La realidad de la oración ·La oración: llena la pobreza del hombre con las riquezas de Dios

Capítulo 2 · 12 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración: llena la pobreza del hombre con las riquezas de Dios

Durante dos horas seguí luchando, abandonado de Dios, sin encontrar ni a Dios ni a hombre alguno, toda una tarde helada. Cuando al fin, detenido y contemplando el Schiehallion vestido de blanco de arriba abajo, brotó en mi corazón aquello de David: “¡Lávame, y seré más blanco que la nieve!” En un instante estuve con Dios, o más bien Dios estuvo conmigo. Caminé a casa con el corazón hecho una llama de fuego.

—Alexander Whyte, D.D.

Abundan los escritos elegantes y las disertaciones eruditas sobre los beneficios subjetivos de la oración; sobre cómo la oración obtiene toda la medida de sus resultados, no influyendo en Dios, sino influyendo en nosotros, al convertirse en una escuela de formación para quienes oran. Tales maestros nos enseñan que el terreno propio de la oración no es obtener, sino disciplinar. Así la oración viene a ser una mera ceremonia, un sargento instructor, una escuela en la que se enseñan la paciencia, la serenidad y la dependencia. En esa escuela, la negación de lo pedido es el maestro más valioso. Por bien que todo esto parezca, y por razonable que se muestre, no hay nada de ello en la Biblia. El lenguaje claro y repetido de la Biblia es que la oración ha de ser respondida por Dios; que Dios ocupa para con nosotros la relación de un padre, y que como Padre nos da, cuando pedimos, las cosas que le pedimos. La mejor oración, por tanto, es la oración que recibe respuesta.

Las posibilidades y la necesidad de la oración están grabadas en los cimientos eternos del Evangelio. La relación que se establece entre el Padre y el Hijo, y el pacto decretado entre ambos, tienen la oración como base de su existencia, y como condición del avance y del triunfo del Evangelio. La oración es la condición por la cual han de vencerse todos los enemigos y ha de poseerse toda la herencia.

Estas son verdades axiomáticas, aunque muy sencillas. Pero estos son tiempos en que los axiomas de la Biblia necesitan recalcarse, insistirse, repetirse una y otra vez. El aire mismo está cargado de influencias, prácticas y teorías que socavan los cimientos, y las verdades más ciertas y los axiomas más evidentes caen bajo ataques insidiosos e invisibles.

Más aún: la tendencia de estos tiempos es a un ostentoso alarde de actividad, que debilita la vida y disipa el espíritu de la oración. Puede haber quien se arrodille, y quien esté de pie en actitud de oración. Puede haber mucha inclinación de cabeza, y sin embargo ninguna oración seria y verdadera. La oración es obra real. Orar es obra vital. La oración guarda en sí el corazón mismo de la adoración. Puede haber el despliegue, el aparato y la pompa de la oración, y sin embargo ninguna oración verdadera. Puede haber mucha postura, ademán y palabrería, pero ninguna oración.

¿Quién puede acercarse a la presencia de Dios en la oración? ¿Quién puede presentarse ante el gran Dios, Hacedor de todos los mundos, el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que tiene en sus manos todo bien, y que es todopoderoso y capaz de hacer todas las cosas? El acercamiento del hombre a este gran Dios: ¡qué humildad, qué verdad, qué limpieza de manos y qué pureza de corazón se necesitan y se exigen!

La definición de la oración apenas cabe en el terreno de la Biblia en ningún punto. Por doquier se nos hace ver que es más importante y urgente que los hombres oren, que no el que sean diestros en la didáctica homilética de la oración. Eso es cosa del corazón, no de las escuelas. Es más de sentimiento que de palabras. Orar es la mejor escuela para aprender a orar; la oración es el mejor diccionario para definir el arte y la naturaleza de orar.

Lo repetimos una y otra vez. La oración no es un mero hábito, remachado por la costumbre y la memoria, algo por lo que hay que pasar, cuyo valor dependa del decoro y la perfección de la ejecución. La oración no es un deber que deba cumplirse para aliviar una obligación y acallar la conciencia. La oración no es mero privilegio, una santa indulgencia de la que aprovecharse a ratos, a gusto, a voluntad, sin que su omisión acarree pérdida seria alguna.

La oración es un servicio solemne debido a Dios, una adoración, un culto, un acercamiento a Dios con alguna petición, la presentación de algún deseo, la expresión de alguna necesidad ante Aquel que suple toda necesidad y satisface todo deseo; que, como Padre, halla su mayor gozo en aliviar las carencias y conceder los deseos de sus hijos. La oración es la petición del hijo, no a los vientos ni al mundo, sino al Padre. La oración son los brazos extendidos del hijo en busca de la ayuda del Padre. La oración es el clamor del hijo que llama al oído del Padre, al corazón del Padre y a la capacidad del Padre, clamor que el Padre ha de oír, ha de sentir y ha de socorrer. La oración es la búsqueda del gran y mayor bien de Dios, que no vendrá si no oramos.

La oración es un clamor ardiente y creyente a Dios por alguna cosa concreta. La norma de Dios es responder dando la cosa concreta que se pide. Con ella pueden venir muchos otros dones y gracias. La fortaleza, la serenidad, la dulzura y la fe pueden venir como portadoras de los dones. Pero aun ellas vienen porque Dios oye y responde a la oración.

No hacemos sino seguir la letra y el espíritu llanos de la Biblia cuando afirmamos que Dios responde a la oración, y responde dándonos las cosas mismas que deseamos, y que negar lo que deseamos y dar en su lugar otra cosa no es la regla, sino algo raro y excepcional. Cuando sus hijos claman por pan, Él les da pan.

La revelación no se ocupa de sutilezas filosóficas, ni de finuras verbales ni de distinciones capciosas. Despliega relaciones, declara principios y hace cumplir deberes. El corazón ha de definir, la experiencia ha de comprender. Pablo llegó a la escena demasiado tarde para definir la oración. Lo que patriarcas y profetas habían hecho tan bien no requería volver a los diccionarios. Cristo mismo es la ilustración y la definición de la oración. Oró como jamás había orado hombre alguno. Puso la oración sobre una base más alta, con resultados más grandiosos y un ser más sencillo del que jamás había conocido. Enseñó a Pablo a orar por la revelación de sí mismo, que es el primer llamado a la oración y la primera lección de orar. La oración, como el amor, es demasiado etérea y celestial para ser retenida en los burdos brazos de definiciones frías. Pertenece al cielo y al corazón, y no solo a palabras e ideas.

La oración no es una mezquina invención del hombre, un alivio imaginario para males imaginarios. La oración no es una ejecución sombría, muerta y mortífera, sino el acto habilitador de Dios para el hombre, viviente y vivificante, gozo y dador de gozo. La oración es el contacto de un alma viva con Dios. En la oración, Dios se inclina para besar al hombre, para bendecir al hombre y para ayudarle en todo cuanto Dios pueda idear o el hombre pueda necesitar. La oración llena el vacío del hombre con la plenitud de Dios. Llena la pobreza del hombre con las riquezas de Dios. Quita la debilidad del hombre con la fortaleza de Dios. Destierra la pequeñez del hombre con la grandeza de Dios. La oración es el plan de Dios para suplir la grande y continua necesidad del hombre con la grande y continua abundancia de Dios.

¿Qué es esta oración a la que los hombres son llamados? No es una mera fórmula, un juego de niños. Es una obra seria y difícil, la más varonil, la más poderosa, la más divina que el hombre puede hacer. La oración levanta a los hombres de lo terrenal y los une con lo celestial. Nunca están los hombres más cerca del cielo, más cerca de Dios, nunca más semejantes a Dios, nunca en más honda comunión y más verdadera compañía con Jesucristo, que cuando oran. El amor, la filantropía, los santos vínculos —todos ellos provechosos y tiernos para los hombres— nacen y se perfeccionan por la oración.

La oración no es meramente cuestión de deber, sino de salvación. ¿Son salvos los hombres que no son hombres de oración? ¿No es el don, la inclinación, el hábito de la oración uno de los elementos o rasgos de la salvación? ¿Será posible tener afinidad con Jesucristo y no ser dado a la oración? ¿Es posible tener el Espíritu Santo y no tener el espíritu de oración? ¿Puede uno tener el nuevo nacimiento y no nacer para la oración? ¿No son la vida del Espíritu y la vida de oración cosas concordes y coherentes? ¿Puede haber amor fraternal en el corazón que no ha sido educado en la oración?

Tenemos dos clases de oración nombradas en el Nuevo Testamento: oración y súplica. La oración denota la oración en general. La súplica es una forma más intensa y más especial de oración. Estas dos, súplica y oración, deben combinarse. Entonces tendríamos la devoción en su forma más amplia y dulce, y la súplica con su más ferviente y personal sentido de necesidad.

En el directorio de oración de Pablo, hallado en el capítulo sexto de Efesios, se nos enseña a estar siempre en oración, como estamos siempre en la batalla. Al Espíritu Santo se le ha de buscar con intensa súplica, y nuestras súplicas han de estar cargadas de su energía vivificadora, iluminadora y ennoblecedora. La vigilancia ha de disponernos para esta intensa oración y esta intensa lucha. La perseverancia es un elemento esencial en la oración eficaz, como en todo otro terreno de conflicto. Los santos de todo el mundo han de ser ayudados a la victoria por medio de nuestras oraciones. El valor, la aptitud y el éxito apostólicos han de ganarse por las oraciones de los santos soldados en todas partes.

Solo aquellos de visión honda y verdadera pueden administrar la oración. Estos “seres vivientes”, en Apocalipsis 4:6, son descritos como “llenos de ojos por delante y por detrás”, “llenos de ojos por dentro”. Los ojos son para ver. En ella hay claridad, intensidad y perfección de vista. En ella hay vigilancia y penetración profunda, la facultad de conocer. Es por la oración que se abren los ojos de nuestro corazón. El conocimiento claro y profundo de los misterios de la gracia se obtiene por la oración. Estos “seres vivientes” tenían ojos “por dentro y por fuera”. Estaban “llenos de ojos”. La forma más alta de vida es inteligente. La ignorancia es degradante y baja, en el reino espiritual como en los demás reinos. La oración nos da ojos para ver a Dios. La oración es ver a Dios. La vida de oración es conocimiento por fuera y por dentro. Toda vigilancia por fuera, toda vigilancia por dentro. No puede haber oración inteligente sin conocimiento interior. Nuestra condición interior y nuestras necesidades interiores han de sentirse y conocerse.

Se necesita oración para ministrar. Se necesita vida, la forma más alta de vida, para ministrar. La oración es la más alta inteligencia, la más profunda sabiduría, la más vital, la más gozosa, la más eficaz, la más poderosa de todas las vocaciones. Es vida, vida radiante, arrebatadora, eterna. ¡Fuera las formas secas, los hábitos muertos y fríos de la oración! ¡Fuera la rutina estéril, las ceremonias sin sentido y los juguetes mezquinos en la oración! Pongámonos a la obra seria, el asunto principal de los hombres, que es la oración. Trabajemos en ella con destreza. Procuremos ser expertos en esta gran obra de orar. Seamos maestros consumados en este alto arte de orar. Estemos de tal modo habituados a la oración, tan dedicados a la oración, tan llenos de sus ricas especias, tan ardientes por su santa llama, que todo el cielo y la tierra queden perfumados por su aroma, y las naciones aún no nacidas sean bendecidas por nuestras oraciones. El cielo será más pleno y más resplandeciente de gloriosos habitantes, la tierra estará mejor preparada para su día de bodas, y el infierno quedará despojado de muchas de sus víctimas, porque hemos vivido para orar.

No solo hay un triste y ruinoso descuido de todo intento de orar, sino que hay un inmenso desperdicio en la aparente oración que se hace, como oración oficial, oración de ceremonia, oración de mera costumbre. Los hombres se aferran a la forma y apariencia de una cosa después de que el corazón y la realidad se han ido de ella. Esto se ilustra en muchos que parecen orar. La oración formal tiene un fuerte arraigo y muchos seguidores.

La declaración de Ana a Elí, y su defensa contra la acusación de hipocresía que él le hizo, fue: “He derramado mi alma delante del Señor.” La solemne promesa de Dios a los judíos fue: “Entonces me invocaréis, e iréis y oraréis a mí, y yo os oiré. Y me buscaréis y me hallaréis, cuando me buscareis de todo vuestro corazón.”

Mídase toda la oración de nuestros días por estas normas —“derramar el alma delante de Dios” y “buscar con todo el corazón”— y ¡cuánta de ella se hallará ser mera forma, desperdicio, cosa sin valor! Santiago dice de Elías que “oró con oración.”

En las instrucciones de Pablo a Timoteo acerca de la oración (1 Ti. 1:8) tenemos una descripción verbal comprensiva de la oración en sus distintos aspectos, o variadas manifestaciones. Todas están en forma plural: súplicas, oraciones e intercesiones. Declaran la multiplicidad, la infinita diversidad, y la necesidad de ir más allá de la formal sencillez de una sola oración, y de apremiar y añadir oración sobre oración, súplica sobre súplica, intercesión una y otra vez, hasta que la fuerza combinada de las oraciones en sus modos más superlativos una su acumulación y presión, con poder creciente, a nuestra oración. El superlativo ilimitado y el plural ilimitado son la única medida de la oración. El término único de “oración” es el común y comprensivo para el acto, el deber, el espíritu y el servicio que llamamos oración. Es la expresión condensada de la adoración. La adoración celestial no tiene tan destacado el elemento de la oración. La oración es la esencia destacada y de suma importancia, y el ingrediente que todo lo tiñe, de la adoración terrenal, mientras que la alabanza es el elemento preeminente, comprensivo, que todo lo tiñe y todo lo inspira, de la adoración celestial.

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La realidad de la oración E. M. Bounds

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