Capítulo 4 · 5 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Abraham, el hombre de oración
¡Oh, si hubiera hombres y mujeres resueltos, que se levantaran temprano y de veras se consumieran por Dios! ¡Oh, si hubiera una fe que se remontara al cielo con el primer albor de la mañana y trajera al puerto del alma naves cargadas de un mar sin orillas, antes de que el jornalero común haya sacudido el rocío de su guadaña, o el buhonero se haya levantado de su jergón de paja para exponer los tesoros de fruta de la naturaleza ante los compradores tempranos!—Rev. Homer W. Hodge.
Abraham, el amigo de Dios, fue una notable ilustración de uno de los santos del Antiguo Testamento que creía firmemente en la oración. Abraham no fue en modo alguno una figura borrosa. En la sencillez y la penumbra de la dispensación patriarcal, tal como él la ilustra, aprendemos el valor de la oración, a la vez que descubrimos su antigüedad. El hecho es que la oración se remonta a las primeras edades del hombre sobre la tierra. Vemos cómo la energía de la oración es absolutamente requerida tanto en la más sencilla como en la más compleja de las dispensaciones de la gracia de Dios. Cuando estudiamos el carácter de Abraham, hallamos que, después de su llamamiento a salir hacia un país desconocido, en su viaje con su familia y sus siervos, dondequiera que se detenía por el camino para pasar la noche o más tiempo, siempre erigía un altar, e “invocaba el nombre de Jehová.” Y este hombre de fe y de oración fue uno de los primeros en erigir un altar familiar, en torno al cual reunía a su casa y ofrecía los sacrificios de adoración, de alabanza y de oración. Estos altares edificados por Abraham eran, ante todo, esencialmente altares en torno a los cuales reunía a su casa, a diferencia de la oración secreta.
A medida que las revelaciones de Dios se hacían más plenas y más perfectas, la vida de oración de Abraham crecía; y fue en una de estas eras espirituales cuando “Abraham cayó sobre su rostro, y Dios habló con él.” En otra ocasión más hallamos a este hombre, “el padre de los fieles,” sobre su rostro delante de Dios, asombrado casi hasta la incredulidad ante los propósitos y las revelaciones del Dios Todopoderoso, que le prometía un hijo en su vejez, y ante los maravillosos compromisos que Dios hizo respecto de su hijo prometido.
Aun el destino de Ismael queda moldeado por la oración de Abraham cuando oró: “¡Ojalá Ismael viva delante de ti!”
¡Qué historia tan notable es la de Abraham, en pie delante de Dios, repitiendo sus intercesiones por la perversa ciudad de Sodoma, hogar de su sobrino Lot, condenada por la decisión de Dios a ser destruida! La suerte de Sodoma quedó por un tiempo detenida por la oración de Abraham, y estuvo casi enteramente aliviada por la humildad y la insistencia de la oración de este hombre que creía firmemente en la oración y sabía cómo orar. Ningún otro recurso se le abrió a Abraham para salvar a Sodoma sino la oración. Quizá el que finalmente no lograra rescatar a Sodoma de su condena de destrucción se debió a la visión optimista que Abraham tenía del estado espiritual de las cosas en aquella ciudad. Bien pudo ser posible—¿quién sabe?—que si Abraham hubiese suplicado a Dios una vez más, y le hubiera pedido perdonar la ciudad aunque solo se hallara en ella un solo hombre justo, por amor de Lot, Él habría atendido la petición de Abraham.
Nótese otro caso en la vida de Abraham, que muestra cómo era hombre de oración y tenía poder con Dios. Abraham había viajado hasta Gerar y moraba allí. Temiendo que Abimelec lo matara y tomara para sus propios usos lascivos a Sara, su mujer, engañó a Abimelec afirmando que Sara era su hermana. Dios se apareció a Abimelec en un sueño y le advirtió que no tocara a Sara, diciéndole que era la mujer de Abraham, y no su hermana. Y le dijo a Abimelec: “Ahora, pues, vuelve la mujer a su marido; porque es profeta, y orará por ti, y vivirás.” Y la conclusión del episodio se registra así: “Y oró Abraham a Dios; y Dios sanó a Abimelec, y a su mujer, y a sus siervas, y tuvieron hijos. Porque Jehová había cerrado del todo toda matriz de la casa de Abimelec, a causa de Sara, mujer de Abraham.”
Este fue un caso algo semejante al de Job al final de su terrible experiencia y de sus espantosas pruebas, cuando sus amigos, sin comprender a Job ni entender los tratos de Dios con este siervo suyo, acusaron falsamente a Job de estar en pecado como la causa de todas sus aflicciones. Dios dijo a estos amigos de Job: “Mi siervo Job orará por vosotros, porque a él atenderé. Y Jehová volvió la cautividad de Job cuando él hubo orado por sus amigos.”
El Dios Todopoderoso conocía a su siervo Job como hombre de oración, y podía muy bien enviar a estos amigos de Job a él para que orase, a fin de llevar a cabo y cumplir sus planes y propósitos.
Era regla de Abraham estar en pie delante del Señor en oración. Su vida estaba cargada de oración, y la dispensación de Abraham fue santificada por la oración. Pues dondequiera que se detenía en su peregrinación, la oración era su compañera inseparable. Al lado del altar del sacrificio estaba el altar de la oración. Se levantaba muy de mañana para ir al lugar donde se ponía en pie delante del Señor en oración.