La oración y los hombres que oran ·Daniel, el cautivo orante

Capítulo 11 · 9 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Daniel, el cautivo orante

Es un hecho histórico maravilloso que los hombres de oración han sido siempre los hombres de poder en el mundo. Quiero convenceros de esto. Algunos de vosotros —y me alegra ver esta noche aquí un número tan grande de hombres— si estáis discutiendo con algún amigo en el taller, no dejéis de preguntarle por qué será que los hombres de poder en el mundo han sido los hombres de oración. Tomad un solo ejemplo: ¿A dónde iban siempre para hallar hombres para la avanzada más peligrosa en los días de Havelock? Iban a la reunión de oración de Havelock; ahí es donde hallaban hombres que tenían valor para salir a la avanzada más peligrosa.—Obispo Winnington Ingram.

Aquella fue una experiencia notable en la vida de Daniel cuando el rey, mientras estaba en Babilonia, le ordenó no pedir petición alguna a ningún dios ni rey por treinta días, bajo pena de ser echado en el foso de los leones. No prestó atención al edicto, pues está escrito: “Y Daniel, cuando supo que la escritura estaba firmada, entróse en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que estaban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba, y confesaba delante de su Dios, como lo solía hacer antes.” No olvidemos que este era el hábito habitual de este hombre de Dios. “Se arrodillaba y oraba como lo solía hacer antes.” ¿Cuál fue el resultado? Justo lo que se esperaba. Dios envió un ángel al foso de los leones con Daniel y cerró sus bocas de modo que ni un cabello de su cabeza fue tocado, y fue maravillosamente librado. Aun así hoy la liberación siempre viene a los santos de Dios que andan por la senda de la oración, como lo hicieron los santos de antaño.

Daniel no olvidó a su Dios mientras estaba en tierra extranjera, lejos de la casa de Dios y de sus servicios religiosos, y privado como estaba de muchos privilegios religiosos. Fue un ejemplo sorprendente de un joven decididamente religioso en el entorno más desfavorable. Probó de modo concluyente que uno puede ser definitivamente siervo de Dios aunque su entorno sea cualquier cosa menos religioso. Estaba entre paganos, en lo que a una nación temerosa de Dios se refiere. No había culto en el templo, ni día de reposo, ni Palabra de Dios que leer. Pero tenía allí una ayuda que permanecía con él, y de la cual no podía ser privado, y eran sus oraciones secretas.

Proponiéndose en su corazón, sin debatir la cuestión ni un momento ni transigir en punto alguno, que no comería de la vianda del rey ni bebería del vino del rey, se destacó en aquel país impío como ejemplo sorprendente de un joven que teme a Dios ante todo y resuelve ser religioso, cueste lo que cueste. Pero no había de tener un lecho de flores en que reposar ni un camino llano por el que viajar. El caprichoso, tiránico e irracional rey Nabucodonosor había de ponerlo a prueba, y sus cualidades de orante habían de ser probadas. Este rey tuvo un sueño extraño, cuyos detalles se le fueron de la memoria, pero el hecho del sueño permaneció. Tan turbado estaba por el sueño que llamó a todos los adivinos, astrólogos y hechiceros para que le trajeran el sueño a la memoria, tarea imposible, humanamente hablando, y luego para que lo interpretaran. Clasificó a Daniel y a sus tres compañeros, Sadrac, Mesac y Abed-nego, junto con estos hombres, aunque en realidad nada tenían en común con las dos clases de hombres. Al ser informado de que era imposible descubrir un sueño semejante, y al decir ellos que, si el rey les contaba el sueño, lo interpretarían, el rey se enojó mucho, y ordenó que los mataran. Esta sentencia de muerte era contra Daniel y sus tres compañeros.

Pero Daniel apareció en el escenario de la acción. A sugerencia suya se suspendió la ejecución del precipitado edicto, e inmediatamente llamó a consejo a sus tres compañeros, y les instó a unirse con él en un concierto de oración para que Dios revelara a Daniel el sueño con su interpretación. En respuesta a esta oración unida, está escrito: “Entonces el arcano fué revelado á Daniel en visión de noche; y Daniel bendijo al Dios del cielo.” Como secuela de este incidente de la oración de estos cuatro hombres, Daniel reveló al rey su sueño y su interpretación, y como resultado final el rey reconoció al Dios de Daniel y elevó a altas posiciones a Daniel y a sus tres compañeros. Y todo sucedió porque había allí un hombre de oración justo en un momento crítico. Bienaventurada es aquella nación que tiene hombres de oración que pueden acudir en ayuda de los gobernantes civiles que están grandemente perplejos y en grandes dificultades, y en quienes se puede confiar para orar por los gobernantes del estado y de la Iglesia.

Años después, estando todavía en tierra extranjera, aún no había olvidado al Dios de sus padres, y le fue dada la célebre visión del “Carnero y el Macho Cabrío”. Pero Daniel no comprendió esta extraña visión, y sin embargo sabía que venía de Dios y que tenía un profundo y futuro significado para naciones y pueblos. Así que, por supuesto, siguió la inclinación de su mente religiosa y oró acerca de ella.

“Y acaeció que cuando yo, yo Daniel, había visto la visión, y buscaba su inteligencia, he aquí que se puso delante de mí como una apariencia de varón.

“Y oí una voz de hombre que clamaba y decía: Gabriel, enseña á éste la visión.”

Y así Gabriel le hizo entender el pleno significado de esta notable visión. Pero vino en respuesta a la oración de Daniel. De modo que las preguntas desconcertantes a menudo pueden hallar respuesta en el aposento secreto. Y como en otras partes, Dios emplea inteligencias angélicas para transmitir información en cuanto a las respuestas de la oración. Los ángeles tienen mucho que ver con la oración. Los hombres de oración y los ángeles del cielo están en estrecho contacto unos con otros.

Algunos años después, Daniel estudiaba los registros de la nación, y descubrió que se acercaba el tiempo de que terminaran los setenta años de cautiverio de su pueblo. Así que se entregó a la oración:

“Y puse mi rostro á buscar por oración y ruego, con ayuno, y saco, y ceniza. Y oré á Jehová, é hice confesión.”

Luego sigue, en aquellas Escrituras del Antiguo Testamento, el registro de la oración de Daniel, tan llena de sentido, tan sencilla en sus expresiones, tan ferviente en su espíritu, tan directa en su confesión y peticiones, digna de ser tomada por modelo.

Y fue mientras hablaba en oración cuando el mismo arcángel Gabriel, que parecía tener un interés directo en la oración de este hombre de Dios, “volando con presteza, me tocó como á la hora del sacrificio de la tarde; y me informó, y habló conmigo”, y luego le dio información muy deseada y valiosa para Daniel.

Los ángeles de Dios están mucho más cerca de nosotros en nuestros tiempos de oración de lo que imaginamos. Dios emplea a estas gloriosas inteligencias celestiales en la bendita obra de oír y responder la oración, cuando la oración, como en el caso de Daniel en esta ocasión, tiene que ver con el bienestar presente y futuro de su pueblo.

Un incidente más en la línea de la oración en la vida de este hombre cautivo en Babilonia. Otra revelación le fue hecha a Daniel, pero el tiempo de su cumplimiento parecía estar muy lejos en el futuro. “En aquellos días yo Daniel me contristé por espacio de tres semanas. No comí pan delicado, ni entró carne ni vino en mi boca, hasta que se cumplieron las tres semanas.”

Fue entonces cuando tuvo una experiencia muy extraña, y una revelación aún más extraña le fue hecha por algún ser angélico. Vale la pena leer el relato de la Escritura:

“Y he aquí una mano me tocó, é hizo que me pusiese sobre mis rodillas, y sobre las palmas de mis manos.

“Y díjome: Daniel, varón muy amado, está atento á las palabras que te hablaré, y levántate sobre tus pies; porque á ti he sido enviado ahora. Y estando él hablando conmigo esta palabra, me puse en pie temblando.

“Entonces díjome: Daniel, no temas; porque desde el primer día que diste tu corazón á entender, y á afligirte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras; y á causa de tus palabras yo he venido.

“Mas el príncipe del reino de Persia se puso contra mí veintiún días; y he aquí Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme, y yo quedé allí con los reyes de Persia.”

Lo que todo esto significa es difícil de comprender, pero basta lo que aparece en su superficie para llevarnos a creer que los ángeles del cielo se interesan profundamente en nuestra oración, y son enviados para decirnos las respuestas a nuestras oraciones. Además, es muy claro que ciertas fuerzas invisibles o espíritus invisibles obran para estorbar las respuestas a nuestras oraciones. Quién fue el príncipe de Persia que se opuso a este gran ser angélico no se divulga, pero se revela lo suficiente para saber que debe de haber una contienda en el mundo invisible que nos rodea entre aquellos espíritus enviados a servirnos en respuesta a nuestras oraciones y el diablo y sus espíritus malignos, que procuran vencer a estos espíritus buenos.

El pasaje, además, nos da alguna insinuación en cuanto a la causa de las respuestas demoradas a la oración. Por “tres semanas enteras” Daniel hizo duelo y oró, y por “veintiún días” el ángel divinamente designado fue estorbado por el “príncipe del reino de Persia”.

Bien le fue a Daniel el orante que tuviera el valor, la fortaleza y la determinación de persistir en su oración por tres semanas mientras el temible conflicto entre los espíritus buenos y malos se desarrollaba en torno suyo, invisible a los ojos mortales. Bien nos irá si no desistimos de nuestra oración cuando Dios parece no oír y la respuesta no es inmediata. Se necesita tiempo para orar, y se necesita tiempo para obtener la respuesta a la oración. Las demoras en responder la oración no son negativas. El no recibir una respuesta inmediata no es evidencia de que Dios no oiga la oración. No solo se requiere valor y persistencia para orar con éxito, sino que se requiere mucha paciencia. “Aguarda á Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón: sí, espera á Jehová.”

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La oración y los hombres que oran E. M. Bounds

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