Capítulo 8 · 5 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Ejemplos de hombres de oración
El acto de orar es la energía más elevada de la que es capaz la mente humana; orar, es decir, con la total concentración de todas las facultades. La gran masa de los hombres mundanos y de los hombres eruditos es absolutamente incapaz de orar.—Samuel Taylor Coleridge
EL OBISPO WILSON dice: «En el diario de H. Martyn, el espíritu de oración, el tiempo que dedicaba a ese deber y su fervor en él son las primeras cosas que me impresionan».
Payson desgastó las duras tablas de madera hasta formar surcos donde sus rodillas se apoyaban con tanta frecuencia y por tanto tiempo. Su biógrafo dice: «Su perseverancia constante en la oración, cualesquiera que fueran sus circunstancias, es el hecho más notable de su historia, y señala el deber de todos los que quisieran igualar su eminencia. A sus oraciones ardientes y perseverantes debe atribuirse sin duda, en gran medida, su distinguido y casi ininterrumpido éxito».
El marqués de Renty, para quien Cristo era lo más precioso, ordenó a su criado que lo llamara de sus devociones al cabo de media hora. En ese momento el criado vio su rostro por una rendija. Estaba marcado por tal santidad que no se atrevió a interrumpirlo. Sus labios se movían, pero guardaba un silencio perfecto. Esperó hasta que pasaron tres medias horas; entonces lo llamó, y él se levantó de sus rodillas diciendo que la media hora se le había hecho tan corta mientras estaba en comunión con Cristo.
Brainerd decía: «Amo estar a solas en mi cabaña, donde puedo pasar mucho tiempo en oración».
William Bramwell es célebre en los anales metodistas por su santidad personal, por su asombroso éxito en la predicación y por las maravillosas respuestas a sus oraciones. Oraba durante horas seguidas. Casi vivía de rodillas. Recorría sus circuitos como una llama de fuego. Ese fuego se encendía en el tiempo que pasaba en oración. A menudo dedicaba hasta cuatro horas a un solo período de oración en retiro.
El obispo Andrewes pasaba la mayor parte de cinco horas cada día en oración y devoción.
Sir Henry Havelock pasaba siempre las dos primeras horas de cada día a solas con Dios. Si el campamento se levantaba a las seis de la mañana, él se levantaba a las cuatro.
El conde Cairns se levantaba a diario a las seis para asegurarse una hora y media de estudio de la Biblia y de oración, antes de dirigir el culto familiar a las ocho menos cuarto.
El éxito del doctor Judson en la oración se debe a que dedicaba mucho tiempo a orar. Sobre este punto dice: «Ordena tus asuntos, si es posible, de modo que puedas dedicar con calma dos o tres horas cada día no solo a ejercicios devocionales, sino al acto mismo de la oración secreta y de la comunión con Dios. Procura siete veces al día apartarte de los negocios y de la compañía, y elevar tu alma a Dios en retiro privado. Comienza el día levantándote después de la medianoche y dedicando algún tiempo, en medio del silencio y la oscuridad de la noche, a esta obra sagrada. Que la hora del amanecer te encuentre en la misma tarea. Que las horas de las nueve, las doce, las tres, las seis y las nueve de la noche sean testigos de lo mismo. Sé resuelto en su causa. Haz todos los sacrificios posibles para mantenerla. Considera que tu tiempo es corto, y que no se debe permitir que los negocios y la compañía te roben a tu Dios». ¡Imposible, decimos nosotros, indicaciones fanáticas! El doctor Judson dejó su impronta sobre todo un imperio para Cristo y puso los cimientos del reino de Dios con granito imperecedero en el corazón de Birmania. Fue un hombre de éxito, uno de los pocos que impresionaron poderosamente al mundo para Cristo. Muchos hombres de mayores dones, genio y erudición que él no han dejado semejante huella; su obra religiosa es como pisadas en la arena, pero él ha grabado su obra en la roca. El secreto de su profundidad y de su permanencia se halla en que dedicaba tiempo a la oración. Mantenía el hierro al rojo vivo con la oración, y la destreza de Dios lo forjó con un poder duradero. Ningún hombre puede hacer una obra grande y duradera para Dios si no es hombre de oración, y ningún hombre puede ser hombre de oración si no dedica mucho tiempo a orar.
¿Es cierto que la oración no es más que el cumplimiento de un hábito, apagado y mecánico? ¿Una insignificante rutina en la que se nos adiestra hasta que la sosería, la brevedad y la superficialidad son sus principales elementos? «¿Es cierto que la oración, como se supone, no es sino poco más que el juego medio pasivo del sentimiento, que fluye lánguidamente a lo largo de los minutos u horas de un cómodo ensueño?». El canónigo Liddon continúa: «Que respondan los que de veras han orado. A veces describen la oración, como el patriarca Jacob, como una lucha con un Poder Invisible que puede prolongarse, no pocas veces en una vida ferviente, hasta bien entrada la noche, o incluso hasta el rayar del alba. A veces se refieren a la intercesión en común, con san Pablo, como una lucha concertada. Al orar, tienen los ojos fijos en el gran Intercesor de Getsemaní, en las gotas de sangre que caen a tierra en aquella agonía de resignación y sacrificio. La importunidad es de la esencia de la oración eficaz. Importunidad no significa ensueño, sino trabajo sostenido. Es sobre todo por la oración como el reino de los cielos padece violencia, y los violentos lo arrebatan». Fue un dicho del difunto obispo Hamilton que «no es probable que haga mucho bien en la oración quien no comience por considerarla a la luz de una obra que ha de prepararse y en la que ha de perseverarse con toda la seriedad que ponemos en los asuntos que, a nuestro juicio, son a la vez los más interesantes y los más necesarios».