Capítulo 3 · 9 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Santos de oración del Antiguo Testamento (Continuación)
El obispo Lambeth y Wainwright tenían una gran misión metodista episcopal en Osaka, Japón. Un día llegó la orden de las altas esferas de que no se permitirían más reuniones de protestantes en la ciudad. Lambeth y Wainwright hicieron cuanto pudieron, pero los altos oficiales se mostraron obstinados e implacables. Entonces se retiraron al aposento de oración. Llegó la hora de la cena y la muchacha japonesa vino a llamarlos a la mesa, pero cayó bajo el poder de la oración. La señora Lambeth vino a averiguar qué sucedía, y cayó bajo el mismo poder. Entonces se levantaron y fueron a la sala de la misión y la abrieron; y al punto dio comienzo la reunión. Dios descendió sobre la asamblea, y dos de los hijos de los oficiales de la ciudad vinieron al altar y fueron salvos. A la mañana siguiente, uno de los oficiales en autoridad vino a la misión y dijo: “Seguid con vuestras reuniones, no seréis interrumpidos.” El diario de Osaka salió con letras enormes que decían: “EL DIOS DE LOS CRISTIANOS VINO ANOCHE A LA CIUDAD.”—Rev. H. C. Morrison.
Jonás, el hombre que oró en el vientre del pez, nos pone a la vista otro caso notable de estos varones dignos del Antiguo Testamento que se daban a la oración. Este hombre, Jonás, profeta del Señor, era un fugitivo de Dios y del lugar del deber. Había sido enviado en una misión de aviso a la perversa Nínive, y se le había mandado clamar contra ella, “porque su maldad ha subido delante de mí,” dijo Dios. Pero Jonás, por temor o por otra causa, rehusó obedecer a Dios, y tomó pasaje en un barco para Tarsis, huyendo de Dios. Parece haber pasado por alto el hecho evidente de que el mismo Dios que lo había enviado en aquella alarmante misión tenía puesto el ojo sobre él mientras se escondía a bordo de aquel navío. Una tempestad se levantó cuando el barco iba camino de Tarsis, y se decidió echar a Jonás al mar para aplacar a Dios y evitar la destrucción de la nave y de todos los que en ella iban. Pero Dios estaba allí, como lo había estado con Jonás desde el principio. Había preparado un gran pez para que se tragara a Jonás, a fin de detenerlo, de frustrarlo en su huida del puesto del deber, y de salvar a Jonás para que ayudara a cumplir los propósitos de Dios.
Fue Jonás quien, estando en el vientre del pez, en aquel gran apuro, y pasando por una experiencia tan extraña, invocó a Dios; y Dios lo oyó, e hizo que el pez lo vomitara en tierra seca. ¿Qué fuerza posible podía rescatarlo de aquel lugar espantoso? Parecía irremediablemente perdido, en “el vientre del infierno,” tan bueno como muerto y condenado. Pero ora—¿qué otra cosa puede hacer? Y esto es justamente lo que había acostumbrado hacer antes cuando estaba en aprietos.
“Clamé de mi tribulación a Jehová, y él me oyó; del vientre del infierno clamé, y oíste mi voz.”
Y mandó Jehová al pez, y vomitó a Jonás en tierra seca.
Como otros, unió la oración a un voto que había hecho, pues dice en su oración: “Mas yo con voz de alabanza te sacrificaré; pagaré lo que prometí. La salvación es de Jehová.”
La oración fue la fuerza poderosa que sacó a Jonás del “vientre del infierno.” La oración, la poderosa oración, logró el fin. La oración trajo a Dios para rescatar al infiel Jonás, a pesar de su pecado de huir del deber, y Dios no pudo negar su oración. Nada es demasiado difícil para la oración, porque nada es demasiado difícil para Dios.
Aquella oración respondida de Jonás en el vientre del pez, en sus poderosos resultados, vino a ser un tipo del Antiguo Testamento del poder milagroso desplegado en la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Nuestro Señor pone su sello de verdad sobre el hecho de la oración y la resurrección de Jonás.
Nada puede ser más sencillo que estos casos de la poderosa liberación de Dios. Nada es más claro que el que la oración tiene que ver con Dios directa y sencillamente. Nada es más evidente que el que la oración tiene todo su valor y su significado en el gran hecho de que Dios oye y responde a la oración. Esto creían firmemente los santos del Antiguo Testamento. Es el hecho que sobresale de continuo y con relieve en sus vidas. Eran esencialmente hombres de oración.
¡Cuán grande es nuestra necesidad de una escuela que enseñe el arte de orar! Este, el más sencillo de todos los artes y el más poderoso de todas las fuerzas, corre siempre el peligro de ser olvidado o pervertido. Cuanto más nos alejamos de las rodillas de nuestra madre, más nos alejamos del verdadero arte de orar. Toda nuestra instrucción posterior y nuestros maestros posteriores nos desenseñan las lecciones de la oración. Los hombres oraban bien en los tiempos del Antiguo Testamento porque eran hombres sencillos y vivían en tiempos sencillos. Eran como niños, vivían en tiempos como de niños, y tenían fe de niños.
Al citar a los santos del Antiguo Testamento notables por sus hábitos de oración, de ninguna manera debe pasarse por alto a David, hombre que fue preeminentemente un hombre de oración. Con él la oración era un hábito, pues le oímos decir: “Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré.” La oración, para el Dulce Salmista de Israel, no era una ocupación extraña. Conocía el camino a Dios, y con frecuencia se le hallaba en él. No es de extrañar que oigamos su llamado, tan querido e impresionante: “Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor.” Conocía a Dios como el único ser que podía responder a la oración: “Tú oyes la oración; a ti vendrá toda carne.”
Cuando Dios hirió al niño nacido de Betsabé, porque David, con sus graves pecados, había dado ocasión a que los enemigos de Dios blasfemasen, no es de sorprender que lo hallemos entregado a una semana de oración, pidiendo a Dios la vida del niño. El hábito de su vida se afirmó en aquella gran emergencia de su hogar, y lo hallamos ayunando y orando por la recuperación del niño. El hecho de que Dios negara su petición no afecta en nada la cuestión del hábito de David de orar. Aunque no recibió lo que pedía, su fe en Dios no se vio afectada en lo más mínimo. Lo cierto es que, si bien Dios no le dio la vida de aquel niño, después le dio otro hijo, a saber, Salomón. De modo que quizá este hijo posterior fue para él una bendición mucho mayor de lo que habría sido el niño por quien oró.
En estrecha conexión con esta temporada de oración, no debemos pasar por alto la oración penitente de David cuando Natán, por mandato de Dios, descubrió los dos grandes pecados de David: el adulterio y el homicidio. Al instante David reconoció su maldad, diciendo a Natán: “Pequé.” Y como muestra de su hondo dolor por su pecado, de su espíritu quebrantado y de su genuino arrepentimiento, basta con leer el Salmo 51, donde la confesión del pecado, la profunda humillación y la oración son los principales ingredientes del Salmo.
David sabía dónde hallar a un Dios que perdona el pecado, y fue recibido de nuevo, y los gozos de la salvación le fueron restaurados por una oración ferviente, sincera y penitente. Así son llevados todos los pecadores al favor divino, así hallan perdón, y así hallan un corazón nuevo.
Todo el Libro de los Salmos pone la oración al frente, y la oración se yergue ante nuestros ojos a cada paso que leemos este libro devocional de las Escrituras.
Tampoco debe pasarse por alto a Salomón en el famoso catálogo de los hombres que oraron en los tiempos del Antiguo Testamento. Cualesquiera que fuesen sus faltas, no olvidaron al Dios que oye la oración, ni dejaron de buscar al Dios de la oración. Aunque este hombre sabio se apartó de Dios en su vida posterior, y su sol se puso bajo una nube, lo hallamos orando al comienzo de su reinado.
Salomón fue a Gabaón a ofrecer sacrificio, lo cual siempre significaba que la oración iba en estrecha compañía del sacrificio; y estando allí, el Señor se le apareció en visión de noche, diciéndole: “Pide lo que quieres que te dé.” Lo que sigue muestra la materia de que estaba formado el carácter de Salomón. ¿Cuál fue su petición?
“Jehová Dios mío, tú has puesto a tu siervo por rey en lugar de mi padre; y yo soy un niño pequeño, que no sé cómo salir ni entrar.
“Y tu siervo está en medio de tu pueblo, al cual tú escogiste, un pueblo grande, que no se puede contar ni numerar por su multitud.
“Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo, para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá juzgar este tu pueblo tan grande?”
No nos maravillamos de que se registre como resultado de tal oración:
“Y agradó delante del Señor que Salomón pidiese esto.
“Y díjole Dios: Porque has demandado esto, y no pediste para ti muchos días, ni pediste para ti riquezas, ni pediste la vida de tus enemigos, mas demandaste para ti inteligencia para oír juicio;
“he aquí lo he hecho conforme a tu palabra; he aquí que te he dado corazón sabio y entendido, tanto que no ha habido antes de ti otro como tú, ni después de ti se levantará otro como tú.
“Y aun también te he dado las cosas que no pediste, riquezas y gloria; de tal manera que entre los reyes ninguno haya como tú en todos tus días.”
¡Qué oración fue esta! ¡Qué desprecio de sí mismo y qué sencillez! “Soy un niño pequeño.” ¡Cómo señaló la única cosa necesaria! ¡Y ved cuánto más recibió de lo que pidió!
Considérese la notable oración en la dedicación del templo. Posiblemente sea esta la oración más larga registrada en la Palabra de Dios. ¡Qué amplia, precisa e intensa es! Salomón no podía permitirse poner los cimientos de la casa de Dios sino en oración. Y Dios oyó esta oración, como lo había oído antes: “Y cuando Salomón acabó de orar, descendió fuego de los cielos, y la gloria de Jehová llenó la casa;” así atestiguó Dios la aceptación de esta casa de adoración y de Salomón, el rey que oraba.
La lista de estos santos del Antiguo Testamento dados a la oración crece a medida que avanzamos, y es demasiado larga para tratarlos a todos por extenso. Pero no deben quedar fuera del cómputo el nombre de Isaías, el gran profeta evangélico, ni el de Jeremías, el profeta que lloraba. Aún podrían mencionarse otros. Estos bastan, y con sus nombres podemos cerrar la lista. Que los lectores atentos de las Antiguas Escrituras tengan presente la cuestión de la oración, y verán cuán grande lugar ocupó la oración en las mentes y las vidas de los hombres de aquellos días primeros.