Las posibilidades de la oración ·La oración y la providencia divina

Capítulo 15 · 16 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración y la providencia divina

Otra vez, un alma pobre es tentada a dudar de la existencia de un Dios; los argumentos por vía de razón y sabiduría pueden convencerla, y ella puede obtener de ellos alguna luz; pero a veces Dios entra en su alma con un rayo inmediato y disipa todas sus dudas más de lo que mil argumentos pueden hacer; el camino de la sabiduría, así, para conocer que hay un Dios, desata el nudo; pero el otro lo corta en pedazos al instante; así es en todas las demás tentaciones: el hombre va por el camino de la sabiduría y de la razón santificada, y mira dentro de su propio corazón y allí ve la obra de la gracia y arguye de todos los tratos de Dios con él; y sin embargo, todo esto no satisface al hombre; mas Dios viene con una luz en su espíritu y todos sus cerrojos y grilletes le son quitados en un momento; aquí vemos el camino de la Sabiduría y el camino de la Revelación. — Thos. Goodwin

La oración y la providencia divina están estrechamente relacionadas. Se hallan en íntima compañía. No pueden en modo alguno separarse. Tan estrechamente ligadas están que negar la una es abolir la otra. La oración supone una providencia, mientras que la providencia es el resultado de la oración y le pertenece. Todas las respuestas a la oración no son sino la intervención de la providencia de Dios en los asuntos de los hombres. La providencia tiene que ver especialmente con la gente que ora. La oración, la providencia y el Espíritu Santo son una trinidad que coopera entre sí y está en perfecta armonía. La oración no es sino la petición del hombre para que Dios, por el Espíritu Santo, interceda en favor del que ora.

Lo que se llama providencia es la superintendencia divina sobre la tierra y sus asuntos. Implica las graciosas provisiones que el Dios Todopoderoso hace para todas sus criaturas, animadas e inanimadas, inteligentes o no. Admitido una vez que Dios es el Creador y el Preservador de todos los hombres, y concedido que es sabio e inteligente, lógicamente nos vemos llevados a la conclusión de que el Dios Todopoderoso tiene una directa superintendencia sobre aquellos a quienes ha creado y a quienes conserva en el ser. En efecto, la creación y la preservación suponen una providencia que superintende. Lo que se llama providencia divina es sencillamente el Dios Todopoderoso gobernando el mundo para sus mejores intereses, y velando por todo para el bien de la humanidad.

Los hombres hablan de una “providencia general” como algo distinto de una “providencia especial.” No hay providencia general sino la que se compone de providencias especiales. Una supervisión general de parte de Dios supone una supervisión especial e individual de cada persona; más aún, de cada criatura, de todo animal por igual.

Dios está en todas partes, vigilando, superintendiendo, velando, gobernando todas las cosas en el más alto interés del hombre, y llevando adelante sus planes y ejecutando sus propósitos en la creación y en la redención. Él no es un Dios ausente. No hizo el mundo con todo lo que hay en él para luego entregarlo a las llamadas leyes naturales y retirarse a los lugares secretos del universo, sin cuidado alguno por él ni por el obrar de sus leyes. Su mano está sobre la palanca. La obra no está fuera de su dominio. Los habitantes de la tierra y sus asuntos no marchan independientes del Dios Todopoderoso.

Todas y cada una de las providencias son providencias especiales, y la oración y esta clase de providencias obran de la mano. La mano de Dios está en todo. Nada está más allá de Él ni por debajo de su atención. No que Dios ordene todo lo que sucede. El hombre sigue siendo agente libre, pero la sabiduría del Dios Todopoderoso resalta cuando recordamos que, aunque el hombre es libre y el diablo anda suelto por la tierra, Dios puede superintender y sobregobernar los asuntos de la tierra para el bien del hombre y para su gloria, y hacer que aun la ira del hombre le alabe.

Nada ocurre por accidente bajo la superintendencia de un Dios todo sabio y perfectamente justo. Nada sucede por azar en el gobierno moral o natural de Dios. Dios es un Dios de orden, un Dios de ley, pero no por ello menos superintendente en el interés de sus criaturas inteligentes y redimidas. Nada puede tener lugar sin el conocimiento de Dios.

“Su vista, que todo lo circunda, escudriña nuestro levantar y nuestro reposo;

nuestros pasos públicos, nuestras sendas privadas, los secretos de nuestro pecho.”

Jesucristo deja este asunto zanjado cuando dice: “¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Y ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos.”

Dios no puede ser excluido del mundo. La doctrina de la oración le trae directamente al mundo, y le mueve a una directa intervención en todos los asuntos de este mundo.

Excluir al Dios Todopoderoso de las providencias de la vida es asestar un golpe directo a la oración y a su eficacia. Nada tiene lugar en el mundo sin el consentimiento de Dios, aunque no en el sentido de que Él apruebe todo o sea responsable de todo lo que sucede. Dios no es el autor del pecado.

A veces se hace la pregunta: “¿Está Dios en todo?”, como si hubiera algunas cosas que están fuera del gobierno de Dios, más allá de su atención, con las que Él no tiene que ver. Si Dios no está en todo, ¿qué hace el cristiano orando conforme a las instrucciones de Pablo a los filipenses?

“Por nada estéis afanosos; sino sean notorias vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias.”

¿Hemos de orar por algunas cosas y acerca de cosas con las que Dios no tiene nada que ver? Según la doctrina de que Dios no está en todo, entonces estamos fuera del reino de Dios cuando “en todo hacemos nuestras peticiones a Dios.”

¿Y qué haremos con aquella gran promesa, tan consoladora para todos los santos de Dios en todas las edades y en todos los climas, promesa que pertenece a la oración y que está comprendida en una providencia especial: “Y sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien”?

Si Dios no está en todo, entonces ¿cuáles son las cosas que hemos de esperar de las “todas las cosas” que “ayudan a bien a los que aman a Dios”? Y si Dios no está en todo por su providencia, ¿cuáles son las cosas que han de quedar fuera de nuestro orar? Podemos sentar como proposición, sostenida por la Escritura, que tiene un fundamento seguro, que nada entra jamás en la vida de los santos de Dios sin su consentimiento. Dios está siempre allí cuando ocurre. No está lejos. Aquel cuyo ojo está sobre el pajarillo está también sobre sus santos. Su presencia, que llena la inmensidad, está siempre donde están sus santos. “De cierto yo seré contigo,” es la palabra de Dios a cada hijo suyo.

“El ángel de Jehová acampa en derredor de los que le temen, y los defiende.” Y nada puede tocar a los que temen a Dios, sino con el permiso del ángel de Jehová. Nada puede irrumpir a través del campamento sin el permiso del capitán de los ejércitos del Señor. Las tristezas, las aflicciones, la carencia, la angustia, o aun la muerte, no pueden entrar en este campamento divino sin el consentimiento del Dios Todopoderoso, y aun entonces ha de ser usado por Dios en sus planes para el bien de sus santos y para llevar a cabo sus planes y propósitos:

“Por lo cual estoy cierto que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura nos podrá apartar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.”

Estas cosas malas, desagradables y aflictivas, pueden venir con el permiso divino, pero Dios está en el lugar, su mano está en todas ellas, y Él cuida de que sean entretejidas en sus planes. Hace que sean sobregobernadas para el bien de su pueblo, y de ellas se saca bien eterno. Estas cosas, con centenares de otras, pertenecen a los procesos disciplinarios del Dios Todopoderoso al administrar su gobierno para los hijos de los hombres.

La providencia de Dios alcanza tan lejos como el reino de la oración. Tiene que ver con todo aquello por lo cual oramos. Nada es demasiado pequeño para el ojo de Dios, nada demasiado insignificante para su atención y su cuidado. La providencia de Dios tiene que ver aun con el tropezar de los pies de sus santos:

“Pues que a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos.

“En las manos te llevarán, porque tu pie no tropiece en piedra.”

Léanse otra vez las palabras de nuestro Señor acerca del pajarillo, porque dice: “¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Y ni uno de ellos está olvidado delante de Dios.” Pablo hace la pregunta punzante: “¿Tiene Dios cuidado de los bueyes?” Su cuidado alcanza a las cosas más pequeñas y tiene que ver con los asuntos más insignificantes que conciernen a los hombres. El que cree en el Dios de la providencia está dispuesto a ver su mano en todas las cosas que le sobrevienen, y puede orar por todo.

No que el santo que confía en el Dios de la providencia, y que lleva todas las cosas a Dios en oración, pueda explicar los misterios de la providencia divina, sino que los que oran reconocen a Dios en todo, le ven en todo lo que les sobreviene, y están prontos a decir, como Juan dijo a Pedro en el mar de Galilea: “El Señor es.”

Los santos que oran no presumen de interpretar los tratos de Dios con ellos ni emprenden explicar las providencias de Dios, pero han aprendido a confiar en Dios en las tinieblas tanto como en la luz, a tener fe en Dios aun cuando “vengan las cuitas como un salvaje diluvio, y caigan las tempestades del dolor.”

“Aunque él me matare, en él esperaré.” Los santos que oran se apoyan en las palabras de Jesús a Pedro: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; mas lo entenderás después.” Nadie sino los que oran puede ver las manos de Dios en las providencias de la vida. “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios,” verán a Dios aquí en sus providencias, en su Palabra, en su Iglesia. Estos son los que no excluyen a Dios de los asuntos de la tierra, y que creen que Dios interviene por ellos en los asuntos de la tierra.

Aunque la providencia de Dios se extiende sobre todos los hombres, sin embargo su supervisión y la administración de su gobierno son peculiarmente en el interés de su pueblo.

La oración pone en acción la providencia de Dios. La oración pone a Dios a obrar en el velar y dirigir los asuntos de la tierra para el bien de los hombres. La oración abre el camino cuando está cerrado o estrechado.

La providencia trata más especialmente con las cosas temporales. Es en este ámbito donde la providencia de Dios brilla con más resplandor y es más evidente. Tiene que ver con el alimento y el vestido, con las dificultades de los negocios, con el interponerse de manera extraña y el librar del peligro, y con el socorrer en las emergencias en tiempos muy oportunos y críticos.

El alimentar a los israelitas durante el viaje por el desierto es una notable ilustración de la providencia de Dios en el cuidar de las necesidades temporales de su pueblo. Sus tratos con aquellas gentes muestran cómo proveyó para ellas en aquella larga peregrinación.

“Día tras día caía el maná, ¡oh, aprender bien esta lección!

Aún alimentado por constante misericordia, dame, Señor, mi pan de cada día.

“Día tras día reza la promesa,

Fuerza diaria para diarias necesidades;

Desecha los temores del presagio,

Toma el maná de hoy.”

Nuestro Señor enseña esta misma lección de una providencia que viste y alimenta a su pueblo, en el Sermón del Monte, cuando dice: “No os congojéis por lo que habéis de comer, ni por lo que habéis de beber, ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir.” Luego dirige la atención al hecho de que es la providencia de Dios la que alimenta a las aves del cielo, viste a los lirios del campo, y pregunta si Dios hace todo esto por las aves y las flores, ¿no cuidará de ellos?

Toda esta enseñanza conduce a la necesidad de una confianza como de niño, implícita, en una providencia que sobregobierna, la cual atiende las necesidades temporales de los hijos de los hombres. Y nótese especialmente que toda esta enseñanza está estrechamente ligada, en las palabras de nuestro Señor, con lo que Él dice acerca de la oración, uniendo así estrechamente una vigilancia divina con la oración y sus promesas.

Tenemos una impresionante lección sobre la providencia divina en el caso de Elías cuando fue enviado al arroyo de Querit, donde Dios empleó de hecho a los cuervos para alimentar a su profeta. Aquí hubo una intervención tan clara que Dios no puede ser excluido de las cosas temporales de la vida. Antes de que Dios permita que su siervo carezca de pan, mueve a las aves del cielo a cumplir su mandato y a cuidar de su profeta.

Y no fue esto todo. Cuando el arroyo se secó, Dios lo envió a una pobre viuda, que apenas tenía harina y aceite para las urgentes necesidades de la buena mujer y de su hijo. Y con todo, ella compartió con él su último bocado de pan. ¿Cuál fue el resultado? La providencia de Dios se interpuso, y mientras duró la sequía, la vasija de aceite nunca faltó ni se acabó la harina de la tinaja.

El Antiguo Testamento reluce con ilustraciones de las provisiones del Dios Todopoderoso para su pueblo, y muestra claramente la providencia de Dios que sobregobierna. En efecto, el Antiguo Testamento es en gran parte el relato de una providencia que trató con un pueblo peculiar, anticipándose a toda necesidad temporal suya, ministrándole en las emergencias, y santificándole sus tribulaciones.

Vale la pena leer aquel viejo himno de Newton, que tiene en sí tanto de la providencia de Dios:

“Aunque asalten las cuitas y aterren los peligros, aunque todos los amigos falten y todos los enemigos se unan, una cosa me asegura, suceda lo que suceda: la promesa nos afirma, el Señor proveerá.

“Las aves sin graneros ni almacenes son alimentadas.

De ellas aprendamos a confiar por nuestro pan;

A sus santos, lo que es propio, nunca les será negado.

Mientras esté escrito, el Señor proveerá.”

En efecto, muchos de nuestros viejos himnos están llenos de sentimientos en canto acerca de una providencia divina, que vale la pena leer y cantar aun en este día.

Dios está en los acontecimientos más aflictivos y dolorosos de la vida. Todos esos acontecimientos son objeto de oración, y esto es así por la razón de que todo lo que entra en la vida del que ora está en la providencia de Dios, y tiene lugar bajo su mano que superintende. Algunos querrían excluir a Dios de las cosas tristes y duras de la vida. Nos dicen que Dios no tiene nada que ver con ciertos acontecimientos que tanta pena nos traen. Dicen que Dios no está en la muerte de los niños, que ellos mueren por causas naturales, y que no es sino el obrar de las leyes naturales.

Preguntemos: ¿qué son las leyes de la naturaleza sino las leyes de Dios, las leyes por las cuales Dios gobierna el mundo? ¿Y qué es la naturaleza, en fin? ¿Y quién hizo la naturaleza? ¡Cuán grande la necesidad de saber que Dios está por encima de la naturaleza, tiene el dominio de la naturaleza, y está en la naturaleza! Necesitamos saber que la naturaleza o las leyes naturales no son sino los siervos del Dios Todopoderoso que hizo estas leyes, y que Él está directamente en ellas, y que no son sino los siervos divinos para llevar a cabo los graciosos designios de Dios, y son hechas para ejecutar sus graciosos propósitos. El Dios de la providencia, el Dios a quien oran los cristianos, y el Dios que se interpone en favor de los hijos de los hombres para su bien, está por encima de la naturaleza, en perfecto y absoluto dominio de todo lo que pertenece a la naturaleza. Y ninguna ley de la naturaleza puede arrancar la vida ni siquiera a un niño sin que Dios dé su consentimiento, y sin que tan triste acontecimiento ocurra directamente bajo su ojo que todo lo ve, y sin que Él esté inmediatamente presente.

David creía esta doctrina cuando ayunó y oró por la vida de su hijo, porque, ¿para qué orar y ayunar por un niño para que sea preservado, si Dios no tiene nada que ver con su muerte en caso de que muriera?

Además, Dios “tiene cuidado de los bueyes,” y tiene un directo velar por los pajarillos que caen a tierra, ¿y no tendría nada que ver con la partida de este mundo de un niño inmortal? Todavía más: la muerte de un niño, aun cuando llegara sola, como algunos pretenden, por la operación de las leyes de la naturaleza, téngase presente que es una gran aflicción para los padres del niño. ¿Dónde quedan esos padres inocentes bajo semejante doctrina? Viene a ser un gran dolor para la madre y el padre. ¿No han de reconocer la mano de Dios en la muerte del niño? ¿Y no hay providencia ni velar divino en el quitarles a su hijo? David reconoció claramente los hechos: que Dios tenía que ver con conservar la vida de su hijo; que la oración podría valer para salvar a su hijo de la muerte, y que cuando el niño murió fue porque Dios así lo había ordenado. La oración y la providencia, en todo este asunto, obraron en armoniosa cooperación, y David lo comprendió cabalmente. Ningún niño muere jamás sin el directo permiso del Dios Todopoderoso, y tal acontecimiento tiene lugar en su providencia para fines sabios y benéficos. Dios lo entreteje en sus planes concernientes al niño mismo, a los padres y a todos los interesados. Además, es objeto de oración, sea que el niño viva o muera.

“En cada suceso de la vida cuán clara

veo tu mano que gobierna;

cada bendición muy querida a mi alma, porque es conferida por ti.”

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Las posibilidades de la oración E. M. Bounds

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