Poder a través de la oración ·Nuestra suficiencia es de Dios

Capítulo 2 · 5 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Nuestra suficiencia es de Dios

Pero sobre todo sobresalía en la oración. La interioridad y el peso de su espíritu, la reverencia y solemnidad de su hablar y de su porte, y lo escueto a la vez que pleno de sus palabras, muchas veces llenaron de admiración aun a los extraños, así como solían llevar consuelo a otros. El talante más sobrecogedor, vivo y reverente que jamás sentí o contemplé, he de decirlo, era su oración. Y en verdad era un testimonio. Conocía al Señor y vivía más cerca de él que los demás hombres, porque quienes más le conocen verán mayor razón para acercarse a él con reverencia y temor.—William Penn, acerca de George Fox

LAS gracias más dulces, por una leve perversión, pueden dar el fruto más amargo. El sol da vida, pero la insolación es muerte. La predicación es para dar vida; puede matar. El predicador tiene las llaves; tanto puede cerrar como abrir. La predicación es la gran institución de Dios para plantar y madurar la vida espiritual. Bien ejecutada, sus beneficios son incalculables; mal ejecutada, ningún mal supera sus efectos dañinos. Cosa fácil es destruir el rebaño si el pastor es descuidado o si se arruina el pasto; fácil es tomar la ciudadela si los centinelas duermen o si se envenenan el alimento y el agua. Investida de prerrogativas tan llenas de gracia, expuesta a males tan grandes, cargada de responsabilidades tan graves, sería una burla a la astucia del diablo y una calumnia contra su carácter y reputación que no pusiera sus mejores influencias en adulterar al predicador y la predicación. Ante todo esto, la exclamación interrogante de Pablo, «¿quién es suficiente para estas cosas?», nunca está fuera de lugar.

Pablo dice: «Nuestra suficiencia es de Dios; el cual asimismo nos hizo ministros suficientes del nuevo pacto: no de la letra, mas del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica». El verdadero ministerio ha sido tocado por Dios, capacitado por Dios y hecho por Dios. El Espíritu de Dios está sobre el predicador con poder de unción, el fruto del Espíritu está en su corazón, el Espíritu de Dios ha vitalizado al hombre y a la palabra; su predicación da vida, da vida como la da la primavera; da vida como la da la resurrección; da vida ardiente como la da el verano; da vida fecunda como la da el otoño. El predicador que da vida es un hombre de Dios, cuyo corazón siempre tiene sed de Dios, cuya alma siempre va en pos de Dios, cuyo ojo mira solo a Dios, y en quien, por el poder del Espíritu de Dios, la carne y el mundo han sido crucificados, y cuyo ministerio es como la generosa corriente de un río que da vida.

La predicación que mata es una predicación sin espíritu. Su capacidad no proviene de Dios. Fuentes más bajas que Dios le han dado energía y estímulo. El Espíritu no se evidencia ni en el predicador ni en su predicación. La predicación que mata puede proyectar y estimular muchas clases de fuerzas, pero no son fuerzas espirituales. Podrán asemejarse a fuerzas espirituales, pero son solo la sombra, la falsificación; parecerán tener vida, pero es una vida magnetizada. La predicación que mata es la letra; podrá ser bien formada y ordenada, pero letra sigue siendo, la letra seca y correosa, la cáscara vacía y pelada. La letra puede llevar en sí el germen de la vida, pero no tiene aliento de primavera que lo despierte; son semillas de invierno, tan duras como el suelo invernal, tan heladas como el aire del invierno, incapaces de deshelarse o germinar. Esta predicación de la letra posee la verdad. Pero ni siquiera la verdad divina tiene por sí sola energía vivificante; ha de ser vivificada por el Espíritu, con todas las fuerzas de Dios detrás. La verdad no avivada por el Espíritu de Dios da muerte tanto como el error, o más. Podrá ser la verdad sin mezcla; pero sin el Espíritu su sombra y su contacto son mortales, su verdad es error, su luz es tiniebla. La predicación de la letra carece de unción, ni suavizada ni ungida por el Espíritu. Podrá haber lágrimas, pero las lágrimas no hacen funcionar la maquinaria de Dios; las lágrimas quizá no sean sino el aliento del verano sobre un témpano cubierto de nieve, nada más que fango en la superficie. Podrá haber emoción y fervor, pero es la emoción del actor y el fervor del abogado. El predicador puede conmoverse con el chisporroteo de sus propias chispas, ser elocuente sobre su propia exégesis, ferviente al exponer el producto de su propio cerebro; el erudito puede usurpar el lugar e imitar el fuego del apóstol; el cerebro y los nervios pueden ocupar el sitio y fingir la obra del Espíritu de Dios, y por estas fuerzas la letra puede brillar y centellear como un texto iluminado, pero el brillo y el centelleo serán tan estériles de vida como un campo sembrado de perlas. El elemento que reparte muerte se halla detrás de las palabras, detrás del sermón, detrás de la ocasión, detrás de la manera, detrás de la acción. El gran estorbo está en el predicador mismo. No tiene en sí las poderosas fuerzas que crean vida. Puede que nada haya que objetar a su ortodoxia, su honradez, su pureza o su fervor; pero de algún modo el hombre, el hombre interior, en sus lugares secretos jamás se ha quebrantado y rendido a Dios; su vida interior no es una gran calzada para la transmisión del mensaje de Dios, del poder de Dios. De algún modo el yo, y no Dios, reina en el lugar santísimo. En algún punto, sin él saberlo, algún elemento espiritualmente aislante ha tocado su ser interior, y la corriente divina ha quedado detenida. Su ser interior nunca ha sentido su total bancarrota espiritual, su absoluta impotencia; nunca ha aprendido a clamar con un clamor inefable de desesperación de sí y de impotencia de sí, hasta que el poder de Dios y el fuego de Dios entran y llenan, purifican, capacitan. La estima de sí, la confianza en la propia capacidad, en alguna forma perniciosa, han difamado y violado el templo que debiera guardarse sagrado para Dios. La predicación que da vida le cuesta mucho al predicador: muerte al yo, crucifixión al mundo, el dolor de parto de su propia alma. Solo la predicación crucificada puede dar vida. Y la predicación crucificada solo puede provenir de un hombre crucificado.

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Poder a través de la oración E. M. Bounds

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