Capítulo 18 · 7 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Los predicadores necesitan las oraciones del pueblo
Si algunos cristianos que se han quejado de sus ministros hubieran dicho y hecho menos delante de los hombres, y se hubieran aplicado con todas sus fuerzas a clamar a Dios por sus ministros—si, por así decirlo, se hubieran levantado a tomar el cielo por asalto con oraciones humildes, fervientes e incesantes por ellos—habrían estado mucho más en el camino del éxito.—Jonathan Edwards
DE algún modo, la práctica de orar en particular por el predicador ha caído en desuso o se ha menospreciado. En ocasiones hemos oído impugnar esta práctica como un desprecio al ministerio, por ser una declaración pública, de parte de quienes la ejercen, de la ineficacia del ministerio. Ofende, quizá, al orgullo del saber y de la autosuficiencia, y estos deberían ser ofendidos y reprendidos en un ministerio tan negligente como para permitir que existan.
La oración, para el predicador, no es simplemente el deber de su profesión, ni un privilegio, sino una necesidad. El aire no es más necesario para los pulmones que la oración para el predicador. Es absolutamente necesario que el predicador ore. Es una necesidad absoluta que se ore por el predicador. Estas dos proposiciones están unidas en un vínculo que jamás debería conocer divorcio alguno: el predicador debe orar; por el predicador se debe orar. Hará falta toda la oración que él pueda hacer, y toda la oración que pueda conseguir que hagan por él, para responder a las tremendas responsabilidades y alcanzar el mayor y más verdadero éxito en su gran obra. El verdadero predicador, después de cultivar en sí mismo el espíritu y la práctica de la oración en su forma más intensa, codicia con gran codicia las oraciones del pueblo de Dios.
Cuanto más santo es un hombre, más aprecia la oración; con mayor claridad ve que Dios se da a sí mismo a los que oran, y que la medida de la revelación de Dios al alma es la medida del anhelo y de la oración importuna del alma por Dios. La salvación nunca halla el camino a un corazón sin oración. El Espíritu Santo nunca permanece en un espíritu sin oración. La predicación nunca edifica a un alma sin oración. Cristo nada sabe de cristianos sin oración. El evangelio no puede ser proyectado por un predicador sin oración. Los dones, los talentos, la educación, la elocuencia, el llamamiento de Dios, no pueden disminuir la exigencia de la oración, sino solo intensificar la necesidad de que el predicador ore y de que se ore por él. Cuanto más se le abren los ojos al predicador respecto a la naturaleza, la responsabilidad y las dificultades de su obra, más verá—y si es un verdadero predicador, más sentirá—la necesidad de la oración; no solo la creciente exigencia de orar él mismo, sino de pedir a otros que le ayuden con sus oraciones.
Pablo es una ilustración de esto. Si algún hombre pudo proyectar el evangelio a fuerza de vigor personal, de capacidad intelectual, de cultura, de gracia personal, de la comisión apostólica de Dios, del llamamiento extraordinario de Dios, ese hombre fue Pablo. De que el predicador ha de ser un hombre dado a la oración, Pablo es un eminente ejemplo. De que el verdadero predicador apostólico ha de contar con las oraciones de otras buenas personas para que su ministerio alcance su plena cuota de éxito, Pablo es un ejemplo preeminente. Pide, codicia, suplica de manera apasionada la ayuda de todos los santos de Dios. Sabía que en el reino espiritual, como en todas partes, en la unión está la fuerza; que la concentración y la suma de fe, deseo y oración aumentaban el caudal de la fuerza espiritual hasta hacerlo abrumador e irresistible en su poder. Las unidades de oración, combinadas como gotas de agua, forman un océano que desafía toda resistencia. Así Pablo, con su clara y plena comprensión de la dinámica espiritual, resolvió hacer su ministerio tan imponente, tan eterno, tan irresistible como el océano, reuniendo todas las dispersas unidades de oración y precipitándolas sobre su ministerio. ¿No se hallará la clave de la preeminencia de Pablo en labores y resultados, y de su huella en la Iglesia y en el mundo, en el hecho de que supo concentrar sobre sí mismo y sobre su ministerio más oración que otros? A sus hermanos de Roma escribió: «Ruégoos empero, hermanos, por el Señor nuestro Jesucristo, y por la caridad del Espíritu, que me ayudéis con oraciones por mí a Dios». A los efesios les dice: «Orando en todo tiempo con toda oración y ruego en el Espíritu, y velando en ello con toda instancia y suplicación por todos los santos; y por mí, para que me sea dada palabra en el abrir de mi boca con confianza, para hacer notorio el misterio del evangelio». A los colosenses les recalca: «Orando también juntamente por nosotros, que el Señor nos abra la puerta de la palabra, para hablar el misterio de Cristo, por el cual aun estoy preso; para que lo manifieste como me conviene hablar». A los tesalonicenses les dice de modo tajante y enérgico: «Hermanos, orad por nosotros». Pablo pide a la iglesia de Corinto que le ayude: «Ayudándonos también vosotros con oración por nosotros». Esto había de ser parte de su obra. Habían de poner la mano auxiliadora de la oración. En un encargo adicional y final a la iglesia de Tesalónica acerca de la importancia y la necesidad de sus oraciones, dice: «Resta, hermanos, que oréis por nosotros, que la palabra del Señor corra y sea glorificada así como entre vosotros; y que seamos librados de hombres importunos y malos». A los filipenses les hace ver que todas sus pruebas y oposiciones pueden ponerse al servicio de la propagación del evangelio por la eficacia de sus oraciones por él. Filemón había de prepararle alojamiento, pues por la oración de Filemón, Pablo sería su huésped.
La actitud de Pablo en esta cuestión ilustra su humildad y su profunda comprensión de las fuerzas espirituales que proyectan el evangelio. Más aún, enseña una lección para todos los tiempos: si Pablo dependía tanto de las oraciones de los santos de Dios para dar éxito a su ministerio, ¡cuánto mayor es la necesidad de que las oraciones de los santos de Dios se concentren en el ministerio de hoy!
Pablo no sentía que esta urgente súplica de oración rebajara su dignidad, disminuyera su influencia o menoscabara su piedad. ¿Y qué si así fuera? Que se pierda la dignidad, que se destruya la influencia, que se empañe su reputación—él necesita las oraciones de ellos. Llamado, comisionado, primero entre los apóstoles como era, todo su pertrecho resultaba imperfecto sin las oraciones de su pueblo. Escribió cartas por todas partes, instándolos a orar por él. ¿Oras tú por tu predicador? ¿Oras por él en secreto? Las oraciones públicas valen poco a menos que se funden en la oración privada o vayan seguidas de ella. Los que oran son para el predicador lo que Aarón y Hur fueron para Moisés. Sostienen sus manos y deciden la batalla que con tanta furia se libra en torno a ellos.
La súplica y el propósito de los apóstoles eran poner a la Iglesia a orar. No ignoraban la gracia de dar con alegría. No desconocían el lugar que la actividad y el trabajo religiosos ocupaban en la vida espiritual; pero ni una ni todas estas cosas, en la estimación y la urgencia apostólicas, podían compararse en modo alguno, en necesidad e importancia, con la oración. Se emplearon las súplicas más sagradas y apremiantes, las exhortaciones más fervientes, las palabras más abarcadoras y conmovedoras, para inculcar la obligación y la necesidad, importantísimas, de la oración.
«Poned a los santos en todas partes a orar» es la carga del esfuerzo apostólico y la nota clave del éxito apostólico. Jesucristo se había afanado en hacer esto en los días de su ministerio personal. Movido por una compasión infinita ante los campos maduros de la tierra que perecían por falta de obreros, y haciendo un alto en su propia oración, procura despertar las embotadas sensibilidades de sus discípulos al deber de la oración cuando les encarga: «Rogad pues al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies». «Y les propuso también una parábola sobre que es necesario orar siempre, y no desmayar».