Capítulo 10 · 10 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Samuel, el niño de la oración
Aquella fue una acción grandiosa de Jerónimo, uno de los padres de Roma. Dejó a un lado todos sus compromisos apremiantes y fue a cumplir el llamado que Dios le dio, a saber, traducir las Sagradas Escrituras. Sus congregaciones eran más numerosas que las de muchos predicadores de hoy, pero dijo a su pueblo: “Ahora es necesario que las Escrituras sean traducidas; habéis de buscaros otro ministro: yo parto para el desierto y no volveré hasta que mi tarea esté terminada.” Allá se fue, y trabajó y oró hasta que produjo la Vulgata latina, que durará tanto como dure el mundo. Así también debemos decir a nuestros amigos: “He de retirarme y tener tiempo para la oración y la soledad.” Y aunque no escribamos Vulgatas latinas, con todo nuestra obra será inmortal: Gloria a Dios.—Rev. C. H. Spurgeon.
Samuel vino a este mundo y recibió la existencia en respuesta directa a la oración. Nació de una madre orante, cuyo corazón estaba lleno de ferviente deseo de un hijo. Vino a la vida en un entorno de oración, y sus primeros meses en este mundo transcurrieron en contacto directo con una mujer que sabía orar. Fue una oración acompañada de un voto solemne de que, si le fuese dado, sería “prestado á Jehová”, y fiel a ese voto, esta madre orante lo puso directamente en contacto con el ministro del santuario y bajo la influencia de la “casa de oración”. No es de extrañar que llegara a ser un hombre de oración. No podríamos haber esperado otra cosa con semejante comienzo en la vida y con tal entorno temprano. Tales condiciones siempre dejan impresiones en los niños y tienden a formar el carácter y a determinar el destino.
Estaba en un lugar favorable para oír a Dios cuando Él le hablara, y en una atmósfera que propendía a que atendiera el llamado divino que le vino. Fue lo más natural del mundo que, al tercer llamado del cielo, cuando reconoció la voz de Dios, su corazón infantil respondiera tan prontamente: “Habla, Jehová, que tu siervo oye.” Pronto hubo de su espíritu de niño una respuesta de sumisión, disposición y oración.
Si hubiera nacido de otra clase de madre, si hubiera sido puesto en otro entorno, si hubiera pasado sus primeros días en contacto con otras influencias, ¿acaso alguien supone por un momento que habría podido oír con facilidad la voz de Dios llamándole a su servicio, y que habría entregado con tanta prontitud su joven vida al Dios que le dio el ser? ¿Habría un hogar mundano, con entorno mundano, separado de la Iglesia de Dios, con una madre de mentalidad mundana, producido un carácter como el de Samuel? Se requieren tales influencias y agencias en los primeros años de la vida para producir hombres de oración como Samuel. ¿Quieres que tu hijo sea llamado temprano al servicio divino y separado del mundo para Dios? ¿Quieres que esté situado de tal modo que sea llamado en la niñez por el Espíritu de Dios? Ponlo bajo influencias de oración. Colócalo cerca y directamente bajo la influencia del Hombre de Dios, y en estrecho contacto con aquella casa que se llama “la casa de oración”.
Samuel conoció a Dios en la niñez. Como consecuencia, conoció a Dios en la edad adulta. Reconoció a Dios en la infancia, le obedeció y le oró. El resultado fue que reconoció a Dios en la madurez, le obedeció y le oró. Si más niños nacieran de madres orantes, se criaran en contacto directo con la “casa de oración” y se educaran en entornos de oración, más niños oirían la voz del Espíritu de Dios hablándoles, y responderían más prontamente a esos llamados divinos a una vida religiosa. ¿Queremos hombres de oración en nuestras iglesias? Hemos de tener madres orantes que los den a luz, hogares orantes que den color a sus vidas, y un entorno de oración que impresione sus mentes y ponga los cimientos de vidas de oración. Los Samueles orantes provienen de las Anas orantes. Los sacerdotes orantes provienen de la “casa de oración”. Los líderes orantes provienen de hogares orantes.
Israel había estado por años bajo servidumbre de los filisteos, y el arca se hallaba alojada en la casa de Abinadab, cuyo hijo Eleazer fue designado para guardar este sagrado testimonio de Dios. El pueblo se había entregado a la idolatría, y Samuel estaba turbado por la condición religiosa de la nación. El arca de Dios estaba ausente, el pueblo se daba al culto de los ídolos, y había habido un grave apartamiento de Dios. Llamándolos a quitar sus dioses ajenos, les instó a preparar sus corazones para Jehová y a comenzar de nuevo a servirle, prometiéndoles que Jehová los libraría de las manos de los filisteos. Su predicación, tan clara para con ellos —pues, con todo lo demás que le pertenecía, Samuel era un predicador de los tiempos— causó honda impresión y dio ricos frutos, como siempre hace tal predicación. “Entonces los hijos de Israel quitaron los Baales y á Astaroth, y sirvieron á solo Jehová.”
Pero esto no bastaba. La oración debía mezclarse con su reforma y acompañarla. Así que Samuel, fiel a sus convicciones acerca de la oración, dice al pueblo: “Congregad á todo Israel en Mizpa, y yo oraré por vosotros á Jehová.” Mientras Samuel ofrecía oración por estos malvados israelitas, los filisteos se acercaron para pelear contra la nación, pero el Señor intervino en el momento crítico y tronó con gran estruendo, y desbarató a estos enemigos de Israel, “y fueron vencidos delante de Israel.”
La nación tenía, por fortuna, un hombre que sabía orar, que conocía el lugar y el valor de la oración, y un líder que tenía el oído de Dios y que podía influir en Dios.
Pero la oración de Samuel no se detuvo allí. Juzgó a Israel todos los días de su vida, y tenía ocasión, año tras año, de recorrer en circuito Betel, Gilgal y Mizpa. Luego regresaba a su casa en Ramá, donde residía. “Y edificó allí altar á Jehová.” Aquí había un altar de sacrificio, pero era además un altar de oración. Y aunque pudo haber sido para beneficio de la comunidad donde vivía, al modo de una iglesia del pueblo, no debe pasarse por alto que debió de ser un altar familiar, un lugar donde se ofrecía el sacrificio por el pecado, pero al mismo tiempo donde su familia se reunía para la adoración, la alabanza y la oración. Aquí el Dios Todopoderoso era reconocido en el hogar, aquí estaba el testimonio de un hogar religioso, y aquí el padre y la madre invocaban el nombre del Señor, diferenciando este hogar de todos los hogares mundanos e idólatras que los rodeaban.
He aquí un ejemplo de un hogar religioso, de la clase tan grandemente necesaria en esta era irreligiosa y sin Dios. Bienaventurado es aquel hogar que tiene en sí un altar de sacrificio y de oración, donde diariamente ascienden al cielo acciones de gracias y donde se ora mañana y noche.
Samuel no solo era un sacerdote orante, un líder orante y un maestro y guía orante, sino que era un padre orante. Y cualquiera que conozca la situación en lo que atañe a la religión familiar sabe muy bien que la gran demanda de estos tiempos modernos son hogares religiosos y padres y madres orantes. Aquí es donde ocurre el quebranto en la religión, donde la vida religiosa de una comunidad empieza primero a decaer, y a donde primero hemos de ir para engendrar hombres y mujeres de oración en la Iglesia de Dios. Es en el hogar donde debe comenzar el avivamiento.
Una crisis sobrevino en la historia de esta nación. El pueblo estaba prendado de la gloria de un reino con un rey humano, y estaba dispuesto a rechazar a Dios como su rey, tal como siempre lo había sido. Así que vinieron a Samuel con la osada petición: “Constitúyenos un rey que nos juzgue, como todas las naciones.” La cosa desagradó a este hombre de Dios, que era celoso del nombre, la honra y el beneplácito del Señor Dios. ¿Cómo podría ser de otro modo? ¿Quién no se habría disgustado igualmente si estuviera formado según el molde de Samuel? Le apenó en el alma. El Señor, sin embargo, vino a él justo en aquel momento con la consoladora seguridad, en cuanto a lo que a él personalmente concernía en el asunto, de que “no te han desechado á ti, sino á mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. Oye la voz del pueblo en todo lo que te dijeren.”
Entonces fue cuando Samuel siguió la inclinación de su mente: “Y Samuel oró á Jehová.” Parecía que en todo asunto concerniente a este pueblo, con el que Samuel estaba relacionado, debía orar sobre ello. ¡Cuánto más ahora, cuando iba a haber una revolución entera en la forma de gobierno, y Dios iba a ser desplazado como gobernante del pueblo, y un rey humano iba a ser establecido! Los asuntos nacionales necesitan que se ore por ellos. Se requieren hombres de oración para llevar a Dios en oración los asuntos del gobierno. Los legisladores, los jueces y los que ejecutan la ley necesitan líderes en Israel que oren por ellos. ¡Cuánto menores serían los errores si se orara más en los asuntos civiles!
Pero esto no había de ser el fin del asunto. Dios debía mostrar tan definitiva y claramente su desagrado ante semejante petición como la que se había hecho de un rey humano, que el pueblo supiera qué cosa tan perversa habían hecho, aunque Dios accediera a su petición. Debían saber que Dios aún existía y tenía que ver con este pueblo, con su rey y con los asuntos del gobierno. Así que las oraciones de Samuel debían entrar de nuevo en juego para llevar a cabo los propósitos divinos. Así, Samuel llamó al pueblo a estar quieto, y él les mostraría lo que el Señor haría ante sus ojos. Entonces invocó a Dios, y en respuesta Dios envió una tremenda tormenta de truenos y lluvia, que aterró en gran manera al pueblo, y les hizo reconocer su gran pecado al pedir un rey. Tan atemorizados estaban que apresuradamente pidieron a Samuel que orara por ellos y los librara de lo que parecía ser destrucción. Samuel oró de nuevo, y Dios oyó y respondió, y el trueno y la lluvia cesaron.
Un incidente más en la vida de oración de Samuel merece notarse. Al rey Saúl se le había ordenado destruir a todos los amalecitas, de raíz y rama, con todo lo suyo, pero Saúl, contrario a las instrucciones divinas, había perdonado al rey Agag y a lo mejor de las ovejas y del ganado, y lo había justificado alegando que el pueblo quería que se hiciera así.
Dios trajo este mensaje a Samuel en esta ocasión:
“Pésame de haber puesto por rey á Saúl, porque se ha vuelto de en pos de mí, y no ha cumplido mis mandamientos.”
“Y apesadumbróse Samuel, y clamó á Jehová toda aquella noche.” Una declaración tan repentina bastaba para producir dolor de alma en un hombre como Samuel, que amaba a su nación, que era fiel a Dios, y que por encima de todo deseaba la prosperidad de Sion. Tal dolor de alma por los males de la Iglesia y ante la vista de las abominaciones de los tiempos siempre lleva a un hombre a sus rodillas en oración. Por supuesto, Samuel llevó el caso a Dios. Era un tiempo para orar. El caso era demasiado grave para que él no se conmoviera profundamente a orar. Tan grandemente se turbó el alma interior de Samuel que oró toda la noche por ello. Demasiado había en juego para que cerrara los ojos al asunto, para tratarlo con indiferencia y dejarlo pasar sin llevar a Dios al asunto, pues el bienestar futuro de Israel estaba en la balanza.