La oración y los hombres que oran ·Moisés, el poderoso intercesor

Capítulo 5 · 11 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Moisés, el poderoso intercesor

La oración de intercesión es un poderoso medio de gracia para el hombre que ora. Martyn observa que, en tiempos de sequedad y abatimiento interior, muchas veces halló un delicioso reavivamiento en el acto de orar por otros, por su conversión, o su santificación, o su prosperidad en la obra del Señor. Sus tratos con Dios a favor de ellos acerca de estos dones y bendiciones eran, para él mismo, el canal divinamente natural de una renovada percepción de su propia parte y herencia en Cristo, de Cristo como su propio reposo y poder, de la “libertad perfecta” de una entrega total de sí mismo a su Maestro para su obra.—Obispo Handley C. G. Moule.

La oración se une a los propósitos de Dios y se despliega para asegurar esos propósitos. ¡Cuántas veces la voluntad sabia y benigna de Dios habría fracasado en sus ricos y benéficos fines por los pecados del pueblo, si la oración no hubiera intervenido para detener la ira y hacer segura la promesa! Israel como nación habría hallado su justa destrucción y su justo castigo tras su apostasía con el becerro de oro, de no haber sido por la intervención y la infatigable importunidad de los cuarenta días y cuarenta noches de oración de Moisés.

Maravilloso fue el efecto en el carácter de Moisés por su maravillosa oración. Su cercano y sublime trato con Dios al dar la ley no obró en su carácter transfiguración semejante a la que obraron los incansables días de oración con Dios. Fue cuando descendió de aquella larga lucha de oración que su rostro resplandeció con tan deslumbrante brillo. Nuestros montes de transfiguración, y el brillo celestial en el carácter y la conducta, nacen de temporadas de oración luchadora. La oración de toda una noche ha transformado a más de un Jacob, el suplantador, en Israel, un príncipe que tiene poder con Dios y con los hombres.

Ninguna misión fue más majestuosa en propósito y resultados que la de Moisés, ni ninguna más responsable, diligente y difícil. En ella se nos enseña el sublime ministerio y gobierno de la oración. No solo es el medio de provisión y sostén, sino que es una agencia compasiva por la cual la longanimidad piadosa de Dios halla salida. La oración es un medio para refrenar la ira de Dios, para que la misericordia triunfe sobre el juicio.

Moisés mismo y su misión fueron la creación de la oración. Así está escrito: “Después que Jacob hubo entrado en Egipto, y vuestros padres clamaron a Jehová, entonces Jehová envió a Moisés y a Aarón, los cuales sacaron a vuestros padres de Egipto, y los hicieron habitar en este lugar.” Esta es la génesis del gran movimiento para la liberación de los hebreos de la servidumbre de Egipto.

Los grandes movimientos de Dios han tenido su origen y su energía en las oraciones de los hombres, y por ellas fueron moldeados. La oración tiene que ver directamente con Dios. Otros fines, colaterales e incidentales, se aseguran por la oración, pero principalmente, casi únicamente, la oración tiene que ver con Dios. Le place ordenar su gobierno y basar su acción en las oraciones de sus santos. La oración influye grandemente en Dios. Moisés no puede hacer la gran obra de Dios, aunque comisionado por Dios, sin orar mucho. Moisés no puede gobernar al pueblo de Dios y llevar a cabo los planes divinos sin tener su incensario lleno del incienso de la oración. La obra de Dios no puede hacerse a menos que el fuego y la fragancia estén siempre ardiendo, ascendiendo y perfumando.

Las oraciones de Moisés se hallan muchas veces aliviando el terrible golpe de la ira de Dios. Cuatro veces solicitó Faraón las oraciones de Moisés para librarse del espantoso golpe de la ira de Dios. “Orad a Jehová,” rogaba Faraón con toda insistencia a Moisés, mientras las repugnantes ranas estaban sobre él. Y “clamó Moisés a Jehová a causa de las ranas que había traído sobre la tierra de Egipto, e hizo Jehová conforme a la palabra de Moisés.” Cuando la grave plaga de moscas había corrompido toda la tierra, Faraón de nuevo clamó lastimeramente a Moisés: “Orad por mí.” Salió Moisés de la presencia de Faraón y oró a Jehová, y Jehová hizo de nuevo conforme a la palabra de Moisés. Los poderosos truenos y el granizo, en su furia alarmante y destructora, arrancaron de este malvado rey el mismísimo ferviente ruego a Moisés: “Orad a Jehová.” Y Moisés salió de la ciudad a un lugar apartado, y a solas con el Dios Todopoderoso, “extendió sus manos a Jehová, y cesaron los truenos y el granizo, y la lluvia no se derramó sobre la tierra.”

Aunque Moisés era el hombre de la ley, con todo, con él la oración afirmó su fuerza poderosa. De él, como en la dispensación más espiritual, podría haberse dicho: “Mi casa es casa de oración.”

Moisés acepta en todo su valor el principio fundamental de la oración: que la oración tiene que ver con Dios. Con Abraham vimos esto clara y firmemente enunciado. Con Moisés es, si cabe, aún más claro y más fuerte. Declara que la oración afectaba a Dios, que Dios era influido en su conducta por la oración, y que Dios oye y responde a la oración aun cuando el oír y el responder pudieran cambiar su conducta y revertir su acción. Más fuerte que todas las demás leyes, y más inflexible que cualquier otro decreto, es el decreto: “Clama a mí, y yo te responderé.”

Moisés vivía cerca de Dios, y tenía el más libre, el más franco y el más audaz acceso a Dios; pero esto, lejos de disminuir la necesidad de la oración, la hacía más necesaria, más obvia y más poderosa. La familiaridad y la cercanía a Dios dan sabor, frecuencia, precisión y potencia a la oración. Los que mejor conocen a Dios son los más ricos y poderosos en la oración. El poco conocimiento de Dios, y el extrañamiento y la frialdad para con Él, hacen de la oración algo raro y débil.

Hubo condiciones de extremidad a las que Moisés fue reducido, de las que la oración no lo libró; pero no hay posición de extremidad que confunda a Dios, cuando la oración pone a Dios en el asunto.

La misión de Moisés era divina. Fue ordenada, dirigida y planeada por Dios. Cuanto más de Dios hay en un movimiento, más hay de oración, conspicua y dominante. El gobierno de Moisés por la oración ilustra la necesidad del valor y la persistencia en la oración. Por cuarenta días y cuarenta noches estuvo Moisés instando su oración por la salvación del pueblo del Señor. Tan intensa era su preocupación por ellos, que acompañaba su larga temporada de oración, que las flaquezas y los apetitos del cuerpo quedaron a un lado. Cuán extrañamente afectan a Dios las oraciones de un hombre justo se hace evidente por la exclamación de Dios a Moisés: “Ahora, pues, déjame que se encienda mi furor en ellos, y los consuma; y a ti yo te pondré por gran gente.” La presencia de tal influencia sobre Dios nos llena de asombro, de temor y de reverencia. ¡Cuán elevado, audaz y consagrado ha de ser tal intercesor!

Léase esto del registro divino:

“Y volvió Moisés a Jehová, y dijo: Te ruego, este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro.

“Que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito.

“Y Jehová respondió a Moisés: Al que pecare contra mí, a este raeré yo de mi libro.

“Ve, pues, ahora, lleva a este pueblo adonde te he dicho. He aquí, mi ángel irá delante de ti.”

La rebelión de Coré fue la ocasión de que la ira de Dios se encendiera contra toda la congregación de Israel, que simpatizaba con estos rebeldes. De nuevo aparece Moisés en la escena de la acción, esta vez con Aarón para unírsele en intercesión por estos pecadores contra Dios. Pero esto solo muestra que en un tiempo tan grave como este Moisés sabía a quién acudir en busca de alivio, y se sentía animado a orar para que Dios detuviera su ira y perdonara a Israel. He aquí lo que se dice del asunto:

“Y habló Jehová a Moisés y a Aarón, diciendo:

“Apartaos de en medio de esta congregación, y los consumiré en un momento.

“Y ellos se echaron sobre sus rostros, y dijeron: Oh Dios, Dios de los espíritus de toda carne, ¿pecará un solo hombre, y te airarás tú contra toda la congregación?”

La presunción, el orgullo y la rebeldía de María, hermana de Moisés, en la cual tuvo la presencia y la simpatía de Aarón, ponen la oración y el espíritu de Moisés bajo la luz más noble y amable. A causa de su pecado, Dios la hirió con lepra. Pero Moisés hizo tierna y ferviente intercesión por su hermana, que tan gravemente había ofendido a Dios, y su oración la salvó de aquel espantoso e incurable mal.

El registro es sumamente interesante, y sigue aquí mismo:

“Y el furor de Jehová se encendió contra ellos, y la nube se apartó del tabernáculo; y he aquí que María estaba leprosa, blanca como la nieve; y miró Aarón a María, y he aquí que estaba leprosa.

“Y dijo Aarón a Moisés: ¡Ah! señor mío, te ruego que no pongas sobre nosotros el pecado, porque locamente lo hemos hecho, y hemos pecado.

“No sea ella ahora como el que sale muerto del vientre de su madre, consumida la mitad de su carne.

“Entonces Moisés clamó a Jehová, diciendo: Te ruego, oh Dios, que la sanes ahora.

“Y Jehová respondió a Moisés: Si su padre hubiera escupido en su rostro, ¿no se avergonzaría por siete días? Sea echada fuera del real por siete días, y después se reunirá.”

Las murmuraciones de los hijos de Israel proveyeron las condiciones que pusieron en juego todas las fuerzas de la oración. Ponen de relieve de modo impresionante el aspecto intercesor de la oración, y muestran a Moisés en su gran oficio de intercesor delante de Dios en favor de otros. Fue en Mara, donde las aguas eran amargas y el pueblo murmuró gravemente contra Moisés y Dios.

He aquí el relato de la Escritura:

“Y llegando a Mara, no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas; por eso le pusieron el nombre de Mara.

“Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, diciendo: ¿Qué hemos de beber?

“Y Moisés clamó a Jehová; y Jehová le mostró un árbol, el cual cuando lo metió dentro de las aguas, las aguas se endulzaron; allí les dio estatutos y ordenanzas, y allí los probó.”

Cuántos de los lugares amargos de la tierra han sido endulzados por la oración, solo los registros de la eternidad lo revelarán.

De nuevo, en Tabera, el pueblo se quejó, y Dios se airó contra ellos, y Moisés vino otra vez al frente y se puso en la brecha y oró por ellos. He aquí el breve relato:

“Y aconteció que el pueblo se quejó, y desagradó a Jehová; y lo oyó Jehová, y se encendió su furor, y ardió entre ellos el fuego de Jehová, y consumió a los que estaban en el extremo del campamento.

“Y clamó el pueblo a Moisés, y oró Moisés a Jehová, y el fuego se extinguió.”

Moisés obtuvo lo que pidió. Su oración fue específica, y la respuesta de Dios fue igualmente específica. Siempre fue oído por el Dios Todopoderoso cuando oraba, y siempre fue respondido por Dios. Una sola vez la respuesta no fue específica. Había orado para entrar en Canaán. La respuesta vino, pero no lo que él pedía. Se le dio una visión de la Tierra Prometida, pero no se le permitió pasar el Jordán a aquella tierra de promisión. Fue una oración del orden de la de Pablo, cuando oró tres veces por que le fuera quitado el aguijón de la carne. Pero el aguijón no fue quitado. La gracia, sin embargo, le fue concedida, la cual hizo del aguijón una bendición.

No debe pensarse que, por estar el Salmo 90 incorporado con lo que se conoce como los “Salmos de David,” fuese David el autor de él. Por consentimiento general se atribuye a Moisés, y nos da una muestra de la oración de este que dio la ley de Dios al pueblo. Es una oración digna de estudiarse. Nos es sagrada porque ha sido el réquiem pronunciado sobre nuestros muertos por años ya pasados e idos. Ha bendecido la tumba de más de un santo dormido. Pero su misma familiaridad puede hacernos perder su pleno sentido. Sabios seremos si la digerimos, no para los muertos, sino para los vivos, a fin de que nos enseñe cómo vivir, cómo orar mientras vivimos, y cómo morir. “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría. Confirma sobre nosotros la obra de nuestras manos; sí, la obra de nuestras manos confirma.”

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La oración y los hombres que oran E. M. Bounds

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