La realidad de la oración ·La oración: la esencia de suma importancia de la adoración terrenal

Capítulo 3 · 7 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración: la esencia de suma importancia de la adoración terrenal

En lo que toca a la conciencia espiritual —la facultad que hace la pregunta y exige la prueba—, ninguna prueba es competente ni pertinente sino la que es espiritual. Solo aquello que está por encima de la materia y por encima de la lógica puede ser oído, porque la cuestión misma que se debate es la existencia y la personalidad de un Dios espiritual y sobrenatural. Solo el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu. Esto ha de hacerse de un modo espiritual o sobrenatural, o no puede hacerse en absoluto.—C. L. Chilton.

La ley judía y los profetas conocen algo de Dios como Padre. Vislumbres ocasionales e imperfectos, pero consoladores, tuvieron de la gran verdad de la paternidad de Dios y de nuestra filiación. Cristo asienta el fundamento de la oración, hondo y firme, sobre este principio básico. La ley de la oración, el derecho a orar, se apoya en la filiación. El “Padre nuestro” nos introduce en la más estrecha relación con Dios. La oración es el acercamiento del hijo, el ruego del hijo, el derecho del hijo. Es la ley de la oración que mira hacia arriba, que alza los ojos al “Padre nuestro que estás en los cielos.” La casa de nuestro Padre es nuestro hogar en el cielo. La ciudadanía celestial y la nostalgia del cielo están en la oración. La oración es una apelación desde la bajeza, desde el vacío, desde la necesidad de la tierra, a la altura, la plenitud y la total suficiencia del cielo. La oración vuelve el ojo y el corazón hacia el cielo con los anhelos de un niño, la confianza de un niño y la expectación de un niño. Santificar el Nombre de Dios, pronunciarlo con el aliento contenido, tenerlo por sagrado: esto también pertenece a la oración.

A este respecto podría decirse que es necesario inculcar a los niños la necesidad de la oración para su salvación. Pero ¡ay! Por desgracia se cree suficiente decirles que hay un cielo y un infierno; que deben evitar el segundo lugar y procurar alcanzar el primero. Y sin embargo no se les enseña el camino más fácil para llegar a la salvación. El único camino al cielo es la vía de la oración, esa oración del corazón de la que todos son capaces. Es la oración, no de razonamientos que son fruto del estudio, ni del ejercicio de la imaginación, que llena la mente de objetos asombrosos pero no logra asegurar la salvación, sino la sencilla y confiada oración del niño a su Padre que está en el cielo.

La pobreza de espíritu entra en la verdadera oración. “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.” “Los pobres” significa menesterosos, mendigos, los que viven de la generosidad de otros, los que viven de pedir. El pueblo de Cristo vive de pedir. “La oración es el aliento vital del cristiano.” Es su rica herencia, su renta de cada día.

Con su propio ejemplo, Cristo ilustra la naturaleza y la necesidad de la oración. Por doquier declara que el que anda en la misión de Dios en este mundo orará. Él es ejemplo insigne del principio de que cuanto más consagrado a Dios está el hombre, más dado a la oración será. Cuanto más divino es el hombre, cuanto más tiene del Espíritu del Padre y del Hijo, más dado a la oración será. Y, a la inversa, es verdad que cuanto más dado a la oración es, más del Espíritu del Padre y del Hijo recibirá.

En los grandes acontecimientos y los momentos culminantes de la vida de Jesús lo hallamos en oración: al comienzo de su ministerio, en los vados del Jordán, cuando el Espíritu Santo descendió sobre Él; poco antes de la transfiguración, y en el huerto de Getsemaní. Bien vienen aquí las palabras de Pedro: “Dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas.”

Hay un importante principio de la oración que se halla en algunos de los milagros de Cristo. Es la naturaleza progresiva de la respuesta a la oración. No siempre da Dios de una vez la respuesta plena a la oración, sino más bien progresivamente, paso a paso. Marcos (8:22) describe un caso que ilustra esta importante verdad, con demasiada frecuencia pasada por alto:

“Y vino a Betsaida; y le traen un ciego, y le ruegan que le tocase.

“Y tomando la mano del ciego, le sacó fuera de la aldea; y escupiendo en sus ojos, y poniéndole las manos encima, le preguntó si veía algo.

“Y él mirando, dijo: ‘Veo los hombres como árboles que andan.’

“Luego le puso otra vez las manos sobre los ojos, y le hizo que mirase; y fue restituido, y vio a todos claramente.”

A veces tiene que tomarnos a solas, apartados del mundo, donde pueda tenernos enteramente para sí, y allí hablarnos y tratar con nosotros.

Tenemos tres curaciones de ceguera en la vida de nuestro Señor, que ilustran la manera en que Dios obra al responder a la oración, y muestran la inagotable variedad y la omnipotencia de su obrar.

En el primer caso, Cristo se topó por casualidad con un ciego en Jerusalén, hizo lodo, lo ablandó con saliva, lo untó sobre los ojos y luego mandó al hombre ir y lavarse en el estanque de Siloé. Los benditos resultados estaban al final de su acción: lavarse. El no ir a lavarse habría sido fatal para la cura. Nadie, ni siquiera el ciego, en este caso, pidió la curación.

En el segundo caso, quienes traen al ciego respaldan su gestión con ferviente oración por la cura; ruegan a Cristo que simplemente lo toque, como si su fe fuera a aliviar la carga de una operación difícil. Pero Él tomó al hombre de la mano y lo sacó fuera de la aldea, apartado de la gente. A solas y en secreto había de hacerse esta obra. Escupió en sus ojos y puso sus manos sobre ellos. La respuesta no fue completa, un despuntar de luz, una recuperación parcial; la primera bendita comunicación no le dio sino una visión confusa, y el segundo toque perfeccionó la cura. La fe sumisa del hombre al entregarse a Cristo para ser llevado a la intimidad y a solas fueron rasgos prominentes de la cura, como también la recepción gradual de la vista y la necesidad de un segundo toque para acabar la obra perfecta.

El tercero fue el caso del ciego Bartimeo. Fue la urgencia de la fe manifestándose en clamores, reprendida por los que seguían a Cristo, pero intensificada y envalentonada por la oposición.

El primer caso se presenta a Cristo de improviso; el segundo le fue traído con propósito determinado; el último va tras Cristo con urgencia irresistible, hallando la resistencia de la multitud y la aparente indiferencia de Cristo. La cura, sin embargo, fue sin la intervención de agente alguno: sin tomar de la mano, sin toque suave ni fuerte, sin saliva, ni lodo, ni lavamiento; una sola palabra, y su vista, plena y entera, vino al instante. Cada uno había experimentado el mismo poder divino, los mismos benditos resultados, pero con marcada diversidad en la expresión de su fe y en el modo de su cura. Supongamos que, al encontrarse, el primero hubiera erigido los pormenores y el proceso de su cura —la saliva, el lodo, el lavamiento en Siloé— como el único proceso divino, como las únicas credenciales genuinas de una obra divina: ¡cuán lejos de la verdad, cuán estrecha y engañosa sería tal norma de juicio! No los métodos, sino los resultados, son la prueba de la obra divina.

Cada uno podía decir: “Una cosa sé: que habiendo yo sido ciego, ahora veo.” Los resultados eran resultados conscientes; que Cristo había hecho la obra lo sabían; la fe fue el instrumento, pero su ejercicio distinto; el método del obrar de Cristo distinto; los diversos pasos que los llevaron al bendito fin, tanto de parte de ellos como de parte de Él, en muchos puntos notablemente dispares.

¿Cuáles son los límites de la oración? ¿Hasta dónde alcanzan sus beneficios y posibilidades? ¿Qué parte del trato de Dios con el hombre, y con el mundo del hombre, queda sin ser afectada por la oración? ¿Abarcan las posibilidades de la oración todo bien temporal y espiritual? Las respuestas a estas preguntas son de importancia trascendental. La respuesta medirá el esfuerzo y los resultados de nuestra oración. La respuesta realzará grandemente el valor de la oración, o lo rebajará grandemente. La respuesta a estas importantes preguntas queda plenamente cubierta por las palabras de Pablo acerca de la oración: “Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y ruego con acción de gracias, sean notorias vuestras peticiones delante de Dios” (Fil. 4:6).

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La realidad de la oración E. M. Bounds

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