Capítulo 6 · 15 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Elías, el profeta que oraba
“He conocido hombres,” dice Goodwin—hubo de ser él mismo—“que venían a Dios sin otro fin que solo venir a Él, tanto le amaban. Desdeñaban molestarle a Él y molestarse a sí mismos con cualquier otro recado que no fuera puramente estar a solas con Él en su presencia. La amistad se conserva mejor, aun entre los hombres, con frecuentes visitas; y cuanto más libres y desinteresadas son esas visitas frecuentes, y cuanto menos ocasionadas por negocio, o necesidad, o costumbre, tanto más amistosas y bienvenidas son.”—Rev. Alexander Whyte
Elías es preeminentemente el mayor de los profetas. La corona, el trono y el cetro son suyos. Sus vestiduras son blancas de llama. Parece exaltado en su naturaleza ardiente y orante, como un ser al parecer sobrehumano; pero el Nuevo Testamento lo coloca junto a nosotros como hombre sujeto a las mismas pasiones que nosotros. En lugar de ponerse a sí mismo fuera de la esfera de la humanidad, en los maravillosos resultados de su oración, lo señala como un ejemplo que hemos de imitar y como una inspiración que nos estimule. Orar como Elías, y tener resultados como los de Elías, es la clamorosa necesidad de los tiempos.
Elías había aprendido la lección de la oración, y se había graduado en aquella escuela divina antes de que lleguemos a conocerlo. En algún lugar secreto, en el monte o en el llano, había estado a solas con Dios, un intercesor contra la degradante idolatría de Acab. Poderosamente habían prevalecido sus oraciones con Dios. ¡Con qué confianza y con qué seguridad venían las respuestas a su oración!
Había estado hablando con Dios acerca de la venganza. Era la encarnación de sus tiempos. Aquellos tiempos eran tiempos de venganza. El intercesor no había de ser revestido de un ramo de olivo con su cinta de madera, símbolo del suplicante que pide misericordia, sino de fuego, símbolo de la justicia y mensajero de la ira. ¡Cuán abruptamente se presenta ante nosotros en la presencia de Acab! Con plena seguridad y santa osadía declara ante el asombrado y acobardado rey su mensaje de terrible alcance, mensaje ganado por su ferviente oración,—“orando oró que no lloviese,” y Dios no negó su oración. “Vive Jehová Dios de Israel, delante del cual estoy, que no habrá rocío ni lluvia en estos años, sino por mi palabra.”
El secreto de su oración y el carácter del hombre se hallan en las palabras: “Delante del cual estoy.” Se nos recuerdan aquí las palabras de Gabriel a Zacarías, al informar a este sacerdote de la venida de un hijo para él y su mujer en su vejez: “Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios.” El arcángel Gabriel apenas tuvo más inquebrantable devoción, más valor, más presteza de obediencia y más celo por la honra de Dios que Elías. ¡Qué poder proyectante vemos en su oración! “Y no llovió sobre la tierra por espacio de tres años y seis meses.” ¡Qué fuerzas omnipotentes, capaces de mandar sobre los poderes de la naturaleza! “Ni rocío ni lluvia.” ¿Qué hombre es este que osa proferir tal pretensión o afirmar tal poder? Si su pretensión es falsa, es un fanático o un loco. Si su pretensión es verdadera, ha detenido el brazo benévolo de la Omnipotencia, y se ha puesto a sí mismo, con permiso de Dios, en el lugar de Dios. La tierra maldita y abrasada, y los días y noches ardientes, sin lluvia y sin rocío, atestiguan la verdad de su dicho, y prueban la severidad, la fuerza, la firmeza y la pasión del hombre que retiene las nubes y detiene la bendita visitación de la lluvia. Elías es su nombre, y esto atestigua la verdad de aquel nombre: “Mi Dios es Jehová.”
Sus oraciones tienen poder para detener el curso benigno de la naturaleza. Está en lugar de Dios en este asunto. El sobrio, sereno y nada imaginativo Santiago, el hermano de nuestro Señor, en su Epístola nos dice: “¡Ved lo que puede la oración, por Elías! Orad como Elías oró. Ponga el hombre justo, en toda su extensión, la energía de la oración. Vean y sientan los santos y los pecadores, los ángeles y los demonios, las poderosas potencias de la oración. ¡Ved cómo la oración de un hombre bueno tiene poder e influencia, y prevalece con Dios!”
No fue oración fingida la de Elías, ni mera representación, ni oración sin espíritu, sin alma, meramente formal. Elías estaba en la oración de Elías. El hombre entero, con todas sus ardientes fuerzas, estaba en ella. El Dios Todopoderoso era para él algo real. La oración era para él el medio de proyectar a Dios en toda su fuerza sobre el mundo, a fin de vindicar su nombre, establecer su propio ser, vengar su nombre blasfemado y su ley violada, y vindicar a sus siervos.
En lugar de “oró fervientemente,” en Santiago 5:17, la Versión Revisada dice: “En su oración oró,” o “con oración oró.” Es decir, con todas las energías combinadas de la oración oró.
La oración de Elías era fuerte, insistente e irresistible en sus elementos de poder. La oración débil no asegura resultados, y no trae ni gloria a Dios ni bien al hombre.
Elías aprendió lecciones nuevas y más altas de oración mientras Dios lo tenía escondido, y con Dios, cuando estaba junto al arroyo de Querit. Sin duda comulgaba con Dios mientras Acab lo buscaba por todas las tierras. Al cabo de un tiempo se le ordenó ir a Sarepta, donde Dios había mandado a una viuda que lo sustentara. Fue allí tanto para bien de la viuda como para el suyo propio. Un beneficio para Elías y un señalado bien para la viuda fueron el resultado de la ida de Elías. Mientras esta mujer le proveía, él proveía a la mujer. Las oraciones de Elías hicieron más por la mujer que lo que la hospitalidad de la mujer hizo por Elías. Grandes pruebas aguardaban a la viuda, y grandes dolores también. Su viudez y su pobreza hablan de sus luchas y sus penas. Elías estaba allí para aliviar su pobreza y mitigar sus dolores.
He aquí el interesante relato:
“Y aconteció después de estas cosas, que cayó enfermo el hijo de la mujer, señora de la casa; y la enfermedad fue tan grave, que no quedó en él aliento.
“Y ella dijo a Elías: ¿Qué tengo yo contigo, oh varón de Dios? ¿Has venido a mí para traer en memoria mis iniquidades, y para hacer morir a mi hijo?
“Y él le dijo: Dame acá tu hijo. Entonces él lo tomó de su regazo, y lo llevó a la cámara donde él moraba, y lo puso sobre su propia cama.
“Y clamó a Jehová, y dijo: Jehová Dios mío, ¿aun a la viuda en cuya casa estoy hospedado has afligido, matándole su hijo?
“Y se tendió sobre el niño tres veces, y clamó a Jehová, y dijo: Jehová Dios mío, te ruego que vuelva el alma de este niño a sus entrañas.
“Y Jehová oyó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a sus entrañas, y revivió.
“Y Elías tomó al niño, y lo llevó de la cámara a la casa, y lo dio a su madre. Y dijo Elías: Mira, tu hijo vive.
“Entonces la mujer dijo a Elías: Ahora conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra de Jehová es verdad en tu boca.”
La oración de Elías penetra regiones donde la oración nunca había entrado antes. Las regiones espantosas, misteriosas y poderosas de los muertos son ahora invadidas por la presencia y las demandas de la oración. Jesucristo se refiere a la ida de Elías a esta viuda como principalmente, si no únicamente, para bien de ella. La presencia y la oración de Elías guardan a la mujer de morir de hambre, y traen a su hijo de vuelta de la muerte. De cierto no hay dolor como la amargura de la pérdida de un hijo único. ¡Con qué segura confianza afronta Elías las condiciones! No hay vacilación en sus actos, y no hay pausa en su fe. Lleva al hijo muerto a su propio aposento, y a solas con Dios plantea la cuestión. En aquel aposento Dios lo encuentra, y la lucha es con Dios solo. La lucha es demasiado intensa y demasiado sagrada para compañía o para espectador. La oración se hace a Dios, y la cuestión se resuelve con Dios. El niño ha sido tomado por Dios, y Dios reina en los dominios de la muerte. En sus manos están las salidas de la vida y de la muerte. Elías creyó que Dios había tomado el espíritu del niño, y que Dios podía igualmente restituir aquel espíritu. Dios respondió a la oración de Elías. La respuesta fue la prueba de la misión de Elías de parte de Dios, y de la verdad de la Palabra de Dios. El niño muerto vuelto a la vida fue una segura convicción de esta verdad: “Ahora conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra de Jehová es verdad en tu boca.” Las respuestas a la oración son las evidencias del ser de Dios y de la verdad de su Palabra.
La prueba inmortal de Elías, hecha en presencia de un rey apóstata, y frente a una nación descarriada y un sacerdocio idólatra, en el monte Carmelo, es una sublime exhibición de fe y de oración. En la contienda los profetas de Baal habían fracasado. Ningún fuego cae del cielo en respuesta a sus frenéticos clamores. Elías, con gran quietud de espíritu y con confiada seguridad, llama a Israel a sí. Repara el arruinado altar de Dios, el altar del sacrificio y de la oración, y pone en orden sobre el altar los pedazos del becerro. Luego emplea toda precaución contra cualquier acusación de engaño. Todo queda inundado de agua. Entonces Elías ora una oración modelo, notable por su claridad, su sencillez y su suma franqueza. Se distingue por su brevedad y su fe.
Léase el relato dado en las Escrituras:
“Y aconteció que al tiempo de ofrecerse el sacrificio de la tarde, se acercó el profeta Elías, y dijo: Jehová Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, sea hoy manifiesto que tú eres Dios en Israel, y que yo soy tu siervo, y que por tu mandamiento he hecho todas estas cosas.
“Óyeme, Jehová, óyeme, para que conozca este pueblo que tú, oh Jehová, eres el Dios, y que tú volviste atrás el corazón de ellos.
“Entonces cayó fuego de Jehová, el cual consumió el holocausto, y la leña, y las piedras, y el polvo, y aun lamió las aguas que estaban en la reguera.
“Y viéndolo todo el pueblo, cayeron sobre sus rostros, y dijeron: ¡Jehová es el Dios! ¡Jehová es el Dios!”
Elías había estado tratando directamente con Dios, como antes. La verdadera oración siempre trata con Dios. Esta oración de Elías era para determinar la existencia del Dios verdadero, y la respuesta directa de Dios zanja la cuestión. La respuesta es también la credencial de la misión divina de Elías y la evidencia de que Dios trata con los hombres. Si tuviéramos más de la oración de Elías, las maravillas no serían las maravillas que ahora son para nosotros. Dios no sería tan extraño, tan lejano en su ser y tan débil en su acción. Todo es apagado y débil porque nuestra oración es tan apagada y débil.
Dios dijo a Elías: “Ve, muéstrate a Acab, y yo daré lluvia sobre la tierra.” Elías obró prontamente conforme a la orden divina, y se mostró a Acab. Había planteado su contienda con Acab, con Israel y con Baal. Toda la corriente del sentir nacional se había vuelto de nuevo a Dios. El día se desvanecía en las sombras de la tarde. No había venido lluvia. Pero Elías no cruzó los brazos ni dijo que la promesa había fallado, sino que dio punto y cumplimiento a la promesa.
He aquí el registro de la Escritura con el resultado dado:
“Y dijo Elías a Acab: Sube, come y bebe, porque una grande lluvia suena.
“Y Acab subió a comer y a beber. Y Elías subió a la cumbre del Carmelo, y postrándose en tierra, puso su rostro entre las rodillas.
“Y dijo a su criado: Sube ahora, y mira hacia el mar. Y él subió, y miró, y dijo: No hay nada. Y él le dijo: Vuelve siete veces.
“Y a la séptima vez dijo: Yo veo una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre, que sube del mar. Y él dijo: Ve, y di a Acab: Unce tu carro y desciende, para que la lluvia no te ataje.
“Y aconteció, entre tanto, que los cielos se oscurecieron con nubes y viento, y hubo una grande lluvia. Y subiendo Acab, vino a Jezreel.
“Y la mano de Jehová fue sobre Elías.”
Entonces fue, como registra Santiago: “Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.”
La importuna y ardiente oración de Elías, y la promesa de Dios, trajeron la lluvia. La oración lleva la promesa a su graciosa realización. Se necesita oración persistente y perseverante para dar a la promesa sus mayores y más graciosos resultados. En este caso fue oración expectante, atenta a los resultados, aguardando la respuesta. Elías tuvo la respuesta en la pequeña nube como la mano de un hombre. Tuvo la interior seguridad de la respuesta aun antes de tener la lluvia. ¡Cómo avergüenza la oración de Elías nuestra débil oración! Su oración hacía que las cosas sucedieran. Vindicó la existencia y el ser de Dios, trajo convicción a conciencias torpes y perezosas, y probó que Dios seguía siendo Dios en la nación. La oración de Elías volvió a Dios a toda una nación, ordenó el movimiento de las nubes, y dirigió la caída de la lluvia. Hizo descender fuego del cielo para probar la existencia de Dios o para destruir a los enemigos de Dios.
La oración del Mayor Profeta de Israel iba revestida de sus ropas de fuego. La corona de oro estaba sobre su cabeza, y su incensario estaba lleno y fragante con la llama, la melodía y el perfume de la oración. ¡Qué maravilloso poder lo revistió en aquella ocasión! No fue de extrañar que Eliseo clamara, al ver a este ardiente profeta del Señor subir al carro para su viaje celestial: “¡Padre mío, padre mío! ¡Carro de Israel y su gente de a caballo!” Pero carros y ejércitos no podrían empezar a hacer por Israel lo que hizo este Elías que oraba. Las oraciones son fuerzas omnipotentes, de alcance mundial y que llegan al cielo.
¿Dónde están los hombres de oración de los tiempos modernos, de fe ardiente, que puedan avivar las oraciones de Elías? Necesitamos en este tiempo gobernantes en la Iglesia que puedan añadir a la fuerza, la llama y la fragancia de la oración de Elías con sus propias oraciones.
Elías nada podía tocar sino por la oración. Dios estaba con él poderosamente porque él era poderoso en la oración.
En la contienda con los profetas de Baal, plantea la cuestión clara y positivamente, para determinar quién es el Dios verdadero, como cosa que había de resolverse por la oración. ¿Vive Dios? ¿Es la Biblia una revelación de Él? ¡Cuán a menudo, en estos días, surgen estas preguntas! ¡Cuán a menudo necesitan resolverse! Una apelación por la oración es el único modo de zanjarlas. ¿Dónde está el problema? No en Dios, sino en nuestra oración. La prueba de Dios y de su ser es que Él responde a la oración. Se necesita la fe y la oración de Elías para zanjar la cuestión. ¿Dónde están los Elías en la Iglesia del día presente? ¿Dónde están los hombres sujetos a las mismas pasiones que él, que puedan orar como él oró? Tenemos millares de hombres sujetos a las mismas pasiones, pero ¿dónde están los hombres que oren como él oraba? Nótese con qué calma y confiada seguridad pone en juego la cuestión y edifica el altar. ¡Cuán serena y precisa es su oración en aquella ocasión!
Lejos de estar tal oración fuera del alcance de los principios y la moderación del Nuevo Testamento, esta misma oración de Elías se propone como ejemplo que hemos de imitar, y como ilustración de lo que la oración puede hacer cuando la ofrecen los hombres justos de la manera justa. Los resultados de Elías podrían asegurarse si tuviéramos más hombres como Elías que hicieran la oración.
Elías oraba real, verdadera y fervientemente. ¡Cuánta oración hay en el tiempo presente que no es verdadera oración, sino una mera cáscara, hojarasca y meras palabras! Mucha de ella bien podría llamarse no-oración. El mundo está lleno de tal oración. No va a ninguna parte, no logra nada, no trae fruto alguno. En verdad, no se esperan de ella fruto ni resultados.
Los requisitos de la verdadera oración son los requisitos de la religión escritural, vital y personal. Son los requisitos del verdadero servicio religioso en esta vida. Primero entre estos requisitos está el que, al servir, sirvamos de veras. Así, al orar, hemos de orar de veras. La verdad y la realidad del corazón, estas son el meollo, la sustancia, la suma, el corazón de la oración. No hay posibilidades en la oración a menos que oremos de veras, con toda sencillez, realidad y verdad. Oración sin oración—¡cuán común, cuán popular, cuán engañosa y vana!