillamente porque un pasaje puede enseñar una o más verdades. Así ocurre cuando hablamos de la vasta amplitud de la oración. ¡Cuán abarcadora hace Jesucristo la oración! ¡No tiene límites en extensión ni en cosas! Las promesas hechas a la oración son divinas en su magnificencia, amplitud y universalidad. Por su naturaleza, estas promesas tienen que ver con Dios: con Él en su inspiración, su creación y sus resultados. ¿Quién sino Dios podría decir: “Todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis”? ¿Quién puede mandar y dirigir “todo cuanto pidiereis” sino Dios? Ni el hombre, ni el azar, ni la ley de los resultados están tan por encima del cambio, los límites o la condición, ni tienen en sí fuerzas tan poderosas que puedan dirigir y hacer resultar todas las cosas, como para prometer el otorgamiento y la dirección de todas las cosas.
Cristo empleó secciones enteras, parábolas e incidentes para inculcar la necesidad y la importancia de la oración. Sus milagros no son sino parábolas de la oración. En casi todos ellos la oración figura de modo señalado, y se ilustran algunos de sus rasgos. La mujer sirofenicia es una ilustración preeminente de la eficacia y el éxito de la importunidad en la oración. El caso del ciego Bartimeo tiene puntos sugerentes en la misma línea. Jairo y el centurión ilustran e imprimen fases de la oración. La parábola del fariseo y el publicano inculca la humildad en la oración, declara los maravillosos resultados de orar, y muestra la vanidad y la inutilidad de la oración mal hecha. La falta en aplicar la disciplina de la iglesia y la prontitud en quebrantar la hermandad se emplean todas para exhibir los resultados de largo alcance de la oración concertada, cuyo registro tenemos en Mateo, capítulo 18:19.
Es de la oración concertada de lo que Cristo habla. Dos que están de acuerdo, dos cuyos corazones han sido afinados en perfecta sinfonía por el Espíritu Santo. Cualquier cosa que pidan, será hecha. Cristo había estado hablando de la disciplina en la Iglesia, de cómo habían de conservarse las cosas en unidad, y de cómo había de mantenerse la comunión de los hermanos, mediante la restauración del ofensor o mediante su exclusión. Los miembros que hubieran sido fieles a la hermandad de Cristo, y que se esforzaran por conservar íntegra esa hermandad, serían los que, de común acuerdo, elevarían sus peticiones a Dios en oración unida.
En el Sermón del Monte, Cristo establece principios constitucionales. Se retiran los tipos y las sombras, y se declara la ley de la vida espiritual. En esta ley fundamental del sistema cristiano, la oración asume una posición destacada, si no suprema. No solo es amplia, dominante y comprensiva en su propia esfera de acción y de socorro, sino que es auxiliar de todos los deberes. Incluso aquel que exige un juicio bondadoso y discernidor hacia los demás, y también el real mandamiento, la Regla de Oro de la conducta: estos deben su ser a la oración.
Cristo coloca la oración entre las promesas estatutarias. No la deja a la ley natural. La ley de la necesidad, de la demanda y la provisión, de la impotencia, de los instintos naturales, o la ley del dulce, alto y atractivo privilegio: estas, por fuertes que sean como motivos de acción, no son el fundamento de orar. Cristo la establece como ley espiritual. Los hombres deben orar. No orar no es simplemente una privación, una omisión, sino una violación positiva de la ley, de la vida espiritual, un crimen que trae desorden y ruina. La oración es ley de alcance mundial y que llega hasta la eternidad.
En el Sermón del Monte muchas declaraciones importantes se despachan con una línea o un versículo, mientras que el tema de la oración ocupa un gran espacio. A él vuelve Cristo una y otra vez. Funda las posibilidades y necesidades de la oración en la relación de padre e hijo, el hijo que clama por pan y el padre que da aquello que el hijo pide. La oración y su respuesta están en la relación de un padre con su hijo. La enseñanza de Jesucristo sobre la naturaleza y la necesidad de la oración, tal como está registrada en su vida, es notable. Envía a los hombres a sus aposentos. La oración ha de ser un ejercicio santo, no contaminado por la vanidad ni el orgullo. Ha de ser en secreto. El discípulo ha de vivir en secreto. Allí vive Dios, allí se le busca y allí se le halla. El mandamiento de Cristo respecto de la oración es que se rehúyan el orgullo y la publicidad. La oración ha de ser en privado. “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada tu puerta, ora a tu Padre en secreto. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público.”
Las Bienaventuranzas no son solo para enriquecer y adornar, sino que son el material del cual se edifica el carácter espiritual. La primera de todas fija la oración en el fundamento mismo del carácter espiritual, no solo para adornar, sino para componer. “Bienaventurados los pobres en espíritu.” La palabra “pobre” significa un menesteroso, uno que vive de mendigar. El verdadero cristiano vive de la generosidad de otro, generosidad que obtiene pidiendo. La oración viene a ser, entonces, la base del carácter cristiano, el negocio del cristiano, su vida y su sustento. Esta es la ley de la oración de Cristo, que la pone en el ser mismo del cristiano. Es su primer paso y su primer aliento, que ha de teñir y formar toda su vida posterior. Bienaventurados los pobres, porque solo ellos pueden orar.
De la oración Cristo elimina toda autosuficiencia, todo orgullo y todo mérito espiritual. Los pobres en espíritu son los que oran. Los mendigos son los príncipes de Dios. Son los herederos de Dios. Cristo quita la basura de las tradiciones y glosas judías de las reglas del altar de la oración.
“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare estará en peligro del juicio.
“Mas yo os digo, que cualquiera que se enojare con su hermano, estará en peligro del juicio; y cualquiera que dijere a su hermano: Raca, estará en peligro del concilio; y cualquiera que le dijere: Fatuo, estará en peligro del fuego del infierno.
“Por tanto, si trajeres tu ofrenda al altar, y allí te acordares de que tu hermano tiene algo contra ti,
“deja allí tu ofrenda delante del altar, y vete; reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu ofrenda.”
El que intenta orar a Dios con espíritu airado, con labios sueltos e irreverentes, con corazón no reconciliado y con cuentas pendientes con el prójimo, gasta su esfuerzo en aquello que es peor que nada, viola la ley de la oración y añade a su pecado.
¡Cuán rígidamente exigente es la ley de la oración de Cristo! Va al corazón, y exige que allí se entronice el amor, el amor a la hermandad. El sacrificio de la oración ha de ser sazonado y perfumado con amor, con amor en lo íntimo. La ley de la oración, su creador y su inspirador, es el amor.
La oración ha de hacerse. Dios quiere que se haga. La manda. El hombre la necesita y el hombre debe hacerla. Algo ha de salir con seguridad de la oración, porque Dios se compromete a que algo saldrá de ella, si los hombres están de veras empeñados y son perseverantes en la oración.
Después de que Jesús enseña “Pedid, y se os dará”, etcétera, alienta la oración verdadera, y a orar más. Repite y afirma con redoblada seguridad: “Porque todo aquel que pide, recibe.” Sin excepción. “Todo aquel.” “El que busca, halla.” Aquí está de nuevo, sellado y estampado con infinita veracidad. Luego cerrado y firmado, así como sellado, con atestación divina: “Al que llama, se le abrirá.” ¡Nótese cómo somos alentados a orar por nuestra relación con Dios!
“Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidieren?”
La relación de la oración con la obra de Dios y con el gobierno de Dios en este mundo es ilustrada de la manera más plena por Jesucristo, tanto en su enseñanza como en su práctica. Él es el primero en todo sentido y en todas las cosas. Entre los gobernantes de la Iglesia Él es el primero de manera preeminente. Suyo es el trono. La corona de oro es suya en eminente preciosidad. Las vestiduras blancas lo revisten de preeminente blancura y hermosura. En el ministerio de la oración es ejemplo divino, así como el divino Maestro. Su ejemplo es copioso, y su enseñanza sobre la oración abunda. ¡Cuán imperativa es la enseñanza de nuestro Señor cuando afirma que “es menester orar siempre, y no desmayar”, y luego presenta una impresionante parábola de un juez injusto y una pobre viuda para ilustrar y reforzar su enseñanza! Orar es una necesidad. Es exigente y obligatorio para los hombres estar siempre en oración. Se requieren valor, resistencia y perseverancia para que los hombres nunca desmayen en la oración. “¿Y no hará Dios justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?”
Esta es su fuerte e indignada pregunta y afirmación. Los hombres deben orar, según la enseñanza de Cristo. No deben cansarse ni fatigarse en la oración. El carácter de Dios es la garantía segura de que mucho saldrá de la oración persistente de los hombres verdaderos.
Sin duda la oración de nuestro Señor tuvo mucho que ver con la revelación hecha a Pedro y con la confesión que este hizo a Cristo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” La oración influye y moldea poderosamente el círculo de nuestros allegados. Cristo hizo discípulos y los conservó como discípulos orando. Sus doce discípulos quedaron muy impresionados por su oración. Jamás oró hombre alguno como este hombre. ¡Cuán diferente era su oración de la fría, orgullosa y farisaica oración que oían y veían en las calles, en la sinagoga y en el Templo!