La oración y los hombres que oran ·Santos de oración del Antiguo Testamento

Capítulo 2 · 9 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Santos de oración del Antiguo Testamento

El Espíritu Santo dará al santo que ora el resplandor de una esperanza inmortal, la música de un cántico que no muere; en su bautismo y comunión con el corazón, le dará visiones del cielo más dulces y más amplias, hasta que el gusto por otras cosas se apague, y las demás visiones se vuelvan tenues y lejanas. Pondrá notas de otros mundos en el corazón humano, hasta que toda la música de la tierra sea disonancia y quede sin canto.—Rev. E. M. Bounds

La historia del Antiguo Testamento está llena de relatos de santos que oraban. Los guías de Israel en aquellos días primeros eran notables por sus hábitos de oración. La oración es lo que sobresale con relieve en sus vidas.

Para comenzar, nótese el episodio de Josué 10, donde hasta los cuerpos celestes fueron sujetos a la oración. Se libraba una batalla prolongada entre los israelitas y sus enemigos, y cuando la noche caía con rapidez, y se advirtió que hacían falta unas pocas horas más de luz del día para asegurar la victoria de las huestes del Señor, Josué, aquel firme varón de Dios, se puso en la brecha con oración. El sol declinaba demasiado aprisa por el occidente para que el pueblo de Dios cosechara todo el fruto de una insigne victoria, y Josué, viendo cuánto dependía de aquella ocasión, clamó a la vista y en el oído de Israel: “Sol, detente en Gabaón; y tú, luna, en el valle de Ajalón.” Y el sol se detuvo en verdad, y la luna paró su curso al mandato de este varón de Dios que oraba, hasta que el pueblo del Señor se hubo vengado de los enemigos del Señor.

Jacob no era un dechado estricto de justicia antes de su noche entera de oración. Con todo, era un hombre de oración y creía en el Dios de la oración. Por eso lo hallamos pronto a invocar a Dios en oración cuando estaba en apuros. Huía de casa temiendo a Esaú, camino de la casa de Labán, un pariente. Al caer la noche, llegó a cierto lugar para reposar con el sueño, y mientras dormía tuvo un sueño maravilloso en que vio a los ángeles de Dios que subían y descendían por una escalera que llegaba de la tierra al cielo. No es de extrañar que, al despertar, se viera obligado a exclamar: “Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía.”

Entonces fue cuando entró en un pacto bien definido con el Dios Todopoderoso, y en oración hizo un voto al Señor, diciendo: “Si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, y si tornare en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios, y esta piedra que he puesto por título será casa de Dios; y de todo lo que me dieres, te daré el diezmo de ello.”

Con hondo sentido de su total dependencia de Dios, y deseando sobre todo la ayuda de Dios, Jacob condicionó su oración por protección, bendición y guía con un voto solemne. Así apoyó Jacob su oración a Dios con un voto.

Veinte años habían pasado mientras Jacob moraba en la casa de Labán, y se había casado con dos de sus hijas, y Dios le había dado hijos. Había crecido mucho en riqueza, y resolvió dejar aquel lugar y volver a la casa donde se había criado. Al acercarse, se le ocurrió que debía encontrarse con su hermano Esaú, cuya ira no había menguado a pesar del paso de muchos años. Dios, sin embargo, le había dicho: “Vuélvete a la casa de tus padres y a tu parentela, y yo seré contigo.” En aquel apuro extremo, sin duda le vinieron a la memoria la promesa de Dios y el voto que había hecho tiempo atrás, y se entregó a una noche entera de oración. Aquí llega a nuestra atención aquel extraño e inexplicable episodio del ángel que luchó con Jacob toda la noche, hasta que Jacob al fin obtuvo la victoria. “No te dejaré, si no me bendices.” Y allí mismo, en respuesta a su ferviente, insistente e importuna oración, fue ricamente bendecido en su persona, y su nombre fue cambiado. Pero aún más que eso: Dios se adelantó al deseo de Jacob, y obró de modo extraño sobre la naturaleza airada de Esaú; y he aquí que, cuando Jacob se encontró con él al día siguiente, la ira de Esaú se había disipado por completo, y rivalizó con Jacob en mostrar bondad a su hermano que le había agraviado. Ninguna explicación de este cambio notable en el corazón de Esaú resulta satisfactoria si deja fuera la oración.

Samuel, el poderoso intercesor de Israel y varón de Dios, fue el fruto de la oración de su madre. Ana es un ejemplo memorable de la naturaleza y los beneficios de la oración importuna. No le había nacido hijo, y anhelaba un varón. Toda su alma estaba en aquel deseo. Así que fue a la casa de adoración, donde estaba Elí, el sacerdote de Dios, y tambaleándose bajo el peso que oprimía su corazón, estaba fuera de sí, y parecía en verdad ebria. Sus deseos eran demasiado intensos para expresarse en palabras. “Derramó su alma en oración delante del Señor.” Insuperables dificultades naturales se interponían en su camino, pero ella “multiplicó su oración,” como significa el pasaje, hasta que su corazón alumbrado por Dios y su rostro sereno registraron la respuesta a sus oraciones, y Samuel fue suyo por una fe consciente, y una nación fue restaurada por la fe.

Samuel nació en respuesta a la oración votiva de Ana, pues el pacto solemne que ella hizo con Dios si Él le concedía su petición no debe dejarse fuera al examinar este episodio de una mujer que oraba y la respuesta que recibió. Es sugerente que en Santiago 5:15, “La oración de fe salvará al enfermo,” la palabra traducida signifique un voto. De modo que la oración, en su forma más alta de fe, es aquella oración que lleva al hombre entero como ofrenda de sacrificio. Así, consagrar al hombre entero a sí mismo, y todo lo suyo, a Dios en un voto definido e inteligente, jamás quebrantado, en un deseo inextinguible y apasionado del cielo—tal actitud de entrega de sí a Dios ayuda poderosamente a orar. Sansón es algo así como una paradoja cuando examinamos su carácter religioso. Pero en medio de todas sus faltas, que eran graves en extremo, conocía al Dios que oye la oración, y sabía cómo hablar con Dios.

No hubo lejanía a la que Israel se hubiese ido, ni hondura a la que Israel hubiese caído, ni cadena, por férrea que fuese, con que Israel estuviese atado, sin que su clamor a Dios salvara con facilidad la distancia, sondeara las profundidades y rompiera las cadenas. Era la lección que siempre aprendían y siempre olvidaban: que la oración siempre traía a Dios para librarlos, y que no había nada demasiado difícil para que Dios lo hiciera por su pueblo. Hallamos a todos los santos de Dios en aprietos en distintos tiempos, de una u otra manera. Sus aprietos son, sin embargo, muchas veces los heraldos de sus grandes triunfos. Pero cualquiera que sea la causa de sus aprietos, o de cualquier clase que sean, no hay apuro de grado alguno de dureza, ni de fuente alguna cualquiera, ni de naturaleza alguna cualquiera, del cual la oración no pueda librarlos. La gran fuerza de Sansón no lo alivia ni lo saca de sus aprietos. Léase lo que dicen las Escrituras:

“Y cuando vino hasta Lehi, los filisteos le salieron al encuentro con gritos; y el Espíritu de Jehová vino poderosamente sobre él, y las cuerdas que estaban en sus brazos se volvieron como lino quemado con fuego, y sus ataduras cayeron de sus manos.

“Y hallando una quijada de asno fresca, extendió la mano y la tomó, y mató con ella a mil hombres.

“Y dijo Sansón: Con una quijada de asno, montones sobre montones; con una quijada de asno he muerto a mil hombres.

“Y aconteció que, acabando de hablar, echó de su mano la quijada, y llamó a aquel lugar Ramat-lehi.

“Y teniendo gran sed, clamó a Jehová, y dijo: Tú has dado esta gran salud por mano de tu siervo; ¿y moriré yo ahora de sed, y caeré en mano de los incircuncisos?

“Entonces quebró Dios una muela que estaba en la quijada, y salió de allí agua; y cuando hubo bebido, volvió su espíritu, y revivió.”

Tenemos otro episodio en el caso de este extraño personaje del Antiguo Testamento, que muestra cómo, en grandes aprietos, sus mentes se volvían involuntariamente a Dios en oración. Por muy desordenados que fueran en su vida, por muy lejos de Dios que se apartaran, por muy pecadores que fuesen, cuando la aflicción caía sobre estos hombres, invariablemente invocaban a Dios para que los librase; y, por regla general, cuando se arrepentían, Dios oía sus clamores y concedía sus peticiones. Este episodio se sitúa al final de la vida de Sansón, y nos muestra cómo terminó su vida.

Léase el relato tal como se halla en Jueces 16. Sansón había formado una alianza con Dalila, una mujer pagana, y ella, en connivencia con los filisteos, procuró descubrir el origen de su inmensa fuerza. Tres veces seguidas fracasó, y al fin, con su persistencia y sus artes femeniles, persuadió a Sansón a revelarle el maravilloso secreto. Así, en una hora incauta, le descubrió que el origen de su fuerza estaba en sus cabellos, que jamás habían sido cortados; y ella lo privó de su gran poder físico cortándole el cabello. Llamó a los filisteos, y ellos vinieron y le sacaron los ojos, y de otras maneras lo maltrataron.

En cierta ocasión, cuando los filisteos se habían reunido para ofrecer un gran sacrificio a Dagón, su dios ídolo, llamaron a Sansón para que los divirtiera. Y lo que sigue es el relato de cuando él estaba allí, siendo presumiblemente el hazmerreír de estos enemigos suyos y de Dios.

“Y Sansón dijo al muchacho que lo guiaba de la mano: Acércame, y hazme palpar las columnas sobre que se sostiene la casa, para que me apoye sobre ellas.

“Y la casa estaba llena de hombres y mujeres; y todos los príncipes de los filisteos estaban allí; y sobre el terrado había como tres mil hombres y mujeres, que estaban mirando el escarnio de Sansón.

“Entonces clamó Sansón a Jehová, y dijo: Señor Jehová, acuérdate ahora de mí, y esfuérzame, te ruego, solamente esta vez, oh Dios, para que de una vez tome venganza de los filisteos por mis dos ojos. Y asió Sansón las dos columnas del medio sobre las cuales se sostenía la casa, y en que ella estribaba, la una con la mano derecha, y la otra con la izquierda.

“Y dijo Sansón: Muera yo con los filisteos. Y se inclinó con toda su fuerza, y cayó la casa sobre los príncipes, y sobre todo el pueblo que estaba en ella. Y fueron muchos más los que mató muriendo, que los que había muerto en su vida.”

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