Capítulo 1 · 11 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La oración: un privilegio principesco y sagrado
Soy criatura de un día, que pasa por la vida como una flecha por el aire. Soy un espíritu venido de Dios y que vuelve a Dios; suspendido apenas sobre el gran abismo; hasta que dentro de unos instantes ya no seré visto; ¡me hundo en una eternidad inmutable! Deseo saber una sola cosa: el camino al cielo; cómo arribar a salvo a aquella dichosa ribera. Dios mismo se ha dignado enseñar el camino; para este fin vino del cielo. Lo ha dejado escrito en un libro. ¡Oh, dadme ese libro! ¡A cualquier precio, dadme el Libro de Dios! Señor, ¿no es esta tu palabra: “Si alguno tiene falta de sabiduría, pídala a Dios”? Tú das abundantemente, y no reprochas. Has dicho que si alguno quisiere hacer tu voluntad, la conocerá. Yo quiero hacerla; hazme conocer tu voluntad.”—John Wesley.
La palabra “oración” expresa el acercamiento más amplio y comprensivo a Dios. Da relieve al elemento de la devoción. Es comunión y trato con Dios. Es gozo de Dios. Es acceso a Dios. La “súplica” es una forma más restringida e intensa de oración, acompañada de un sentido de necesidad personal, limitada a buscar de manera urgente la provisión para una necesidad apremiante.
La “súplica” es el alma misma de la oración en cuanto es un ruego por alguna cosa muy necesaria, cuya necesidad se siente intensamente.
La “intercesión” es una ampliación de la oración, un salir de uno mismo hacia los demás con amplitud y plenitud. En su origen no se centra en orar por otros, sino que se refiere a la libertad, la osadía y la confianza filial de quien ora. Es la plenitud de la confiada influencia en el acercamiento del alma a Dios, ilimitada y sin vacilar en su acceso y en sus demandas. Esta influencia y confiada seguridad han de emplearse a favor de otros.
La oración, siempre y en todo lugar, es un acercamiento inmediato y confiado a Dios el Padre, y una petición dirigida a Él. En la oración universal y perfecta, que es el modelo de toda oración, dice: “Padre nuestro que estás en los cielos.” Junto al sepulcro de Lázaro, Jesús alzó los ojos y dijo: “Padre.” En su oración sacerdotal, Jesús alzó los ojos al cielo y dijo: “Padre.” Toda su oración era personal, íntima y paternal. También era fuerte, conmovedora y bañada en lágrimas. Léanse estas palabras de Pablo: “El cual en los días de su carne, habiendo ofrecido ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído por su temor reverencial” (Hebreos 5:7).
Así también en otro lugar (Santiago 1:5) se presenta el “pedir” como oración: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.”
“Pedir a Dios” y “recibir” del Señor —el recurso directo a Dios, la conexión inmediata con Dios— eso es la oración.
En Juan 5:13 tenemos esta declaración acerca de la oración:
“Y esta es la confianza que tenemos en él, que si demandáremos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que demandáremos, sabemos que tenemos las peticiones que le hubiéremos demandado.”
En Filipenses 4:6 tenemos estas palabras acerca de la oración:
“Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y ruego con acción de gracias, sean notorias vuestras peticiones delante de Dios.”
¿Cuál es la voluntad de Dios acerca de la oración? Ante todo, la voluntad de Dios es que oremos. Jesucristo “les dijo también una parábola sobre que es menester orar siempre, y no desmayar.”
Pablo escribe al joven Timoteo acerca de las primeras cosas que el pueblo de Dios ha de hacer, y la primera entre las primeras la coloca la oración: “Exhorto, pues, ante todas las cosas, que se hagan súplicas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias por todos los hombres” (1 Ti. 2:1).
En relación con estas palabras, Pablo declara que la voluntad de Dios, y la redención y mediación de Jesucristo para la salvación de todos los hombres, están vitalmente ligadas a este asunto de la oración. En esto su autoridad apostólica y la solicitud de su alma se unen con la voluntad de Dios y la intercesión de Cristo para querer que “los hombres oren en todo lugar.”
Nótese con cuánta frecuencia se propone la oración en el Nuevo Testamento: “Constantes en la oración”; “Orad sin cesar”; “Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias”; “Sed sobrios, y velad en oración”; el clamor resonante de Cristo fue “velad y orad.” ¿Qué son todos estos textos y otros más, sino la voluntad de Dios de que los hombres oren?
La oración complementa la voluntad de Dios, la hace eficaz y coopera con ella, cuya soberana potestad ha de correr paralela, en extensión y poder, con la expiación de Jesucristo. Él, por el Espíritu eterno, por la gracia de Dios, “gustó la muerte por todos los hombres.” Nosotros, por el Espíritu eterno, por la gracia de Dios, oramos por todos los hombres.
Pero ¿cómo sé que oro conforme a la voluntad de Dios? Todo intento verdadero de orar es respuesta a la voluntad de Dios. Podrá ser torpe y sin la instrucción de maestros humanos, pero es acepto a Dios, porque se hace en obediencia a su voluntad. Si me entrego a la inspiración del Espíritu de Dios, que me manda orar, todos los detalles y peticiones de esa oración vendrán a armonizar con la voluntad de Aquel que quiere que yo ore.
La oración no es cosa pequeña, ni asunto egoísta y menudo. No atañe a los intereses insignificantes de una sola persona. La más pequeña oración se ensancha por la voluntad de Dios hasta tocar todos los mundos, guardar todos los intereses, y acrecentar la mayor riqueza del hombre y el mayor bien de Dios. Tanto le importa a Dios que los hombres oren, que ha prometido responder a la oración. No ha prometido hacer algo genérico si oramos, sino que ha prometido hacer aquello mismo que le pedimos.
La oración, tal como Jesús la enseñó en sus rasgos esenciales, penetra en todas las relaciones de la vida. Santifica la hermandad. Para el judío, el altar era el símbolo y el lugar de la oración. El judío consagraba el altar al culto de Dios. Jesucristo toma el altar de la oración y lo consagra al culto de la hermandad. ¡Cómo purifica Cristo el altar y lo engrandece! ¡Cómo lo saca de la esfera de una mera ceremonia, y hace que su valor consista, no en el mero acto de orar, sino en el espíritu que nos mueve hacia los hombres! Nuestro espíritu hacia el prójimo es parte de la vida de oración. Debemos estar en paz con los hombres, y, de ser posible, tenerlos en paz con nosotros, antes de poder estar en paz con Dios. La reconciliación con los hombres es la precursora de la reconciliación con Dios. Nuestro espíritu y nuestras palabras deben abrazar a los hombres antes de poder abrazar a Dios. La unidad con la hermandad precede a la unidad con Dios. “Por tanto, si trajeres tu ofrenda al altar, y allí te acordares de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y vete; reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu ofrenda” (Mt. 5:23).
No orar es iniquidad, discordia, anarquía. La oración, en el gobierno moral de Dios, es tan fuerte y de tan largo alcance como la ley de la gravitación en el mundo material, y es tan necesaria como la gravitación para mantener las cosas en su debida esfera y en la vida.
El espacio que la oración ocupa en el Sermón del Monte da testimonio del aprecio que Cristo le tiene y de la importancia que ocupa en su sistema. Muchos principios importantes se tratan en uno o dos versículos. El Sermón consta de ciento once versículos, y dieciocho tratan de la oración directamente, y otros más indirectamente.
La oración fue uno de los principios cardinales de la piedad en toda dispensación y para todo hijo de Dios. No correspondía a la obra de Cristo originar deberes, sino recobrar, refundir, espiritualizar y reforzar aquellos deberes que son cardinales y originales.
En Moisés los grandes rasgos de la oración se destacan. Nunca golpea el aire ni pelea una batalla fingida. El asunto más serio y esforzado de su vida seria y esforzada fue la oración. Se dedica a ella con la más intensa vehemencia de su alma. Por íntimo que fuera con Dios, su intimidad no disminuía la necesidad de orar. Esa intimidad solo le daba una visión más clara de la naturaleza y necesidad de la oración, y le llevó a ver las mayores obligaciones de orar, y a descubrir los mayores resultados de la oración. Al recordar una de las crisis por las que pasó Israel, cuando peligraba la existencia misma de la nación, escribe: “Me postré delante del Señor cuarenta días y cuarenta noches.” ¡Oración maravillosa y resultados maravillosos! Moisés sabía orar maravillosamente, y Dios sabía dar resultados maravillosos.
Toda la fuerza de la declaración bíblica se dirige a aumentar nuestra fe en la doctrina de que la oración influye en Dios, obtiene de Dios favores que no pueden alcanzarse de ningún otro modo, y que Dios no concederá si no oramos. Todo el canon de la enseñanza bíblica sirve para ilustrar la gran verdad de que Dios oye y responde a la oración. Uno de los grandes propósitos de Dios en su libro es grabar en nosotros de manera indeleble la gran importancia, el valor inestimable y la absoluta necesidad de pedir a Dios las cosas que necesitamos para el tiempo y para la eternidad. Nos urge por toda consideración, y nos apremia y amonesta por todo interés. Nos señala a su propio Hijo, entregado a nosotros para nuestro bien, como prenda de que la oración será respondida, enseñándonos que Dios es nuestro Padre, capaz de hacer por nosotros todas las cosas y de darnos todas las cosas, mucho más de lo que los padres terrenales pueden o quieren hacer por sus hijos.
Entendámonos a fondo a nosotros mismos, y entendamos también este gran asunto de la oración. Nuestro único gran asunto es la oración, y nunca la haremos bien si no nos ceñimos a ella con toda fuerza que nos ate. Nunca la haremos bien sin disponer las mejores condiciones para hacerla bien. Tanto ha sufrido Satanás por la buena oración, que empleará todos sus ardides astutos, sagaces y engañosos para estorbar su ejercicio.
Debemos, con todas las amarras que podamos hallar, atarnos como con cables a la oración. Ser descuidados en cuanto al tiempo y el lugar es abrir la puerta a Satanás. Ser exactos, puntuales, constantes y cuidadosos aun en las cosas pequeñas es fortificarnos contra el Maligno.
La oración, por el juramento mismo de Dios, está puesta en las piedras mismas de los cimientos de Dios, tan eterna como su compañera: “Y por él se orará continuamente.” Esta es la condición eterna que hace avanzar su causa, y la vuelve poderosamente pujante. Los hombres han de orar siempre por ella. Su fuerza, su hermosura y su empuje residen en sus oraciones. Su poder radica sencillamente en su poder de orar. No se halla poder en otra parte sino en su capacidad de orar. “Porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos.” Está fundada en la oración, y se sostiene por el mismo medio.
La oración es un privilegio, un privilegio sagrado y principesco. La oración es un deber, una obligación de las más apremiantes e imperiosas, que debiera retenernos en ella. Pero la oración es más que un privilegio, más que un deber. Es un medio, un instrumento, una condición. No orar es perder mucho más que dejar de ejercer y disfrutar un privilegio alto y dulce. No orar es fallar en cosas mucho más importantes aún que la violación de una obligación.
La oración es la condición señalada para obtener la ayuda de Dios. Esa ayuda es tan múltiple e ilimitada como la capacidad de Dios, y tan variada e inagotable como la necesidad del hombre. La oración es la avenida por la cual Dios suple las carencias del hombre. La oración es el canal por el cual todo bien fluye de Dios al hombre, y todo bien de los hombres a los hombres. Dios es el padre del cristiano. El pedir y el dar pertenecen a esa relación.
El hombre es quien más de cerca está interesado en esta gran obra de orar. Ennoblece la razón del hombre emplearla en la oración. El oficio y la obra de la oración son la ocupación más divina de la razón del hombre. La oración hace resplandecer la razón del hombre. La inteligencia del más alto orden aprueba la oración. El más sabio es el que ora más y mejor. La oración es la escuela de la sabiduría tanto como de la piedad.
La oración no es un cuadro que se toma en las manos, se admira y se contempla. No es belleza, colorido, forma, postura, imaginación ni genio. Estas cosas no pertenecen a su carácter ni a su ejercicio. No es poesía ni música. Su inspiración y su melodía vienen del cielo. La oración pertenece al espíritu, y a veces posee el espíritu y lo conmueve con altos y santos propósitos y resoluciones.