Capítulo 10 · 21 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Orar sin orar
Tengo las cuatro Evangelios por enteramente genuinos, pues hay en ellos el reflejo de una grandeza que emanaba de la persona de Jesús y que era tan divina como jamás se haya visto sobre la tierra.—Goethe
No hay posibilidad alguna, ni necesidad alguna, de una oración sin oración: una ejecución sin corazón, una rutina sin sentido, un hábito muerto, un acto apresurado y descuidado; nada justifica. La oración sin oración no tiene vida, no da vida, está muerta, exhala muerte. No es un hacha de guerra, sino el juguete de un niño, para jugar y no para servir. La oración sin oración ni siquiera alcanza la importancia y los fines de un pasatiempo. La oración sin oración no es más que un peso, un estorbo en la hora de la lucha, del conflicto intenso; un toque de retirada en el momento de la batalla y de la victoria.
¿Por qué no oramos? ¿Cuáles son los estorbos de la oración? No es ésta una pregunta curiosa ni trivial. Toca no sólo todo el asunto de nuestra oración, sino todo el asunto de nuestra religión. La religión ha de decaer forzosamente cuando la oración es estorbada. Lo que estorba la oración, estorba la religión. El que está demasiado ocupado para orar, estará demasiado ocupado para vivir una vida santa.
Otros deberes se vuelven apremiantes y absorbentes, y desalojan a la oración. “Muerto por asfixia” sería el veredicto del forense en muchos casos de oración muerta, si pudiera abrirse una indagatoria sobre esta terrible calamidad espiritual. Esta manera de estorbar la oración llega a ser tan natural, tan fácil, tan inocente, que cae sobre nosotros sin que lo advirtamos. Si consentimos en que nuestra oración sea desalojada, siempre lo será. Satanás prefiere, más que ninguna otra cosa, que dejemos crecer la hierba en la senda que lleva a nuestro aposento de oración. Una cámara de oración cerrada significa que hemos abandonado el negocio en lo religioso, o —lo que es peor— que hemos hecho cesión de bienes y llevamos adelante nuestra religión bajo otro nombre que no es el de Dios, y para gloria de algún otro. La gloria de Dios sólo se asegura, en el negocio de la religión, llevando esa religión con un gran capital de oración. Los apóstoles lo entendieron cuando declararon que su tiempo no debía emplearse ni siquiera en los deberes sagrados de la limosna; debían entregarse, dijeron, “de continuo á la oración y al ministerio de la Palabra”, poniendo ellos la oración en primer lugar, y recibiendo el ministerio de la Palabra su eficacia y su vida de la oración.
El proceso de estorbar la oración desalojándola es sencillo y avanza por etapas. Primero, la oración se despacha de prisa. Entran la inquietud y la agitación, funestas para todo ejercicio devoto. Luego se acorta el tiempo, y el gusto por el ejercicio se apaga. Después se la arrincona, y depende de los retazos de tiempo para practicarse. Su valor se deprecia. El deber ha perdido su importancia. Ya no impone respeto ni reporta provecho. Ha caído de nuestra estima, de nuestro corazón, de nuestros hábitos, de nuestra vida. Dejamos de orar y dejamos de vivir espiritualmente.
No hay dique alguno contra las aguas desoladoras de la mundanalidad, los negocios y los cuidados, sino la oración. Esto quiso decir Cristo cuando nos mandó velar y orar. No hay cuerpo de exploradores que abra camino al Evangelio sino la oración. Pablo lo sabía cuando declaró que “de noche y de día oraba con grande instancia, para ver vuestro rostro, y completar lo que falta á vuestra fe”. No se llega a un alto estado de gracia sin mucha oración, ni se permanece en aquellas altas cumbres sin gran oración. Epafras lo sabía cuando “trabajaba fervientemente en oraciones” por la iglesia de Colosas, “para que estuviesen firmes, perfectos y cumplidos en todo lo que Dios quiere”.
El único modo de preservar nuestra oración de ser estorbada es estimar la oración en su verdadero y grande valor. Estímala como Daniel, quien, cuando “supo que la escritura estaba firmada, entróse en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que estaban hacia Jerusalem, hincábase de rodillas tres veces al día, y oraba, y confesaba delante de su Dios, como lo solía hacer antes”. Pon la oración entre los altos valores, como lo hizo Daniel: por encima del puesto, del honor, de la comodidad, de la riqueza, de la vida. Pon la oración entre tus hábitos, como lo hizo Daniel. “Como lo solía hacer antes” encierra mucho que da firmeza y fidelidad en la hora de la prueba; mucho que quita estorbos y domina las circunstancias adversas.
Una de las más astutas artimañas de Satanás es destruir lo mejor por medio de lo bueno. Los negocios y otros deberes son buenos, pero nos llenamos de tal modo de ellos que desalojan y destruyen lo mejor. La oración guarda la ciudadela para Dios, y si Satanás logra por cualquier medio debilitar la oración, algo gana con ello; y cuando la oración muere, la ciudadela ha sido tomada. Debemos guardar la oración como el centinela fiel monta su guardia, con vigilancia que no duerme. No debemos tenerla medio hambrienta y endeble como un recién nacido, sino que debemos mantenerla en fuerza de gigante. Nuestro aposento de oración debe recibir nuestras fuerzas más frescas, nuestro tiempo más sereno, sus horas libres de trabas, sin intromisión, sin prisa. Un lugar apartado y tiempo en abundancia son la vida de la oración. “Hincarnos de rodillas tres veces al día, y orar y dar gracias delante de Dios como lo solíamos hacer antes”, es el corazón mismo y el alma de la religión, y hace a los hombres, como a Daniel, de “un espíritu superior” y “muy amados en el cielo”.
La grandeza de la oración, que compromete —como en efecto lo hace— al hombre entero en su forma más intensa, no se alcanza sin disciplina espiritual. Esto la convierte en trabajo arduo, y ante este esfuerzo exigente y consumidor queda avergonzada nuestra pereza o flaqueza espiritual.
La sencillez de la oración, sus elementos de niño, constituyen un gran obstáculo para la verdadera oración. El intelecto se interpone en el camino del corazón. Sólo el espíritu de niño es el espíritu de la oración. No es tarea de recreo volver a hacer niño al hombre. En el canto, en la poesía, en el recuerdo, puede desear volver a ser niño; pero en la oración ha de ser niño otra vez de veras. A las rodillas de su madre: sin artificio, dulce, intenso, directo, confiado. Sin sombra de duda, sin capricho al que ceder. Un deseo que arde y consume, que sólo puede expresarse con un clamor. No es obra fácil tener este espíritu de oración propio de la vida de niño.
Si la oración no fuera más que una hora en el aposento, las dificultades harían frente y estorbarían aun esa hora; pero la oración es la vida entera preparándose para el aposento. ¡Qué difícil es cubrir el hogar y los negocios, todo lo dulce y todo lo amargo de la vida, con la santa atmósfera del aposento! Una vida santa es la única preparación para la oración. Es tan difícil orar como vivir una vida santa. Aquí hallamos un muro de exclusión levantado en torno a nuestros aposentos; los hombres no aman la oración santa porque no aman ni quieren vivir la vida santa. Montgomery expone las dificultades de la verdadera oración al declarar la sublimidad y la sencillez de la oración.
La oración es la forma más sencilla de hablar
que los labios de un niño pueden ensayar.
La oración es el más sublime de los acentos que alcanzan
a la Majestad en las alturas.
Esto no sólo es buena poesía, sino una verdad profunda en cuanto a la altura y la sencillez de la oración. Hay grandes dificultades para alcanzar los exaltados, angélicos acentos de la oración. La dificultad de descender hasta la sencillez de los labios de un niño no es mucho menor.
En el Antiguo Testamento la oración se llama lucha. En ella hay conflicto y destreza, esfuerzo intenso y agotador. En el Nuevo Testamento tenemos los términos batallar, trabajar fervientemente, ferviente, eficaz, agonía; todos indican un esfuerzo intenso desplegado, dificultades vencidas. Nosotros, en nuestras alabanzas, cantamos:
“¡Cuántos y cuán diversos estorbos hallamos
al acercarnos al trono de la gracia!”
También hemos aprendido que los resultados de gracia que se obtienen por la oración guardan por lo general proporción con lo que se gasta en quitar los estorbos que obstruyen la elevada comunión de nuestra alma con Dios.
Cristo dijo una parábola con este fin: que los hombres deben orar siempre, y no desmayar. La parábola de la viuda importuna enseña las dificultades de la oración, cómo han de vencerse, y los felices resultados que siguen a la oración esforzada. Las dificultades siempre obstruirán el camino al aposento mientras siga siendo verdad que:
“Satanás tiembla cuando ve
al más débil santo puesto de rodillas.”
La fe valerosa se hace más fuerte y más pura al dominar las dificultades. Estas dificultades no hacen sino aguzar el ojo de la fe hacia el glorioso premio que ha de ganar el que luche con éxito en la oración. Los hombres no han de desmayar en el combate de la oración, sino que a esta obra alta y santa han de entregarse, desafiando las dificultades del camino, y experimentarán en los resultados más que la dicha de un ángel. Dijo Lutero: “Haber orado bien es haber estudiado bien”. Más aún: haber orado bien es haber peleado bien. Haber orado bien es haber vivido bien. Orar bien es morir bien.
La oración es un don raro, no un don popular ni a la mano. La oración no es fruto de talentos naturales; es el producto de la fe, de la santidad, de un carácter hondamente espiritual. Los hombres aprenden a orar como aprenden a amar. La perfección en la sencillez, en la humildad, en la fe: éstos son sus principales ingredientes. Los novicios en estas gracias no son diestros en la oración. No puede ser asida por manos inexpertas; sólo los graduados en la más alta escuela del arte del cielo pueden pulsar sus teclas más finas, arrancar sus notas más dulces y más altas. Se requiere material fino y un acabado franco. Se necesitan maestros de obra, pues los meros jornaleros no pueden ejecutar la obra de la oración.
El espíritu de la oración debe gobernar nuestro espíritu y nuestra conducta. El espíritu del aposento de oración debe regir nuestra vida, o la hora del aposento será insulsa y sin savia. Orar siempre en espíritu; obrar siempre en el espíritu de la oración: esto es lo que hace fuerte nuestra oración. El espíritu de cada momento es el que imparte fuerza a la comunión del aposento. Es lo que somos fuera del aposento lo que da la victoria o acarrea la derrota al aposento. Si el espíritu del mundo prevalece en nuestras horas fuera del aposento, el espíritu del mundo prevalecerá en las horas de nuestro aposento, y ésa será una farsa vana y ociosa.
Debemos vivir para Dios fuera del aposento si queremos encontrarnos con Dios en el aposento. Debemos bendecir a Dios con vidas de oración si queremos tener la bendición de Dios en el aposento. Debemos hacer la voluntad de Dios en nuestra vida si queremos que Dios nos preste oído en el aposento. Debemos escuchar la voz de Dios en público si queremos que Dios escuche nuestra voz en privado. Dios ha de tener nuestro corazón fuera del aposento, si queremos tener la presencia de Dios en el aposento. Si queremos tener a Dios en el aposento, Dios ha de tenernos a nosotros fuera del aposento. No hay modo de orar a Dios sino viviendo para Dios. El aposento no es simplemente un confesionario, sino la hora de la santa comunión y del alto y dulce trato, y de la intensa intercesión.
Los hombres orarían mejor si vivieran mejor. Recibirían más de Dios si vivieran de manera más obediente y grata a Dios. Tendríamos más fuerza y tiempo para la divina obra de la intercesión si no tuviéramos que gastar tanta fuerza y tanto tiempo en saldar viejas cuentas y en pagar impuestos atrasados. Nuestros pasivos espirituales exceden de tal modo a nuestros activos espirituales, que el tiempo de nuestro aposento se nos va en tramitar una declaración de quiebra, en vez de ser para nosotros y para otros un tiempo de gran riqueza espiritual. Nuestros aposentos se parecen demasiado al letrero: “Cerrado por reparaciones”.
Juan dijo, acerca de la oración de los primeros cristianos: “Y cualquier cosa que pidiéremos, la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él”. Notemos qué terrenos ilimitados abarcaban, qué dones ilimitados recibían con su oración poderosa: “cualquier cosa”; ¡cuán amplio es el alcance y la recepción de la oración poderosa; cuán sugestivas las razones de la capacidad para orar y para ver contestadas las oraciones! Obediencia, pero más que mera obediencia: hacer las cosas que agradan bien a Dios. Iban a sus aposentos fortalecidos por su estricta obediencia y su amorosa fidelidad a Dios en su conducta. Sus vidas no sólo eran verdaderas y obedientes, sino que pensaban en cosas por encima de la obediencia, buscando y haciendo cosas que alegraran a Dios. Éstos pueden venir con paso ansioso y rostro radiante a encontrarse con su Padre en el aposento, no simplemente para ser perdonados, sino para ser aprobados y para recibir.
Mucha diferencia hay en si venimos a Dios como criminales o como hijos; para ser indultados o para ser aprobados; para saldar cuentas o para ser abrazados; para el castigo o para el favor. Para que sea fuerte, nuestra oración ha de estar apuntalada por una vida santa. El nombre de Cristo ha de ser honrado por nuestra vida antes de que honre nuestras intercesiones. La vida de fe perfecciona la oración de fe.
Nuestras vidas no sólo dan color a nuestra oración, sino que le dan también cuerpo. La mala vida hace la mala oración. Oramos débilmente porque vivimos débilmente. La corriente de la oración no puede subir más alto que la fuente del vivir. La fuerza del aposento se compone de la energía que fluye de las corrientes confluentes del vivir. La flaqueza del vivir arroja su desmayo dentro de los hogares del aposento. No podemos hablar a Dios con fuerza cuando no hemos vivido para Dios con fuerza. El aposento no puede ser santo para Dios cuando la vida no ha sido santa para Dios. La Palabra de Dios subraya que nuestra conducta es lo que da valor a nuestra oración. “Entonces invocarás, y oírte ha Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí. Si quitares de en medio de ti el yugo, el extender el dedo, y el hablar vanidad.”
Los hombres han de orar “levantando manos santas, sin ira ni contienda”. Hemos de pasar en temor el tiempo de nuestra peregrinación aquí, si queremos invocar al Padre. No podemos divorciar la oración de la conducta. “Cualquier cosa que pidiéremos, la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él.” “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.” El mandato de Cristo, “Velad y orad”, es para cubrir y guardar la conducta, a fin de que vengamos a nuestros aposentos con toda la fuerza que da una guardia vigilante sobre nuestra vida.
Nuestra religión fracasa más a menudo y más tristemente en nuestra conducta. Hermosas teorías quedan afeadas por vidas feas. El punto más difícil, y también el más impresionante, de la piedad es vivirla. Nuestra oración sufre tanto como nuestra religión a causa de la mala vida. A los predicadores se les encargaba en los tiempos primitivos que predicaran con su vida, o que no predicaran en absoluto. Así, a los cristianos de todas partes debería encargárseles que oraran con su vida, o que no oraran en absoluto. Por supuesto, la oración de arrepentimiento es aceptable. Pero arrepentirse significa dejar de hacer el mal y aprender a hacer el bien. Un arrepentimiento que no produce un cambio en la conducta es un fingimiento. Una oración que no da por resultado una conducta pura es un engaño. Hemos perdido todo el oficio y la virtud de la oración si ésta no rectifica la conducta. Está en la naturaleza misma de las cosas que hemos de dejar de orar o dejar la mala conducta. La oración fría y muerta puede coexistir con la mala conducta, pero la oración fría y muerta no es oración a los ojos de Dios. Nuestra oración avanza en poder a medida que rectifica la vida. Una vida que crece en pureza y devoción será una vida más entregada a la oración.
Lo lamentable es que buena parte de nuestra oración carece de objeto y de fin. Carece de propósito. ¡Cuánta oración hay por parte de hombres y mujeres que jamás permanecen en Cristo! Oración apresurada, oración dulce y llena de sentimiento, oración agradable, pero no respaldada por una vida desposada con Cristo. ¡Oración popular! ¡Cuánta de esta oración sale de corazones no santificados y de labios no consagrados! Las oraciones brotan a la vida bajo el influjo de alguna gran excitación, por alguna urgente emergencia, a través de algún clamor popular, de algún gran peligro. Pero las condiciones de la oración no están allí. Nos precipitamos a la presencia de Dios y tratamos de vincularlo a nuestra causa, de inflamarlo con nuestras pasiones, de moverlo con nuestro peligro. Se ha de orar por todas las cosas, pero con manos limpias, con absoluta deferencia a la voluntad de Dios y permaneciendo en Cristo. La oración sin oración, hecha por labios y corazones no adiestrados en la oración, por vidas fuera de armonía con Jesucristo; la oración sin oración, que tiene la forma y el movimiento de la oración pero carece del verdadero corazón de la oración, nunca mueve a Dios a responder. De tal oración dice Santiago: “No tenéis, porque no pedís; pedís, y no recibís, porque pedís mal”.
Los dos grandes males: no pedir, y pedir de mala manera. Quizá el mayor mal sea el pedir mal, porque tiene en sí la apariencia del deber cumplido, de haber orado cuando no ha habido oración: un engaño, un fraude, un fingimiento. Los tiempos de más oración no son en realidad los tiempos de la mejor oración. Los fariseos oraban mucho, pero los movía la vanidad; su oración era el símbolo de su hipocresía, con la cual hacían de la casa de oración de Dios una cueva de ladrones. La suya era una oración para las ocasiones solemnes: mecánica, rutinaria, profesional, hermosa en las palabras, fragante en el sentimiento, bien ordenada, bien recibida por los oídos que la escuchaban, pero enteramente desprovista de todo elemento de verdadera oración.
Las condiciones de la oración están bien ordenadas y claras: permanecer en Cristo, en su nombre. Una de las primeras necesidades, si hemos de asir las infinitas posibilidades de la oración, es librarnos de la oración sin oración. A menudo es hermosa en las palabras y en la ejecución; tiene el ropaje de la oración en forma rica y costosa, pero le falta el alma de la oración. Con qué facilidad caemos en el hábito del servicio sin oración, de simplemente llenar un programa.
¡Si los hombres oraran de veras en todas las ocasiones y en todo lugar donde repiten los gestos de la oración! ¡Si sólo hubiera corazones santos e inflamados detrás de todas estas hermosas palabras y graciosas formas! ¡Si siempre hubiera corazones levantados en estos hombres erguidos que profieren palabras impecables pero vanas delante de Dios! ¡Si siempre hubiera corazones reverentes e inclinados cuando las rodillas dobladas profieren palabras delante de Dios para agradar a oídos de hombres!
No hay nada que preserve tanto la vida de la oración —su vigor, su dulzura, sus deberes, su seriedad y su valor— como una profunda convicción de que la oración es un acercamiento a Dios, una súplica a Dios, un pedir a Dios. Entonces habrá realidad en ella; entonces habrá reverencia en la actitud, en el lugar y en el ambiente. La fe atraerá, encenderá y abrirá. La formalidad y la muerte no pueden vivir en este alto y sumamente serio hogar del alma.
La oración sin oración carece del elemento esencial de la verdadera oración; no se funda en el deseo, y está desprovista de fervor y de fe. El deseo carga el carro de la oración, y la fe hace girar sus ruedas. La oración sin oración no tiene carga, porque no tiene sentido de la necesidad; no tiene ardor, porque no tiene nada de la visión, de la fuerza ni del fulgor de la fe. Ninguna presión poderosa hacia la oración, ningún aferrarse a Dios con el apretón inmortal y desesperado: “No te dejaré, si no me bendices”. Ningún completo abandono de sí mismo, perdido en las angustias de una súplica desesperada, tenaz y consumidora: “Que perdones ahora su pecado; y si no, ráeme ahora de tu libro”; o “Dame Escocia, o muero”. La oración sin oración no arriesga nada en el desenlace, porque no tiene nada que arriesgar. Viene, es verdad, con las manos vacías, pero son manos indolentes tanto como vacías. Nunca han aprendido la lección de las manos vacías aferradas a la cruz; esta lección no tiene para ellas forma ni hermosura.
La oración sin oración no pone corazón en su oración. La falta de corazón despoja a la oración de su realidad, y la hace un vaso vacío e inservible. El corazón, el alma, la vida han de estar en nuestra oración; los cielos han de sentir la fuerza de nuestro clamor, y han de ser movidos a una simpatía apremiada por nuestro estado amargo y menesteroso. Una necesidad que nos oprime, y que no halla alivio sino en nuestro clamar a Dios, ha de dar voz a nuestra oración.
La oración sin oración es insincera. No tiene honradez en el corazón. Nombramos con palabras lo que no deseamos en el corazón. Nuestras oraciones dan expresión formal a las cosas de las cuales nuestro corazón no sólo no está hambriento, sino por las cuales realmente no tiene gusto alguno. Oímos una vez a un predicador eminente y santo, ya en el cielo, dirigirse brusca y agudamente a una congregación que acababa de levantarse de la oración, con esta pregunta y afirmación: “¿Por qué habéis orado? Si Dios os asiera y os sacudiera, y os exigiera por qué habéis orado, no podríais decirle, ni para salvar vuestra vida, cuál fue la oración que acaba de morir en vuestros labios”. Así es siempre: la oración sin oración no tiene ni memoria ni corazón. Una mera forma, una masa heterogénea, un compuesto insípido, una mezcla amontonada por el sonido y para rellenar, pero sin corazón ni fin, eso es la oración sin oración. Una seca rutina, una lúgubre faena, una tarea sorda y pesada, eso es la oración sin oración.
Pero la oración sin oración es mucho peor que una faena o una tarea: divorcia la oración del vivir; profiere sus palabras contra el mundo, pero con el corazón y con la vida corre hacia el mundo; ora por humildad, pero alimenta la soberbia; ora por la abnegación, mientras consiente a la carne. Nada supera en resultados de gracia a la verdadera oración; pero más vale no orar en absoluto que orar oraciones sin oración, porque no son sino pecado, y lo peor del pecar es pecar de rodillas.
El hábito de orar es un buen hábito, pero orar sólo por fuerza del hábito es un hábito muy malo. Esta clase de oración no está condicionada según el orden de Dios, ni engendrada por el poder de Dios. No sólo es un desperdicio, una perversión y un engaño, sino que es una prolífica fuente de incredulidad. La oración sin oración no obtiene resultados. No se alcanza a Dios, ni se ayuda uno a sí mismo. Más vale no orar en absoluto que no asegurar resultado alguno de la oración. Mejor para el que ora, mejor para los demás. Los hombres oyen de los prodigiosos resultados que se han de obtener por la oración: el bien sin igual prometido a la oración en la Palabra de Dios. Estos mundanos de ojo avizor, o estos pequeños de poca fe, notan la gran discrepancia entre los resultados prometidos y los resultados alcanzados, y se ven necesariamente llevados a dudar de la verdad y del valor de aquello que es tan grande en promesa y tan mísero en resultados. Se deshonra a la religión y a Dios; se fortalecen la duda y la incredulidad con el mucho pedir y el nada obtener.
En contraste con esto, ¡qué poderosa fuerza es la oración con oración! La verdadera oración ayuda a Dios y al hombre. Por ella se adelanta el reino de Dios. Por ella viene al hombre el mayor bien. La oración puede hacer todo lo que Dios puede hacer. Lo lamentable es que no creemos esto como deberíamos, ni lo ponemos a prueba.