La oración y los hombres que oran ·Pablo y su oración (continuación)

Capítulo 15 · 13 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Pablo y su oración (continuación)

William Law tiene esta palabra muy pertinente en su “Vida devota”: “Cuando comiences tus peticiones, usa expresiones tan variadas de los atributos de Dios que te hagan lo más consciente posible de la grandeza y el poder de la naturaleza divina”. Y luego William Law da varios ejemplos, que debo decir no me serían de ayuda, pues aprisionarían mi espíritu en una cota de malla. Pero quiero recalcar y encomendar su principio, que es que nuestra comunión debería comenzar con los elementos primarios de la adoración y la alabanza.—Rev. J. H. Jowett

Hay dos ocasiones de resultados maravillosos en las que no se afirma de modo explícito que Pablo estuviera en oración, pero las circunstancias, los resultados y el hábito de oración universal e intenso de Pablo hacen muy evidente que la clave de los resultados de ambas ocasiones es la oración. La primera ocasión es cuando Pablo se hizo a la mar desde Filipos y llegó a Troas, donde permaneció siete días. En el primer día de la semana, cuando los discípulos se reunieron para partir el pan, Pablo les predicó, esperando partir al día siguiente, y prolongó su predicación hasta bien entrada la noche.

Sentado en la ventana estaba un joven llamado Eutico, quien naturalmente se durmió, y como Pablo se extendía en su discurso, el joven cayó de la alta ventana, y fue levantado por muerto. Pablo bajó al lugar donde el joven había caído, y abrazándolo, dijo a los que estaban a su alrededor que no se turbaran, pues la vida aún estaba en el cuerpo. Pablo volvió al aposento alto, donde había estado predicando, y habló con los discípulos hasta el amanecer. Y el joven fue traído vivo, y, como consecuencia, todos quedaron grandemente consolados.

La conclusión muy natural, sin que el hecho se declare especialmente, es que Pablo debió de orar por el joven cuando lo abrazó, y su oración fue respondida en la pronta recuperación del joven.

La segunda ocasión fue en la peligrosa y prolongada tempestad que sobrevino a la nave en la que Pablo era llevado como prisionero a Roma. Eran sacudidos en extremo por la gran tempestad, y ni el sol ni las estrellas aparecían mientras eran combatidos y luchaban contra el viento y la tormenta. Toda esperanza de que se salvaran parecía perdida. Pero después de una larga abstinencia, Pablo se puso en pie en medio de los que iban a bordo, y hablando más particularmente a los oficiales de la nave, dijo: “Señores, era menester haberme oído, y no partir de Creta, para evitar este inconveniente y daño. Mas ahora os amonesto que tengáis buen ánimo; porque ninguna pérdida habrá de persona de vosotros, sino solamente de la nave. Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios, del cual yo soy, y al cual sirvo, diciendo: Pablo, no temas; es menester que seas presentado delante de César; y he aquí, Dios te ha dado a todos los que navegan contigo. Por tanto, señores, tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como me ha sido dicho”.

No requiere interpretación forzada leer en este sencillo relato el hecho de que Pablo debió de estar orando cuando el ángel se le apareció con aquel mensaje de aliento y seguridad de salvación. El hábito de oración de Pablo y su firme fe en la oración han de haberlo llevado de rodillas. Semejante emergencia necesariamente lo habría movido a orar bajo circunstancias tan cruciales.

Después del naufragio, mientras estaba en la isla de Melita, tenemos otra representación de Pablo en oración. Está en su obra de orar por un hombre muy enfermo. Mientras se encendía una fogata, una víbora venenosa y mortal se prendió de su mano, y los bárbaros concluyeron de inmediato que era un caso de castigo por algún crimen que Pablo había cometido; pero pronto descubrieron que Pablo no moría, y cambiaron de parecer y concluyeron que era una especie de dios.

En aquel mismo lugar estaba entonces el padre de Publio, quien estaba muy enfermo de fiebre y disentería, acercándose al parecer a su fin. Pablo fue a él, le impuso las manos, y con sencilla confianza en Dios oró, y de inmediato la enfermedad fue reprendida, y el hombre quedó sano. Cuando los naturales de la isla vieron este notable suceso, trajeron a otros a Pablo, y fueron sanados, de la misma manera, por la oración de Pablo.

Volviendo atrás en la vida de Pablo al tiempo en que estaba en Éfeso de camino a Jerusalén, lo hallamos deteniéndose en Tiro después de partir de Éfeso. Antes de dejar Éfeso había orado con todos ellos. Pero no confiaba en sus palabras, por fuertes, apropiadas y solemnes que hubieran sido. A Dios se le debe reconocer, invocar y buscar. Pablo no daba por sentado, después de haber hecho todo lo posible, que Dios, como cosa lógica, bendeciría sus esfuerzos por hacer el bien, sino que buscaba a Dios. Dios no hace las cosas por rutina. A Dios se le debe invocar, buscar, y ponerlo en las cosas por la oración.

Tras su visita a Éfeso, llegó a Tiro, donde se detuvo unos pocos días. Allí halló a algunos discípulos, quienes rogaban a Pablo que no fuera a Jerusalén, diciéndole por el Espíritu que no subiera a aquella ciudad. Pero Pablo se atuvo a su propósito original de ir a Jerusalén. El relato dice:

“Y cumplidos aquellos días, salimos y nos fuimos, acompañándonos todos, con sus mujeres e hijos, hasta fuera de la ciudad; y puestos de rodillas en la ribera, oramos”.

¡Qué escena contemplar en aquella playa! He aquí un cuadro familiar de amor y devoción, donde están presentes maridos, mujeres y aun niños, y la oración se hace al aire libre. ¡Qué impresión debió de causar en aquellos niños! La nave estaba lista para partir, pero la oración debía cimentar sus afectos y santificar a las mujeres y a los niños, y bendecir su despedida —una despedida que había de ser definitiva en cuanto a este mundo concernía—. La escena es hermosa y honra la cabeza y el corazón de Pablo, su persona y su piedad, y muestra el tierno afecto en que se le tenía. Su devoto hábito de santificar todas las cosas por la oración sale directamente a la luz. “Puestos de rodillas en la ribera, oramos”. Nunca vio una playa cuadro más grandioso ni presenció escena más hermosa: Pablo de rodillas sobre las arenas de aquella ribera, invocando la bendición de Dios sobre estos hombres, mujeres y niños.

Cuando Pablo fue procesado en Jerusalén, al hacer su defensa pública, se refiere a dos ocasiones de su oración. Una fue cuando estaba en la casa de Judas, en Damasco, después de haber sido derribado en tierra y traído bajo convicción. Estuvo allí tres días, y a él fue enviado Ananías, para poner su mano sobre él, en el tiempo de su ceguera y tinieblas. Fue durante aquellos tres días de oración. Éste es el registro de la Escritura, y las palabras son las de Ananías dirigidas a él:

“Y ahora, ¿por qué te detienes? Levántate, y bautízate, y lava tus pecados, invocando el nombre del Señor”.

El Señor había animado al tímido Ananías a ir a ministrar a Pablo, diciéndole: “He aquí, él ora”. Y así tenemos en esta referencia la disposición de Pablo a orar intensificada por la exhortación de Ananías. La oración precede al perdón de los pecados. La oración conviene a quienes buscan a Dios. La oración pertenece al fervoroso y sincero que inquiere en pos de Dios. El perdón del pecado y la aceptación con Dios siempre vienen al final de la oración fervorosa. La evidencia de sinceridad en un verdadero buscador de la religión es que de él se pueda decir: “He aquí, él ora”.

La otra referencia en su defensa nos deja ver la intensidad de oración con que toda su vida religiosa había sido moldeada, y nos muestra cómo, en el absorbente éxtasis de la oración, vino la visión y se recibieron las indicaciones por las cuales su fatigosa vida había de ser guiada. También vemos los términos familiares en que se hallaba y hablaba con su Señor:

“Y me aconteció, vuelto a Jerusalén, que orando en el templo, fui arrebatado fuera de mí;

“Y le vi que me decía: Date prisa, y sal prestamente de Jerusalén; porque no recibirán tu testimonio de mí.

“Y yo dije: Señor, ellos saben que yo encerraba en cárcel, y hería por las sinagogas a los que creían en ti;

“Y cuando se derramaba la sangre de Esteban tu testigo, yo también estaba presente, y consentía a su muerte, y guardaba las ropas de los que le mataban.

“Y me dijo: Ve, porque yo te tengo que enviar lejos a los gentiles”.

La oración siempre trae directrices del cielo sobre lo que Dios quiere que hagamos. Si oráramos más y más directamente, cometeríamos menos errores en la vida en cuanto al deber. La voluntad de Dios respecto de nosotros se revela en respuesta a la oración. Si oráramos más y oráramos mejor y más dulcemente, entonces se nos darían visiones más claras y más cautivadoras, y nuestro trato con Dios sería del orden más íntimo, libre y confiado.

Es difícil detallar o clasificar la oración de Pablo. Es tan amplia, tan discursiva y tan minuciosa, que no es tarea fácil hacerlo. Pablo enseña mucho acerca de la oración en su didáctica. Insta específicamente el deber y la necesidad de la oración a la Iglesia, pero lo que era mejor para Pablo y mejor para nosotros es que él mismo oraba mucho e ilustraba su propia enseñanza. Practicaba lo que predicaba. Puso a prueba el ejercicio de la oración que instaba al pueblo de su tiempo.

A la Iglesia de Roma afirmó llana y específicamente, con solemnidad, su hábito de orar. Esto escribió a aquellos creyentes romanos:

“Porque testigo me es Dios, a quien sirvo en mi espíritu en el evangelio de su Hijo, que sin cesar hago memoria de vosotros siempre en mis oraciones”.

Pablo no sólo oraba por sí mismo. Tenía la práctica de orar por otros. Era eminentemente un intercesor. Así como instaba a otros a la oración intercesora, así también él intercedía por otros, además de por sí mismo.

Comienza esa notable Epístola a los Romanos con el espíritu de la oración; y la cierra con este solemne encargo: “Ruégoos empero, hermanos, por el Señor nuestro Jesucristo, y por el amor del Espíritu, que me ayudéis con oraciones por mí a Dios”.

Pero esto no es todo. En el corazón mismo de esa Epístola manda: “Constantes en la oración”. Es decir, dad atención constante a la oración. Haced de ella el oficio de la vida. Sed dedicados a ella. Justo lo que él mismo hacía, pues Pablo era un ejemplo permanente de la doctrina de la oración que defendía y apremiaba en el pueblo.

En sus Epístolas a los tesalonicenses, ¡cuán abarcadora y maravillosa la oración! Dice al escribir su Primera Epístola a esta Iglesia:

“Damos siempre gracias a Dios por todos vosotros, haciendo memoria de vosotros en nuestras oraciones; acordándonos sin cesar de la obra de vuestra fe, y del trabajo de vuestro amor, y de la paciencia de vuestra esperanza”.

Sin citar todo lo que dice, vale la pena leer más adelante sus palabras a esta misma Iglesia de verdaderos creyentes:

“Orando de noche y de día con grande instancia, que veamos vuestro rostro, y que cumplamos lo que falta a vuestra fe. Mas el mismo Dios encamine nuestro viaje a vosotros. Y a vosotros multiplique el Señor, y haga abundar el amor de los unos para con los otros, así como también nosotros para con vosotros; para que sean confirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios y nuestro Padre”.

Y esta clase de oración por aquellos cristianos tesalonicenses está en directa línea con aquella oración final por estos mismos creyentes en esta Epístola, donde consigna aquella sorprendente oración por su entera santificación:

“Y el mismo Dios de paz os santifique en todo; para que vuestro espíritu y alma y cuerpo sea guardado entero sin reprensión para la venida de nuestro Señor Jesucristo”.

¡Cómo oraba Pablo por aquellos primeros cristianos! Los tenía en su mente y en su corazón, y estaba continuamente en ello, “orando de noche y de día con grande instancia”. ¡Oh, si tuviéramos una legión de predicadores en estos días de piedad superficial y en estos tiempos de falta de oración, que fueran dados a orar por sus iglesias como Pablo lo hacía por aquellos a quienes ministraba en su tiempo! Se necesitan hombres de oración. Asimismo se demandan predicadores que oren en esta época.

Al concluir aquella notable oración en el tercer capítulo de Efesios, declaró que “Dios era poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que podíamos pedir o entender”; ahora declara que está orando muy abundantemente, esforzándose del modo más fervoroso, para que sus oraciones corran paralelas al poder de Dios, y que no limiten ese poder ni agoten ese poder, sino que saquen de él todo lo que hay para bendecir y grandemente enriquecer a su Iglesia.

Pablo y sus compañeros oraban por los santos en todas partes. Puede que vuelva a mencionarse. ¡Con qué solemnidad llama Pablo la atención de los cristianos romanos al importante hecho de orar por ellos, creyentes a quienes nunca había visto! “Testigo me es Dios que sin cesar hago memoria de vosotros en mis oraciones”. A las iglesias dice: “Orando siempre por vosotros”.

De nuevo, en la misma línea, lo oímos articular con claridad: “Siempre en todas mis oraciones haciendo oración por todos vosotros con gozo”. Otra vez escribe así: “No cesamos de orar por vosotros”. Una vez más leemos el registro: “Por lo cual asimismo oramos siempre por vosotros”. Y de nuevo está escrito: “No ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones”. Y luego dice: “Me acuerdo de ti en mis oraciones noche y día”.

Su declaración, “orando de noche y de día con grande instancia”, es un registro condensado de la naturaleza absorbente de la oración hecha por este apóstol orante. Muestra concluyentemente cuán importante era la oración en su estima y en su ministerio, y muestra además cómo para él la oración era una agonía de fervoroso esfuerzo en buscar de Dios bendiciones que no podían obtenerse de ningún otro modo.

El desinterés de su oración se ve en lo que escribe a los romanos, donde les dice: “Rogando, si de alguna manera tuviese al fin próspero viaje, por la voluntad de Dios, para venir a vosotros. Porque os deseo ver, para repartir con vosotros algún don espiritual, a fin de que seáis confirmados”. El objeto de su deseo de visitar Roma no era su propia gratificación, el placer de un viaje, u otras razones, sino que pudiera ser el medio, bajo Dios, de “repartir con ellos algún don espiritual”, a fin de que “fuesen confirmados” en sus corazones, irreprensibles en amor. Era para que su visita les diera algún don espiritual que no habían recibido y que fueran confirmados en aquellos puntos donde necesitaban ser arraigados y cimentados en la fe, en el amor, y en todo lo que constituye la vida y el carácter cristianos.

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La oración y los hombres que oran E. M. Bounds

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