Las posibilidades de la oración ·Milagros de oración

Capítulo 13 · 17 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Milagros de oración

George Benfield, maquinista del Ferrocarril de Midland, que vivía en Derby, estaba de pie sobre la plataforma engrasando su locomotora, hallándose el tren detenido, cuando su pie resbaló y cayó al espacio entre las vías. Oyó venir el expreso, y apenas tuvo tiempo de tenderse cuan largo era en el hueco de los seis pies cuando aquel pasó velozmente, y salió ileso. Volvió a su casa en medio de la noche, y al subir la escalera oyó a una de sus hijas, una niña de unos ocho años, que lloraba y sollozaba. “Oh, padre —dijo ella—, me pareció que alguien vino y me dijo que ibas a morir, y me levanté de la cama y oré para que Dios no te dejara morir.” ¿Fue solo un sueño, una coincidencia? George Benfield y otros creyeron que él debía su vida a aquella oración. — Deán Hole

La carrera terrenal de nuestro Señor Jesucristo no fue un mero episodio, una especie de interludio en su vida eterna. Lo que Él fue y lo que hizo en la tierra no fue ni anómalo ni divergente, sino característico. Lo que Él fue y lo que hizo en la tierra no es sino la figura y la ilustración de lo que Él es y de lo que está haciendo en el cielo. Él es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.” Esta declaración es el compendio divino de la unidad eterna e inmutabilidad de su carácter. Su vida terrenal se compuso en gran parte de oír y contestar la oración. Su vida celestial está consagrada al mismo negocio divino. En realidad, el Antiguo Testamento es el relato de un Dios que oye y contesta la oración. Toda la Biblia trata en gran medida de este asunto tan importante. Los milagros de Cristo son lecciones objetivas. Son cuadros vivos. Nos hablan. Tienen manos que se apoderan de nosotros. Muchas valiosas lecciones nos enseñan estos milagros. En su diversidad, nos reconfortan. Nos muestran el poder incomparable de Jesucristo, y a la vez nos descubren su maravillosa compasión por la humanidad que sufre. Estos milagros nos revelan su capacidad de diversificar sin fin sus operaciones. El método de Dios al obrar con el hombre no es el mismo en todos los casos. Él no administra su gracia en surcos rígidos. Hay variedad sin fin en sus movimientos. Hay maravillosa diversidad en sus operaciones. Él no forma sus creaciones en el mismo molde. Justamente así, nuestro Señor no está circunscrito en su obrar ni trabado por modelos. Obra con independencia. Es su propio arquitecto. Provee sus propios patrones, que tienen ilimitada variedad.

Cuando consideramos los milagros de nuestro Señor, descubrimos que buen número de ellos fueron realizados incondicionalmente. Al menos no había condiciones que los acompañaran, hasta donde el registro divino muestra. Por iniciativa propia, sin que se le solicitara hacerlo, a fin de glorificar a Dios y de manifestar su propia gloria y poder, se obró esta clase de milagros. Muchas de sus obras poderosas se realizaron al mover de su compasión y al llamado del sufrimiento y de la necesidad, así como al llamado de su poder. Pero buen número de ellos los realizó Él en respuesta a la oración. Algunos se obraron en respuesta a las oraciones personales de los que estaban afligidos. Otros se realizaron en respuesta a las oraciones de los amigos de los afligidos. Aquellos milagros obrados en respuesta a la oración son muy instructivos en cuanto a los usos de la oración.

En estos milagros condicionales, la fe ocupa la primacía y la oración es la lugarteniente de la fe. Tenemos una ilustración de la importancia de la fe como condición sobre la cual se fundaba el ejercicio del poder de Cristo, o como el cauce por el cual fluía, en el episodio de una visita que hizo a Nazaret con sus resultados, o más bien con su falta de resultados. He aquí el registro del caso:

“Y no pudo hacer allí ninguna obra poderosa, salvo que sanó unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las manos.

“Y estaba maravillado de la incredulidad de ellos.” Aquellas gentes de Nazaret pudieron haber rogado a nuestro Señor que resucitara a sus muertos, o abriera los ojos de los ciegos, o sanara a los leprosos, pero todo fue en vano. La ausencia de fe, por mucho que se manifieste el empeño, refrena el ejercicio del poder de Dios, paraliza el brazo de Cristo, y torna en muerte toda señal de vida. La incredulidad es la única cosa que estorba seriamente al Dios Todopoderoso en el hacer obras poderosas. El registro de Mateo sobre esta visita a Nazaret dice: “Y no hizo allí muchas obras poderosas, a causa de la incredulidad de ellos.” La falta de fe ata las manos del Dios Todopoderoso en su obrar entre los hijos de los hombres. La oración a Cristo ha de estar siempre fundada, respaldada e impregnada de fe.

El milagro de los milagros en la carrera terrenal de nuestro Señor, la resurrección de Lázaro de entre los muertos, fue notable por el acompañamiento de la oración. Fue en verdad una prueba de oración, algo semejante a la contienda entre los profetas de Baal y Elías. No fue una oración pidiendo ayuda. Fue una de acción de gracias y de segura confianza. Leámosla:

“Y Jesús, alzando los ojos, dijo: Padre, gracias te doy que me has oído.

“Y yo sabía que siempre me oyes; mas por causa de la gente que está alrededor lo dije, para que crean que tú me has enviado.”

Fue una oración principalmente para beneficio de los que estaban presentes, a fin de que supieran que Dios estaba con Él porque había contestado sus oraciones, y para que la fe en Dios irradiara en sus corazones.

Las oraciones contestadas son a veces las fuerzas más convincentes y creadoras de fe. Las oraciones no contestadas enfrían el ambiente y hielan el suelo de la fe. Si los cristianos supieran orar de modo que obtuvieran respuestas a sus oraciones —respuestas evidentes, inmediatas y demostrativas de parte de Dios—, la fe se difundiría más ampliamente, se haría más general, sería más profunda, y sería una fuerza mucho más poderosa en el mundo.

¡Qué valiosa lección de fe y de oración de intercesión nos trae el milagro de la curación del criado del centurión! La sencillez y la fortaleza de la fe de este oficial romano son notables, pues creyó que no era necesario que nuestro Señor fuera directamente a su casa para que su petición fuese concedida: “Mas solamente di la palabra, y mi criado sanará.” Y nuestro Señor pone su sello sobre la fe de este hombre al decir: “De cierto os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.” La oración de este hombre fue la expresión de su fe fuerte, y tal fe trajo la respuesta prontamente.

La misma lección inapreciable obtenemos del milagro de oración del caso de la mujer sirofenicia, que acudió a nuestro Señor en favor de su hija enferma, haciendo suyo el caso de su hija al suplicar: “Señor, socórreme.” Aquí hubo importunidad, un no soltar, un instar en su causa, un rehusar dejarlo o ser rechazada. Fue un caso fuerte de oración de intercesión y de sus beneficios. Nuestro Señor, al parecer, la mantuvo a distancia por un tiempo, pero al fin cedió, y puso su sello sobre su fe fuerte: “¡Oh mujer, grande es tu fe! Sea hecho contigo como quieres.” ¡Qué lección sobre el orar por otros y sus grandes beneficios!

Podrían nombrarse casos individuales en que los afligidos intercedieron por sí mismos, ilustraciones de cosas maravillosas obradas por nuestro Señor en respuesta a los clamores de los que estaban afligidos. Al leer el registro de los Evangelistas, las páginas relumbran con los relatos de los milagros de nuestro Señor obrados en respuesta a la oración, mostrando las cosas maravillosas realizadas por el uso de este medio de gracia divinamente señalado.

Si nos volvemos a los tiempos del Antiguo Testamento, no nos faltan ejemplos de milagros de oración. Los santos de aquellos días conocían bien el poder de la oración para mover a Dios a hacer grandes cosas. Las leyes naturales no se interponían en el camino del Dios Todopoderoso cuando sus orantes recurrían a Él. ¡Qué maravilloso es el registro de Moisés al ser visitadas aquellas plagas sucesivas sobre Egipto en el empeño de hacer que Faraón dejara ir a los hijos de Israel para que sirvieran a Dios! Al venir una tras otra de estas plagas, Faraón suplicaba a Moisés: “Orad a Jehová vuestro Dios que quite de mí esta muerte.” Y así como las plagas mismas eran milagros, la oración las quitaba con la misma prontitud con que eran enviadas por el Dios Todopoderoso. La misma mano que envió estos agentes destructores sobre Egipto fue movida por las oraciones de su siervo Moisés a quitar esas mismas plagas. Y la remoción de las plagas en respuesta a la oración fue una manifestación del poder divino tan notable como lo fue el envío de las plagas en primer término. La remoción en respuesta a la oración haría tanto para mostrar el ser de Dios y su poder como las plagas mismas. Eran milagros de oración.

Por toda la línea de los días del Antiguo Testamento vemos estos milagros de oración. Los siervos orantes de Dios no tenían la menor duda de que la oración obraría resultados maravillosos y traería lo sobrenatural a los asuntos de la tierra. Los milagros y la oración iban de la mano. Eran compañeros. El uno era la causa, el otro el efecto. El uno traía al otro a la existencia. El milagro era la prueba de que Dios oía y contestaba la oración. El milagro era la demostración divina de que Dios, que estaba en el cielo, intervenía en los asuntos de la tierra, se interponía para ayudar a los hombres, y obraba sobrenaturalmente si era menester para llevar a cabo sus propósitos en respuesta a la oración.

Pasando a los días de la Iglesia primitiva, hallamos el mismo registro divino de milagros de oración. La triste noticia llegó a Pedro de que Dorcas había muerto y se le requería en Jope. Prontamente se encaminó a aquel lugar. Pedro hizo salir a todos del aposento, y luego se puso de rodillas y oró, y con fe dijo: “Tabita, levántate”; y ella abrió los ojos y se incorporó. La labor de rodillas de parte de Pedro hizo la obra. La oración trajo las cosas a suceso y salvó a Dorcas para más obra en la tierra.

Pablo iba en aquel notable viaje a Roma bajo custodia, y había naufragado en una isla. El hombre principal de la isla era Publio, y su anciano padre estaba gravemente enfermo de disentería sangrienta. Pablo puso sus manos sobre el anciano y oró por él, y Dios acudió al rescate y sanó al enfermo. La oración trajo a suceso lo deseado. Dios interfirió con las leyes de la naturaleza, suspendiéndolas o dejándolas de lado por un tiempo, y contestó la oración de este siervo suyo orante. Y la respuesta a la oración en medio de aquellas gentes paganas los convenció de que un poder sobrenatural estaba obrando entre ellos. En efecto, tan cierto fue esto que parecían pensar que un ser sobrenatural había venido entre ellos.

Pedro fue puesto en prisión por Herodes después que este hubo matado a Jacobo a espada. La joven Iglesia se sintió muy afligida, pero ni perdió el ánimo ni se entregó a inútil inquietud y congoja. Habían aprendido ya antes de esto de dónde venía su socorro. Habían sido instruidos en la lección de la oración. Dios había intervenido antes en favor de sus siervos, y se había interpuesto cuando su causa estaba en juego. “La Iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él.” Un ángel en veloces alas viene al rescate, y de manera maravillosa y sobrenatural libera a Pedro y deja las puertas de la prisión cerradas con llave. Cerrojos y puertas de prisión y un rey enemigo no pueden interponerse en el camino del Dios Todopoderoso cuando su pueblo clama a Él en oración. Si es menester, se obrarán milagros en su favor para cumplir sus promesas y llevar adelante sus planes. Según este orden ilustra, amplía y confirma la Palabra de Dios las posibilidades de la oración por lo que podría llamarse “milagros de oración.”

¡Con qué prontitud a nuestros aprietos siguen nuestros desahogos! Dios obró una obra maravillosa por medio de Sansón, capacitándolo con un tosco instrumento, la quijada de un asno, para matar a mil hombres, dándole una gran liberación. Poco después estaba anormalmente sediento, y no podía conseguir agua alguna. Parecía que iba a perecer de sed. Dios lo había salvado de manos de los filisteos. ¿No podría igualmente salvarlo de la sed? Entonces Sansón clamó a Jehová, y “abrió Dios un hueco que había en la quijada, y salieron de allí aguas; y bebió, y volvió su espíritu, y revivió.” Dios podía sacar agua de la quijada tan bien como podía dar por ella la victoria a Sansón. Dios podía cambiar aquello que había sido portador de muerte para sus enemigos y hacerlo dador de vida para su siervo. Dios puede y quiere obrar un milagro en respuesta a la oración para librar a sus amigos, más pronto que obrar uno para destruir a sus enemigos. Sin embargo, hace ambas cosas en respuesta a la oración.

Todas las fuerzas naturales están bajo el dominio de Dios. Él no creó el mundo y lo puso bajo ley, para luego retirarse de él, dejándolo labrar su propio destino sin consideración por el bienestar de sus criaturas inteligentes. Las leyes naturales son sencillamente las leyes de Dios, por las cuales Él gobierna y regula todas las cosas en la naturaleza. La naturaleza no es sino la sierva de Dios. Dios está por encima de la naturaleza; Dios no es esclavo de la naturaleza. Siendo esto verdad, Dios puede y quiere suspender el obrar de las leyes de la naturaleza, puede mantenerlas en suspenso con su mano todopoderosa, puede por un tiempo dejarlas de lado, para cumplir sus propósitos más altos en la redención. No es violación alguna de las leyes de la naturaleza cuando, en respuesta a la oración, Aquel que está por encima de la naturaleza hace de la naturaleza su sierva, y hace que la naturaleza lleve a cabo sus planes y propósitos.

Esta es la explicación de aquel maravilloso milagro de oración de los tiempos del Antiguo Testamento, cuando Josué, en la fuerza y el poder del Señor Dios, mandó al sol y a la luna que se detuvieran a fin de dar tiempo para completar la victoria sobre los enemigos de Israel. ¿Por qué habría de tenerse por cosa increíble que el Dios de la naturaleza y de la gracia interfiriera con sus propias leyes naturales por breve tiempo en respuesta a la oración, y por el bien de su causa? ¿Está Dios atado de pies y manos? ¿Se ha circunscrito de tal modo que no pueda poner en obra la ley de la oración? ¿Es la ley de la naturaleza superior a la ley de la oración? De ningún modo. Él es el Dios de la oración así como es el Dios de la naturaleza. Tanto la oración como la naturaleza tienen a Dios por su Hacedor, su Gobernador y su Ejecutor.

Y la oración es sierva de Dios, así como la naturaleza es su sierva.

La fuerza de la oración en el gobierno de Dios es tan fuerte como cualquier otra fuerza, y todas las fuerzas naturales y demás han de ceder ante la fuerza de la oración. El sol, la luna y las estrellas están bajo el dominio de Dios en respuesta a la oración. La lluvia, el sol y la sequía obedecen a su voluntad. “El fuego y el granizo, la nieve y el vapor, el viento de tempestad que ejecuta su palabra.” La enfermedad y la salud están gobernadas por Él. Todas, todas las cosas en el cielo y en la tierra, están absolutamente bajo el dominio de Aquel que hizo el cielo y la tierra, y que gobierna todas las cosas conforme a su propia voluntad.

La oración todavía obra milagros entre los hombres y trae a suceso grandes cosas. Es tan cierto ahora como cuando Santiago escribió su Epístola: “La oración eficaz del justo, obrando, puede mucho.” Y cuando los registros de la eternidad sean leídos a un mundo reunido, entonces se verá cuánto ha obrado la oración en este mundo. Poco se ve ahora de los frutos de la oración comparado con todo lo que ha realizado y está realizando. En el día del juicio, entonces revelará Dios las cosas que fueron traídas a suceso en este mundo por medio de las oraciones de los santos. Muchos sucesos que ahora se dan por sentados se verá entonces que ocurrieron a causa de los orantes del Señor.

La obra de George Müller en Bristol, Inglaterra, fue un milagro del siglo diecinueve. Se requerirá la apertura de los libros en el gran día del juicio para revelar todo lo que él obró por medio de la oración. Su orfanato, en el cual centenares de niños huérfanos de padre y madre eran atendidos, y para cuyo sostén este hombre piadoso nunca pidió a nadie dinero con que pagar sus gastos corrientes, es una maravilla de los tiempos modernos. Su práctica era siempre pedir a Dios justamente lo que se necesitaba, y las respuestas que le llegaban se leen como un registro de tiempos apostólicos. Oraba por todo y confiaba implícitamente en Dios para suplir todas sus necesidades. Y consta en registro que nunca les faltó a él ni a los huérfanos ninguna cosa buena.

De un hombre santo que ha hecho tanto por Cristo y por la humanidad que sufre, se dijo junto a su sepultura acerca de él:

“Oró hasta hacer levantar los muros de un hospital, y los corazones de las enfermeras. Oró hasta hacer nacer estaciones misioneras, y misioneros a la fe. Oró hasta abrir los corazones de los ricos, y el oro desde las tierras más lejanas.”

De Lutero se cita que dijo una vez: “El oficio del cristiano es orar.” Ciertamente, por una gran razón, el oficio del predicador debería ser orar. Mucho tememos que muchos predicadores no sepan nada de este oficio de orar, y por eso nunca prosperan en él. Un severo aprendizaje en el oficio de orar ha de cumplirse para llegar a ser oficial en él. No solo es cierto que hay pocos oficiales trabajando en este oficio de la oración, sino que muchos ni siquiera han sido nunca aprendices del orar. No es de extrañar que tan poco se realice por ellos. Dios y lo sobrenatural quedan fuera de sus programas.

Muchos no entienden este oficio de orar porque nunca lo han aprendido, y por eso no lo ejercen. Muchos milagros deberían obrarse por nuestro orar. ¿Por qué no? ¿Se ha acortado la mano del Señor para no salvar? ¿Se ha agravado su oído para no oír? ¿Ha perdido la oración su poder porque abunda la iniquidad y el amor de muchos se ha enfriado? ¿Ha cambiado Dios de lo que antes era? A todas estas preguntas oponemos una negativa enfática. Dios puede hoy obrar milagros por medio de la oración con la misma facilidad con que los obraba en los días de antaño. “Yo Jehová, no me mudo.” “¿Hay para Dios cosa alguna difícil?”

El que obra milagros por medio de la oración obrará ante todo el milagro principal en sí mismo. ¡Oh, que pudiéramos entender bien y del todo el oficio del cristiano de orar, y ejercer el oficio día tras día, y hacernos así grandes riquezas espirituales!

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Las posibilidades de la oración E. M. Bounds

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