Las posibilidades de la oración ·La oración contestada (continuación)

Capítulo 12 · 11 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración contestada (continuación)

Un joven había sido llamado al campo misionero. No tenía costumbre de predicar, pero sabía una cosa: cómo prevalecer con Dios; y yendo un día a un amigo, le dijo: “No veo cómo Dios pueda usarme en el campo. No tengo ningún talento especial.” Su amigo le respondió: “Hermano mío, Dios quiere en el campo hombres que sepan orar. Hoy hay demasiados predicadores y muy pocos que oren.” Y partió. En su propio cuarto, al despuntar el alba, se oía una voz que lloraba e intercedía por las almas. A lo largo de todo el día, la puerta cerrada y el silencio que reinaba hacían que uno sintiera el deseo de andar quedamente, porque un alma estaba luchando con Dios.

Y sin embargo, a aquella casa acudían en tropel las almas hambrientas, atraídas por algún poder irresistible.

Ah, el misterio quedaba descifrado. En la cámara secreta se intercedía por las almas perdidas y se las reclamaba. El Espíritu Santo sabía exactamente dónde estaban y las encaminaba. — J. Hudson Taylor

Lo ponemos en primer plano. Lo desplegamos en un estandarte que nunca ha de arriarse ni plegarse: que Dios en verdad oye y contesta la oración. Dios siempre ha oído y contestado la oración. Dios oirá y contestará la oración para siempre. Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos, eternamente bendito, eternamente adorable. Amén. Él no cambia. Como siempre ha contestado la oración, así seguirá haciéndolo por siempre.

Contestar la oración es la regla universal de Dios. Es su ley inmutable e irrevocable contestar la oración. Es su promesa invariable, concreta e inviolable contestar la oración. Las pocas negativas a la oración que aparecen en las Escrituras son las excepciones a la regla general, notables y sorprendentes por su escasez, por ser excepción y por su énfasis.

Las posibilidades de la oración, pues, radican en la gran verdad —ilimitada en su amplitud, insondable en su hondura, inagotable en su plenitud— de que Dios contesta toda oración de toda alma sincera que verdaderamente ora.

La Palabra de Dios no dice: “Clama a mí, y así te adiestrarás en el feliz arte de saber cómo ser rechazado. Pide, y aprenderás dulce paciencia no recibiendo nada.” Lejos de ello. Sino que es definida, clara y positiva: “Pedid, y se os dará.”

Entre muchos, tenemos este caso en el Antiguo Testamento:

“Jabes invocó al Dios de Israel, diciendo: ¡Oh si me dieres bendición, y ensancharas mi término, y si tu mano fuere conmigo, y me libraras de mal, que no me dañe!

Y le otorgó Dios prontamente lo que le había pedido.

Ana, angustiada en su alma porque no tenía hijos y deseaba un varón, se llegó a la casa de oración y oró; y este es el testimonio que da de la respuesta directa que recibió: “Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí.”

Las promesas y los propósitos de Dios van derechos al hecho de dar a cambio de pedir. La respuesta a nuestras oraciones es el motivo que constantemente se presenta en las Escrituras para animarnos a orar y para avivarnos en este ejercicio espiritual. Tómense pasajes tan fuertes y claros como estos:

“Clama a mí, y te responderé.”

“Me invocará, y yo le responderé.”

“Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.”

Esta es la ley de la oración de Jesucristo. Él no dice: “Pedid, y se os dará algo.” Ni tampoco dice: “Pedid, y seréis adiestrados en la piedad.” Sino que, cuando pedís, la cosa misma que se pide os será dada. Jesús no dice: “Llamad, y alguna puerta se abrirá.” Sino que la puerta misma a la cual estáis llamando se abrirá. Para hacer esto doblemente seguro, Jesucristo duplica y reitera la promesa de la respuesta: “Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.”

La oración contestada es el manantial del amor, y es el aliciente directo para orar. “Amo a Jehová, porque ha oído mi voz y mis súplicas. Porque ha inclinado a mí su oído, por tanto le invocaré todos mis días.”

La certeza de que el Padre dará queda asegurada por la relación paternal, y por la capacidad y la bondad del Padre. Los padres terrenales, frágiles, débiles y limitados en bondad y capacidad, dan cuando el hijo pide y busca. El corazón del padre responde con la mayor prontitud al clamor por pan. El hambre del hijo conmueve y gana el corazón del padre. Así Dios, nuestro Padre celestial, es tan fácil y poderosamente movido por nuestras oraciones como el padre terrenal. “Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le piden?” “Cuánto más”: tanto más excede la bondad, la ternura y la capacidad de Dios a las del hombre.

Así como el pedir es concreto, así también es concreta la respuesta. El hijo no pide una cosa y recibe otra. No clama por pan y recibe una piedra. No pide un huevo y recibe un escorpión. No pide un pez y recibe una serpiente. Cristo exige un pedir concreto. Él responde al orar concreto con un dar concreto.

Dar la cosa misma por la que se ora, y no otra, es fundamental en la ley de la oración de Cristo. Nunca contestó una oración por la curación de ojos ciegos sanando oídos sordos. La cosa misma por la que se ora es la cosa misma que Él da. Las excepciones a esto confirman esta gran ley de la oración. El que pide pan recibe pan, y no una piedra. Si pide un pez, recibe un pez, y no una serpiente. Ningún clamor es tan suplicante y tan poderoso como el clamor del niño por pan. Los apremios del hambre, el apetito sentido y la necesidad experimentada, todos crean e impulsan el clamor del niño. Nuestras oraciones deben ser tan fervorosas, tan menesterosas y tan hambrientas como el clamor del niño hambriento por pan. Sencillo, sin artificio, directo y concreto debe ser nuestro orar, conforme a la ley de la oración de Cristo y a su enseñanza sobre la paternidad de Dios.

La ilustración y la ejecución de la ley de la oración se hallan en las respuestas concretas dadas a la oración. Getsemaní es la única excepción aparente. La oración de Jesucristo en aquella hora terrible de tinieblas e infierno estaba condicionada por estas palabras: “Si es posible, pase de mí esta copa.” Pero más allá de estas expresiones de nuestro Señor estaba la oración del alma y de la vida de la Víctima divina, dispuesta y doliente: “Empero no como yo quiero, sino como tú.” La oración fue contestada, vino el ángel, se le impartió fuerza, y el manso doliente bebió en silencio la copa amarga. Además de la oración de nuestro Señor en Getsemaní, se registran en las Escrituras dos casos de oración no contestada. El primero fue el de David por la vida de su niño pequeño; mas por buenas razones para el Dios Todopoderoso la petición no fue concedida. El segundo fue el de Pablo por la remoción del aguijón en la carne, que le fue negado. Pero nos vemos obligados a creer que estos han de haber sido notables como excepciones a la regla de Dios, según se ilustra en la historia del profeta, del sacerdote, del apóstol y del santo, tal como se registra en la Palabra divina. Ha de haber habido razones no reveladas que movieron a Dios a apartarse de su regla asentada y fija de contestar la oración dando la cosa concreta por la que se ora.

Nuestro Señor no retuvo a la mujer sirofenicia en la escuela de la oración no contestada a fin de probar y madurar su fe, ni tampoco contestó su oración sanando o salvando a su marido. Ella pide la curación de su hija, y Cristo sanó a la hija. Recibió la cosa misma que pidió al Señor Jesucristo. Fue en la escuela de la oración contestada donde nuestro Señor disciplinó y perfeccionó su fe, y fue dándole una respuesta concreta a su oración. Su oración se centraba en su hija. Oró por una sola cosa: la curación de su niña. Y la respuesta de nuestro Señor se centró asimismo en la hija.

Pisamos con demasiada cautela las grandes y preciosas promesas de Dios, y con demasiada frecuencia las ignoramos por completo. La promesa es el terreno sobre el cual se para la fe al pedir a Dios. Este es el único fundamento de la oración. Limitamos la capacidad de Dios. Medimos la capacidad y la disposición de Dios para contestar la oración por la vara de los hombres. Limitamos al Santo de Israel. ¡Cuán llenas de beneficio y de remedio para la humanidad que sufre son las promesas que nos da Santiago en su Epístola, en el capítulo quinto!

¡Cuán personal e inmediato hacen a Dios en la oración! Son un reto directo a nuestra fe. Alientan grandes expectativas en todas las peticiones que hacemos a Dios. La oración afecta a Dios de manera directa, y tiene su fin y su propósito en afectarle. La oración se apodera de Dios, y le induce a hacer grandes cosas por nosotros, ya personales, ya relativas, ya temporales, ya espirituales, ya terrenales, ya celestiales.

El gran abismo entre las promesas bíblicas a la oración y el rendimiento del orar es casi indeciblemente grande, tanto que es fuente prolífica de incredulidad. Engendra descreimiento en la oración como gran fuerza moral, y hace nacer duda en cuanto a la eficacia misma de la oración. El cristianismo necesita hoy, por encima de todo lo demás, hombres y mujeres que puedan en oración poner a Dios a prueba y comprobar sus promesas. Cuando comience este feliz día para el mundo, será el día más luminoso de la tierra, y será el día en que el cielo amanezca sobre la tierra. Esta es la clase de hombres y mujeres que se necesita en estos tiempos modernos en la Iglesia. No son hombres cultos lo que hace falta para los tiempos. No es más dinero lo que se requiere. No es más maquinaria, más organización, más leyes eclesiásticas, sino hombres y mujeres que sepan orar, que puedan en oración echar mano de Dios y traerle a la tierra, y moverle a tomar poderosamente los asuntos de la tierra y a poner vida y poder en la Iglesia y en toda su maquinaria.

La Iglesia y el mundo tienen gran necesidad de santos que puedan tender un puente sobre este ancho abismo entre la oración que se hace y el escaso número de respuestas recibidas. Se necesitan santos cuya fe sea bastante osada y de suficiente alcance para poner a Dios a prueba. El clamor sale aun ahora del cielo hacia el pueblo de la Iglesia de hoy, como resonó en los días de Malaquías: “Probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos.” Dios está esperando que su pueblo le ponga a prueba en la oración. Se deleita en ser puesto a prueba en cuanto a sus promesas. Es su más alto placer contestar la oración para probar la fidelidad de sus promesas. Nada digno de Dios ni de gran valor para los hombres se realizará hasta que esto se haga.

Nuestro Evangelio pertenece a lo milagroso. Fue proyectado en el plano de lo milagroso. No puede sostenerse sino por lo sobrenatural. Quítese lo sobrenatural de nuestra santa religión, y su vida y su poder desaparecen, y degenera en mero código de moral. Lo milagroso es poder divino. La oración tiene en sí ese mismo poder. La oración trae este poder divino a las filas de los hombres y lo pone a obrar. La oración introduce en los asuntos de la tierra un elemento sobrenatural. Nuestro Evangelio, cuando se presenta con verdad, es el poder de Dios. Nunca estuvo la Iglesia más necesitada de quienes puedan y quieran poner a prueba al Dios Todopoderoso. Nunca necesitó la Iglesia más que ahora de quienes puedan levantar por doquier memoriales del poder sobrenatural de Dios, memoriales de respuestas a la oración, memoriales de promesas cumplidas. Estos harían más por silenciar al enemigo de las almas, al adversario de Dios y al contrario de la Iglesia, que cualquier esquema moderno o plan actual para el éxito del Evangelio. Tales memoriales erigidos por gente de oración dejarían atónitos a los enemigos de Dios, fortalecerían a los santos débiles, y llenarían de triunfante arrobamiento a los santos fuertes.

La fuente más prolífica de incredulidad, y la que más calumnia y estorba el orar, y la que más eficazmente oscurece el ser y la gloria de Dios, es la oración no contestada. Mejor es no orar en absoluto que pasar por una forma muerta que no obtiene respuesta, no trae gloria a Dios y no procura bien alguno al hombre. Nada endurece tanto el corazón, y nada nos ciega tanto a lo invisible y a lo eterno, como esta clase de oración sin oración.

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Las posibilidades de la oración E. M. Bounds

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