Capítulo 13 · 17 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Pablo, el maestro de la oración
Fletcher de Madeley, un gran maestro de hace siglo y medio, solía dar clase a los jóvenes estudiantes de teología. Fue uno de los colaboradores de Wesley y un hombre del carácter más santo. Cuando había disertado sobre alguno de los grandes temas de la Palabra de Dios, como la Plenitud del Espíritu Santo de Dios, o el poder y la bendición que Él quería que su pueblo tuviera, cerraba la lección y decía: “Ésa es la teoría; ahora, los que quieran la práctica, ¡que suban a mi cuarto!”. Y una y otra vez cerraban los libros y se marchaban a su cuarto, donde a la hora de teoría le seguían una o dos horas de oración.—Rev. Hubert Brooke.
¡Cuán inmediata, esforzada, persistente y conmovedora era la urgencia con que Pablo instaba a la oración a aquellos a quienes escribía y hablaba! “Exhorto”, dice, escribiendo a Timoteo, “ante todas cosas, que se hagan súplicas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias por todos los hombres”. Con esto quería decir que éste había de ser el depósito primero y la verdad principal para la Iglesia. Ante todo, antes de todas las cosas, delante de todas las cosas, la Iglesia de Cristo había de ser una Iglesia que ora, había de orar por los hombres, había de orar por todos los hombres. Así lo encargó a los filipenses: “Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y ruego, con acción de gracias, sean notorias vuestras peticiones delante de Dios”. La Iglesia no debe estar ansiosa por nada. Por todo se debe orar. Nada era demasiado pequeño para orar por ello. Nada era demasiado grande para que Dios lo venciera.
Pablo lo establece como un mandato vital y del todo esencial al escribir a la Iglesia de Tesalónica: “Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo. Porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros”. La Iglesia debe entregarse a la oración incesante. Nunca había de cesar la oración en la Iglesia. Ésta era la voluntad de Dios respecto de su Iglesia en la tierra.
Pablo no sólo era dado a la oración él mismo, sino que continua y ardientemente la instaba de un modo que mostraba su importancia vital. No sólo era insistente en instar a la oración a la Iglesia de su tiempo, sino que instaba a orar con perseverancia. “Perseverad en la oración, velando en ella”, era la nota clave de todas sus exhortaciones acerca de la oración. “Orando en todo tiempo con toda oración y ruego”, así apremiaba este importante asunto en el pueblo. “Quiero, pues”, exhorto, éste es mi deseo, mi parecer sobre esta cuestión, “que los hombres oren en todo lugar, sin ira ni duda”. Como él mismo oraba de este modo, bien podía apremiarlo en aquellos a quienes ministraba.
Pablo era un líder por designación y por reconocimiento y aceptación universales. Contaba con muchas fuerzas poderosas en este ministerio. Su conversión, tan conspicua y radical, era una gran fuerza, un perfecto arsenal de guerra ofensiva y defensiva. Su llamamiento al apostolado era claro, luminoso y convincente. Pero estas fuerzas no eran las energías más divinas que dieron los mayores frutos a su ministerio. El curso de Pablo fue moldeado de manera más definida, y su carrera hecha más poderosamente fructífera, por la oración que por cualquier otra fuerza.
No es de extrañar, pues, que diera tal prominencia a la oración en su predicación y en sus escritos. No podíamos esperar que fuera de otro modo. Así como la oración era el ejercicio más elevado de su vida personal, así también la oración ocupaba el mismo lugar elevado en su enseñanza. Su ejemplo de oración añadía fuerza a su enseñanza sobre la oración. Su práctica y su enseñanza corrían por líneas paralelas. No había inconsistencia entre ambas cosas.
Pablo fue el principal de los apóstoles como fue el principal en la oración. Si fue el primero de los apóstoles, la oración concurrió a ese fin. De ahí que estuviera tanto mejor capacitado para ser un maestro de la oración. Su oración lo hacía apto para enseñar a otros qué era la oración y qué podía hacer la oración. Y por esta razón era competente para instar al pueblo a que no descuidara la oración. Demasiado dependía de ella.
Fue el primero en la oración por esta causa. Por cuanto en él se concentraba una oración más santa que en cualquier otro, llegó a ser el primero en el apostolado. La corona del martirio era la corona más alta en la realeza del cielo, pero la oración puso esa corona del martirio sobre su cabeza.
El que quiera enseñar al pueblo a orar debe primero él mismo ser dado a la oración. El que insta a otros a orar debe primero recorrer él mismo la senda de la oración. Y justo en la medida en que los predicadores oren, estarán dispuestos a instar a la oración a aquellos a quienes predican. Además, justo en la medida en que los predicadores oren, estarán capacitados para predicar sobre la oración. Si ese razonamiento es cierto, ¿sería legítimo sacar la conclusión de que la razón por la cual se predica tan poco sobre la oración en estos tiempos modernos es que los predicadores no son hombres de oración?
Podríamos jugarnos toda la cuestión de la absoluta necesidad y de las posibilidades de la oración en esta dispensación sobre la actitud de Pablo hacia la oración. Si la fuerza personal, si la energía de una voluntad firme, si convicciones profundas, si la cultura y los talentos personales, y si el llamamiento divino y la investidura divina —si alguno de estos, o todos ellos unidos, pudieran dirigir la Iglesia de Dios sin oración, entonces lógicamente la oración sería innecesaria. Si la piedad profunda y la consagración inquebrantable a un alto propósito, si la lealtad apasionada a Jesucristo, si alguno de estos o todos ellos pudieran existir sin oración consagrada, o elevar a un líder de la Iglesia por encima de la necesidad de la oración, entonces Pablo estaba por encima de su uso. Pero si el grande y dotado, el favorecido y consagrado Pablo sintió la necesidad de la oración incesante, y comprendió que era urgente y apremiante en cuanto a sus exigencias y necesidad, y si sintió que era clamorosa e insistente la exigencia de que la Iglesia orara sin cesar, entonces él y sus hermanos en el apostolado debían ser ayudados por una oración universal y poderosa.
La oración de Pablo, y sus mandatos, y la urgencia con que apremiaba a la Iglesia a orar, son la prueba más convincente de la absoluta necesidad de la oración como gran fuerza moral en el mundo, factor indispensable e inalienable en el progreso y la difusión del Evangelio, y en el desarrollo de la piedad personal. Según Pablo, no había éxito de la Iglesia sin oración, ni piedad sin oración, es más, sin mucha oración. Una Iglesia de cuya vida brota la oración como el incienso ardía y salía del incensario, y un liderazgo de cuyo carácter, vida y hábitos arde la oración tan imponente, conspicua y espontánea como ardía el fragante incienso: éste era el liderazgo para Dios.
Orar en todo lugar, orar en toda cosa, perseverar constantes en la oración y orar sin cesar; así habló Pablo como comentarista de los usos divinos y de la naturaleza de la oración.
Timoteo era muy querido para Pablo, y el afecto era mutuo e intensificado por todas sus afinidades. Pablo halló en Timoteo aquellos elementos que lo capacitaban para ser su sucesor espiritual, al menos el depositario y el líder de los grandes principios y fuerzas espirituales que eran esenciales para el establecimiento y la prosperidad de la Iglesia. Estas verdades primarias y vitales quería inculcar y arraigar en Timoteo. Pablo consideraba a Timoteo como alguien a quien podían confiarse verdades fundamentales y vitales, que las preservaría fielmente, y que las transmitiría inviolables al futuro. Así entrega a Timoteo este depósito de la oración para todas las edades, como se halla en 1 Ti. 2:1.
Nótese, antes de seguir adelante, que Pablo escribió directamente bajo la superintendencia del Espíritu Santo, quien guardó a Pablo del error, y quien sugirió las verdades que Pablo enseñó. Sostenemos definidamente, sin ceder en lo más mínimo, la inspiración plenaria de las Escrituras, y como los escritos de Pablo son parte integrante de esos Escritos Sagrados, entonces las Epístolas de Pablo son porciones de las Escrituras o de la Palabra de Dios. Siendo esto cierto, la doctrina de la oración que Pablo afirmó es la doctrina del Espíritu Santo. Sus Epístolas pertenecen a la Palabra de Dios, inspiradas, auténticas y de autoridad divina. De modo que la oración tal como la enseñó Pablo es la doctrina que el Dios Todopoderoso quiere que su Iglesia acepte, crea y practique.
Estas palabras a Timoteo, por tanto, eran palabras divinamente inspiradas. Esta sección de la Sagrada Escritura es mucho más que meramente sugerente, y es mucho más que un amplio y escueto bosquejo sobre la oración. Es tan instructiva acerca de la oración, acerca de cómo deben orar los hombres, cómo deben orar los hombres de negocios, y tan enérgica acerca de las razones por las cuales los hombres deben orar, que necesita ser apremiada con fuerza e insistencia.
He aquí las palabras de Pablo a Timoteo sobre la oración:
“Exhorto, pues, ante todas cosas, que se hagan súplicas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias por todos los hombres;
“Por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad.
“Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador;
“El cual quiere que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad.
“Porque hay un Dios, y un Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre;
“El cual se dio a sí mismo en rescate por todos, para testimonio en sus tiempos. Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni duda”.
En esta sección sobre la oración tenemos expuesta por Pablo la herencia y la práctica de todo cristiano en todas las edades. Es un vade mecum en el gran oficio de orar. Nos da una visión de la energía y la multiplicidad de la oración. Primera en el orden del tiempo, en la excelencia de todos los deberes, es la oración. Debe ser lo primero en todas las ocupaciones. Tan exigente e imperativa en su alcance y poder es la oración, que ocupa el primer lugar entre los valores espirituales. El que no ora, no es en absoluto. Es nada, menos que nada. Está por debajo de cero, en cuanto a Cristo, a Dios y al cielo concierne. No simplemente entre las primeras cosas está la oración a la par de otras cosas, sino que la primera de las primeras, a la mismísima delantera, pone Pablo la oración con todo su corazón. “Exhorto que ante todas cosas”.
Su enseñanza es que orar es lo más importante de todas las cosas en la tierra. Todo lo demás debe refrenarse, retirarse, para darle la primacía. Ponla primero, y guárdale su primacía. El conflicto gira en torno a la primacía de la oración. La derrota y la victoria residen en esta única cosa. Hacer secundaria la oración es destronarla. Es encadenar y destruir la oración. Si la oración se pone primero, entonces Dios se pone primero, y la victoria está asegurada. La oración debe reinar en la vida o debe abdicar. ¿Cuál de las dos será?
Según Pablo, “súplicas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias”, todos estos elementos de la oración y formas de la oración han de ofrecerse por los hombres. La oración se ofrece por cosas, por todas las cosas, por todo bien temporal, y por todo bien espiritual y toda gracia; pero en estas direcciones Pablo se eleva a los resultados y propósitos más altos de la oración. Los hombres han de ser afectados por la oración. Su bien, su carácter, su conducta y su destino, todo está implicado en la oración. En este aspecto la oración avanza por el camino más alto, y persigue su fin más sublime. Estamos conscientes y en concordancia con las cosas, con las bendiciones y las dádivas, con los asuntos y las cosas que atañen a los hombres, pero aquí se presentan los hombres mismos como objetos de la oración. Esto ensancha y ennoblece la oración. Los hombres, a través de todo el ámbito y alcance de sus condiciones, han de ser sostenidos en el poderoso apretón de la oración.
La enseñanza de Pablo es en el sentido de que la oración es esencialmente cosa de la naturaleza interior. El espíritu dentro de nosotros ora. Nótense, pues, las indicaciones de Pablo: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, sin ira”. “Ira” es un término que denota el movimiento natural e interno de las plantas y los frutos, que se hinchan de savia. Los jugos naturales se entibian hacia la vida, y suben por el calor de la primavera. El hombre tiene en sí jugos naturales que suben como sube la savia. El ardor, el calor, todos los grados de las pasiones y los deseos, todo grado de sentimiento, se levantan espontáneamente ante la provocación. Guárdate de ellos y suprímelos. El hombre no puede orar con estos sentimientos naturales levantándose en él, cultivados, acariciados y mantenidos allí. La oración ha de ser sin ellos. “Sin ira”. Inspiraciones más altas, mejores, más nobles, han de elevar la oración hacia arriba. La “ira” deprime la oración, la estorba, la sofoca.
La palabra “sin” significa no hacer uso de, no tener asociación con, aparte de, ajeno a. El corazón natural, no renovado, no tiene parte en la oración. Su calor y todos sus jugos naturales envenenan y destruyen la oración. La naturaleza de la oración es más honda que la naturaleza. No podemos orar por naturaleza, ni aun por la más bondadosa y mejor naturaleza.
La oración es la verdadera prueba del carácter. La fidelidad a nuestras condiciones y la lealtad a nuestras relaciones a menudo se evidencian por nuestra disposición a orar. Algunas condiciones dan a luz la oración. Son el suelo que germina y perfecciona la oración. Orar en ciertas circunstancias parece muy propio. No orar en ciertas condiciones parece desalmado y discordante. Las grandes tormentas de la vida, cuando estamos indefensos y sin alivio, o desprovistos de sosiego, son las condiciones naturales y providenciales de la oración.
La viudez es un gran dolor. Alcanza tanto a las mujeres santas como a las demás. Hay verdaderas viudas que son santas. Han de ser honradas, y su dolor es divino. Su piedad es aromática y aligerada por sus corazones quebrantados. He aquí la descripción que hace Pablo de tales viudas:
“Mas la que en verdad es viuda y desamparada, espera en Dios, y persevera en súplicas y oraciones noche y día. Pero la que vive en placeres, viviendo está muerta”.
He aquí el sorprendente contraste entre dos clases de mujeres. Una se entrega a las súplicas noche y día. La otra vive en placeres y está espiritualmente muerta. Así describe Pablo a una verdadera viuda como grande en la oración. Sus oraciones, nacidas de su fe y de su desamparo, son una fuerza poderosa. De día y de noche sus oraciones suben a Dios sin cesar. El corazón de la viudez es un poderoso clamor a Dios cuando ese corazón se halla en la senda de la oración, oración intensa e incansable.
Una de las notables exhortaciones de Pablo digna de estudio es ésta: “perseverando constantes en la oración”, o como reza la Versión Revisada, “Permaneciendo firmes en la oración”, que es su descripción de la oración. El término significa demorarse, permanecer, ser firme y fiel en la oración, aferrarse a ella con fuerza, quedarse en ella con vigor hasta el fin, atenderla con vigor, devoción y constancia, dedicarle un cuidado incesante.
Orar es un oficio, un oficio de por vida, uno que ha de seguirse con diligencia, fervor y trabajo. El oficio del cristiano por excelencia es la oración. Es su oficio más absorbente, más celestial, más lucrativo. La oración es un oficio de tan alta y merecida dignidad e importancia que ha de seguirse “sin cesar”. Es decir, sin tregua ni desfallecimiento, seguido con asiduidad y sin interrupción. A la oración hemos de dar todas nuestras fuerzas. Debe abarcar todas las cosas, estar en todo lugar, hallarse en todas las estaciones, y abrazarlo todo, siempre y en todas partes.
En la notable oración de Efes. 3, ora por vastas extensiones de experiencia religiosa. Allí dobla sus rodillas ante Dios, en el nombre de Jesucristo, y pide que Dios conceda que estos creyentes efesios vayan en sus experiencias mucho más allá de los límites extremos de la santidad pasada. “Llenos de toda la plenitud de Dios”, una experiencia tan grande y tan gloriosa que hace al santo moderno tan mareado que teme mirar hacia esas alturas supremas o asomarse a esas profundidades insondables. Pablo simplemente nos remite a Aquel “que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos”. Ésta es una muestra de su enseñanza sobre la oración.
Al escribir a la Iglesia de Filipos, Pablo relata la situación, y muestra el poder transformador de la oración como sigue:
“Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y porfía; y otros también de buena voluntad;
“Los unos anuncian a Cristo por contención, no sinceramente, pensando añadir aflicción a mis prisiones;
“Mas los otros por amor, sabiendo que estoy puesto para la defensa del Evangelio.
“¿Qué, pues? Que no obstante, en todas maneras, o por pretexto o por verdad, es anunciado Cristo; y en esto me gozo, y aun me gozaré.
“Porque sé que esto se me tornará en salud, por vuestra oración y por la suministración del Espíritu de Jesucristo.
“Conforme a mi anhelo y esperanza, que en nada seré confundido; antes bien, con toda confianza, como siempre, así también ahora será engrandecido Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte”.
Él había de alcanzar denuedo, y ser librado del desconcierto y la vergüenza por las oraciones de ellos, y Cristo había de ser gloriosamente engrandecido por Pablo y a través de Pablo, ya viviera o muriera.
Ha de notarse que en todas estas citas en Corintios, Efesios o Filipenses, la Versión Revisada nos da la forma más intensa de oración, “súplicas”. Es la oración intensa, personal, esforzada y persistente de los santos lo que Pablo pide, y ellos deben dar fuerza, interés, tiempo y corazón especiales a su oración para hacerla llevar su mayor fruto dorado.
La instrucción general acerca de la oración dada a los cristianos de Colosas se hace específica y se afila hasta la punta de un llamamiento personal: “Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias; orando también juntamente por nosotros, que el Señor nos abra la puerta de la palabra, para hablar el misterio de Cristo, por el cual aun estoy preso; para que lo manifieste como me conviene hablar”.
A Pablo se le atribuye la autoría de la Epístola a los Hebreos. La tenemos en una referencia al carácter de la oración de Cristo, que es ilustrativa, orientadora y con autoridad en cuanto a los elementos de la verdadera oración. ¡Cuán profundos son los acentos de sus palabras! ¡Cuán conmovedora para el corazón y cuán sublime fue la oración de Aquel que oró como jamás oró hombre alguno, y sin embargo oró para enseñar al hombre a orar, “el cual en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído por su reverencial temor”! La oración de Jesucristo echó mano de las fuerzas más poderosas de su ser. Sus oraciones eran sus sacrificios, que ofreció antes de ofrecerse a sí mismo en la cruz por los pecados de la humanidad. El sacrificio de la oración es el precursor y la prenda del sacrificio de sí mismo. Debemos morir en nuestro aposento antes de poder morir en la cruz.