Capítulo 12 · 12 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La fe de los pecadores en la oración
Cierto predicador cuyos sermones convirtieron a muchas almas recibió de Dios una revelación de que no eran de ningún modo sus sermones ni sus obras, sino las oraciones de un iletrado hermano laico que se sentaba en los escalones del púlpito suplicando por el éxito del sermón. Puede que en el día que todo lo revela sea así con nosotros. Puede que creamos, después de haber trabajado larga y fatigosamente, que toda la honra pertenece a otro edificador cuyas oraciones eran oro, plata y piedras preciosas, mientras que nuestros sermoneos, por estar apartados de la oración, no son sino heno y hojarasca.—Rev. C. H. Spurgeon.
Uno de los rasgos peculiares de la oración, al estudiar el Antiguo Testamento sobre este tema, es la fe de los hombres injustos y apóstatas en la oración, y la gran confianza que tenían en las oraciones de los hombres orantes de aquellos días. Conocían a ciertos hombres como hombres de oración, que creían en Dios, que eran favorecidos de Dios y que oraban a Dios. Reconocían que estos hombres tenían influencia con Dios para apartar la ira y para dar liberación del mal.
Con frecuencia, cuando estaban en apuros, cuando se amenazaba la ira de Dios y aun cuando venían sobre ellos visitaciones de mal por sus iniquidades, mostraban su fe en la oración apelando a los hombres que oraban, para rogar a Dios que apartara su desagrado y desviara su ira contra ellos. Reconociendo el valor de la oración como agencia divina para salvar a los hombres, acudían a los hombres que oraban, para que intercedieran ante Dios por ellos.
Es una de las extrañas paradojas de aquellos primeros días que, mientras el pueblo se apartaba de Dios y caía en grave pecado, no se volvía ni ateo ni incrédulo cuando se trataba de la cuestión de la existencia de un Dios que responde la oración. Los hombres perversos se aferraban a la creencia en la existencia de Dios, y a la fe en el poder de la oración para conseguir perdón del pecado y librarlos de la ira de Dios. Vale algo, como muestra de la influencia de la Iglesia sobre los pecadores, que estos crean en la oración y rueguen al pueblo cristiano que ore por ellos. Es un dato de interés y un acontecimiento de importancia cuando un pecador en su lecho de muerte llama a un hombre de oración para que venga a su cabecera a orar por él. Significa algo cuando pecadores penitentes, bajo el sentimiento de su culpa, sintiendo el desagrado de Dios, se acercan al altar de una iglesia y dicen: “Orad por mí, hombres y mujeres de oración.” Poco entiende la Iglesia todo su alcance, y menos aún aprecia y capta la Iglesia todo el alcance de la oración, especialmente por los hombres y mujeres no salvos que le piden que ore por sus almas inmortales. Si la Iglesia estuviera plenamente viva para Dios y despierta al verdadero peligro de los inconversos que la rodean, y estuviera en un estado floreciente, más pecadores se hallarían buscando los altares de la Iglesia y clamando a los que oran: “Orad por mi alma.”
Puede haber mucha supuesta oración por los pecadores, pero es una oración fría, formal, oficial, que no va a ninguna parte, que nunca llega a Dios, y que nada logra. Los avivamientos comienzan cuando los pecadores buscan las oraciones del pueblo orante.
Varias cosas resaltan con vivo relieve al mirar aquellos días del Antiguo Testamento:
Primero, la disposición de los pecadores contra Dios a volverse casi involuntariamente a los hombres de oración en busca de ayuda y refugio cuando el apuro se acerca, y a invocar sus oraciones para alivio y liberación. “Orad por nosotros” era su clamor.
Segundo, la prontitud con que aquellos hombres de oración respondían a estos ruegos y oraban a Dios por quienes lo deseaban. Además, nos impresiona el hecho de que estos hombres de oración estaban siempre en el espíritu de la oración y listos en todo tiempo para consultar a Dios. Estaban siempre en tono de oración.
Tercero, notamos la maravillosa influencia que estos hombres de oración tenían con Dios cada vez que le hacían su súplica. Dios casi siempre respondía prontamente y oía su oración por los demás. Así que la oración intercesora predominaba en aquellos primeros días de la Iglesia.
Es una cuestión digna de seria consideración hasta qué punto la Iglesia del día de hoy es responsable de la incredulidad de los pecadores de estos tiempos modernos en cuanto al valor de la oración como agencia para apartar la ira de Dios, para perdonar vidas estériles y para dar liberación. ¿Hasta qué punto es responsable la Iglesia de los preciosos y escasos que hacen duelo en Sion en estos tiempos, que ignoran vuestros llamados al altar y tratan con indiferencia vuestras exhortaciones a venir para que se ore por ellos?
La primera ilustración que notamos, como muestra de la fe de los hombres perversos en la oración y de su súplica de que un hombre de Dios intercediera por ellos, es el caso de las serpientes ardientes enviadas sobre los israelitas. Viajaban desde el monte Hor por el camino del Mar Rojo, procurando rodear la tierra de Edom, cuando hablaron contra Dios y contra Moisés de esta manera:
“¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? que ni hay pan, ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano.”
La cosa desagradó tan gravemente a Dios que envió serpientes ardientes entre el pueblo, y muchos del pueblo de Israel murieron.
“Entonces el pueblo vino á Moisés, y dijeron: Hemos pecado por haber hablado contra Jehová, y contra ti; ora á Jehová que quite de nosotros estas serpientes. Y Moisés oró por el pueblo.”
Por lejos que este pueblo se hubiera apartado de Dios, y por grande que fuera su pecado al quejarse contra el trato de Dios con ellos, no habían perdido la fe en la oración, ni olvidaban que había un líder en Israel que tenía influencia con Dios en la oración, y que por ese medio podía apartar el desastre y traerles liberación.
Jeroboam, primer rey de las diez tribus cuando el reino fue dividido, fue otro caso pertinente. Este fue un caso muy notable por la notoriedad de su apartamiento de Dios, al cual a menudo se hacía referencia en la historia posterior de Israel como “el pecado de Jeroboam, hijo de Nabat”, y muestra que, a pesar de su gran maldad ante los ojos de Dios, no perdió su fe en la eficacia de la oración. Este rey, en cierta ocasión, presumió de tomar el lugar del sumo sacerdote, y se puso junto al altar para quemar incienso. Un varón de Dios salió de Judá y clamó contra el altar y proclamó: “He aquí que el altar se romperá, y la ceniza que sobre él está se derramará.” Esto enojó a Jeroboam, quien vio que la intención era una reprensión pública para él, que había emprendido, contrario a la ley levítica, asumir el oficio de sacerdote de Dios, y el rey extendió su mano con el aparente propósito de arrestar o de hacer violencia al varón de Dios, diciendo, al mismo tiempo, a los que le rodeaban: “Prendedle.”
Inmediatamente Dios hirió al rey con lepra, de modo que no pudo volver a retirar su mano, y al mismo tiempo el altar se rompió. Asombrado más allá de toda medida ante esta súbita retribución por su pecado, que vino como un rayo del cielo, y muy atemorizado, clamó al varón de Dios: “Te ruego que ores á la faz de Jehová tu Dios, y ruegues por mí, que mi mano me sea restituida.” Y está escrito que “el varón de Dios oró á la faz de Jehová, y la mano del rey se le restituyó, y tornóse como antes.”
Tengamos presente que no estamos considerando ahora los hábitos de oración del varón de Dios ni las posibilidades de la oración, aunque ambas cosas se nos presentan aquí. Sino que más bien hallamos precisamente aquí que un gobernante en Israel, culpable de un grave pecado, y apartándose de Dios, cuando la ira de Dios cae sobre él, inmediatamente llama a un hombre de oración para que interceda ante Dios en su favor. No es sino otro caso en que un pecador contra Dios mostró su fe en la virtud de las oraciones de un varón de Dios. Triste es el día, en una tierra cristiana, no solo cuando hay decadencia de la oración en la Iglesia, sino cuando los pecadores están tan poco afectados por la religión de la Iglesia que no tienen fe en la oración y poco les importan las oraciones de los hombres de oración.
Otra ilustración sigue muy pronto a este caso. El hijo del rey Jeroboam cayó enfermo, y estaba a punto de morir. Y este perverso e indiferente rey despachó a su mujer a Ahías, el profeta de Dios, para pedirle que dijera cuál sería el desenlace de la enfermedad del niño. Ella intentó practicar un engaño sobre el anciano profeta, que estaba casi ciego, con la intención de no darse a conocer a él. Pero él tenía la visión de un profeta, aunque tenue en la vista, e inmediatamente le reveló que ella le era conocida. Después de decirle muchas cosas de gran importancia concernientes al reino, y de acusar a su marido de no haber guardado los mandamientos de Dios, sino de haber caído en la idolatría, le dijo: “Levántate pues tú, y vete á tu casa; que en entrando tu pie en la ciudad, morirá el niño.”
¡Qué natural que un padre en apuros apele a un profeta orante en busca de alivio! Y como en el primer caso mencionado, su pecado no cegó sus ojos al valor de que un varón de Dios intercediera por él. De nada sirvió, como quedó demostrado, pero sí demostró nuestra tesis de que en tiempos del Antiguo Testamento los pecadores, aunque ellos mismos no eran hombres de oración, creían firmemente en las oraciones de los hombres de oración.
Tomemos el caso de Johanán, justo cuando los hijos de Israel comenzaban su vida de cautiverio en Babilonia. Johanán y Jeremías, con una pequeña compañía, habían quedado en su tierra natal, e Ismael había conspirado contra Gedalías, el gobernador designado del país, y lo había matado. Johanán acudió al rescate y libró al pueblo de Ismael, que se los llevaba lejos de su tierra. Pero Johanán quería huir a Egipto, lo cual era contrario al plan divino. En esta particular coyuntura de las cosas, reunió a todo el pueblo, y fueron a Jeremías con el ferviente ruego:
“Rogámoste que sea acepta nuestra súplica delante de ti, y ruega por nosotros á Jehová tu Dios, para que Jehová tu Dios nos enseñe el camino por donde andemos, y lo que hemos de hacer.”
Como todos los demás ruegos de oración dirigidos a hombres buenos, Jeremías intercedió por estos que inquirían el camino recto, y después de diez días llegó la respuesta, y Jeremías les informó lo que Dios quería que hicieran. Esto era en el sentido de que no debían descender a Egipto, sino permanecer en Jerusalén y sus alrededores; pero el pueblo y Johanán fueron falsos con Jeremías, y se negaron a hacer lo que Dios les había dicho en respuesta a la oración. Pero esto no desmintió el hecho de que tenían fe en la oración y en los hombres de oración.
Puede notarse otro caso, como muestra de la verdad de nuestra proposición de que los pecadores tenían fe en la oración en la dispensación del Antiguo Testamento, probando así indirectamente la preeminencia de la oración en aquellos días, pues ciertamente la oración debió de tener un lugar prominente y su necesidad debió de recibir reconocimiento general, cuando aun los pecadores, por sus actos, dan respaldo a su virtud y necesidad. Seguramente, si los pecadores daban testimonio de su valor, y en aquel tiempo mostraban su necesidad de la oración, aunque fuera por las oraciones de algún otro, el pueblo de la Iglesia de este día debería tener un hondo sentido de su necesidad, y debería tener firme fe en la oración y en su virtud. Y ciertamente, si los hombres de los tiempos del Antiguo Testamento eran tales hombres de oración, y tenían tal reputación como hombres de oración, entonces en este día favorecido los hombres cristianos deberían ser tan dados a la oración que también ellos tuvieran una amplia reputación como hombres de oración.
Sedequías era rey de Judá justo cuando comenzaba el cautiverio del pueblo de Dios. Estaba a cargo del reino cuando Jerusalén fue sitiada por el rey de Babilonia. Y fue justamente por este tiempo cuando Sedequías envió a dos hombres escogidos a Jeremías, diciendo: “Pregunta ahora por nosotros á Jehová; porque Nabucodonosor, rey de Babilonia, hace guerra contra nosotros: quizá Jehová hará con nosotros según todas sus maravillas, y aquél se irá de sobre nosotros.”
Y Dios dijo a Jeremías, en respuesta a esta consulta, qué hacer y qué ocurriría, pero como en otro caso, el de Johanán, Sedequías resultó falso, y no quiso hacer lo que Dios instruyó a Jeremías que le dijera. Al mismo tiempo, probó de modo concluyente que Sedequías no había perdido su fe en la oración como medio de averiguar la mente de Dios, ni ello afectó su creencia en la virtud de las oraciones de un hombre de oración.
Verdaderamente, la oración debió de tener un lugar preeminente en toda la historia del Antiguo Testamento, cuando no solo los hombres de Dios eran notables por sus hábitos de oración, sino que aun los hombres que se apartaban de Dios y resultaban falsos daban testimonio de su virtud apelando a los hombres de oración para que hicieran intercesión por ellos. Esto es tan notorio en la historia del Antiguo Testamento que ningún lector cuidadoso de estas antiguas escrituras puede dejar de descubrirlo y notarlo.