Capítulo 8 · 6 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Esdras, el reformador orante
Antes de la Gran Guerra había muchas señales de un nuevo interés en la ORACIÓN y de una nueva esperanza a partir de su ejercicio. Cuánto se han multiplicado estas señales lo sabe todo el mundo. Al menos esta cosa buena ha hecho ya la guerra por nosotros. No perdamos nuestra oportunidad. La oración no es un ejercicio fácil. Requiere aliento, enseñanza y adiestramiento. Nunca hubo un tiempo en que hombres y mujeres estuvieran más sinceramente ansiosos de que se les dijera cómo orar. La oración es el instrumento más poderoso de nuestro arsenal, y si hemos de usarla como Dios nos ha dado aliento para hacerlo, debemos hacer todo lo que esté en nuestro poder para ponerla en ejercicio.—Rev. James Hastings.
Esdras, el sacerdote, y uno de los grandes reformadores de Dios, se nos presenta en el Antiguo Testamento como un hombre de oración, uno que usa la oración para vencer dificultades y hacer que sucedan cosas buenas. Había regresado de Babilonia bajo el patrocinio del rey de Babilonia, quien había sido extrañamente movido hacia Esdras y le favoreció de muchas maneras. Esdras llevaba apenas unos pocos días en Jerusalén cuando los príncipes acudieron a él con la angustiosa noticia de que el pueblo no se había separado de los pueblos de aquella tierra, y hacían conforme a las abominaciones de las naciones paganas que los rodeaban. Y lo que era peor que todo era que los príncipes y gobernantes de Israel habían sido los principales en la prevaricación.
Era una triste situación la que Esdras enfrentaba al hallar a la Iglesia casi irremediablemente enredada con el mundo. Dios exige de su Iglesia en todas las épocas que esté separada del mundo, una separación tan tajante que llega a ser un antagonismo. Para lograr precisamente ese fin, puso a Israel en la Tierra Prometida, y lo apartó de las demás naciones por medio de montañas, desiertos y mares, y en seguida le mandó que no formara relación alguna con naciones extranjeras, ni matrimonial, ni social, ni comercial.
Pero Esdras encuentra a la Iglesia en Jerusalén, al regresar de Babilonia, paralizada y sin remedio, completamente postrada por la violación de este principio. Habían contraído matrimonios mixtos, y habían formado los lazos más estrechos y sagrados en la vida familiar, social y comercial con las naciones gentiles. Todos estaban envueltos en ello: sacerdotes, levitas, príncipes y pueblo. La vida familiar, comercial y religiosa del pueblo estaba fundada en esta violación de la ley de Dios. ¿Qué había que hacer? ¿Qué se podía hacer? He aquí las importantes preguntas que enfrentaba este líder de Israel, este hombre de Dios.
Todo parecía estar en contra de la recuperación de la Iglesia. Esdras no podía predicarles, porque toda la ciudad se inflamaría y le echaría del lugar a fuerza de acoso. ¿Qué fuerza había que pudiera recobrarlos para Dios de modo que disolvieran sociedades comerciales, se divorciaran de esposas y esposos, rompieran amistades y deshicieran relaciones?
Lo primero que en Esdras es digno de notarse fue que vio la situación y comprendió cuán grave era. No era un optimista de ojos ciegos que nunca ve nada malo en la Iglesia. Por boca de Isaías había planteado Dios la muy pertinente pregunta: “¿Quién es ciego, sino mi siervo?”. Pero de ningún modo podía aplicarse a Esdras. Tampoco restó importancia al estado de las cosas ni buscó paliar los pecados del pueblo ni minimizar la enormidad de sus crímenes. Su ofensa aparecía a sus ojos como grave en extremo. Vale no poco tener en Sion líderes que tengan ojos para ver los pecados de la Iglesia tanto como los males de los tiempos. Una gran necesidad de la Iglesia moderna es la de líderes al estilo de Esdras, que no estén ciegos en su facultad de ver, que estén dispuestos a ver el estado de las cosas en la Iglesia y que no se resistan a abrir los ojos a la verdadera situación.
Muy naturalmente, al ver estos terribles males en la Iglesia y en la sociedad de Jerusalén, quedó angustiado. La triste condición de las cosas le apenó, tanto que rasgó sus vestiduras, se arrancó el cabello y se sentó atónito. Todas estas cosas son evidencias de su gran angustia de alma ante el terrible estado de los asuntos. Fue entonces, en ese estado de ánimo, preocupado, solícito y turbado en su alma, cuando se entregó a la oración, a la confesión de los pecados del pueblo y a suplicar la misericordia perdonadora de las manos de Dios. ¿A quién había de ir en un tiempo como este sino al Dios que oye la oración, que está presto a perdonar y que puede hacer que suceda lo inesperado?
Estaba asombrado más allá de toda expresión por la perversa conducta del pueblo; profundamente conmovido, comenzó a ayunar y a orar. La oración y el ayuno siempre logran algo. Ora con el corazón quebrantado, porque no hay otra cosa que pueda hacer. Ora a Dios, profundamente abrumado, postrado en tierra y llorando, mientras toda la ciudad se une con él en oración.
La oración era el único modo de aplacar a Dios, y Esdras llegó a ser un gran promotor de una gran obra para Dios, con resultados maravillosos. Toda la obra, sus principios y sus resultados, se resumen en un solo versículo, en Esdras 10:1:
“Y orando Esdras, y confesando, llorando y postrándose delante de la casa de Dios, se juntó á él una muy grande multitud de Israel, hombres y mujeres y niños; y lloraba el pueblo con gran lloro.”
Había habido oración poderosa, sencilla y perseverante. La oración intensa y prevaleciente había logrado su fin. La oración de Esdras había traído a la existencia y había producido resultados en una gran obra para Dios. Fue oración poderosa porque llevó al Dios Todopoderoso a hacer su propia obra, la cual era absolutamente imposible por cualquier otra fuente salvo por la oración y por Dios. Pero nada es sin esperanza para la oración, porque nada es sin esperanza para Dios.
De nuevo hemos de decir que la oración solo tiene que ver con Dios, y solo es fructífera en cuanto tiene que ver con Dios. Cualquiera que fuese la influencia que la oración de Esdras tuvo sobre sí mismo, sus principales resultados, si no los únicos, se siguieron porque afectó a Dios, y le movió a hacer la obra.
Un gran y general arrepentimiento siguió a esta oración de Esdras, y ocurrió una maravillosa reforma en Israel. Y el duelo de Esdras y su oración fueron los grandes factores que tuvieron que ver con hacer que sucedieran estas grandes cosas.
Tan profundo fue el avivamiento que ocurrió que, como evidencias de su autenticidad, se nota que los líderes de Israel vinieron a Esdras con estas palabras:
“Nosotros hemos prevaricado contra nuestro Dios, y tomamos mujeres extranjeras de los pueblos de la tierra; mas hay aún esperanza para Israel sobre esto.
“Ahora pues, hagamos alianza con nuestro Dios, de echar todas las mujeres y los nacidos de ellas, según el consejo de mi señor, y de los que temen el mandamiento de nuestro Dios; y hágase conforme á la ley.
“Levántate, porque á ti toca este asunto, y nosotros estaremos contigo; esfuérzate, y ponlo por obra.”