Capítulo 13 · 14 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El Espíritu Santo y la oración
Durante el gran Avivamiento de Gales se decía que un ministro tuvo mucho éxito ganando almas por un solo sermón que predicó: cientos se convirtieron. Muy lejos, en un valle, llegó a otro ministro la noticia del maravilloso fruto de aquel sermón. Deseó descubrir el secreto del gran éxito de aquel hombre. Recorrió el largo camino y llegó a la pobre cabaña del ministro, y lo primero que dijo fue: “Hermano, ¿de dónde sacó usted ese sermón?” Fue llevado a una habitación pobremente amueblada y, señalando un sitio donde la alfombra estaba raída hasta la trama, junto a una ventana que daba a los montes eternos y a las solemnes montañas, dijo: “Hermano, ahí es donde saqué ese sermón. Mi corazón estaba abrumado por los hombres. Una noche me arrodillé allí, y clamé por poder como nunca antes había predicado. Pasaron las horas hasta que dio la medianoche, y las estrellas contemplaban un mundo dormido, mas la respuesta no llegaba. Seguí orando hasta que vi despuntar una tenue franja gris; luego se hizo plata; la plata se tornó púrpura y oro. Entonces vino el sermón, y vino el poder, y los hombres cayeron bajo la influencia del Espíritu Santo.”—G. H. Morgan.
El Evangelio sin el Espíritu Santo sería vano e ineficaz. El don del Espíritu Santo fue vital para la obra de Jesucristo en la expiación. Así como Jesús no comenzó su obra en la tierra hasta ser ungido por el Espíritu Santo, así también el mismo Espíritu Santo es necesario para llevar adelante y hacer eficaz la obra expiatoria del Hijo de Dios. Como su unción por el Espíritu Santo en su bautismo fue una era en su vida, así también la venida del Espíritu Santo en Pentecostés es una gran era en la obra de la redención, al hacer eficaz la obra de la Iglesia de Cristo.
El Espíritu Santo no es solo la lámpara brillante de la Dispensación Cristiana, su Maestro y su Guía, sino que es el Ayudador Divino.
Él es el agente que capacita en la nueva dispensación de Dios para el obrar. Como el piloto toma su puesto al timón para guiar la nave, así el Espíritu Santo hace su morada en el corazón para guiar y dar poder a todos sus esfuerzos. El Espíritu Santo ejecuta todo el evangelio por medio del hombre, mediante su presencia y su dominio sobre el espíritu del hombre.
En la ejecución de la obra expiatoria de Jesucristo, ya en su operación general y más amplia, ya en su aplicación menuda y personal, el Espíritu Santo es el único Agente eficaz, absoluto e indispensable.
El evangelio no puede ejecutarse sino por el Espíritu Santo. Solo Él tiene la autoridad regia para hacer esta obra real. No lo puede ejecutar el intelecto, ni la erudición, ni la elocuencia, ni la verdad; ni aun la verdad revelada puede ejecutar el evangelio. Los maravillosos hechos de la vida de Cristo, contados por corazones no ungidos por el Espíritu Santo, serán secos y estériles, o “como cuento contado por un necio, lleno de ruido y furia, que nada significa”. Ni aun la preciosa sangre puede ejecutar el evangelio. Ninguna de estas cosas, ni todas ellas juntas, aunque se dijeran con sabiduría angélica y elocuencia angélica, pueden ejecutar el evangelio con poder salvador. Solo las lenguas encendidas por el Espíritu Santo pueden dar testimonio del poder salvador de Cristo con poder para salvar a otros.
Nadie se atrevió a salir de Jerusalén a proclamar o pronunciar el mensaje por sus calles a las multitudes moribundas, hasta que el Espíritu Santo vino con poder bautismal. Juan no podía pronunciar palabra, aunque había reclinado su cabeza en el pecho de Cristo y sentido las palpitaciones de su corazón, y aunque su mente estaba llena de los prodigiosos hechos de aquella vida y de las prodigiosas palabras que salían de sus labios. Juan debía esperar hasta que viniera sobre él una dotación más plena y más rica que todas estas cosas. María no podía revivir aquella vida de Cristo en la casa de Juan, aunque había criado al Cristo y llenado su corazón y su mente de santos y maternales recuerdos, hasta que fue investida de poder por el Espíritu Santo.
La venida del Espíritu Santo depende de la oración, porque solo la oración puede abarcar, con su autoridad y sus demandas, el reino donde esta Persona de la Deidad tiene su morada. Aun Cristo estuvo sujeto a esta ley de la oración. Con Él es, siempre ha sido y siempre será: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.” A sus discípulos desconsolados les dijo: “Yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador.” Esta ley de la oración por el Espíritu Santo apremia al Maestro tanto como a los discípulos. De muchos de los hijos de Dios se puede decir con verdad: “No lo tenéis, porque no lo pedís.” Y de muchos otros podría decirse: “Lo tenéis en escasa medida, porque en escasa medida oráis por Él.”
El Espíritu Santo es el espíritu de toda gracia, y también de cada gracia en particular. La pureza, el poder, la santidad, la fe, el amor, el gozo y toda gracia son producidos y perfeccionados por Él. ¿Queremos crecer en alguna gracia en particular? ¿Queremos ser perfectos en todas las gracias? Debemos buscar al Espíritu Santo por medio de la oración.
Instamos a buscar al Espíritu Santo. Lo necesitamos, y necesitamos avivarnos para buscarlo. La medida en que lo recibamos se calibrará por el fervor de fe y de oración con que lo busquemos. Nuestra capacidad de obrar para Dios, de orar a Dios, de vivir para Dios y de influir en otros para Dios, dependerá de la medida del Espíritu Santo recibida por nosotros, que more en nosotros y que obre a través de nosotros.
Cristo establece la ley clara y explícita de la oración en este respecto para todos los hijos de Dios. El mundo necesita al Espíritu Santo para que lo convenza de pecado, de justicia y del juicio venidero, y para que sienta su culpabilidad delante de Dios. Y este espíritu de convicción sobre los pecadores viene en respuesta a las oraciones del pueblo de Dios. Los hijos de Dios lo necesitan cada vez más: necesitan su vida, su vida más abundante, su vida sobreabundante. Pero esa vida comienza y crece sin cesar a medida que el hijo de Dios ora por el Espíritu Santo. “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidieren?” Esta es la ley: una condición realzada por una promesa y endulzada por una relación.
El don del Espíritu Santo es uno de los beneficios que fluyen a nosotros de la gloriosa presencia de Cristo a la diestra de Dios; y este don del Espíritu Santo, junto con todos los demás dones del Cristo entronizado, nos son asegurados por la oración como condición. La Biblia, por declaración expresa, así como por sus principios generales y por sus claras y constantes indicaciones, nos enseña que el don del Espíritu Santo está ligado a la oración y condicionado por ella. Que el Espíritu Santo está en el mundo como Dios está en el mundo, es cierto. Que el Espíritu Santo está en el mundo como Cristo está en el mundo, también es cierto. Y es cierto además que nada se afirma de su morar en nosotros y en el mundo que no se afirme también de Dios y de Cristo morando en nosotros y en el mundo. El Espíritu Santo estaba en el mundo, en cierta medida, antes de Pentecostés; y en la medida de su operación de entonces, se oraba por Él y se le buscaba, y los principios no han cambiado. La verdad es que, si no podemos orar por el Espíritu Santo, no podemos orar por ningún bien de parte de Dios, pues Él es la suma de todo bien para nosotros. La verdad es que buscamos al Espíritu Santo así como buscamos a Dios, así como buscamos a Cristo, con grande clamor y lágrimas, y hemos de buscar siempre más y más de sus dones, de su poder y de su gracia. La verdad es que la presencia y el poder del Espíritu Santo en cualquier reunión están condicionados por la fe que ora.
Cristo establece la doctrina de que la recepción del Espíritu Santo está condicionada por la oración, y Él mismo ilustró esta ley universal, pues cuando el Espíritu Santo vino sobre Él en su bautismo, estaba orando. La Iglesia apostólica en acción ilustra la misma gran verdad.
Pocos días después de Pentecostés, los discípulos estaban en agonía de oración, “y como hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo.” Este suceso destruye toda teoría que niega la oración como condición de la venida y la nueva venida del Espíritu Santo después de Pentecostés, y confirma la idea de que Pentecostés, como resultado de una larga lucha de oración, es ilustración y confirmación de que los grandes y más preciosos dones de Dios son condicionados por el pedir, el buscar, el llamar, la oración ardiente e importuna.
La misma verdad se destaca de modo muy prominente en el avivamiento de Felipe en Samaria. Aunque llenos de gozo por haber creído en Cristo, y aunque recibidos en la Iglesia por el bautismo de agua, no recibieron el Espíritu Santo hasta que Pedro y Juan bajaron allá y oraron con ellos y por ellos.
La oración de Pablo fue la prueba que Dios dio a Ananías de que Pablo estaba en un estado que lo disponía a recibir el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo no es solo nuestro Maestro, nuestro Inspirador y nuestro Revelador en la oración, sino que el poder de nuestra oración, en medida y fuerza, se mide por el poder del Espíritu obrando en nosotros, como el querer y el obrar de Dios, según el buen deseo de Dios. En el tercer capítulo de Efesios, después de la maravillosa oración de Pablo por la Iglesia, parece que temía que pensaran que él había ido más allá de la capacidad de Dios en su grande petición. Y por eso cierra su súplica por ellos con las palabras de que Dios es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos. El poder de Dios para obrar por nosotros se mide por el poder de Dios en nosotros. “Según”, dice el Apóstol, esto es, conforme a la medida de, “el poder que obra en nosotros”. La fuerza expansiva de la oración hacia afuera era la fuerza expansiva de Dios en nosotros. La débil operación de Dios en nosotros produce oración débil. La más poderosa operación de Dios en nosotros produce la más poderosa oración. El secreto de la falta de oración es la ausencia de la obra del Espíritu Santo en nosotros. El secreto de la oración débil en todas partes es la falta del Espíritu de Dios en su potencia.
La capacidad de Dios para responder y obrar a través de nuestras oraciones se mide por la energía divina que Dios ha podido poner en nosotros por el Espíritu Santo. La fuerza expansiva de la oración es la medida del Espíritu Santo en nosotros. Así, la declaración de Santiago en el capítulo quinto de su Epístola es en este sentido:
“La oración eficaz del justo puede mucho.” La oración forjada en el corazón por la energía todopoderosa del Espíritu Santo obra poderosamente en sus resultados, tal como obró la oración de Elías.
¿Queremos orar eficaz y poderosamente? Entonces el Espíritu Santo debe obrar en nosotros eficaz y poderosamente. Pablo hace de este principio una aplicación universal. “Para lo cual también trabajo, luchando según la operación de él, la cual obra en mí poderosamente.” Todo trabajo por Cristo que no brote del Espíritu Santo obrando en nosotros es inútil y vano. Nuestras oraciones y actividades son tan débiles e infructuosas porque Él no ha obrado en nosotros, ni puede obrar en nosotros, su gloriosa obra. ¿Quieres orar con resultados poderosos? Busca las poderosas operaciones del Espíritu Santo en tu propio espíritu.
Aquí tenemos la lección inicial de la oración por el Espíritu Santo, que había de crecer hasta su pleno fruto en Pentecostés. Ha de notarse que en Juan 14:16, donde Jesús se compromete a rogar al Padre que envíe otro Consolador, que morara con sus discípulos y estuviese en ellos, esto no es una oración para que el Espíritu Santo haga su obra de hacernos hijos de Dios por la regeneración, sino que era por aquella gracia, aquel poder y aquella Persona más plenos del Espíritu Santo, que podemos reclamar en virtud de nuestra relación como hijos de Dios. Su obra en nosotros para hacernos hijos de Dios, y su Persona morando con nosotros y en nosotros como hijos de Dios, son etapas enteramente distintas del mismo Espíritu en su relación con nosotros. En esta segunda obra, sus dones y sus obras son mayores; y su presencia, Él mismo, es mayor que sus obras o sus dones. Su obra en nosotros nos prepara para Él mismo. Sus dones son las dispensaciones de su presencia. Por su obra nos hace y nos constituye miembros del cuerpo de Cristo. Por su Presencia y su Persona nos guarda en ese cuerpo. Por sus dones nos capacita para desempeñar las funciones como miembros de ese cuerpo.
Toda la lección culmina en pedir al Espíritu Santo como el gran objetivo de toda oración. En la instrucción dada en el Sermón del Monte, tenemos la promesa muy sencilla y precisa: “Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que se lo pidieren?” En Lucas, “buenas cosas” se sustituye por “el Espíritu Santo”. Todo bien está comprendido en el Espíritu Santo, y Él es la suma y la culminación de todas las cosas buenas.
¡Cuán compleja, confusa y enredada es más de una instrucción humana acerca de cómo obtener el don del Espíritu Santo como el Consolador que permanece, nuestro Santificador y Aquel que nos da poder! ¡Cuán sencilla y directa es la instrucción de nuestro Señor: pedid! Esto es claro y directo. Pide con urgencia, pide sin desmayar. Pide, busca, llama, hasta que Él venga. Tu Padre celestial ciertamente lo enviará si se lo pides. Espera en el Señor por el Espíritu Santo. Es el hijo que espera, que pide, que insiste y que ora con perseverancia por el mayor don del Padre y por la mayor necesidad del hijo: el Espíritu Santo.
¿Cómo hemos de obtener al Espíritu Santo, tan libremente prometido a los que lo buscan con fe? Espera, apremia y persevera, con toda la calma y todo el ardor de una fe que no conoce temor, que no admite duda; una fe que no titubea ante la promesa por incredulidad; una fe que en sus horas más oscuras y abatidas cree en esperanza contra esperanza; que es alentada por la esperanza y fortalecida por la esperanza, y que es salva por la esperanza.
Espera y ora: aquí está la llave que abre todo castillo de desesperación, y que abre todo tesoro de Dios. Es la sencillez del hijo que pide al Padre, quien da con una largueza, una liberalidad y una alegría infinitamente superiores a todo lo que jamás se conoció en padres terrenales. Pide por el Espíritu Santo; busca al Espíritu Santo; llama por el Espíritu Santo. Él es el mayor don del Padre para la mayor necesidad del hijo.
En estas tres palabras, “pedid”, “buscad” y “llamad”, que Cristo nos dio, tenemos la repetición de los pasos ascendentes de insistencia y esfuerzo. Él se entrega en mandamiento y promesa de la manera más fuerte, mostrándonos que si nos entregamos a la oración y perseveramos, subiendo a actitudes más altas y firmes, y descendiendo a más hondas profundidades de intensidad y esfuerzo, la respuesta ha de venir inevitablemente. De modo que es más cierto que las estrellas dejarían de brillar, antes que el pedir, el buscar y el llamar dejaran de obtener lo que se necesita y se desea.
No hay aquí una compañía selecta; solo la elección del esfuerzo en la oración: un esfuerzo intrépido, importuno, que nunca desmaya. “Porque al que llama, se le abrirá.” Nada puede ser más fuerte que esta declaración que nos asegura la respuesta, a no ser la promesa sobre la cual se funda: “Y yo os digo: Pedid, y se os dará.”