Las posibilidades de la oración ·La oración respondida (continuación)

Capítulo 11 · 8 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La oración respondida (continuación)

Obligado, en la hora más oscura, a confesar humildemente que sin la ayuda de Dios estaba indefenso, hice un voto en la soledad de la selva de que confesaría su auxilio delante de los hombres. Un silencio como de muerte me rodeaba; era medianoche, estaba debilitado por la enfermedad, postrado de fatiga y consumido por la ansiedad por mis compañeros blancos y negros, cuya suerte era un misterio. En esta angustia física y mental supliqué a Dios que me devolviera a mi gente. Nueve horas después nos regocijábamos con un gozo arrebatador. A plena vista de todos estaba la bandera carmesí con la media luna, y bajo sus pliegues ondeantes estaba la largamente perdida columna de retaguardia. — Henry M. Stanley

Dios se ha comprometido con nosotros por su Palabra en nuestro orar. La Palabra de Dios es el fundamento, la inspiración y el corazón de la oración. Jesucristo se presenta como la ilustración de la Palabra de Dios, de su bien ilimitado tanto en la promesa como en la realización. Dios no hace nada a medias. Nada da a medias. Podemos tenerlo a Él por entero cuando Él nos tiene a nosotros por entero. Sus palabras de promesa son de tan largo alcance, y tan abarcadoras de todo, que parecen haber embotado nuestra comprensión y haber paralizado nuestro orar. Esto se ve cuando consideramos aquellas grandes palabras, cuando casi agota el lenguaje humano en promesas, como en “cualquier cosa,” “todo,” y en el que todo lo incluye: “todo cuanto,” y “todas las cosas.” Estas promesas tantas veces repetidas, tan grandísimas, parecen aturdirnos, y en lugar de dejar que nos muevan a pedir, a probar y a recibir, nos apartamos llenos de asombro, pero con las manos vacías y con el corazón vacío.

Citamos otro pasaje de la enseñanza de nuestro Señor acerca de la oración. Con la más solemne afirmación, declara así:

“Y en aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo: Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará.

“Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre. Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.”

Dos veces en este pasaje declara la respuesta, y empeñando a su Padre: “Os lo dará,” y declarando con impresionante y muy sugestiva reiteración: “Pedid, y recibiréis.” Tan enérgica y tan repetidamente declaró Jesús la respuesta como incentivo para orar, y como resultado inevitable de la oración, que los apóstoles la tuvieron por tan plena e invenciblemente establecida —que la oración sería respondida— que consideraron su principal deber instar y mandar a los hombres que orasen. Tan firmemente estaban establecidos en cuanto a la verdad de la ley de la oración tal como la formuló nuestro Señor, que fueron llevados a afirmar que la respuesta a la oración estaba incluida en toda oración recta, y necesariamente ligada a ella. Dios el Padre y Jesucristo, su Hijo, están ambos fuertemente comprometidos, por toda la verdad de su palabra y por la fidelidad de su carácter, a responder a la oración.

No solo estas y todas las promesas comprometen al Dios Todopoderoso a responder la oración, sino que nos aseguran que la respuesta será específica, y que se dará la cosa misma por la cual oramos.

La enseñanza invariable de nuestro Señor fue que recibimos aquello que pedimos, y obtenemos aquello que buscamos, y se nos abre aquella puerta a la cual llamamos. Esto es conforme a la indicación que nuestro Padre celestial nos da, y a su darnos cuando pedimos. No nos defraudará dejando de responder, ni nos negará dándonos alguna otra cosa que no hemos pedido, o dejándonos hallar alguna otra cosa que no hemos buscado, o abriéndonos la puerta equivocada, a la cual no llamábamos. Si pedimos pan, Él nos dará pan. Si pedimos un huevo, nos dará un huevo. Si pedimos un pez, nos dará un pez. No algo parecido al pan, sino el pan mismo se nos dará. No algo parecido a un pez, sino un pez se nos dará. No se nos dará mal en respuesta a la oración, sino bien.

Los padres terrenales, aunque malos por naturaleza, dan cuando se les pide, y responden al clamor de sus hijos. El estímulo para la oración se traslada de nuestro padre terrenal a nuestro Padre celestial, del malo al bueno, al supremamente bueno; del débil al omnipotente, nuestro Padre celestial, que reúne en sí mismo las más altas concepciones de la paternidad, más capaz, más presto, y mucho más que el mejor, y mucho más que el más capaz de los padres terrenales. “¿Cuánto más?” ¿Quién puede decirlo? Mucho más que nuestro padre terrenal, Él suplirá todas nuestras necesidades, nos dará todo bien, y nos capacitará para cumplir todo deber difícil y guardar toda ley, por dura que sea para la carne y la sangre, pero hecha fácil bajo la plena provisión de la benéfica e inagotable ayuda de nuestro Padre.

Aquí tenemos, en símbolo y como inicio, más que un indicio de la necesidad, no solo de la perseverancia en la oración, sino de las etapas progresivas de intensidad y esfuerzo en el despliegue de una fuerza espiritual creciente. Pedir, buscar y llamar. He aquí una escala ascendente, desde las meras palabras de pedir, hasta una actitud asentada de buscar, que desemboca en un esfuerzo directo, decidido, clamoroso y vigoroso de orar.

Así como Dios nos ha mandado orar siempre, orar en todo lugar y orar en todo, así responderá Él siempre, en todo lugar y en todo.

Dios se ha comprometido clara y directamente a responder la oración. Si cumplimos las condiciones de la oración, la respuesta ha de venir sin falta. Las leyes de la naturaleza no son tan invariables ni tan inexorables como la prometida respuesta a la oración. Las ordenanzas de la naturaleza podrían fallar, pero las ordenanzas de la gracia jamás pueden fallar. No hay limitaciones, ni condiciones adversas, ni debilidad, ni incapacidad que pueda o vaya a estorbar la respuesta a la oración. El obrar de Dios por nosotros cuando oramos no tiene limitaciones, no está cercado por salvedades en Él mismo, ni en las circunstancias peculiares de ningún caso particular. Si de veras oramos, Dios domina y desafía todas las cosas y está por encima de toda condición.

Dios dice explícitamente: “Clama á mí, y yo te responderé.” No hay limitaciones, ni cercos, ni estorbos que impidan a Dios cumplir la promesa. Su palabra está en juego. Su palabra está comprometida. Dios se compromete solemnemente a responder la oración. El hombre ha de esperar la respuesta, ser inspirado por la expectación de la respuesta, y puede con humilde osadía reclamar la respuesta. Dios, que no puede mentir, está obligado a responder. Voluntariamente se ha puesto bajo la obligación de responder la oración de aquel que ora de veras.

“A Dios toda necesidad vuestra en insistente oración mostrad;

orad siempre; orad, y nunca desmayéis;

orad, sin cesar, orad.

“En comunión, a solas, a Dios con fe acercaos;

llegad a sus atrios, suplicad ante su trono, con todo el poder de la oración.”

Los profetas y los hombres de Dios de los tiempos del Antiguo Testamento eran inconmovibles en su fe en la absoluta certeza de que Dios cumpliría sus promesas para con ellos. Descansaban con seguridad en la palabra de Dios, y no tenían duda alguna ni acerca de la fidelidad de Dios en responder la oración, ni de su disposición o de su capacidad. De modo que su historia está marcada por un repetido pedir y recibir de las manos de Dios.

Lo mismo es cierto de la Iglesia primitiva. Recibieron sin cuestionar la doctrina que su Señor y Maestro había afirmado tantas veces: que la respuesta a la oración era segura. La certeza de la respuesta a la oración era tan fija como verdadera era la Palabra de Dios. La dispensación del Espíritu Santo fue inaugurada por los discípulos al llevar esta fe a la práctica. Cuando Jesús les dijo: “Quedaos en Jerusalén hasta que seáis investidos de poder de lo alto,” lo recibieron como una promesa segura de que, si obedecían el mandato, ciertamente recibirían el poder divino. Así que, en oración durante diez días, permanecieron en el aposento alto, y la promesa se cumplió. La respuesta vino tal como Jesús había dicho.

Así, cuando Pedro y Juan fueron arrestados por haber sanado al hombre que se sentaba a la puerta hermosa del templo, después de ser amenazados por los gobernantes en Jerusalén, fueron puestos en libertad. “Y sueltos, se vinieron a los suyos,” fueron a aquellos con quienes tenían afinidad, los de igual sentir, y no a los hombres del mundo. Creyendo todavía en la oración y en su eficacia, se dieron a la oración, la cual misma queda registrada en Hechos, capítulo cuatro. Expusieron algunas cosas al Señor, y “como hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaron la palabra de Dios con confianza.”

Aquí fueron llenados de nuevo, para esta ocasión especial, del Espíritu Santo. La respuesta a la oración correspondió a su fe y a su oración. La plenitud del Espíritu siempre trae osadía. La cura para el temor ante las amenazas de los enemigos del Señor es ser lleno del Espíritu. Esto da poder para hablar la palabra del Señor con osadía. Esto da valor y ahuyenta el temor.

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Las posibilidades de la oración E. M. Bounds

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