Capítulo 14 · 12 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Pablo y su oración
En la vida de Frank Crossley se cuenta cómo un día de 1888 se había despedido en la estación de sus amigos, el General Booth y su esposa; pero antes de que el tren partiera les entregó una carta con los detalles de un sacrificio que había resuelto hacer por el Ejército. Volvió a casa y estaba orando a solas. “Mientras oraba”, dijo, “vino sobre mí el más extraordinario sentimiento de gozo. No estaba exactamente en mi cabeza, ni en mi corazón; era casi como si una mano extraña me tomara del pecho y me llenara de un éxtasis que nunca antes había tenido. Se me hizo evidente que aquello era el gozo del Señor”. Así, este siervo de Dios dio en su peregrinación hacia Dios un paso adelante del cual jamás retrocedió. Pensó entonces que era probable que los Booth hubieran leído esa carta en el tren y que aquello fuera respuesta a una oración de ellos; después supo que habían orado por él en el tren, justo después de salir de Manchester hacia el oeste.— Rev. Edward Shillito.
Quien estudie la oración de Pablo, tanto sus oraciones como sus mandatos acerca de la oración, hallará qué amplia, general, minuciosa y variada es el área que abarca. Se hará evidente que estos hombres, como Wesley, Brainerd, Lutero, y todos sus santos sucesores en los reinos espirituales, no eran culpables de fanatismo ni de superstición cuando ordenaban todas las cosas por la oración, grandes y pequeñas, y encomendaban todas las cosas, seculares y religiosas, naturales y espirituales, a Dios en oración. En esto no hacían sino seguir el gran ejemplo y la autoridad del apóstol Pablo.
Buscar a Dios como Pablo lo hacía por la oración, comulgar con Dios como Pablo lo hacía, suplicar a Jesucristo como Pablo lo hacía, buscar al Espíritu Santo por la oración como Pablo lo hacía, hacer esto sin cesar, ser siempre un corredor, y ganar a Cristo como Pablo lo hizo por la oración: todo esto hace un santo, un apóstol y un líder para Dios. Esta clase de vida ocupa, absorbe, enriquece y confiere poder con Dios y para Dios. La oración, si ha de tener éxito, siempre debe ocuparnos y absorbernos. Esta clase de oración trae días paulinos y asegura dones paulinos. Buenos son los días paulinos, mejores son los dones paulinos, pero la oración paulina es lo mejor de todo, porque trae días paulinos y asegura dones paulinos. La oración paulina vale todo lo que cuesta. La oración que nada cuesta nada obtiene. Es, en el mejor de los casos, un negocio de mendigos.
El aprecio que Pablo tenía por la oración se ve y se confirma por el hecho de que Pablo era un hombre de oración. Su alta posición en la Iglesia no era una de dignidad y rango para disfrutar y regodearse en ella. No era una de oficialismo, ni tampoco una de trabajo arduo e inagotable, pues Pablo era eminentemente un hombre de oración.
Comenzó su gran carrera para Cristo en la gran lucha y escuela de la oración. El argumento convincente y maravilloso de Dios para asegurar a Ananías fue: “He aquí, él ora”. Tres días estuvo sin vista, sin comer ni beber, pero la lección quedó bien aprendida.
Salió a su primer gran viaje misionero bajo el poder del ayuno y la oración, y ellos, Pablo y Bernabé, establecieron cada Iglesia por los mismísimos medios, por el ayuno y la oración. Comenzó su obra en Filipos “donde solía hacerse oración”. Cuando “iban a la oración”, el espíritu de adivinación fue echado fuera de la joven. Y cuando Pablo y Silas fueron puestos en la cárcel, a medianoche oraban y cantaban alabanzas a Dios.
Pablo hizo de la oración un hábito, un oficio y una vida. Literalmente se entregó a la oración. Así, para él la oración no era un ropaje exterior, un mero colorido, una pintura, un barniz. La oración constituía la sustancia, el hueso, el tuétano y el ser mismo de su vida religiosa. Su conversión fue un prodigio de gracia y poder. Su comisión apostólica fue plena y regia. Pero no esperó vanamente dar plena prueba de su ministerio por los prodigios de las circunstancias y por los resultados maravillosos en la conversión, ni por la comisión apostólica firmada y sellada por autoridad divina, y que llevaba consigo todos los dones más altos y los enriquecimientos apostólicos, sino por la oración, por una oración incesante, luchadora, agonizante y del Espíritu Santo. Así hizo Pablo su obra, y coronó su obra, su vida y su muerte con principios de mártir y con gloria de mártir.
Pablo tenía un rasgo espiritual muy marcado y especialmente prometido, y era el de la oración. Tenía la profunda convicción de que la oración era un deber tan grande como solemne; que la oración era un privilegio regio; que la oración era una fuerza poderosa; que la oración mide la piedad, hace poderosa y más poderosa la fe; que mucha oración era necesaria para el éxito cristiano; que la oración era un gran factor en el avance del reino de Dios en la tierra; y que Dios y el cielo esperaban que se orase.
De algún modo dependemos de la oración para los grandes triunfos de la santidad sobre el pecado, del cielo sobre el infierno, y de Cristo sobre Satanás. Pablo daba por sentado que los hombres que conocen a Dios orarían; que los hombres que vivían para Dios orarían mucho, y que los hombres que no oraban no podían vivir para Dios. Por eso Pablo oraba mucho. Tenía el hábito de orar. Estaba acostumbrado a orar, y eso formaba el hábito de la oración. La estimaba tan grandemente que conocía plenamente su valor, y eso afianzaba el hábito en él. Pablo tenía el hábito de orar porque amaba a Dios, y tal amor en el corazón siempre halla su expresión en hábitos regulares de oración. Sentía la necesidad de mucha gracia, y de más y más gracia, y la gracia sólo viene por los canales de la oración, y sólo abunda más y más a medida que la oración abunda más y más.
Pablo tenía el hábito de orar, pero no oraba por mera fuerza del hábito. El hombre es una criatura de hábitos hasta tal punto que siempre corre el peligro de hacer las cosas simplemente de memoria, en una rutina, de manera mecánica. El hábito de Pablo era regular y de corazón. A los romanos escribe: “Porque testigo me es Dios, que sin cesar hago memoria de vosotros siempre en mis oraciones”. Las puertas de las cárceles se abren y ocurren terremotos por una oración como la que Pablo hacía, aun por una oración paulina tan melodiosa. Todas las cosas se abren a la clase de oración que hacían Pablo y Silas. Todas las cosas se abren por la oración. Podían encerrar a Pablo para que no predicara, pero no podían encerrarlo para que no orara. Y el Evangelio podía abrirse camino por la oración de Pablo tanto como por la predicación de Pablo. El apóstol podía estar en la cárcel, pero la Palabra de Dios estaba libre, e iba como el aire de la montaña, mientras el apóstol está atado en la cárcel y abunda en oración.
¡Cuán profundo su gozo en Jesús, que se expresaba tan feliz y dulcemente en alabanza y oración, bajo condiciones tan dolorosas y deprimentes! La oración los llevaba a la plena comunión con Dios, la cual hacía todas las cosas radiantes con la presencia divina, que los capacitaba para “gozarse de que fuesen tenidos por dignos de padecer afrenta por su nombre, y tener por sumo gozo el caer en diversas pruebas”. La oración endulza todas las cosas y santifica todas las cosas. El santo que ora será un santo que sufre. Sufriendo con oración, será un santo dulce. Un santo que ora será un santo que alaba. La alabanza no es sino oración puesta en música y canto.
Después de aquel notable encargo a los ancianos de Éfeso, mientras se detenía allí de camino a Jerusalén, se hace este característico registro en Hechos:
“Y como hubo dicho estas cosas, se puso de rodillas, y oró con todos ellos. Entonces hubo un gran lloro de todos; y echándose al cuello de Pablo, le besaban”.
“Se puso de rodillas, y oró”. Nótense esas palabras. Arrodillarse en oración era la actitud favorita de Pablo, la postura apropiada de un suplicante fervoroso y humilde. Humildad e intensidad hay en tal posición en la oración ante el Dios Todopoderoso. Es la actitud propia del hombre delante de Dios, del pecador delante de un Salvador, y del mendigo delante de su benefactor. Sellar con oración su sagrado y vivo encargo a aquellos ancianos efesios fue lo que hizo el encargo eficaz, benigno y perdurable.
La religión de Pablo nació en los dolores de aquella lucha de tres días de oración, mientras estaba en la casa de Ananías, y allí recibió un impulso divino que jamás se aflojó hasta llevarlo a las puertas de la ciudad eterna. Aquella historia espiritual y experiencia religiosa, proyectada por la línea de la oración incesante, lo llevó a las más altas cumbres espirituales y rinde los mayores frutos espirituales. Pablo vivió en la atmósfera misma de la oración. Su primer viaje misionero fue proyectado por la oración. Fue por la oración y el ayuno que fue llamado al campo misionero extranjero, y por los mismos medios la Iglesia de Antioquía fue movida a enviar a Pablo y a Bernabé en su primer viaje misionero. He aquí el registro de la Escritura:
“Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y doctores: Bernabé, y Simón el que se llamaba Niger, y Lucio Cireneo, y Manahén, que había sido criado con Herodes el tetrarca, y Saulo.
“Ministrando pues éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra para la cual los he llamado.
“Entonces, habiendo ayunado y orado, y puéstoles las manos encima, los despidieron”.
He aquí un modelo para todas las salidas misioneras, un presagio de éxito. Aquí estaba el Espíritu Santo dirigiendo a una Iglesia orante, obediente al liderazgo divino, y este estado de cosas produjo los mayores resultados posibles en la misión de estos dos hombres de Dios. Podemos afirmar con confianza que ninguna Iglesia en que Pablo fuera prominente sería una Iglesia sin oración. Pablo vivió, trabajó y sufrió en una atmósfera de oración. Para él, la oración era el corazón y la vida misma de la religión, su hueso y su tuétano, el motor del Evangelio, y la señal por la cual vencía. No quedamos en la ignorancia, pues aquel espíritu estableció iglesias, poniendo en ellas el requisito eterno de la abnegación, en forma de ayuno, y en la práctica de la oración. He aquí el registro divino de la obra de Pablo en esta línea:
“Confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y que es menester que por muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.
“Y habiéndoles constituido ancianos en cada una de las iglesias, y habiendo orado con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído”.
En obediencia a una visión celestial, Pablo desembarca en Europa, y se encuentra en Filipos. No hay sinagoga, y pocos judíos, si es que hay alguno, están allí. Sin embargo, unas cuantas mujeres piadosas tienen un lugar de reunión para la oración, y Pablo es atraído por afinidad espiritual al lugar “donde solía hacerse oración”. Y la primera siembra del Evangelio en Europa por parte de Pablo es en aquella pequeña reunión de oración. Allí es el principal orador y el que más habla. Lidia fue la primera convertida en aquella reunión de oración. Prolongaron la reunión. La llamaron una reunión de oración.
Fue mientras iban a aquella prolongada reunión de oración que Pablo realizó el milagro de echar el demonio de adivinación de una pobre muchacha endemoniada, que había sido hecha fuente de ganancia por unos hombres codiciosos, cuyos resultados, por orden de los magistrados, fueron sus azotes y su encarcelamiento. El resultado, por orden de Dios, fue la conversión del carcelero y de toda su casa. Para el apóstol que ora no se permite ningún desaliento. Unas cuantas mujeres que oran bastan para un campo de labor apostólico.
En este último incidente tenemos un cuadro de Pablo a medianoche. Está en la cárcel interior, oscura y mortífera. Ha sido severa y dolorosamente azotado, su ropa está cubierta de sangre, mientras hay coágulos de sangre sobre su cuerpo desgarrado y llagado. Sus pies están en el cepo, cada nervio está afiebrado e hinchado, sensible y doloroso. Pero lo hallamos, bajo estas condiciones tan desfavorables y penosas, en su ocupación favorita. Pablo está orando con Silas, su compañero, en un tono gozoso y triunfante. “Mas a media noche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los que estaban presos los oían. Entonces fue hecho de repente un gran terremoto, de manera que los cimientos de la cárcel se movían; y luego todas las puertas se abrieron, y las prisiones de todos se soltaron. Y despertado el carcelero, como vio abiertas las puertas de la cárcel, sacando la espada se quería matar, pensando que los presos se habían huido.
“Mas Pablo clamó a gran voz, diciendo: No te hagas ningún mal; que todos estamos aquí”.
Nunca fue la oración tan hermosa, nunca más fructífera. Pablo era un maestro en la oración, un amante de la oración, un asombroso devoto de la oración, que podía proseguirla con tan gozosos acentos, bajo tales condiciones de abatimiento y desesperación. ¡Qué poderosa arma de defensa era la oración para Pablo! ¡Qué llena de canto! Sin duda los ángeles acallaron sus más altas y dulces notas para escuchar la música que llevaba aquellas oraciones al cielo. El terremoto pisó por la senda abierta por las poderosas fuerzas de la oración de Pablo. No salió cuando sus cadenas se soltaron y el cepo cayó. Su oración le enseñaba que Dios tenía aquella noche propósitos más nobles que su propia libertad individual. Su oración y la alarma del terremoto habían de traer salvación a aquella cárcel, libertad de la esclavitud y del calabozo del pecado que le era prefigurado por la emancipación de su cuerpo. La poderosa providencia de Dios había abierto la puerta de su cárcel y había roto sus prisiones, no para darle libertad a él, sino para dar libertad al carcelero. Las aperturas providenciales de Dios a menudo son para probar nuestra capacidad de quedarnos más que de irnos. Probaron la capacidad de Pablo de quedarse.