Poder a través de la oración ·Mucha oración, el precio de la unción

Capítulo 16 · 5 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Mucha oración, el precio de la unción

Todos los esfuerzos del ministro serán vanidad, o algo peor que vanidad, si no tiene unción. La unción ha de descender del cielo y esparcir un aroma, un sentir y un deleite sobre su ministerio; y entre los demás medios de capacitarse para su oficio, la Biblia ha de ocupar el primer lugar, y también el último ha de darse a la Palabra de Dios y a la oración.—Richard Cecil

EN el sistema cristiano, la unción es la unción del Espíritu Santo que aparta para la obra de Dios y capacita para ella. Esta unción es la única habilitación divina por la cual el predicador logra los fines peculiares y salvadores de la predicación. Sin esta unción no se alcanzan verdaderos resultados espirituales; los resultados y las fuerzas de la predicación no se elevan por encima de los resultados del discurso no santificado. Sin unción, lo primero tiene tanto poder como el púlpito.

Esta unción divina sobre el predicador produce, por medio de la Palabra de Dios, los resultados espirituales que manan del evangelio; y sin esta unción, tales resultados no se aseguran. Podrán causarse muchas impresiones agradables, pero todas quedan muy por debajo de los fines de la predicación del evangelio. Esta unción puede ser imitada. Hay muchas cosas que se le parecen, hay muchos resultados que semejan sus efectos; pero son ajenos a sus resultados y a su naturaleza. El fervor o la ternura suscitados por un sermón patético o emotivo pueden parecer los movimientos de la unción divina, pero no tienen esa fuerza penetrante que traspasa y quebranta el corazón. No hay bálsamo sanador del corazón en esos movimientos superficiales, sentimentales y emotivos; no son radicales, ni escudriñan el pecado ni lo curan.

Esta unción divina es el rasgo distintivo que separa la verdadera predicación del evangelio de todos los demás modos de presentar la verdad. Respalda y penetra la verdad revelada con toda la fuerza de Dios. Ilumina la Palabra, ensancha y enriquece el entendimiento y lo capacita para captar y comprender la Palabra. Dispone el corazón del predicador y lo lleva a esa condición de ternura, de pureza, de fuerza y de luz que son necesarias para asegurar los resultados más altos. Esta unción da al predicador libertad y ensanchamiento de pensamiento y de alma—una libertad, una plenitud y una franqueza de expresión que no pueden lograrse por ningún otro medio.

Sin esta unción sobre el predicador, el evangelio no tiene más poder para propagarse que cualquier otro sistema de verdad. Este es el sello de su divinidad. La unción en el predicador pone a Dios en el evangelio. Sin la unción, Dios está ausente, y el evangelio queda entregado a las fuerzas bajas e insatisfactorias que el ingenio, el interés o los talentos de los hombres puedan idear para imponer y proyectar sus doctrinas.

Es en este elemento donde el púlpito falla con más frecuencia que en ningún otro. Precisamente en este punto tan importante desfallece. Podrá tener erudición, la brillantez y la elocuencia podrán deleitar y encantar, el sensacionalismo u otros métodos menos ofensivos podrán atraer a las multitudes, el poder mental podrá impresionar e imponer la verdad con todos sus recursos; pero sin esta unción, todos y cada uno de ellos no serán sino como el embate inquieto de las aguas contra un Gibraltar. La espuma y el rocío podrán cubrirlo y hacerlo relucir; pero las rocas siguen allí, impasibles e inconmovibles. El corazón humano no puede ser despojado de su dureza y de su pecado por estas fuerzas humanas, como tampoco esas rocas pueden ser arrastradas por el flujo incesante del océano.

Esta unción es la fuerza de la consagración, y su presencia es la prueba continua de esa consagración. Es esta unción divina sobre el predicador la que asegura su consagración a Dios y a su obra. Otras fuerzas y motivos podrán llamarlo a la obra, pero solo esto es consagración. Una separación para la obra de Dios por el poder del Espíritu Santo es la única consagración que Dios reconoce como legítima.

La unción, la unción divina, esta unción celestial, es lo que el púlpito necesita y debe tener. Este aceite divino y celestial, puesto sobre él por la imposición de la mano de Dios, ha de ablandar y ungir al hombre entero—corazón, mente, espíritu—hasta apartarlo con una poderosa separación de todos los motivos y fines terrenales, seculares, mundanos y egoístas, apartándolo para todo lo que es puro y semejante a Dios.

Es la presencia de esta unción sobre el predicador la que produce la conmoción y la fricción en más de una congregación. Las mismas verdades se han dicho con el rigor de la letra, pero no se ha visto ni un estremecimiento, ni se ha sentido dolor ni palpitación alguna. Todo está tan quieto como un cementerio. Llega otro predicador, y esta misteriosa influencia está sobre él; la letra de la Palabra ha sido encendida por el Espíritu, se sienten los dolores de un poderoso movimiento; es la unción la que penetra y agita la conciencia y quebranta el corazón. La predicación sin unción todo lo vuelve duro, seco, áspero, muerto.

Esta unción no es solo un recuerdo ni una era del pasado; es un hecho presente, realizado y consciente. Pertenece a la experiencia del hombre tanto como a su predicación. Es lo que lo transforma a la imagen de su divino Maestro, así como aquello por lo cual declara con poder las verdades de Cristo. Es hasta tal punto el poder en el ministerio, que sin ella todo lo demás parece débil y vano, y por su presencia suple la ausencia de todas las demás fuerzas, más débiles.

Esta unción no es un don inalienable. Es un don condicional, y su presencia se perpetúa y aumenta por el mismo proceso por el cual se obtuvo al principio: por la oración incesante a Dios, por deseos ardientes en pos de Dios, por tenerla en gran estima, por buscarla con ardor incansable, por considerar todo lo demás pérdida y fracaso sin ella.

¿Cómo y de dónde viene esta unción? Directamente de Dios, en respuesta a la oración. Solo los corazones que oran son los corazones llenos de este santo aceite; solo los labios que oran son ungidos con esta unción divina.

La oración, mucha oración, es el precio de la unción para predicar; la oración, mucha oración, es la única y sola condición para conservar esta unción. Sin oración incesante, la unción nunca le llega al predicador. Sin perseverancia en la oración, la unción, como el maná guardado de más, cría gusanos.

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Poder a través de la oración E. M. Bounds

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