Capítulo 9 · 9 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Nehemías, el constructor orante
No nos importan tus espléndidas aptitudes como ministro, ni tu don natural como orador ante los hombres. Estamos seguros de que la verdad del asunto es esta: nadie querrá ni podrá alcanzar el éxito y llegar a ser un alma verdaderamente orante a menos que el precio sea una aplicación intensa. Estoy incluso ahora convencido de que la diferencia entre los santos como Wesley, Fletcher, Edwards, Brainerd, Bramwell, Bounds, y nosotros mismos está en la energía, la perseverancia, la determinación invencible de triunfar o morir en el intento. Que Dios nos ayude.—Rev. Homer W. Hodge.
Al enumerar los santos orantes del Antiguo Testamento, no debemos dejar fuera de ese sagrado catálogo a Nehemías, el constructor. Se destaca en pie de igualdad con los demás que hemos considerado. En la historia de la reconstrucción de Jerusalén después del cautiverio, desempeña un papel prominente, y la oración ocupa un lugar prominente en su vida durante aquellos años. Era cautivo en Babilonia, y tenía una posición importante en el palacio del rey, de quien era copero. Debió de haber en él un mérito considerable para que el rey tomara a un cautivo hebreo y lo colocara en tal oficio, en el que realmente tenía a su cargo la vida del rey, pues era responsable del vino que este bebía.
Fue mientras Nehemías estaba en Babilonia, en el palacio del rey, cuando un día sus hermanos vinieron de Jerusalén, y muy naturalmente Nehemías deseaba noticias del pueblo de allí e información acerca de la ciudad misma. Se le dio la angustiosa noticia de que los muros estaban derribados, las puertas habían sido quemadas a fuego, y el remanente que había quedado allí al comienzo del cautiverio estaba en gran aflicción y oprobio.
Un solo versículo expresa el efecto de esta triste noticia sobre este hombre de Dios:
“Y fué que, cuando yo oí estas palabras, sentéme y lloré, y enlutéme por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos.”
He aquí un hombre cuyo corazón estaba en su propia tierra natal, lejos de donde ahora vivía. Amaba a Israel, se preocupaba por el bienestar de Sion, y era fiel a Dios. Profundamente angustiado por la noticia acerca de sus hermanos en Jerusalén, hizo duelo y lloró. ¡Qué pocos son los hombres fuertes en estos días que pueden llorar por los males y abominaciones de los tiempos! ¡Qué raros aquellos que, al ver las desolaciones de Sion, se interesan y se preocupan lo suficiente por el bienestar de la Iglesia como para hacer duelo! El hacer duelo y llorar por la decadencia de la religión, el ocaso del poder del avivamiento y las temibles incursiones de la mundanalidad en la Iglesia son casi una cantidad desconocida. Hay tanto de un supuesto optimismo que los líderes no tienen ojos para ver el derrumbe de los muros de Sion y el bajo estado espiritual de los cristianos del día presente, y tienen menos corazón aún para hacer duelo y clamar por ello. Nehemías era un hombre que hacía duelo en Sion. Y poseyendo este estado de corazón, angustiado sin medida, hace lo que otros santos orantes habían hecho: va a Dios y lo hace asunto de oración. La oración está registrada en Nehemías 1, y es un modelo conforme al cual moldear nuestras oraciones. Comienza con adoración, hace confesión de los pecados de su nación, alega las promesas de Dios, menciona las misericordias pasadas, y suplica misericordia perdonadora. Luego, con la mirada puesta en el futuro —pues sin duda había planeado, la próxima vez que fuera llamado a la presencia del rey, pedir permiso para visitar Jerusalén y hacer allí lo posible para remediar el angustioso estado de las cosas— le oímos orar por algo muy especial: “Y, te ruego, prospera hoy á tu siervo, y dale gracia delante de este varón.” “Porque —añade a modo de explicación— yo era copero del rey.”
Parecía bien orar por su pueblo, pero ¿cómo iba un rey pagano, posiblemente sin simpatía alguna por la triste condición de su ciudad y de su pueblo en una tierra de cautiverio, y sin interés en el asunto, a ser afectado tan favorablemente que consintiera en desprenderse de su fiel copero y le permitiera ausentarse por meses? Pero Nehemías creía en un Dios que podía tocar aun la mente de un gobernante pagano y moverlo favorablemente hacia la petición de su siervo orante.
Nehemías fue llamado a la presencia del rey, y Dios usó aun la apariencia del semblante de Nehemías como cuña de entrada para ganar el consentimiento de Artajerjes. Esto dio inicio a la indagación del rey en cuanto a su causa, y el resultado final fue que el rey no solo permitió a Nehemías volver a Jerusalén, sino que le proveyó de todo lo necesario para el viaje y para el éxito de la empresa.
Nehemías tampoco descansó tranquilo cuando oró por primera vez acerca de este asunto, sino que declaró este hecho significativo mientras hablaba con el rey: “Oré pues al Dios de los cielos”, dejando entrever que, mientras el rey indagaba acerca de su petición y del tiempo que estaría ausente, él allí mismo estaba hablando con Dios sobre el asunto.
La oración intensa y persistente de Nehemías prevaleció. Dios puede afectar aun la mente de un gobernante pagano, y esto puede hacerlo en respuesta a la oración sin trastornar en lo más mínimo su libre albedrío ni forzar su voluntad. Fue un caso paralelo al de Ester cuando llamó a su pueblo a ayunar y orar por ella al entrar sin ser invitada a la presencia del rey. Como resultado, su mente, en un momento muy crítico, fue tocada por el Espíritu de Dios, y él se sintió favorablemente movido hacia Ester y le extendió el cetro de oro.
Tampoco cesó la oración de Nehemías cuando había tenido éxito hasta ese punto. Al edificar el muro de Jerusalén, encontró gran oposición de parte de Sanballat y Tobías, quienes ridiculizaban los esfuerzos del pueblo por reconstruir los muros de la ciudad. Sin conmoverse por estas injurias ni por la intensa oposición de estos perversos adversarios de lo que era para la causa de Dios, prosiguió la tarea que había emprendido. Pero mezcla la oración con todo lo que hace: “Oye, oh Dios nuestro, que somos menospreciados, y vuelve el baldón de ellos sobre su cabeza, y dalos por presa en la tierra de su cautiverio.” Y al continuar el relato dice: “Mas nosotros oramos á nuestro Dios.”
A lo largo de los relatos de la elevada y noble obra que realizaba, hallamos que la oración sobresale prominentemente al frente. Aun después de terminados los muros, estos mismos enemigos suyos y del pueblo de Dios volvieron a oponérsele en su tarea. Pero él renueva su oración, y él mismo registra esta significativa oración: “Ahora pues, oh Dios, fortalece mis manos.”
Más adelante todavía, cuando Sanballat y Tobías habían contratado a un emisario para atemorizar y estorbar a Nehemías, le hallamos poniéndose directamente en contra de este nuevo ataque, y entonces de nuevo se vuelve a Dios en oración: “Acuérdate, Dios mío, de Tobías y de Sanballat, conforme á estas sus obras, y también de Noadías profetisa, y de los otros profetas que procuraban ponerme miedo.” Y Dios respondió a su fiel obrero, y desbarató los consejos y los planes de estos perversos adversarios de Israel.
Nehemías descubrió, para su consternación, que no se habían dado a los levitas sus porciones, y como resultado la casa de Dios había sido abandonada. Tomó medidas para que llegaran los diezmos legítimos, de modo que la casa de Dios estuviera abierta a todos los servicios religiosos, y nombró tesoreros que atendieran este asunto. Pero la oración no ha de pasarse por alto, así que hallamos su oración registrada en esta ocasión: “Acuérdate de mí, oh Dios mío, en orden á esto, y no raigas mis misericordias que hice en la casa de mi Dios, y en sus oficios.”
No se piense que esta fue la súplica de la propia justicia, como la del fariseo en tiempos de nuestro Señor, quien supuestamente subió al templo a orar y desfiló sus pretensiones de propia justicia ante los ojos de Dios. Fue una oración al modo de Ezequías, quien recordó a Dios su fidelidad hacia Él y que su corazón era recto ante su vista.
Una vez más Nehemías halla el mal entre el pueblo de Dios. Así como corrigió el mal que causaba el cierre de la casa de Dios, descubre prácticas de quebrantamiento del día de reposo, y aquí no solo tiene que aconsejar al pueblo y procurar corregirlo por medios suaves, sino que se propone ejercer su autoridad si no cesaban de comprar y vender en el día de reposo. Pero también esta parte de su obra debe cerrarla con oración, y así registra su oración en aquella ocasión:
“Acuérdate de mí, oh Dios mío, también en esto, y perdóname según la muchedumbre de tu misericordia.”
Por último, como reformador, descubre otro gran mal entre el pueblo. Habían contraído matrimonios con los hombres y mujeres de Asdod, Ammón y Moab. Contendiendo con ellos, hizo que se reformaran en este asunto, y el cierre de su relato lleva en sí una oración:
“Acuérdate de mí, oh Dios mío, porque han contaminado el sacerdocio, y el pacto del sacerdocio y de los levitas.”
Limpiándolos de todo extranjero, dispuso los turnos de los sacerdotes y de los levitas, y su carrera registrada se cierra con esta breve oración: “Acuérdate de mí, Dios mío, para bien.”
Afortunada es aquella Iglesia cuyos líderes son hombres de oración. Feliz es aquella congregación que, contemplando la erección de un templo, tiene líderes que pondrán sus cimientos en oración, y cuyos muros se levantan a la par de la oración. La oración ayuda a edificar iglesias y a levantar los muros de las casas de adoración. La oración derrota a los adversarios de quienes llevan adelante las empresas de Dios. La oración toca favorablemente las mentes aun de aquellos no relacionados con la Iglesia, y los mueve hacia los asuntos de la Iglesia. La oración ayuda poderosamente en todos los asuntos que conciernen a la causa de Dios, y auxilia y anima maravillosamente los corazones de quienes tienen su obra entre manos en este mundo.