Capítulo 6 · 12 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Orad y no desmayéis
“Nada es imposible para la diligencia”, dijo uno de los siete sabios de Grecia. Cambiemos la palabra diligencia por oración perseverante, y la máxima será más cristiana y más digna de adoptarse universalmente. Estoy persuadido de que todos somos más deficientes en el espíritu de oración que en cualquier otra gracia. Dios ama tanto la oración importuna que no nos concede muchas bendiciones sin ella. Y la razón por la que ama tal oración es que nos ama a nosotros y sabe que es una preparación necesaria para que recibamos las más ricas bendiciones que Él espera y anhela otorgar.
Nunca oré sincera y fervientemente por algo sin que llegara en algún momento; no importa cuán lejano fuera el día, de algún modo, en alguna forma, probablemente la última que yo hubiera ideado, llegó.—Adoniram Judson
Es bueno, según he comprobado, perseverar en los intentos de orar. Aunque no logre orar con perseverancia ni prolongar mucho mi trato con el Ser Divino, he descubierto que cuanto más practico la oración secreta, más deleite hallo en hacerlo, y más he gozado del espíritu de oración; y con frecuencia he hallado lo contrario cuando, por causa de viajes o de otro modo, me he visto privado del recogimiento.—David Brainerd
Cristo señala la importunidad como una característica distintiva de la verdadera oración. No solo debemos orar, sino que debemos orar con gran urgencia, con intensidad y con repetición. No solo debemos orar, sino que debemos orar una y otra vez. No debemos cansarnos de orar. Debemos estar plenamente entregados, profundamente preocupados por aquello que pedimos, pues Jesucristo dejó muy claro que el secreto de la oración y su éxito residen en su urgencia. Debemos insistir en nuestras oraciones ante Dios.
En una parábola de exquisito patetismo y sencillez, nuestro Señor enseñó no simplemente que los hombres deben orar, sino que deben orar de todo corazón, e insistir en el asunto con vigorosa energía y ánimo valiente.
“Y les propuso también una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche, aunque sea longánime para con ellos? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?”
El caso de esta pobre mujer era de lo más desesperado, pero la importunidad trae esperanza desde los dominios de la desesperación y crea éxito donde ni el éxito ni sus condiciones existían. No podría haber caso más contundente para mostrar cómo la importunidad incansable e intrépida alcanza sus fines allí donde todo lo demás fracasa. El preámbulo de esta parábola dice: “Les propuso una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar”. Él sabía que los hombres pronto se desanimarían en la oración, y por eso, para alentarnos, nos ofrece este cuadro del maravilloso poder de la importunidad.
La viuda, débil y desvalida, es la impotencia personificada; despojada de toda esperanza e influencia que pudieran mover a un juez injusto, gana sin embargo su causa únicamente por su importunidad incansable y molesta. ¿Podría la necesidad de la importunidad, su poder y su tremenda importancia en la oración, pintarse con colores más profundos o más impresionantes? Supera o remueve todos los obstáculos, vence toda fuerza que se le resiste y alcanza sus fines frente a impedimentos invencibles. Nada podemos hacer sin oración. Todo puede lograrse mediante la oración importuna.
Esa es la enseñanza de Jesucristo.
Otra parábola pronunciada por Jesús refuerza la misma gran verdad. Un hombre acude a medianoche a su amigo para pedirle prestado pan. Sus ruegos son fuertes, fundados en la amistad y en las apremiantes y exigentes demandas de la necesidad, pero todos fracasan. No obtiene pan, pero permanece e insiste, espera y consigue. La pura importunidad triunfa allí donde todos los demás ruegos e influencias habían fracasado.
El caso de la mujer sirofenicia es una parábola en acción. En su acercamiento a Cristo la detiene la noticia de que Él no verá a nadie. Se le niega su presencia, y luego, en su presencia, es tratada con aparente indiferencia, con la frialdad del silencio y del desinterés: ella insiste y se acerca, y la insistencia y el acercamiento son rechazados con la severa y aplastante declaración de que Él no ha sido enviado a los de su pueblo ni de su raza, que ella queda excluida de su misión y de su poder. Es humillada al ser llamada perra. Y sin embargo lo acepta todo, lo vence todo, lo gana todo por su humilde, intrépida e invencible importunidad. El Hijo de Dios, complacido, sorprendido, vencido por su inconquistable importunidad, le dice: “Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres”. Jesucristo se rinde ante la importunidad de una gran fe. “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche, aunque sea longánime para con ellos?”
Jesucristo coloca la capacidad de importunar como uno de los elementos de la oración, una de las condiciones principales de la oración. La oración de la mujer sirofenicia es una muestra del incomparable poder de la importunidad, de un conflicto más real, que involucra más energía vital, más resistencia y todos los elementos más elevados que los que jamás se ilustraron en las competiciones de Istmia o de Olimpia.
Las primeras lecciones de la importunidad se enseñan en el Sermón del Monte: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”. Estos son pasos de avance: “Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”.
Sin perseverancia, la oración puede quedar sin respuesta. La importunidad se compone de la capacidad de aferrarse, de seguir insistiendo, de esperar con un asimiento que no se afloja ni puede aflojarse, con deseo inquieto y paciencia serena. La oración importuna no es un incidente, sino lo principal; no es una actuación, sino una pasión; no es una carencia, sino una necesidad.
La oración, en su forma más alta y su éxito más grandioso, asume la actitud de quien lucha con Dios. Es el certamen, la prueba y la victoria de la fe; una victoria que no se arranca de un enemigo, sino de Aquel que prueba nuestra fe para agrandarla, que examina nuestras fuerzas para hacernos más fuertes. Pocas cosas dan al alma un vigor tan vivo y permanente como una larga y agotadora temporada de oración importuna. Constituye una experiencia, una época, un nuevo calendario para el espíritu, una nueva vida para la religión, un adiestramiento de soldado. La Biblia nunca se cansa de insistir e ilustrar el hecho de que el mayor bien espiritual se obtiene como fruto del despliegue de la más alta forma de esfuerzo espiritual. En la religión de la Biblia no hay aliento ni lugar para los deseos débiles, los esfuerzos indolentes, las actitudes perezosas; todo ha de ser esforzado, urgente, ardiente. Los deseos encendidos, la insistencia apasionada e incansable deleitan al cielo. Dios quiere que sus hijos sean incorregiblemente fervientes y persistentemente audaces en sus esfuerzos. El cielo está demasiado ocupado para escuchar oraciones tibias o para responder a llamadas de paso.
Todo nuestro ser debe estar en nuestra oración; como Juan Knox, debemos decir y sentir: “Dame Escocia, o muero”. Nuestra experiencia y nuestras revelaciones de Dios nacen de nuestro costoso sacrificio, de nuestros costosos conflictos, de nuestra costosa oración. La lucha y la oración de toda una noche de Jacob marcaron una era jamás olvidada en la vida de Jacob, hicieron que Dios acudiera en su ayuda, cambiaron la actitud y la conducta de Esaú, transformaron el carácter de Jacob, salvaron y marcaron su vida y quedaron incorporadas en las costumbres de una nación.
Nuestras temporadas de oración importuna se graban, como el trazo de un diamante, en nuestras zonas más duras, y marcan con huellas imborrables nuestro carácter. ¡Son los períodos culminantes de nuestra vida! Las piedras conmemorativas que perduran y hacia las cuales nos volvemos.
La importunidad, conviene repetirlo, es una condición de la oración. Hemos de insistir en el asunto, no con vanas repeticiones, sino con repeticiones urgentes. Repetimos, no para contar las veces, sino para conseguir lo que pedimos. No podemos dejar de orar, porque el corazón y el alma están puestos en ello. Oramos “con toda perseverancia”. Nos aferramos a nuestras oraciones porque por ellas vivimos. Insistimos en nuestros ruegos porque debemos obtenerlos o morir. Cristo nos da dos parábolas de lo más expresivas para subrayar la necesidad de la importunidad en la oración. Quizá Abraham perdió a Sodoma por no llevar hasta el extremo su privilegio de orar. Joás, lo sabemos, perdió porque cesó de golpear.
La perseverancia cuenta mucho tanto con Dios como con los hombres. Si Elías hubiera cesado tras su primera petición, apenas habrían cedido los cielos su lluvia ante su débil oración. Si Jacob hubiera dejado de orar a una hora decente para acostarse, apenas habría sobrevivido al encuentro del día siguiente con Esaú. Si la mujer sirofenicia hubiera dejado que su fe desmayara ante el silencio, la humillación y el rechazo, o hubiera detenido a mitad de camino su lucha, su hogar afligido jamás se habría iluminado con la sanidad de su hija.
Orad y no desmayéis jamás: esa es la máxima que Cristo nos da para la oración. Es la prueba de nuestra fe, y cuanto más severa es la prueba y más larga la espera, tanto más gloriosos son los resultados.
Los beneficios y la necesidad de la importunidad los enseñan los santos del Antiguo Testamento. Los hombres de oración deben ser fuertes en esperanza, en fe y en oración. Deben saber esperar e insistir, aguardar en Dios y ser fervientes en nuestros acercamientos a Él.
Abraham nos ha dejado un ejemplo de intercesión importuna en su apasionado ruego a Dios en favor de Sodoma y Gomorra, y si, como ya se ha indicado, no hubiera cesado de pedir, quizá Dios no habría cesado de conceder.
“Abraham dejó de pedir antes de que Dios dejara de conceder”. Moisés enseñó el poder de la importunidad cuando intercedió por Israel cuarenta días y cuarenta noches, con ayuno y oración. Y triunfó en su importunidad.
Jesús, con su enseñanza y su ejemplo, ilustró y perfeccionó este principio del Antiguo Testamento de rogar y esperar. Cuán extraño es que el Hijo unigénito de Dios, que vino en una misión directa de su Padre, cuyo único cielo en la tierra, cuya única vida y ley era hacer la voluntad de su Padre en esa misión, ¡qué misterio que Él estuviera bajo la ley de la oración, que las bendiciones que le llegaban estuvieran impregnadas y compradas por la oración; y más extraño aún, que la importunidad en la oración fuera el medio por el cual obtenía de Dios sus más ricas provisiones! De no haber orado con importunidad, no habría habido transfiguración en su historia, ni obras poderosas habrían hecho divina su carrera. Su oración de noches enteras era lo que llenaba de compasión y de poder su obra de días enteros. La oración importuna de su vida coronó su muerte con el triunfo. Aprendió la elevada lección de la sumisión a la voluntad de Dios en las luchas de la oración importuna antes de ilustrar esa sumisión de manera tan sublime en la cruz.
“Nos guste o no”, dijo el señor Spurgeon, “pedir es la regla del reino”. “Pedid, y recibiréis”. Es una regla que jamás será modificada en el caso de nadie. Nuestro Señor Jesucristo es el hermano mayor de la familia, pero Dios no ha suavizado la regla en su favor. Recordad este texto: Jehová dice a su propio Hijo: “Pídeme, y te daré los cielos por tu heredad, y los confines de la tierra por tu posesión”. Si al regio y divino Hijo de Dios no se le exime de la regla de pedir para poder recibir, tú y yo no podemos esperar que la regla se suavice en nuestro favor. ¿Por qué habría de suavizarse? ¿Qué razón puede alegarse para que se nos exima de la oración? ¿Qué argumento puede haber para que se nos prive del privilegio y se nos libre de la necesidad de la súplica? Yo no veo ninguno: ¿lo ves tú? Dios bendecirá a Elías y enviará lluvia sobre Israel, pero Elías debe orar por ello. Si la nación escogida ha de prosperar, Samuel debe interceder por ella. Si los judíos han de ser librados, Daniel debe interceder. Dios bendecirá a Pablo, y las naciones serán convertidas por medio de él, pero Pablo debe orar. Y oró sin cesar; sus epístolas muestran que no esperaba nada sino pidiéndolo. Si puedes tenerlo todo pidiendo, y nada sin pedir, te ruego que veas cuán absolutamente vital es la oración, y te suplico que abundes en ella.”
No cabe la menor duda de que mucha de nuestra oración fracasa por falta de persistencia. Carece del fuego y de la fuerza de la perseverancia. La persistencia es la esencia de la verdadera oración. Puede que no siempre haya que ponerla en ejercicio, pero debe estar ahí como fuerza de reserva. Jesús enseñó que la perseverancia es el elemento esencial de la oración. Los hombres deben ser fervientes cuando se arrodillan ante el estrado de Dios.
Con demasiada frecuencia nos desanimamos y dejamos de orar en el punto en que deberíamos comenzar. Soltamos precisamente donde deberíamos aferrarnos con más fuerza. Nuestras oraciones son débiles porque no están apasionadas por una voluntad firme e irresistible.
Dios ama al suplicante importuno, y le envía respuestas que jamás se habrían concedido de no ser por la persistencia que se niega a soltar hasta que la petición anhelada es concedida.