Las posibilidades de la oración ·La oración: sus posibilidades

Capítulo 4 · 14 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración: sus posibilidades

El Espíritu Santo desciende a veces a nuestros corazones en la oración con un rayo del cielo, por el cual vemos de una vez más de Dios y de su gloria, pensamientos más asombrosos y aprehensiones más amplias de Dios, muchos rayos que se juntan en uno y caen al centro de nuestros corazones. Por estos descensos o influjos divinos, Dios se desliza en nuestros corazones por rayos de sí mismo; no venimos a tener comunión con Dios por medio de muchos pensamientos rotos y sumados, sino que hay una concentración de muchos rayos del cielo, que se derrama en nuestras almas, de modo que conocemos más de Dios y tenemos más comunión con Él en un cuarto de hora del que pudiéramos conocer en un año por la sola vía de la sabiduría. — Thos. Goodwin

¡Cuán vastas son las posibilidades de la oración!

¡Cuán amplio es su alcance! ¡Qué grandes cosas se logran por este medio de gracia divinamente señalado! Pone su mano sobre el Dios todopoderoso y le mueve a hacer lo que de otro modo no haría si no se ofreciera la oración. Trae a suceso cosas que de otro modo jamás ocurrirían. La historia de la oración es la historia de grandes hazañas. La oración es un poder maravilloso puesto por el Dios todopoderoso en manos de sus santos, que puede emplearse para realizar grandes propósitos y alcanzar resultados insólitos. La oración llega a todo, abarca todas las cosas, grandes y pequeñas, que Dios ha prometido a los hijos de los hombres. El único límite de la oración son las promesas de Dios y su capacidad para cumplir esas promesas. “Ensancha tu boca, y yo la henchiré.”

Los registros de las hazañas de la oración son alentadores para la fe, animan las expectativas de los santos y son inspiración para todos los que quieran orar y probar su valor. La oración no es una mera teoría no ensayada. No es algún extraño y singular esquema, urdido en el cerebro de los hombres y puesto en marcha por ellos, una invención que jamás ha sido ensayada ni puesta a prueba. La oración es una disposición divina en el gobierno moral de Dios, ideada para el beneficio de los hombres y destinada como medio para promover los intereses de su causa en la tierra, y para llevar a cabo sus propósitos de gracia en la redención y la providencia. La oración se prueba a sí misma. Es susceptible de probar su virtud por medio de los que oran. La oración no necesita otra prueba que sus propias realizaciones. “El que quisiere hacer su voluntad, conocerá de la doctrina.” Si alguno quiere conocer la virtud de la oración, si quiere saber lo que ella hará, que ore. Que ponga la oración a prueba.

¡Qué amplitud se da a la oración! ¡Qué alturas alcanza! Es la respiración de un alma inflamada por Dios e inflamada por el hombre. Llega tan lejos como llega el Evangelio, y es tan ancha, compasiva y orante como lo es ese Evangelio.

¿Cuánta oración exigen todas estas provincias de la tierra, no poseídas y enajenadas, para ser iluminadas, para ser impresionadas y para ser movidas hacia Dios y su Hijo, Jesucristo? Si tan solo los que profesan ser discípulos de Cristo hubieran orado en el pasado como debieron hacerlo, los siglos no habrían hallado estas provincias todavía atadas en la muerte, en el pecado y en la ignorancia.

¡Ay! ¡Cómo ha limitado la incredulidad de los hombres el poder de Dios para obrar por medio de la oración! ¡Qué limitaciones han puesto los discípulos de Jesucristo a la oración con su falta de oración! ¡Cómo la Iglesia, con su descuido de la oración, ha cercado el Evangelio y ha cerrado las puertas de acceso!

Las posibilidades de la oración abren puertas para la entrada del Evangelio: “orando también juntamente por nosotros, que el Señor nos abra la puerta de la palabra.” La oración abrió a los apóstoles puertas de palabra, creó oportunidades y abrió ocasiones para predicar el Evangelio. La súplica por la oración se dirigía a Dios, porque Dios era movido por la oración. Dios era así movido a hacer su propia obra de manera ensanchada y por nuevos caminos. La posibilidad de la oración da no solo gran poder, y abre puertas al Evangelio, sino que da también facilidad al Evangelio. La oración hace que el Evangelio corra veloz y se mueva con gloriosa rapidez. Un Evangelio impulsado por las poderosas energías de la oración no es ni lento, ni perezoso, ni torpe. Se mueve con el poder de Dios, con el resplandor de Dios y con angélica presteza.

“Hermanos, orad por nosotros, que la palabra del Señor corra y sea glorificada,” es la petición del apóstol Pablo, cuya fe alcanzaba a las posibilidades de la oración por la Palabra predicada. El Evangelio se mueve del todo demasiado despacio, a menudo con timidez y con pasos débiles. ¿Qué hará que este Evangelio corra veloz como un corredor en la carrera? ¿Qué dará a este Evangelio el resplandor y la gloria divinos, y hará que se mueva de manera digna de Dios y de Cristo? La respuesta está a la mano. La oración, más oración, mejor oración logrará la hazaña. Este medio de gracia dará al Evangelio marcha veloz, esplendor y divinidad.

Las posibilidades de la oración alcanzan a todas las cosas. Todo lo que concierne al bien supremo del hombre, y todo lo que tiene que ver con los planes y propósitos de Dios respecto de los hombres en la tierra, es asunto de oración. En “todo lo que pidiereis” está comprendido todo lo que nos concierne a nosotros, a los hijos de los hombres y a Dios. Y todo lo que quede fuera de “todo lo que” queda fuera de la oración. ¿Dónde trazaremos las líneas que excluyan o limiten la palabra “todo lo que”? Defínela, y busca y publica las cosas que la palabra no incluye. Si “todo lo que” no incluye todas las cosas, entonces añádele la palabra “cualquier cosa.” “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.”

¡Qué riquezas de gracia, qué bendiciones, espirituales y temporales, qué bien para el tiempo y para la eternidad habrían sido nuestros si hubiéramos aprendido las posibilidades de la oración y nuestra fe hubiera abarcado el ancho alcance de las promesas divinas de responder a la oración! ¡Qué bendiciones sobre nuestros tiempos y qué avance para la causa de Dios si tan solo hubiéramos aprendido a orar con grandes expectativas! ¿Quién se levantará en esta generación para enseñar a la Iglesia esta lección? Es una lección de niño en su sencillez, pero ¿quién la ha aprendido tan bien como para poner la oración a prueba? Es una gran lección en su incomparable y universal bien. Las posibilidades de la oración son inefables, pero la lección de la oración que las realiza y está a su altura, ¿quién la ha aprendido?

En su discurso de Juan, capítulo quince, nuestro Señor parece ligar la amistad para con Él con la de la oración, y su elección de sus discípulos parece haber tenido por designio que, mediante la oración, ellos llevasen mucho fruto.

“Vosotros sois mis amigos, si hiciereis las cosas que yo os mando.

“No me elegisteis vosotros a mí, mas yo os elegí a vosotros; y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis del Padre en mi nombre, él os lo dé.”

Jesús pone el llevar fruto y el permanecer del fruto —fruto maduro, no marchito y rico— para que la oración llegue a sus plenas posibilidades a fin de que el Padre dé. Aquí tenemos de nuevo la palabra indefinida e ilimitada, “todo lo que,” como abarcadora de los derechos y de las cosas por las cuales hemos de orar en las posibilidades de la oración.

Tenemos todavía otra declaración de Jesús:

“De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará.

“Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.”

He aquí una exhortación muy definida de nuestro Señor a la amplitud en el orar. Aquí Él nos urge definidamente a pedir grandes cosas, y lo anuncia con la dignidad y solemnidad indicadas por el doble amén: “De cierto, de cierto.” ¿Por qué estas maravillosas apremiaciones en esta última y vital conversación registrada de nuestro Señor con sus discípulos? La respuesta es que nuestro Señor quería prepararlos para la Nueva Dispensación, en la cual la oración había de tener resultados tan maravillosos, y en la cual la oración había de ser el principal agente para conservar y hacer avanzar su Evangelio.

En las palabras de nuestro Señor a sus discípulos acerca de elegirlos para que llevasen fruto, en esta opulenta declaración suya, Él nos enseña claramente que este asunto de orar y llevar fruto no es un negocio nimio de nuestra elección, ni un asunto secundario en relación con otros asuntos, sino que Él nos ha elegido para este mismísimo negocio de orar. Tenía especialmente en mente nuestro orar, y nos ha elegido por su propia divina selección, y espera que hagamos esta única cosa de orar, y que la hagamos inteligentemente y bien. Porque antes dice que nos había hecho sus amigos, y nos había traído a íntima confianza con Él, y también a libre y plena conferencia con Él. El principal objeto de elegirnos como sus discípulos y de su amistad para con Él fue que estuviéramos mejor capacitados para llevar el fruto de la oración.

No olvidemos que estamos observando las posibilidades de los que verdaderamente oran. “Cualquier cosa” es la palabra del área y la circunferencia. Cuán lejos alcanza, no lo sabemos. Cuán ancho se extiende, nuestras mentes no lo descubren. ¿Qué hay que no esté a su alcance? ¿Por qué repite Jesús y agota estas palabras, palabras que todo lo incluyen y no tienen límite, si no desea recalcar la magnificencia sin límites y la munificencia ilimitable de la oración? ¿Por qué apremia a los hombres a orar, para que nuestra misma pobreza sea enriquecida y nuestra herencia sin límites sea asegurada por la oración?

Afirmamos con absoluta certeza que el Dios todopoderoso responde a la oración. Las vastas posibilidades y la urgente necesidad de la oración descansan en este estupendo hecho: que Dios oye y responde a la oración. Y Dios oye y responde a toda oración. Oye y responde a cada oración, dondequiera que se cumplen las verdaderas condiciones del orar. O esto es así, o no lo es. Si no lo es, entonces no hay nada en la oración. Entonces la oración no es sino la recitación de palabras, un mero ejercicio verbal, una ceremonia vacía. Entonces la oración es un ejercicio del todo inútil. Pero si lo que hemos dicho es verdad, entonces hay vastas posibilidades en la oración. Entonces es de largo alcance en su ámbito y ancha en su extensión. Entonces es verdad que la oración puede poner su mano sobre el Dios todopoderoso y moverle a hacer cosas grandes y maravillosas.

Los beneficios, las posibilidades y la necesidad de la oración no son meramente subjetivos, sino que son peculiarmente objetivos en su carácter. La oración apunta a un objeto definido. La oración tiene un designio directo a la vista. La oración siempre tiene algo específico ante los ojos de la mente. Puede que haya algunos beneficios subjetivos que resulten del orar, pero esto es del todo secundario e incidental. La oración siempre se dirige directamente a un objeto y busca asegurar un fin deseado. La oración es pedir, buscar y llamar a una puerta por algo que no tenemos, que deseamos y que Dios nos ha prometido.

La oración es una dirección directa a Dios. “En todo sean notorias vuestras peticiones delante de Dios.” La oración asegura bendiciones y hace mejores a los hombres porque llega al oído de Dios. La oración solo es para el mejoramiento de los hombres cuando ha afectado a Dios y le ha movido a hacer algo por los hombres. La oración afecta a los hombres afectando a Dios. La oración mueve a los hombres porque mueve a Dios a mover a los hombres. La oración influye en los hombres influyendo en Dios para que influya en ellos. La oración mueve la mano que mueve al mundo.

“Ese poder es la oración, que se remonta a lo alto, por Jesús hasta el trono;

y mueve la mano que mueve al mundo, para hacer descender la salvación.” Las más altas posibilidades de la oración rara vez se han realizado. Las promesas de Dios son tan grandes para los que verdaderamente oran, cuando Él se pone tan plenamente en manos de los que oran, que casi hacen tambalear nuestra fe y nos hacen vacilar de asombro. Su promesa de responder, de hacer y de dar “todas las cosas,” “cualquier cosa,” “todo lo que,” y “todas las cosas cualesquiera que sean,” es tan amplia, tan grande, tan sobremanera vasta, que nos quedamos atrás pasmados y nos entregamos a la duda y al cuestionamiento. “Titubeamos ante las promesas por incredulidad.” En realidad, las promesas de Dios a la oración han sido recortadas por nosotros a la medida de nuestra pequeña fe, y han sido rebajadas al bajo nivel de nuestras estrechas nociones acerca de la capacidad, la liberalidad y los recursos de Dios. Tengamos siempre presente, y no nos permitamos ni por un momento dudar de esta afirmación: que Dios quiere decir lo que dice en todas sus promesas. Las promesas de Dios son su propia palabra. Su veracidad está en juego en ellas. Ponerlas en duda es dudar de su veracidad. Él no puede permitirse ser infiel a su palabra. “En la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no puede mentir, prometió antes de los tiempos de los siglos.” Sus promesas son para la gente sencilla, y quiere hacer por todos los que oran justamente lo que dice que hará. “Porque fiel es el que prometió.”

Por desgracia, hemos dejado de entregarnos de lleno al orar. Hemos limitado al Santo de Israel. La capacidad de orar puede alcanzarse por la gracia y el poder del Espíritu Santo, pero exige un carácter tan esforzado y elevado que es cosa rara que un hombre o una mujer estén en “terreno de oración y en términos de súplica con Dios.” Tan verdadero es hoy como lo era en los días de Elías, que “la ferviente y eficaz oración del justo puede mucho.” Cuánto alcanza tal oración, ¿quién lo dirá?

Las posibilidades de la oración son las posibilidades de la fe. La oración y la fe son gemelas inseparables. Un solo corazón las anima a ambas. La fe siempre está orando. La oración siempre está creyendo. La fe ha de tener una lengua con la cual hablar. La oración es la lengua de la fe. La fe ha de recibir. La oración es la mano de la fe extendida para recibir. La oración ha de elevarse y remontarse. La fe ha de dar a la oración las alas para volar y remontarse. La oración ha de tener audiencia con Dios. La fe abre la puerta, y se conceden el acceso y la audiencia. La oración pide. La fe pone su mano sobre la cosa pedida.

El poder omnipotente de Dios es la base de la fe omnipotente y de la oración omnipotente. “Todas las cosas son posibles al que cree,” y “todas las cosas cualesquiera que sean” se dan al que ora. El decreto y la muerte decretada por Dios ceden fácilmente ante la fe y la oración de Ezequías. Cuando la promesa de Dios y la oración del hombre se unen por la fe, entonces “nada os será imposible.” La oración importuna es tan todopoderosa e irresistible que obtiene promesas, o vence donde el panorama y la promesa parecen estar en su contra. En realidad, la promesa del Nuevo Testamento incluye todas las cosas en el cielo y en la tierra. Dios, por promesa, pone en manos del hombre todas las cosas que posee. La oración y la fe ponen al hombre en posesión de esta herencia sin límites.

La oración no es una cosa indiferente ni pequeña. No es un dulce privilegio insignificante. Es una gran prerrogativa, de largo alcance en sus efectos. El no orar acarrea pérdidas que van mucho más allá de la persona que lo descuida. La oración no es un mero episodio de la vida cristiana. Antes bien, toda la vida es una preparación para la oración y el resultado de ella. En su condición, la oración es la suma de la religión. La fe no es sino un cauce de la oración. La fe le da alas y presteza. La oración es los pulmones por los cuales respira la santidad. La oración no es solo el lenguaje de la vida espiritual, sino que constituye su misma esencia y forma su verdadero carácter.

“Oh, por una fe que no se acobarde aunque la acose todo enemigo;

que no tiemble al borde de ningún terreno pesar.

“Señor, danos una fe como esta, y entonces, venga lo que viniere, gustaremos aun aquí la santa dicha de nuestro hogar eterno.”

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Las posibilidades de la oración E. M. Bounds

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