Poder a través de la oración ·Comienza el día con oración

Capítulo 9 · 4 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Comienza el día con oración

Debería orar antes de ver a nadie. A menudo, cuando duermo demasiado o me encuentro temprano con otros, son ya las once o las doce antes de que empiece la oración secreta. Este es un sistema deplorable. Es antibíblico. Cristo se levantaba antes del día y se retiraba a un lugar solitario. David dice: «De madrugada te buscaré»; «De mañana oirás mi voz». El culto familiar pierde mucho de su poder y de su dulzura, y no puedo hacer ningún bien a quienes vienen a buscarlo de mí. La conciencia se siente culpable, el alma sin alimento, la lámpara sin recortar. Entonces, cuando en la oración secreta el alma está a menudo desafinada, siento que es mucho mejor comenzar con Dios: ver primero su rostro, acercar mi alma a él antes de que se acerque a otro.—Robert Murray McCheyne

LOS hombres que más han hecho por Dios en este mundo han estado temprano de rodillas. Quien malgasta la madrugada, su oportunidad y su frescura, en afanes distintos del de buscar a Dios, avanzará muy poco en su búsqueda durante el resto del día. Si Dios no ocupa el primer lugar en nuestros pensamientos y esfuerzos por la mañana, ocupará el último lugar durante el resto del día.

Detrás de este madrugar y de este orar temprano está el deseo ardiente que nos impulsa a esta búsqueda de Dios. La desgana matinal es el índice de un corazón desganado. El corazón que se rezaga en buscar a Dios por la mañana ha perdido el gusto por Dios. El corazón de David ardía en pos de Dios. Tenía hambre y sed de Dios, y por eso lo buscaba temprano, antes del amanecer. La cama y el sueño no podían encadenar su alma en su afán por Dios. Cristo anhelaba la comunión con Dios; y por eso, levantándose mucho antes del día, salía al monte a orar. Los discípulos, cuando estaban del todo despiertos y avergonzados de su indulgencia, sabían dónde encontrarlo. Podríamos recorrer la lista de los hombres que han impresionado poderosamente al mundo para Dios, y los hallaríamos madrugando en pos de Dios.

Un deseo de Dios que no puede romper las cadenas del sueño es cosa débil, y hará muy poco bien para Dios después de haberse dado por completo al descanso. El deseo de Dios que se queda tan rezagado tras el diablo y el mundo al comienzo del día jamás los alcanzará.

No es simplemente el hecho de levantarse lo que pone a los hombres al frente y los hace capitanes generales en los ejércitos de Dios, sino el deseo ardiente que agita y rompe todas las cadenas de la autocomplacencia. Pero el levantarse da salida, aumento y fuerza a ese deseo. Si se hubieran quedado en la cama y se hubieran dado el gusto, el deseo se habría apagado. El deseo los despertó y los puso en tensión hacia Dios, y este atender y obrar conforme al llamado dio a su fe su asidero en Dios y dio a sus corazones la más dulce y plena revelación de Dios, y esta fuerza de fe y plenitud de revelación los hizo santos por excelencia, y el resplandor de su santidad ha llegado hasta nosotros, y hemos entrado a disfrutar de sus conquistas. Pero nos saciamos en el disfrute, y no en la producción. Edificamos sus tumbas y escribimos sus epitafios, pero nos cuidamos bien de seguir sus ejemplos.

Necesitamos una generación de predicadores que busquen a Dios y lo busquen temprano, que den a Dios la frescura y el rocío de su esfuerzo, y reciban a cambio la frescura y la plenitud de su poder, para que él sea como rocío para ellos, lleno de gozo y de fuerza, a través de todo el calor y el trabajo del día. Nuestra pereza en pos de Dios es nuestro pecado clamoroso. Los hijos de este mundo son mucho más sabios que nosotros. Están en ello temprano y hasta tarde. Nosotros no buscamos a Dios con ardor y diligencia. Ningún hombre alcanza a Dios si no lo sigue de cerca con ahínco, y ningún alma sigue de cerca a Dios con ahínco si no va tras él en la madrugada.

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Poder a través de la oración E. M. Bounds

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