Capítulo 14 · 20 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Maravillas de Dios por medio de la oración
La Sabiduría y la Revelación distinguidas por la Experiencia y por la Escritura. Por la Experiencia. Tómese un entendimiento débil (pero uno en extremo santo), que tiene poco conocimiento de Dios por vía de sabiduría discursiva y del ir juntando una cosa con otra, y conociendo así a Dios: tal alma pobre muchas veces apenas es capaz de hablar sabiamente, y sin embargo conocerá más de Dios en una sola oración que un gran erudito (aunque también muy santo) haya conocido de Él en toda su vida; Dios trata muchas veces así con los débiles que son muy santos; porque si tales quedaran reducidos a conocer a Dios por vía de una razón santificada, los grandes entendimientos tendrían infinita ventaja sobre ellos, y ellos crecerían poco en gracia y santidad; por eso Dios les provee irrumpiendo en sus espíritus con irradiaciones como estas.
— Thos. Goodwin
En la temible contienda de este mundo entre Dios y el diablo, entre el bien y el mal, y entre el cielo y el infierno, la oración es la fuerza poderosa para vencer a Satanás, dar dominio sobre el pecado y derrotar al infierno. Solo con líderes que oran puede contarse en este espantoso conflicto. Solo hombres que oran han de ponerse al frente. Estos son la única clase capaz de contender con éxito con todas las fuerzas del mal.
Las “oraciones de todos los santos” son una fuerza perpetua contra todas las potestades de las tinieblas. Estas oraciones son una energía poderosa para vencer al mundo, la carne y el diablo, y para dar forma al destino de los movimientos de Dios, a fin de vencer el mal y obtener la victoria sobre el diablo y todas sus obras. El carácter y la energía de los movimientos de Dios radican en la oración. La victoria ha de venir al fin del orar.
Las maravillas del poder de Dios han de mantenerse vivas, hacerse reales y presentes, y repetirse solo mediante la oración. Dios no es hoy tan evidente en el mundo, tan todopoderoso en manifestación como antaño, no porque los milagros hayan cesado, ni porque Dios haya dejado de obrar, sino porque la oración ha sido despojada de su sencillez, de su majestad y de su poder. Dios vive todavía, y los milagros viven todavía mientras Dios vive y obra, porque los milagros son las maneras que Dios tiene de obrar. La oración queda menguada, marchita y petrificada cuando la fe en Dios se tambalea por dudas de su capacidad, o por el encogimiento que causa el temor. Cuando la fe tiene una visión telescópica y lejana de Dios, la oración no obra milagros y no trae maravillas de liberación. Pero cuando Dios es visto por el ojo más cercano y más pleno de la fe, la oración hace una historia de maravillas.
Piensa en Dios. Haz mucho de Él, hasta que se ensanche y llene el horizonte de la fe. Entonces la oración entrará en su maravillosa herencia de maravillas. Los prodigios de la oración se ven cuando recordamos que los propósitos de Dios son cambiados por la oración, la venganza de Dios es detenida por la oración, y la pena de Dios es remitida por la oración. Todo el ámbito del trato de Dios con el hombre es afectado por la oración. He aquí una fuerza que ha de usarse cada vez más, la de la oración, una fuerza a la cual todos los acontecimientos de la vida deberían estar sujetos.
“Orar sin cesar,” orar en todo, y orar en todo lugar: estos mandatos de continuidad expresan la energía insomne de la oración, las posibilidades inagotables de la oración, y su exigente necesidad. La oración puede hacer todas las cosas. La oración debe hacer todas las cosas.
“La oración es la forma más sencilla de habla que los labios del niño pueden ensayar;
La oración, las notas más sublimes que alcanzan la majestad en las alturas.”
Orar es pedir a Dios algo, y algo que Él ha prometido. Orar es usar el medio divinamente señalado para obtener lo que necesitamos y para llevar a cabo lo que Dios se propone hacer en la tierra.
“La oración fue dispuesta para transmitir las bendiciones que Dios designa dar;
Mientras vivan, oren los cristianos, aprenden a orar cuando por primera vez viven.”
Y la oración nos trae bendiciones que necesitamos, y que solo Dios puede dar, y que solo la oración puede transmitirnos.
En su más amplia plenitud, las posibilidades de la oración se hallan en la naturaleza misma de la oración.
Este servicio de la oración no es un mero rito, una ceremonia por la que pasamos, una especie de ejecución. La oración es ir a Dios por algo necesitado y deseado. La oración es sencillamente pedir a Dios que haga por nosotros lo que nos ha prometido que hará si se lo pedimos. La respuesta es parte de la oración, y es la parte de Dios en ella. Que Dios haga lo que se le pide es tanto parte de la oración como lo es el pedir. El pedir es la parte del hombre. El dar es la parte de Dios. El orar nos pertenece a nosotros. La respuesta pertenece a Dios.
El hombre hace la súplica y Dios da la respuesta. La súplica y la respuesta componen la oración. Dios está más presto, más dispuesto y más deseoso de dar la respuesta que el hombre de hacer el pedido. Las posibilidades de la oración radican en la capacidad del hombre para pedir grandes cosas y en la capacidad de Dios para dar grandes cosas.
La única condición y limitación de Dios a la oración se halla en el carácter del que ora. La medida de nuestra fe y de nuestro orar es la medida de su dar. Así como dijo nuestro Señor al ciego: “Conforme a vuestra fe os sea hecho,” así es en el orar: “Conforme a la medida de vuestro pedir, os sea hecho.” Dios mide la respuesta según la oración. Él está limitado por la ley de la oración en la medida de las respuestas que da a la oración. Según sea la medida de la oración, así será la respuesta.
Si el que ora tiene las características que autorizan el orar, entonces las posibilidades son ilimitadas. Se declara que son “todas las cosas cualesquiera.” Aquí no hay limitación de carácter ni de clase, de circunferencia ni de condición. El hombre que ora puede orar por cualquier cosa y por todas las cosas, y Dios dará todo y cualquier cosa. Si limitamos a Dios en el pedir, Él será limitado en el dar.
Mirando hacia adelante, Dios declara en su Palabra que la maravilla de las maravillas será tan grande en los últimos días que todo lo animado e inanimado será estremecido por su poder:
“Porque he aquí que yo crío nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento.
“Mas os gozaréis y os alegraréis por siglos de siglos en las cosas que yo crío; porque he aquí que yo crío a Jerusalén alegría, y a su pueblo gozo.”
Pero estos días del poderoso obrar de Dios, los días de su magnífico poder creador de maravillas, serán días de magnífica oración.
“Y será que antes que clamen, responderé yo; aún estando ellos hablando, yo habré oído.”
Siempre ha sido así. Los tiempos maravillosos y obradores de milagros de Dios han sido tiempos de oración maravillosa y obradora de milagros. La cosa más grande en el culto de Dios, según su propia estimación, es la oración.
Su servicio principal y su rasgo distintivo es la oración:
“Yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptos sobre mi altar, porque mi casa, casa de oración será llamada de todos los pueblos.”
Esto era verdad bajo todos los suntuosos ritos y el despliegue de ceremonias del culto judío. El sacrificio, la ofrenda y la sangre expiatoria habían todos de estar impregnados de oración. El humo del holocausto y del incienso perfumado que llenaba la casa de Dios no había de ser sino la llama de la oración, y todo el pueblo de Dios había de ser sacerdotes ungidos para ministrar en su altar de oración. Así, todas las cosas habían de hacerse con poderosa oración, porque la poderosa oración era el fruto y la inspiración de la poderosa fe. Pero mucho más es esto verdad ahora, en todo sentido, bajo el servicio más sencillo del Evangelio.
El curso de la naturaleza, los movimientos de los planetas y de las nubes, han cedido a la influencia de la oración, y Dios ha cambiado y detenido el orden del sol y de las estaciones bajo las poderosas energías de la oración. Basta con notar el notable episodio en que Josué, por medio de este divino recurso de la oración, hizo que el sol y la luna se detuvieran a fin de que se pudiera dar una victoria más completa a los ejércitos de Israel en la contienda con los ejércitos de los amorreos.
Si creemos la palabra de Dios, estamos obligados a creer que la oración afecta a Dios, y le afecta poderosamente; que la oración vale, y que la oración vale poderosamente. Hay maravillas en la oración porque hay maravillas en Dios. La oración no tiene influencia talismánica. No es un mero fetiche. No tiene los llamados poderes de la magia. Es sencillamente dar a conocer nuestras peticiones a Dios acerca de cosas conformes a su voluntad en el nombre de Cristo. Es solo entregar nuestras peticiones a un Padre que conoce todas las cosas, que tiene el dominio de todas las cosas, y que es capaz de hacer todas las cosas. La oración es la infinita ignorancia confiando en la sabiduría de Dios. La oración es la voz de la necesidad clamando a Aquel que es inagotable en recursos. La oración es la impotencia reposando con confianza de niño en la palabra de su Padre celestial. La oración no es sino la expresión verbal del corazón de perfecta confianza en la infinita sabiduría, el poder y las riquezas del Dios Todopoderoso, quien ha puesto a nuestra disposición en la oración todo lo que necesitamos.
Cómo han de venir al mundo por medio de la oración todos los graciosos resultados de tan graciosos tiempos, se nos enseña en la Palabra de Dios. El corazón de Dios parece rebosar de deleite ante la perspectiva de bendecir así a su pueblo. Por boca del profeta Joel, Dios habla así:
“Tierra, no temas; alégrate y gózate; porque Jehová hará grandes cosas.
“Animales del campo, no temáis; porque los pastos del desierto reverdecerán, porque el árbol llevará su fruto, la higuera y la vid darán sus frutos.
“Vosotros también, hijos de Sión, alegraos y gozaos en Jehová vuestro Dios; porque os ha dado la primera lluvia arregladamente, y hará descender sobre vosotros lluvia, la temprana y la tardía, en el primer mes.
“Y las eras se llenarán de trigo, y los lagares rebosarán de vino y aceite.
“Y os restituiré los años que comió la langosta, el pulgón, el revoltón y la oruga, mi gran ejército que envié contra vosotros.
“Y comeréis hasta saciaros, y alabaréis el nombre de Jehová vuestro Dios, el cual hizo maravillas con vosotros; y nunca jamás será mi pueblo avergonzado.
“Y conoceréis que en medio de Israel estoy yo, y que yo soy Jehová vuestro Dios, y no hay otro; y nunca jamás será mi pueblo avergonzado.”
¡Qué maravillosas cosas materiales son estas que Dios se propone otorgar a su pueblo! Son maravillosas bendiciones temporales las que promete concederles. Casi asombran la mente cuando se estudian. Pero Dios no restringe sus grandes bendiciones a las cosas temporales. Mirando a través de las edades, Él prevé Pentecostés, y hace estas grandes y preciosas promesas concernientes al derramamiento del Espíritu Santo, estas mismas palabras siendo citadas por Pedro en aquel día glorioso de Pentecostés:
“Y será que después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne; y profetizarán vuestros hijos; vuestros viejos soñarán sueños, y vuestros mancebos verán visiones.
“Y aun también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.
“Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo.
“El sol se tornará en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová.
“Y será que todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sión y en Jerusalén habrá salvación, como Jehová ha dicho, y en los que quedaren, a los cuales Jehová habrá llamado.”
Pero estas maravillosas bendiciones no serán otorgadas al pueblo por poder soberano, ni se darán incondicionalmente. El pueblo de Dios ha de hacer algo previo a tan gloriosos resultados. El ayuno y la oración han de desempeñar un papel importante como condiciones para recibir tan grandes bendiciones. Por boca del mismo profeta, Dios habla así:
“Por eso pues ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y llanto.
“Y rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos; y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se arrepiente del castigo.
“¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá, y dejará bendición tras de sí, presente y libación para Jehová vuestro Dios?
“Tocad trompeta en Sión, pregonad ayuno, llamad a congregación.
“Reunid el pueblo, santificad la reunión, juntad los ancianos, congregad los niños y los que maman; salga de su cámara el novio, y de su tálamo la novia.
“Lloren los sacerdotes, ministros de Jehová, entre la entrada y el altar, y digan: Perdona, oh Jehová, a tu pueblo, y no pongas en oprobio tu heredad, para que las gentes se enseñoreen de ella. ¿Por qué han de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios?
“Entonces Jehová celará su tierra, y perdonará a su pueblo.
“Y responderá Jehová, y dirá a su pueblo: He aquí yo os envío pan, y mosto, y aceite, y seréis saciados de ellos; y nunca más os pondré en oprobio entre las gentes.”
La oración alcanza tan lejos como llega la presencia de Dios. Alcanza a todas partes porque Dios está en todas partes. Leamos del Salmo 139:
“Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el abismo hiciere mi estrado, he aquí allí tú estás.
“Si tomare las alas del alba, y habitare en el extremo de la mar,
“Aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.”
Esto puede decirse tan verdaderamente de la oración como se dice del Dios de la oración. Los misterios de la muerte han sido sondeados por la oración, y sus víctimas han sido devueltas a la vida por el poder de la oración, porque Dios ejerce dominio sobre la muerte, y la oración alcanza hasta donde Dios reina. Eliseo y Elías ambos invadieron los reinos de la muerte por sus oraciones, y afirmaron y establecieron el poder de Dios como poder de la oración. Pedro, por la oración, devuelve a la vida a la santa Dorcas para la Iglesia primitiva. Pablo sin duda ejerció el poder de la oración cuando se echó sobre Eutico, que cayó de la ventana mientras Pablo predicaba de noche, y lo abrazó.
Nuestro Señor varias veces declaró explícitamente las posibilidades de largo alcance y la naturaleza ilimitada de la oración, que abarca “todas las cosas cualesquiera.” Las condiciones de la oración se elevan a una unión personal con Él mismo. Que el orar con éxito glorificaba a Dios era la condición de la cual dependía que se aseguraran obreros de primera calidad y en número suficiente para adelantar la obra de Dios en el mundo. El don de todas las cosas buenas está condicionado a que se pidan. El don del Espíritu Santo a los hijos de Dios se basa en el pedir de los hijos de Dios. La voluntad de Dios en la tierra solo puede asegurarse por la oración. El pan de cada día se obtiene y se santifica por la oración. La reverencia, el perdón de los pecados, la liberación del maligno y la salvación de la tentación están en las manos de la oración.
El primer cimiento enjoyado que Cristo pone como principio básico de su religión en el Sermón del Monte reza de esta manera: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.” Como la oración brota del sentido interior de la necesidad, y la oración es la expresión de un espíritu hondamente empobrecido, es evidente que el que es “pobre en espíritu” está donde puede orar y donde en efecto ora.
La oración es una fuerza tremenda en el mundo. Considérese esta imagen de la oración y sus maravillosas posibilidades. La causa de Dios está quieta e inmóvil sobre la tierra. Un ángel, fuerte e impaciente por servir, aguarda en derredor del trono de Dios en el cielo, y a fin de mover las cosas en la tierra y dar impulso a los movimientos de la causa de Dios en este mundo, reúne todas las oraciones de todos los santos de Dios de todas las edades, y las pone delante de Dios, así como Aarón solía envolverse, sazonarse y endulzarse con el delicioso incienso cuando entraba en el santo santuario, hecho terrible por la inmediata presencia de Dios. El ángel impregna todo el aire con aquella santa ofrenda de oraciones, y luego toma su cuerpo de fuego y lo arroja sobre la tierra.
Nótese el notable resultado. “Hubo voces, y truenos, y relámpagos, y un terremoto.” ¿Qué fuerza tremenda es esta que ha convulsionado así la tierra? La respuesta es que son las “oraciones de los santos,” soltadas por el ángel que está en derredor del trono, y que tiene a su cargo aquellas oraciones. Esta fuerza poderosa es la oración, como el poder de la más poderosa dinamita de la tierra.
Tómese otro hecho que muestra las maravillas de la oración obradas por el Dios Todopoderoso en respuesta al orar de su verdadero profeta. La nación del pueblo de Dios estaba terriblemente apóstata en cabeza, en corazón y en vida. Un hombre de Dios fue al rey apóstata con el terrible mensaje que tanto significaba para la tierra: “No habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra.” ¿De dónde esta fuerza poderosa que puede detener las nubes, sellar la lluvia y retener el rocío? ¿Quién es este que habla con tal autoridad? ¿Hay alguna fuerza que pueda hacer esto en la tierra? Solo una, y esa fuerza es la oración, empuñada en las manos de un profeta de Dios que ora. Es él quien tiene influencia con Dios y sobre Dios en la oración, quien así se atreve a asumir tal autoridad sobre las fuerzas de la naturaleza. Este hombre Elías es diestro en el uso de aquella fuerza tremenda. “Y Elías oró con oración que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses.”
Pero no es esta toda la historia. El que podía por la oración cerrar las nubes y sellar la lluvia, podía también abrir las nubes y desatar la lluvia por el mismo poder poderoso de la oración. “Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.”
Poderoso es el poder de la oración. Maravillosos son sus frutos. Cosas notables son traídas a suceso por hombres de oración. Muchas son las maravillas de la oración obradas por una mano todopoderosa. Las evidencias de los logros de la oración casi nos dejan pasmados. Retan nuestra fe. Alientan nuestras expectativas cuando oramos.
De un compendio somero como este obtenemos una vista panorámica de las grandes posibilidades de la oración y de la urgente necesidad de la oración. Vemos cómo Dios se entrega en las manos de los que verdaderamente oran. Grandes son las maravillas de la oración porque grande es el Dios que oye y contesta la oración. Grandes son estas maravillas porque grandes son las ricas promesas hechas por un gran Dios a los que oran.
Hemos visto las posibilidades de largo alcance de la oración y su absoluta e indiscutible necesidad, y hemos visto también que los pormenores y la elaboración anteriores eran precisos a fin de traer el tema más clara, verdadera y fuertemente ante nuestras mentes. La Iglesia, más que nunca, necesita profundas convicciones de la vasta importancia de la oración para llevar adelante la obra que se le ha encomendado. Ha de hacerse más oración, y mejor oración, si la Iglesia ha de ser capaz de cumplir la difícil, delicada y responsable tarea que le ha dado su Señor y Maestro. La derrota aguarda a una Iglesia que no ora.
El éxito ciertamente sigue a una Iglesia entregada a mucha oración. El elemento sobrenatural en la Iglesia, sin el cual ha de fracasar, viene solo por la oración. Más tiempo, en esta época atareada y bulliciosa, ha de dar a la oración una Iglesia llamada por Dios. Más pensamiento ha de darse a la oración en esta época irreflexiva y frívola de religión superficial. Más corazón y más alma ha de haber en el orar que se hace, si la Iglesia ha de salir en la fuerza de su Señor y realizar las maravillas que son su herencia por promesa divina.
“Oh Espíritu del Dios viviente, en toda tu plenitud de gracia, doquiera el pie del hombre haya hollado, desciende sobre nuestra raza apóstata.
“Da lenguas de fuego y corazones de amor, para predicar la palabra reconciliadora, da poder y unción de lo alto, doquiera el gozoso sonido sea oído.” Sería oportuno dar uno o dos ejemplos de la vida del Rev. John Wesley, que muestran algunas notables manifestaciones de poder espiritual. Muchas veces se relata que este notable hombre reunía a su compañía, y oraba toda la noche, o hasta que el poderoso poder de Dios venía sobre ellos. Fue en un servicio de Vigilia, en Fetter Lane, el 31 de diciembre de 1738, cuando Carlos y Juan Wesley, con Whitefield, velaron hasta pasada la medianoche cantando y orando. Este es el relato:
“Hacia las tres de la mañana, mientras perseverábamos instantes en la oración, el poder de Dios vino poderosamente sobre nosotros, de modo que muchos clamaron de sobreabundante gozo, y muchos cayeron a tierra. Tan pronto como nos hubimos recobrado un poco de aquel temor y asombro ante la presencia de su Majestad, prorrumpimos a una voz: ‘¡A ti, oh Dios, te alabamos! ¡A ti, Señor, te reconocemos!’”
En otra ocasión, el señor Wesley nos da este relato:
“Después de la medianoche, unos cien de nosotros caminamos juntos a casa, cantando, regocijándonos y alabando a Dios.”
A menudo hace este piadoso hombre un registro por este tenor: “Continuamos ministrando la Palabra y en oración y alabanza hasta la mañana.”
Se dice que una de sus luchas de toda la noche en oración, a solas con Dios, afectó grandemente a un sacerdote católico, quien fue en verdad despertado por lo sucedido a la conciencia de su condición espiritual.
Tan a menudo como Dios manifestó su poder en tiempos bíblicos obrando maravillas por medio de la oración, no se ha dejado sin testimonio en los tiempos modernos. La oración trae hoy el Espíritu Santo sobre los hombres en respuesta a la oración importuna y continua, tal como lo hacía antes de Pentecostés. Las maravillas de la oración no han cesado.