Las posibilidades de la oración ·La oración y la providencia divina (continuación)

Capítulo 16 · 10 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración y la providencia divina (continuación)

Una idea justa de la oración es el derramar el alma delante de Dios, con la mano de la fe puesta sobre la cabeza de la Ofrenda del sacrificio, implorando misericordia, y presentándose a sí misma como ofrenda voluntaria de sí a Dios, entregando cuerpo, alma y espíritu, para ser guiada y gobernada según parezca bien a su celestial sabiduría, deseando solamente amarle perfectamente, y servirle con todas sus fuerzas, en todo tiempo, mientras Él tenga ser. — Adam Clarke

Dos clases de providencias se ven en los tratos de Dios con los hombres: providencias directas y providencias permisivas. Dios ordena algunas cosas, y otras las permite. Pero cuando Él permite que una dispensación aflictiva entre en la vida de su santo, aunque tenga su origen en una mente perversa y sea el acto de un pecador, sin embargo, antes de que golpee a su santo y le toque, viene a ser la providencia de Dios para el santo. En otras palabras, Dios consiente algunas cosas en este mundo, sin ser en lo más mínimo responsable de ellas, ni excusar en lo más mínimo a quien las origina, muchas de ellas muy penosas y aflictivas, pero tales sucesos o cosas siempre vienen a ser para el santo de Dios la providencia de Dios para él. De modo que el santo puede decir en todas y cada una de estas tristes y angustiosas experiencias: “Jehová es; haga lo que bien le pareciere.” O, con el salmista, puede decir: “Enmudecí, no abrí mi boca, porque tú lo hiciste.”

Esta fue la explicación de todas las severas aflicciones de Job. Le vinieron en la providencia de Dios, aunque tuvieron su origen en la mente de Satanás, que las urdió y las puso en ejecución. Dios dio a Satanás permiso para afligir a Job, para quitarle su hacienda, y para robarle sus hijos. Pero Job no atribuyó estas cosas al ciego azar, ni al accidente, ni tampoco las cargó a la agencia satánica, sino que dijo: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.” Tomó estas cosas como venidas de su Dios, a quien temía, servía y en quien confiaba.

Y al mismo efecto son las palabras de Job a su mujer cuando ella dejó a Dios fuera de la cuestión, y perversamente dijo a su marido: “Maldice a Dios, y muérete.” Job respondió: “Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos el bien de la mano de Dios, y el mal no recibiremos?”

No es de extrañar que, bajo tal concepción de los tratos de Dios con Job, se registre de este hombre de fe: “En todo esto no pecó Job con sus labios,” y en otro lugar se dijera: “En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito.” En nada acerca de Dios y de los sucesos de la vida hablan los hombres más neciamente, y aun más perversamente, que al formarse ignorantemente sus juicios sobre las providencias de Dios en este mundo. ¡Oh, que tuviéramos hombres del tipo de Job, quienes, aunque las aflicciones y las privaciones sean severas en extremo, sin embargo ven la mano de Dios en la providencia y abiertamente reconocen a Dios en ella!

El desenlace de todas estas penosas experiencias no es sino una ilustración de aquel texto familiar de Pablo: “Y sabemos que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien.” Job recibió al fin más de lo que jamás le fue quitado. Salió de estas tremendas tribulaciones con victoria, y llegó a ser hasta el día de hoy el exponente y el ejemplo de gran paciencia y de fuerte fe en las providencias de Dios. “Habéis oído la paciencia de Job,” resuena por la línea de la revelación divina. Dios echó mano de los actos malvados de Satanás, los entretejió en sus planes y sacó de ellos gran bien. Hizo que el mal obrase para bien sin en lo más mínimo aprobar el mal ni ser cómplice de él.

Tenemos la misma graciosa verdad de la providencia divina evidenciada en la historia de José y sus hermanos, quienes perversamente lo vendieron a Egipto, lo abandonaron y engañaron a su anciano padre. Todo esto tuvo su origen en sus mentes malvadas. Y sin embargo, cuando llegó a los planes y propósitos de Dios, vino a ser la providencia de Dios tanto para José como para el futuro de los descendientes de Jacob. Oíd a José cuando habló a sus hermanos después de haberse dado a conocer a ellos allá en Egipto, en lo cual él remonta todos los penosos sucesos a la mente de Dios y los hace tener que ver con el cumplimiento de los propósitos de Dios concernientes a Jacob y a su posteridad:

“Ahora pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; que para vida me envió Dios delante de vosotros. Y Dios me envió delante de vosotros, para que quedaseis vosotros para resto en la tierra, y para daros vida por medio de una grande liberación.

“Así pues, no me enviasteis vosotros acá, sino Dios.”

Bien podría leerse en relación con esto el conocido himno de Cowper, del cual basta por ahora una estrofa:

“Dios se mueve de manera misteriosa,

sus maravillas para obrar;

planta sus pisadas en el mar, y cabalga sobre la tormenta.”

La misma línea de argumento aparece en la traición de nuestro Señor por Judas. Por supuesto que fue el acto malvado de un hombre perverso, pero nunca tocó a nuestro Señor hasta que el Padre dio su consentimiento, y Dios tomó el designio maligno de Judas y lo entretejió en sus propios planes para la redención del mundo. No excusó a Judas en lo más mínimo que del acto malvado saliera bien, pero sí magnifica la sabiduría y la grandeza de Dios al sobregobernarlo de tal modo que quedó asegurada la redención del hombre. Así es siempre en los tratos de Dios con el hombre. Las cosas que nos vienen de causas segundas no son sorpresa para Dios, ni están más allá de su dominio. Su mano puede echar mano de ellas en respuesta a la oración, y Él puede hacer que las aflicciones, de cualquier parte que vengan, “obren en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria.”

La providencia de Dios va delante de sus santos, abre el camino, remueve las dificultades, resuelve los problemas y trae liberaciones cuando el escape parece sin esperanza. Dios sacó a Israel de Egipto por la mano de Moisés, su escogido caudillo de aquel pueblo. Llegaron al mar Rojo. Pero allí estaban las aguas por delante, sin vado ni puentes. A un lado había altos montes, y por detrás venían las huestes de Faraón. Toda vía de escape estaba cerrada. Parecía no haber esperanza. Casi reinaba la desesperación. Pero había un camino abierto que los hombres pasaron por alto, y era el camino hacia arriba. Un hombre de oración, Moisés, el hombre de fe en Dios, estaba en el lugar. Este hombre de oración, que reconocía a Dios en la providencia, con fuerza que ordenaba, habló al pueblo de esta manera:

“No temáis; estad quedos, y ved la salud de Jehová.”

Con esto alzó su vara, y conforme al mandato divino, extendió su mano sobre el mar. Las aguas se dividieron, y salió la orden: “Di a los hijos de Israel que marchen.” E Israel pasó el mar en seco. Dios había abierto un camino, y lo que parecía una emergencia imposible se tornó notablemente en una maravillosa liberación. Ni es esta la única vez que Dios se ha interpuesto en favor de su pueblo cuando su camino estaba cerrado.

Toda la historia de los judíos es el relato de la providencia de Dios. El Antiguo Testamento no puede aceptarse como verdadero sin recibir la doctrina de una providencia divina que sobregobierna. La Biblia es preeminentemente una revelación divina. Revela cosas. Descubre, destapa, saca a la luz cosas concernientes a Dios, a su carácter y a su manera de gobernar este mundo y a sus habitantes, no descubribles por la razón humana, ni por la ciencia, ni por la filosofía. La Biblia es un libro en el cual Dios se revela a los hombres. Y esto es particularmente cierto cuando consideramos el cuidado de Dios por sus criaturas y su velar por el mundo, su superintendencia de sus asuntos. Y disputar la doctrina de la providencia es desacreditar toda la revelación de la Palabra de Dios. Por doquiera esta Palabra descubre la mano de Dios en los asuntos del hombre.

El Antiguo Testamento especialmente, pero también el Nuevo Testamento, es el relato de la oración y de la providencia. Es la narración de los tratos de Dios con hombres de oración, hombres de fe en su directa intervención en los asuntos de la tierra, y de la manera en que Dios superintende el mundo en el interés de su pueblo y en el llevar adelante su obra en sus planes y propósitos en la creación y en la redención.

Los hombres que oran y la providencia de Dios van juntos. Esto fue cabalmente comprendido por los que oraban en la Escritura. Oraban por todo porque Dios tenía que ver con todo. Llevaban todas las cosas a Dios en oración porque creían en una providencia divina que tenía que ver con todas las cosas. Creían en un Dios siempre presente, que no se había retirado a los secretos escondrijos del espacio, dejando a sus santos y a sus criaturas a merced de un tirano, llamado naturaleza, y de sus leyes, ciegas, inflexibles, sin consideración por nadie que se cruzara en su camino. Si esa es la concepción correcta de Dios, ¿por qué orarle? Está demasiado lejos para oírlos cuando oran, y demasiado indiferente para tomarse la molestia por los que están en la tierra.

Estos hombres de oración tenían una fe implícita en un Dios de providencia especial, que gustosa, pronta y prestamente respondería a sus clamores de socorro en tiempos de necesidad y en épocas de angustia.

Las llamadas “leyes de la naturaleza” no los inquietaban en lo más mínimo. Dios estaba por encima de la naturaleza, en dominio de la naturaleza, mientras que la naturaleza no era sino la sierva del Dios Todopoderoso. Las leyes de la naturaleza no eran sino sus propias leyes, puesto que la naturaleza no era sino el vástago de la mano divina. Las leyes de la naturaleza podían ser suspendidas y no resultaría mal alguno. Toda persona inteligente está familiarizada cada día, cuando ve al hombre sobregobernar y vencer la ley de la gravedad, y nadie se sorprende ni alza su mano o su voz con horror ante el pensamiento de que las leyes de la naturaleza sean violadas.

Dios es un Dios de ley y de orden, y todas sus leyes en la naturaleza, en la providencia y en la gracia obran juntas en perfecto acuerdo, sin choque ni desarmonía.

Dios suspende o vence las leyes de la enfermedad y de la lluvia a menudo sin oración, o independientemente de ella. Pero con bastante frecuencia hace esto en respuesta a la oración. La oración por lluvia o por tiempo seco no está fuera del gobierno moral de Dios, ni es pedir a Dios que viole ley alguna que Él haya hecho, sino solo pedirle que dé la lluvia a su propia manera, conforme a sus propias leyes. Así también la oración por la reprensión de la enfermedad no es una petición en guerra con ley alguna, natural o de otra clase, sino que es una oración de acuerdo con la ley, aun la ley de la oración, una ley puesta en operación por el Dios Todopoderoso, así como la llamada ley natural que gobierna la lluvia o que controla la enfermedad.

El que cree en la ley de la oración tiene terreno firme sobre el cual fundar su súplica. Y el que cree en una providencia divina, la compañera de la oración, se para igualmente sobre firmes fundamentos de granito, de los cuales no necesita ser sacudido. Estas doctrinas gemelas permanecen firmes y perdurarán para siempre.

“En toda condición, en enfermedad, en salud, en el valle de la pobreza o abundando en riqueza;

en casa o fuera, en la tierra o en el mar, según lo demanden tus días será siempre tu fuerza.”

Las posibilidades de la oración E. M. Bounds

Página 1 / 1 · 10 min restantes en el capítulo