Una explicación sencilla de la perfección cristiana
Secciones 15-21

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Secciones 15-21

15. Alrededor de un año después, a saber, en el año 1742, publicamos otro volumen de himnos. Como la controversia estaba entonces en su punto más alto, hablamos sobre este asunto con más amplitud que nunca antes. En consecuencia, muchísimos de los himnos de este volumen tratan expresamente de este tema. Y lo mismo hace el prefacio, que, por ser breve, no estará de más insertar completo:—

«(1.) Tal vez el prejuicio general contra la perfección cristiana surja principalmente de un concepto equivocado de su naturaleza. Admitimos de buen grado, y declaramos continuamente, que no hay en esta vida tal perfección que implique, ya sea una dispensa de hacer el bien y de asistir a todas las ordenanzas de Dios, ya sea una liberación de la ignorancia, el error, la tentación y mil flaquezas necesariamente unidas a la carne y la sangre.

«(2.) Primero. No solo admitimos, sino que sostenemos con empeño, que no hay en esta vida perfección alguna que implique dispensa de asistir a todas las ordenanzas de Dios, o de hacer el bien a todos los hombres mientras tenemos tiempo, aunque “mayormente a los de la familia de la fe”. Creemos que no solo los niños en Cristo, que acaban de hallar redención en su sangre, sino también los que han “llegado a ser varones perfectos”, están ineludiblemente obligados, cuantas veces tengan oportunidad, a “comer el pan y beber el vino en memoria de él”, y a “escudriñar las Escrituras”; por medio del ayuno, así como de la templanza, a “herir su cuerpo y ponerlo en servidumbre”; y, sobre todo, a derramar su alma en oración, tanto en secreto como en la gran congregación.

«(3.) En segundo lugar, creemos que no hay en esta vida tal perfección que implique una liberación completa, ya sea de la ignorancia o del error en cosas no esenciales para la salvación, ya sea de múltiples tentaciones, o de las innumerables flaquezas con que el cuerpo corruptible oprime más o menos al alma. No hallamos en la Escritura fundamento alguno para suponer que algún habitante de una casa de barro esté del todo exento, ya de flaquezas corporales, ya de ignorancia de muchas cosas; ni para imaginar que alguno sea incapaz de errar o de caer en diversas tentaciones.

«(4.) Pero entonces, ¿a quién se refieren ustedes con “uno que es perfecto”? Nos referimos a aquel en quien está “el sentir que hubo en Cristo”, y que “anda como Cristo anduvo”; un hombre “limpio de manos y puro de corazón”, o que está “limpio de toda inmundicia de carne y de espíritu”; aquel en quien “no hay tropiezo”, y que, en consecuencia, “no hace pecado”. Para declarar esto un poco más en detalle: entendemos por esa expresión de la Escritura, “un varón perfecto”, aquel en quien Dios ha cumplido su fiel palabra: “de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré; también os salvaré de todas vuestras inmundicias”. Entendemos por ello a aquel a quien Dios ha “santificado por completo en cuerpo, alma y espíritu”; aquel que “anda en luz, como él está en luz, en quien no hay tinieblas algunas, habiéndolo limpiado de todo pecado la sangre de Jesucristo su Hijo”.

«(5.) Este hombre puede ahora testificar a toda la humanidad: “Con Cristo estoy juntamente crucificado; y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí”. Es “santo, como aquel que” lo “llamó es santo”, tanto en el corazón como “en toda su manera de vivir”. “Ama al Señor su Dios con todo su corazón”, y lo sirve “con todas sus fuerzas”. “Ama a su prójimo”, a todo hombre, “como a sí mismo”; sí, “como Cristo nos ama”; y en particular a los que “lo ultrajan y lo persiguen, porque no conocen al Hijo ni al Padre”. En verdad su alma es toda amor, llena de “entrañas de misericordia, benignidad, mansedumbre, dulzura, paciencia”. Y su vida concuerda con ello, llena de “la obra de fe, la paciencia de la esperanza, el trabajo de amor”. “Y todo lo que” hace, “sea de palabra o de hecho”, lo “hace todo en el nombre”, en el amor y el poder, “del Señor Jesús”. En una palabra, hace “la voluntad de Dios en la tierra, como se hace en el cielo”.

«(6.) Esto es ser un hombre perfecto: ser “santificado por completo”; aun “tener un corazón tan enteramente encendido en el amor de Dios” (para usar las palabras del arzobispo Usher) “que ofrezca continuamente cada pensamiento, palabra y obra como sacrificio espiritual, aceptable a Dios por medio de Cristo”. En cada pensamiento de nuestro corazón, en cada palabra de nuestra lengua, en cada obra de nuestras manos, “anunciar las alabanzas de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable”. ¡Ojalá que tanto nosotros como todos los que buscan al Señor Jesús con sinceridad seamos así “perfeccionados en unidad”!»

Esta es la doctrina que predicamos desde el principio, y que predicamos hoy. Es cierto que, al considerarla desde todos los ángulos y compararla una y otra vez con la palabra de Dios, por un lado, y con la experiencia de los hijos de Dios, por otro, vimos más hondo en la naturaleza y las propiedades de la perfección cristiana. Pero aun así no hay contradicción alguna entre nuestras primeras y nuestras últimas opiniones. Nuestra primera concepción de ella fue esta: es tener «el sentir que hubo en Cristo» y «andar como él anduvo»; tener todo el sentir que hubo en él, y andar siempre como él anduvo; en otras palabras, estar consagrados a Dios interior y exteriormente; enteramente consagrados en el corazón y en la vida. Y tenemos la misma concepción de ella ahora, sin añadidura ni disminución alguna.

16. Los himnos sobre este tema en este volumen son demasiado numerosos para transcribirlos. Solo citaré una parte de tres:—

Salvador del pecado, espero probar

que Jesús es tu nombre sanador;

perder, al ser perfeccionado en amor,

cuanto tengo, o puedo, o soy;

me apoyo en tu fiel palabra:

«El siervo será como su Señor».

Cumple en mí aquel fin de gracia

por el cual tu preciosa vida fue dada;

redímeme de toda iniquidad,

restáurame y hazme apto para el cielo.

Si no limpias cada mancha mía,

vanos son tu sufrimiento y mi fe.

¿No moriste tú para que yo viviera,

ya no para mí mismo, sino para ti?

¿Para que diera cuerpo, alma y espíritu

a aquel que se dio a sí mismo por mí?

Ven, pues, mi Maestro y mi Dios,

toma la amada compra de tu sangre.

Reclama a tu siervo como tuyo propio,

por amor de tu verdad y tu misericordia;

santifica en mí tu nombre glorioso;

tómame por tuyo en este instante;

y cámbiame y purifícame del todo;

solo tuyo viva yo y muera. (Página 80.)

Escogido del mundo, si ahora estoy en pie,

adornado de justicia divina;

si, traído a la tierra prometida,

con justo derecho llamo mío al Salvador;

derrama el Espíritu santificador

para apagar mi sed y lavarme del todo;

ahora, Salvador, deja que la lluvia de gracia

descienda y me haga puro de pecado.

Límpiame de toda mancha de pecado;

sean desechados todos mis ídolos;

límpiame de todo mal pensamiento,

de toda la inmundicia del yo y del orgullo.

La enemistad de la mente carnal

quita de mi carne de una vez:

dame un corazón tierno, rendido,

y puro, y lleno de fe y de amor.

¡Oh, que ahora, libre del pecado,

pruebe tu palabra hasta lo sumo,

y entre en tu reposo prometido,

la Canaán de tu amor perfecto!

¡Que alcance ahora la cumbre de la perfección!

¡Que ahora me hunda en la nada;

sea menos que nada a mis ojos,

y sienta que Cristo es el todo en todos! (Página 258.)

Señor, yo creo que tu obra de gracia

es perfecta en el alma;

puro es el corazón de quien ve tu rostro,

su espíritu queda sano.

De toda enfermedad, por tu palabra,

de toda inmunda dolencia,

salvo, y devuelto a la salud perfecta,

a la perfecta santidad:

anda en gloriosa libertad,

del todo muerto al pecado:

la Verdad, el Hijo, lo ha hecho libre,

y es verdaderamente libre.

Por toda su alma brillan tus glorias,

su alma está toda renovada,

y adornada de justicia divina,

y vestida y llena de Dios.

Este es el reposo, la vida, la paz,

que todo tu pueblo experimenta;

el amor es el vínculo de la perfección,

y toda su alma es amor.

¡Oh gozoso son de la gracia del evangelio!

Cristo aparecerá en mí;

yo, aun yo, veré su rostro,

¡seré santo aquí!

Él visita ahora la casa de barro,

sacude su futura morada;—

¡oh, si quisieras, Señor, en este día feliz,

venir a tu templo!

Ven, oh Dios mío, revélate,

llena todo este inmenso vacío;

solo tú puedes llenar mi espíritu:

¡ven, oh Dios mío, Dios mío!

¡Cumple, cumple mis grandes deseos,

grandes como el infinito!

¡Dame, dame todo lo que mi alma requiere,

todo, todo lo que hay en ti! (Página 298.)

17. El lunes 25 de junio de 1744 comenzó nuestra Primera Conferencia, estando presentes seis clérigos y todos nuestros predicadores. A la mañana siguiente consideramos seriamente la doctrina de la santificación, o perfección. Las preguntas que se hicieron al respecto, y la sustancia de las respuestas dadas, fueron las siguientes:—

«PREGUNTA. ¿Qué es ser santificado?

«RESPUESTA. Ser renovado a la imagen de Dios, “en justicia y verdadera santidad”.

«P. ¿Qué implica ser un cristiano perfecto?

«R. Amar a Dios con todo nuestro corazón, y mente, y alma. (Deuteronomio 6:5.)

«P. ¿Implica esto que todo pecado interior es quitado?

«R. Sin duda; ¿o cómo se podría decir que somos “salvos de todas “nuestras inmundicias”? (Ezequiel 36:29.)»

Nuestra Segunda Conferencia comenzó el 1 de agosto de 1745. A la mañana siguiente hablamos de la santificación del modo siguiente:—

«P. ¿Cuándo comienza la santificación interior?

«R. En el momento en que un hombre es justificado. (Sin embargo, el pecado permanece en él, sí, la semilla de todo pecado, hasta que es santificado por completo). Desde entonces el creyente muere gradualmente al pecado y crece en la gracia.

«P. ¿Ordinariamente no se da esto hasta poco antes de la muerte?

«R. No se da antes a quienes no lo esperan antes.

«P. Pero ¿podemos esperarlo antes?

«R. ¿Por qué no? Pues, aunque concedemos (1.) que la generalidad de los creyentes que hasta ahora hemos conocido no fueron así santificados sino cerca de la muerte; (2.) que pocos de aquellos a quienes san Pablo escribió sus epístolas lo estaban en aquel tiempo; ni (3.) él mismo en el tiempo en que escribió sus primeras epístolas; con todo, nada de esto prueba que no podamos serlo hoy.

«P. ¿De qué manera debemos predicar la santificación?

«R. Apenas nada a los que no están avanzando con empeño; a los que lo están, siempre a modo de promesa; siempre atrayendo, más que empujando.»

Nuestra Tercera Conferencia comenzó el martes 13 de mayo de 1746.

En ella leímos cuidadosamente las actas de las dos Conferencias anteriores, para observar si algo de lo que contenían debía suprimirse o modificarse tras una consideración más madura. Pero no vimos motivo para alterar en ningún aspecto lo que habíamos acordado antes.

Nuestra Cuarta Conferencia comenzó el martes 16 de junio de 1747. Como estaban presentes varias personas que no creían la doctrina de la perfección, acordamos examinarla desde sus fundamentos.

Con este fin, se preguntó:

«¿Cuánto conceden nuestros hermanos que difieren de nosotros con respecto a la entera santificación?

«R. Conceden: (1.) Que todo hombre debe ser enteramente santificado en el artículo de la muerte. (2.) Que hasta entonces el creyente crece diariamente en la gracia y se acerca más y más a la perfección. (3.) Que debemos estar continuamente avanzando hacia ella, y exhortar a todos los demás a hacerlo.

«P. ¿Qué les concedemos nosotros?

«R. Concedemos: (1.) Que muchos de los que han muerto en la fe, sí, la mayor parte de los que hemos conocido, no fueron perfeccionados en amor sino poco antes de su muerte. (2.) Que san Pablo aplica continuamente el término santificados a todos los que estaban justificados. (3.) Que con este término solo, rara vez, si es que alguna, quiere decir “salvos de todo pecado”. (4.) Que, por consiguiente, no es propio usarlo en ese sentido sin añadir la palabra enteramente, totalmente, u otra semejante. (5.) Que los escritores inspirados hablan casi continuamente de o a los que estaban justificados, pero muy rara vez de o a los que estaban enteramente santificados. [Es decir, a ellos solos, con exclusión de otros; pero les hablan, junto con otros, casi continuamente.] (6.) Que, por consiguiente, nos corresponde hablar casi continuamente del estado de justificación; pero más rara vez [más rara vez, lo admito; pero aun así en algunos lugares con mucha frecuencia, con fuerza y de modo explícito] “al menos en términos plenos y explícitos, de la entera santificación”.

«P. ¿Cuál es, pues, el punto en que nos dividimos?

«R. Es este: ¿Debemos esperar ser salvos de todo pecado antes del artículo de la muerte?

«P. ¿Hay alguna promesa clara de la Escritura sobre esto, de que Dios nos salvará de todo pecado?

«R. La hay: “Él redimirá a Israel de todos sus pecados”. (Salmo 130:8.)

«Esto se expresa con más amplitud en la profecía de Ezequiel: “Entonces esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré; también os salvaré de todas vuestras inmundicias”. (Ezequiel 36:25, 29.)

Ninguna promesa puede ser más clara. Y a ella se refiere claramente el apóstol en aquella exhortación: “Así que, puesto que tenemos estas promesas, limpiémonos de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios”. (2 Corintios 7:1.) Igualmente clara y expresa es aquella antigua promesa: “el Señor tu Dios circuncidará tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma”. (Deuteronomio 30:6)

«P. Pero ¿aparece en el Nuevo Testamento alguna afirmación que corresponda a esto?

«R. Sí, y expresada en los términos más claros. Así, 1 Juan 3:8: “Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”; las obras del diablo, sin limitación ni restricción alguna; pero todo pecado es obra del diablo. Paralela a esta es la afirmación de san Pablo: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha”. (Efesios 5:25-27.)

«Y en el mismo sentido es su afirmación en el capítulo octavo de Romanos, versículos 3 y 4: “Dios envió a su Hijo, para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al espíritu”. [Romanos 8:3, 4]

«P. ¿Ofrece el Nuevo Testamento algún otro fundamento para esperar ser salvos de todo pecado?

«R. Sin duda que sí; tanto en aquellas oraciones como en aquellos mandamientos que equivalen a las afirmaciones más fuertes.

«P. ¿A qué oraciones te refieres?

«R. A las oraciones por la entera santificación, que, si no existiera tal cosa, serían una mera burla de Dios. Tales son, en particular: (1.) “Líbranos del mal”. Ahora bien, cuando esto se cumple, cuando somos librados de todo mal, no puede quedar pecado alguno. (2.) “Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos; para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfeccionados en unidad”. (Juan 17:20-23.) (3.) “Doblo mis rodillas ante el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, para que os conceda que, arraigados y fundados en amor, seáis capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”. (Efesios 3:14 y sigs.) (4.) “El mismo Dios de paz os santifique por completo. Y pido a Dios que todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo”. (1 Tesalonicenses 5:23.)

«P. ¿Qué mandamiento hay en el mismo sentido?

«R. (1.) “Sed vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. (Mateo 5:48.) (2.) “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente”. (Mateo 22:37.) Pero si el amor de Dios llena todo el corazón, no puede haber pecado en él.

«P. Pero ¿cómo se ve que esto ha de cumplirse antes del artículo de la muerte?

«R. (1.) Por la naturaleza misma de un mandamiento, que no se da a los muertos, sino a los vivos. Por tanto, “Amarás a Dios con todo tu corazón” no puede significar: Harás esto cuando mueras; sino: mientras vivas.

«(2.) Por textos expresos de la Escritura: (i.) “La gracia de Dios, que trae salvación, se ha manifestado a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la manifestación gloriosa de nuestro Señor Jesucristo, que se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”. (Tito 2:11-14.) (ii.) “Nos levantó un cuerno de salvación, para hacer misericordia con nuestros padres; el juramento que juró a Abraham nuestro padre, que nos había de conceder que, librados de las manos de nuestros enemigos, le serviríamos sin temor, en santidad y en justicia delante de él, todos los días de nuestra vida”. (Lucas 1:69 y sigs.)

«P. ¿Hay en la Escritura algún ejemplo de personas que hubieran alcanzado esto?

«R. Sí; san Juan, y todos aquellos de quienes dice: “En esto se ha perfeccionado el amor con nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio: pues como Él es, así somos nosotros en este mundo”. (1 Juan 4:17.)

«P. ¿Puedes mostrar ahora un ejemplo así? ¿Dónde está el que es así perfecto?

«R. A algunos que hacen esta pregunta se les podría responder: Si conociera a alguno aquí, no te lo diría, porque no preguntas por amor. Eres como Herodes: solo buscas al niño para matarlo.

«Pero respondemos más directamente: hay muchas razones por las que debería haber pocos ejemplos indiscutibles, si es que hay alguno. ¡Qué inconvenientes acarrearía esto a la persona misma, puesta como blanco al que todos disparan! ¡Y qué poco provecho traería a los que contradicen! “Porque si no oyen a Moisés y a los profetas”, a Cristo y a sus apóstoles, “tampoco se persuadirán aunque alguno se levante de los muertos”.

«P. ¿No tendemos a sentir una secreta aversión hacia quienes dicen que han sido salvados de todo pecado?

«R. Es muy posible que sí, y por varios motivos: en parte por preocupación por el bien de las almas, que pueden ser dañadas si estos no son lo que profesan; en parte por una especie de envidia implícita hacia los que hablan de logros más altos que los nuestros; y en parte por nuestra natural lentitud y torpeza de corazón para creer las obras de Dios.

«P. ¿Por qué no podemos permanecer en el gozo de la fe hasta que seamos perfeccionados en amor?

«R. ¿Por qué no, en verdad? Puesto que la santa tristeza no apaga este gozo; puesto que aun estando bajo la cruz, aun participando profundamente de los sufrimientos de Cristo, podemos alegrarnos con gozo inefable.»

Por estos extractos se ve innegablemente no solo cuál era el juicio mío y de mi hermano, sino cuál era el juicio de todos los predicadores relacionados con nosotros en los años 1744, 45, 46 y 47. Y no recuerdo que en ninguna de estas Conferencias hubiera una sola voz discrepante; antes bien, cualesquiera dudas que alguno tuviera cuando nos reuníamos, todas se disiparon antes de separarnos.

18. En el año 1749, mi hermano imprimió dos volúmenes de «Himnos y poemas sagrados». Como no los vi antes de que se publicaran, había en ellos algunas cosas que no aprobé. Pero aprobé plenamente lo principal de los himnos sobre este tema, de los cuales se añaden a continuación unos pocos versos:—

Ven, Señor, manifiéstate aquí,

y destruye todas las obras del diablo;

aparece ahora en mí, sin pecado,

y lléname de gozo eterno:

muestra tu rostro bienaventurado;

tu presencia es el día perfecto. (Vol. I, p. 203.)

Ven pronto a rescatarme,

toma en este instante lo que es tuyo;

recoge en casa mi espíritu errante,

y guárdalo en perfecta paz.

Sin dejarlo vagar más

por toda la tierra,

detén al prisionero de tu amor,

¡y enciérrame en Dios! (Página 247.)

Libera a tus presos, concédenos tu paz;

y nuestras penas y pecados en un instante cesarán.

¡Que ese instante sea ahora! Acepta nuestra petición,

¡tú, nuestro Redentor y Consolador presente! (Vol. II, p. 124.)

Líbrame de este pecado innato;

que el yugo se rompa ya;

hazme tuyo para siempre.

Partícipe de tu naturaleza perfecta,

sea yo ya en ti

una nueva criatura, sin pecado. (Página 156.)

Conviérteme, Señor, conviérteme ahora,

doblega mi espíritu a tu yugo;

concédeme hallar ahora la perla

de un espíritu manso y apacible.

Calma, oh calma mi pecho turbado;

déjame alcanzar ese segundo reposo:

cesar para siempre de mis obras,

perfeccionado en santidad. (Página 162.)

Ven en esta hora aceptable,

¡trae tu reino celestial!

Llénanos del glorioso poder

que arranca de raíz las semillas del pecado. (Página 168.)

Ven, amado Cordero, por los pecadores inmolado,

trae el torrente que limpia;

aplica, para lavar toda mancha,

tu sangre eficaz.

Oh, que penetre en nuestra alma

tan hondo como el pecado innato:

¡sana todo espíritu herido,

y limpia a todo leproso! (Página 171.)

Presos de esperanza, levantaos,

y ved aparecer a vuestro Señor:

¡Mirad! En alas del amor vuela,

y acerca la redención.

Redención en su sangre

os llama a recibir:

«Venid a mí, al Dios que perdona:

creed», clama, «¡creed!».

Jesús, a ti miramos,

hasta ser salvos de los restos del pecado,

para rechazar el yugo del tirano innato,

y arrojar sus cadenas.

Nuestra naturaleza ya no

tendrá dominio sobre nosotros:

por la fe asimos el poder

que salvará para siempre. (Página 188.)

Jesús, vida nuestra, aparece en nosotros,

que a diario morimos tu muerte:

revélate como el consumador;

¡sopla tu Espíritu vivificador!

Despliega el misterio escondido,

imparte el segundo don;

revela tu ser glorioso en mí,

en todo corazón que espera. (Página 195.)

¡En él tenemos paz, en él tenemos poder!

Guardados por su gracia a lo largo de la hora oscura,

en toda nuestra tentación él nos guarda, para probar

su suprema salvación, su plenitud de amor.

¡Pronuncia la palabra gozosa, y mándanos ser libres!

Ah, ¿no tienes, Señor, una bendición para mí?

La paz que has dado, imparte en este instante,

¡y abre tu cielo, oh Amor, en mi corazón! (Página 324.)

En el año 1752 se publicó una segunda edición de estos himnos, sin ninguna otra alteración que la corrección de unas pocas erratas.

Me he extendido más en estos extractos porque por ellos se ve, más allá de toda posible objeción, que hasta el día de hoy tanto mi hermano como yo hemos sostenido: (1.) Que la perfección cristiana es aquel amor a Dios y al prójimo que implica liberación de todo pecado. (2.) Que se recibe únicamente por la fe. (3.) Que se da instantáneamente, en un momento. (4.) Que hemos de esperarla, no en la muerte, sino en cada momento; que ahora es el tiempo aceptable, ahora es el día de esta salvación.

19. En la Conferencia del año 1759, al percibir cierto peligro de que una diversidad de opiniones se introdujera insensiblemente entre nosotros, volvimos a considerar ampliamente esta doctrina; y poco después publiqué «Reflexiones sobre la perfección cristiana», precedidas del siguiente aviso:—

«El tratado que sigue no pretende en modo alguno satisfacer la curiosidad de nadie. No tiene por objeto probar la doctrina en toda su extensión frente a quienes la rechazan y ridiculizan; no, ni tampoco responder a las numerosas objeciones que contra ella pueden plantear incluso hombres serios. Todo lo que me propongo aquí es simplemente declarar cuál es mi opinión sobre este asunto; qué incluye la perfección cristiana, según mi entendimiento, y qué no incluye; y añadir unas pocas observaciones y orientaciones prácticas relativas al tema.

«Como estas reflexiones se reunieron al principio a modo de preguntas y respuestas, las dejo en la misma forma. Son exactamente las mismas que he sostenido durante más de veinte años.

«PREGUNTA. ¿Qué es la perfección cristiana?

«RESPUESTA. Amar a Dios con todo nuestro corazón, mente, alma y fuerzas. Esto implica que no queda en el alma ninguna disposición mala, ninguna contraria al amor; y que todos los pensamientos, palabras y acciones están gobernados por el amor puro.

«P. ¿Afirmas que esta perfección excluye toda flaqueza, ignorancia y error?

«R. Afirmo continuamente todo lo contrario, y siempre lo he hecho.

«P. Pero ¿cómo puede todo pensamiento, palabra y obra estar gobernado por el amor puro, y el hombre estar sujeto al mismo tiempo a la ignorancia y al error?

«R. No veo aquí contradicción alguna: “Un hombre puede estar lleno de amor puro y aun así estar expuesto al error”. En verdad, no espero verme libre de errores reales hasta que esto mortal se vista de inmortalidad. Creo que esto es una consecuencia natural de que el alma habite en carne y sangre. Pues ahora no podemos pensar en absoluto sino por medio de aquellos órganos corporales que han sufrido igual que el resto de nuestra constitución. Y por eso no podemos evitar pensar a veces equivocadamente, hasta que esto corruptible se haya vestido de incorrupción.

«Pero podemos llevar este pensamiento aún más lejos. Un error de juicio puede ocasionar un error en la práctica. Por ejemplo: el error del señor De Renty acerca de la naturaleza de la mortificación, nacido de los prejuicios de su educación, ocasionó aquel error práctico de llevar un cinturón de hierro. Y puede haber mil casos semejantes, aun en quienes están en el más alto estado de gracia. Sin embargo, cuando toda palabra y acción brota del amor, tal error no es propiamente un pecado. Con todo, no puede soportar el rigor de la justicia de Dios, sino que necesita la sangre expiatoria.

«P. ¿Cuál fue el juicio de todos nuestros hermanos que se reunieron en Bristol en agosto de 1758 sobre este asunto?

«R. Se expresó en estas palabras: (1.) Todo hombre puede errar mientras vive. (2.) Un error de opinión puede ocasionar un error en la práctica. (3.) Todo error semejante es una transgresión de la ley perfecta. Por tanto, (4.) Todo error semejante, si no fuera por la sangre de la expiación, expondría a la condenación eterna. (5.) Se sigue que los más perfectos tienen continua necesidad de los méritos de Cristo, aun por sus transgresiones reales, y pueden decir por sí mismos, así como por sus hermanos: “Perdónanos nuestras ofensas”.

«Esto explica fácilmente lo que de otro modo podría parecer del todo inexplicable; a saber, que quienes no se ofenden cuando hablamos del más alto grado de amor, no quieran, sin embargo, oír hablar de vivir sin pecado. La razón es que saben que todos los hombres están expuestos al error, tanto en la práctica como en el juicio. Pero no saben, o no observan, que esto no es pecado, si el amor es el único principio de la acción.

«P. Pero aun así, si viven sin pecado, ¿no excluye esto la necesidad de un Mediador? Al menos, ¿no es evidente que ya no tienen necesidad de Cristo en su oficio sacerdotal?

«R. Lejos de ello. Nadie siente su necesidad de Cristo como estos; nadie depende tan enteramente de él. Porque Cristo no da vida al alma separada de sí mismo, sino en él y con él. De ahí que sus palabras sean igualmente verdaderas de todos los hombres, en cualquier estado de gracia en que se hallen: “Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Sin” (o separados de) “mí nada podéis hacer”.

«En todo estado necesitamos a Cristo en los siguientes aspectos: (1.) Toda gracia que recibimos es un don gratuito suyo. (2.) La recibimos como algo que él compró, solo en consideración del precio que pagó. (3.) Tenemos esta gracia no solo de Cristo, sino en él. Porque nuestra perfección no es como la de un árbol, que florece por la savia que extrae de su propia raíz, sino, como se dijo antes, como la de un pámpano que, unido a la vid, da fruto; pero, cortado de ella, se seca y se marchita. (4.) Todas nuestras bendiciones, temporales, espirituales y eternas, dependen de su intercesión por nosotros, que es una parte de su oficio sacerdotal, del cual, por tanto, tenemos siempre igual necesidad. (5.) Los mejores hombres aún necesitan a Cristo en su oficio sacerdotal, para expiar sus omisiones, sus deficiencias (como algunos dicen no impropiamente), sus errores de juicio y de práctica, y sus defectos de diversas clases. Porque todas estas son desviaciones de la ley perfecta, y por consiguiente necesitan expiación. Sin embargo, que no son propiamente pecados, creemos que puede verse por las palabras de san Pablo: “El que ama ha cumplido la ley; porque el amor es el cumplimiento de la ley”. (Romanos 13:10.) Ahora bien, los errores, y cualesquiera flaquezas que fluyen necesariamente del estado corruptible del cuerpo, no son en modo alguno contrarios al amor; ni, por tanto, son pecado en el sentido de la Escritura.

«Para explicarme un poco más sobre este punto: (1.) No solo el pecado propiamente dicho (es decir, una transgresión voluntaria de una ley conocida), sino también el pecado impropiamente dicho (es decir, una transgresión involuntaria de una ley divina, conocida o desconocida), necesita la sangre expiatoria. (2.) Creo que no hay en esta vida perfección tal que excluya estas transgresiones involuntarias, que a mi entender son consecuencia natural de la ignorancia y los errores inseparables de la mortalidad. (3.) Por tanto, nunca uso la expresión perfección sin pecado, para no parecer contradecirme. (4.) Creo que una persona llena del amor de Dios sigue expuesta a estas transgresiones involuntarias. (5.) Puedes llamar pecados a tales transgresiones, si quieres; yo no lo hago, por las razones ya mencionadas.

«P. ¿Qué consejo darías a los que las llaman así y a los que no?

«R. Que los que no las llaman pecados nunca piensen que ellos mismos o cualquier otra persona están en un estado tal que puedan presentarse ante la justicia infinita sin un Mediador. Esto revelaría, o la más profunda ignorancia, o la más alta arrogancia y presunción.

«Que los que sí las llaman así se guarden de confundir estos defectos con los pecados propiamente dichos.

«Pero ¿cómo lo evitarán? ¿Cómo se distinguirán unos de otros, si a todos se les llama indistintamente pecados? Mucho me temo que, si admitiéramos que algunos pecados son compatibles con la perfección, pocos limitarían la idea a aquellos defectos de los cuales únicamente podría ser verdadera tal afirmación.

«P. Pero ¿cómo puede la propensión al error ser compatible con el amor perfecto? ¿No está la persona perfeccionada en amor bajo su influencia en cada momento? ¿Y puede algún error brotar del amor puro?

«R. Respondo: (1.) Muchos errores pueden ser compatibles con el amor puro; (2.) Algunos pueden brotar accidentalmente de él: quiero decir que el amor mismo puede inclinarnos al error. El amor puro al prójimo, que brota del amor de Dios, no piensa el mal, todo lo cree y todo lo espera. Ahora bien, esta misma disposición, nada suspicaz, pronta a creer y esperar lo mejor de todos los hombres, puede ocasionar que pensemos que algunos hombres son mejores de lo que realmente son. He aquí, pues, un error manifiesto, que brota accidentalmente del amor puro.

«P. ¿Cómo evitaremos poner la perfección demasiado alta o demasiado baja?

«R. Ateniéndonos a la Biblia, y poniéndola exactamente tan alta como la pone la Escritura. No es nada más alto ni nada más bajo que esto: el amor puro a Dios y al hombre; amar a Dios con todo nuestro corazón y alma, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Es el amor que gobierna el corazón y la vida, y que recorre todas nuestras disposiciones, palabras y acciones.

«P. Suponiendo que alguien hubiera alcanzado esto, ¿le aconsejarías que hablara de ello?

«R. Al principio quizá apenas podría contenerse, tan ardiente sería el fuego dentro de él; su deseo de declarar la misericordia del Señor lo arrastraría como un torrente. Pero después podría hacerlo; y entonces sería aconsejable no hablar de ello a los que no conocen a Dios (lo más probable es que solo los provocara a contradecir y blasfemar); ni a otros sin alguna razón particular, sin algún bien a la vista. Y entonces debería tener especial cuidado de evitar toda apariencia de jactancia; de hablar con la más profunda humildad y reverencia, dando toda la gloria a Dios.

«P. Pero ¿no sería mejor guardar completo silencio, no hablar de ello en absoluto?

«R. Callando, podría evitar muchas cruces que se seguirán natural y necesariamente si declara con sencillez, aun entre creyentes, lo que Dios ha obrado en su alma. Por tanto, si tal persona consultara con carne y sangre, guardaría completo silencio. Pero esto no podría hacerse con buena conciencia, pues sin duda debe hablar. Los hombres no encienden una lámpara para ponerla debajo de un almud; mucho menos lo hace el Dios infinitamente sabio. Él no levanta tal monumento de su poder y amor para esconderlo de toda la humanidad. Más bien, lo destina a ser una bendición general para los sencillos de corazón. Con ello se propone no solo la felicidad de esa persona en particular, sino animar y alentar a otros a seguir en pos de la misma bendición. Su voluntad es “que muchos lo vean” y se alegren, “y confíen en el Señor”. Y nada hay bajo el cielo que avive más los deseos de los que están justificados que conversar con aquellos que, según creen, han experimentado una salvación aún más alta. Esto pone esa salvación de lleno ante sus ojos, y aumenta su hambre y sed de ella; ventaja que se habría perdido del todo si la persona así salvada se hubiera sepultado en el silencio.

«P. Pero ¿no hay manera de prevenir estas cruces que suelen caer sobre los que hablan de haber sido así salvados?

«R. Parece que no pueden prevenirse del todo, mientras quede tanto de la naturaleza aun en los creyentes. Pero algo podría hacerse si el predicador de cada lugar quisiera: (1.) Hablar con franqueza con todos los que hablan así; y (2.) Esforzarse por prevenir el trato injusto o poco amable hacia aquellos en cuyo favor haya prueba razonable.

«P. ¿Qué es prueba razonable? ¿Cómo podemos conocer con certeza a alguien que ha sido salvado de todo pecado?

«R. No podemos conocer infaliblemente a alguien que ha sido así salvado (no, ni siquiera a alguien que ha sido justificado), a menos que a Dios le plazca dotarnos del discernimiento milagroso de espíritus. Pero entendemos que las siguientes serían pruebas suficientes para cualquier hombre razonable, y tales que dejarían poco lugar para dudar de la verdad o de la profundidad de la obra: (1.) Si tuviéramos clara evidencia de su conducta ejemplar durante algún tiempo antes de este supuesto cambio. Esto nos daría razón para creer que no “mentiría por Dios”, sino que no diría ni más ni menos de lo que sentía; (2.) Si diera una relación precisa del tiempo y del modo en que se obró el cambio, con palabra sana e irreprochable; y (3.) Si se viera que todas sus palabras y acciones posteriores eran santas e irreprensibles.

«En resumen, el asunto es este: (1.) Tengo abundantes razones para creer que esta persona no miente; (2.) Testifica delante de Dios: “No siento pecado, sino todo amor; oro, me regocijo y doy gracias sin cesar; y tengo un testimonio interior tan claro de que estoy plenamente renovado como de que estoy justificado”. Ahora bien, si no tengo nada que oponer a este claro testimonio, en buena razón debo creerlo.

«De nada sirve objetar: “Pero yo sé varias cosas en las que está muy equivocado”. Porque se ha admitido que todos los que están en el cuerpo están expuestos al error; y que un error de juicio puede a veces ocasionar un error en la práctica; aunque hay que tener gran cuidado de que no se haga mal uso de esta concesión. Por ejemplo: aun quien ha sido perfeccionado en amor puede equivocarse con respecto a otra persona, y pensar que, en un caso particular, es más o menos culpable de lo que realmente es. Y por eso puede hablarle con más o menos severidad de la que la verdad requiere. Y en este sentido (aunque no sea ese el significado primario de Santiago), “todos ofendemos en muchas cosas”. Esto, por tanto, no prueba en absoluto que la persona que habla así no sea perfecta.

«P. Pero ¿no es una prueba si se sobresalta o se altera por un ruido, una caída o algún peligro repentino?

«R. No lo es; porque uno puede sobresaltarse, temblar, cambiar de color o alterarse de otro modo en el cuerpo, mientras el alma permanece serenamente apoyada en Dios y se mantiene en perfecta paz. Más aún, la mente misma puede estar profundamente angustiada, puede estar muy triste, puede estar perpleja y abatida por la pesadumbre y la angustia, hasta la agonía, mientras el corazón se aferra a Dios con amor perfecto y la voluntad está enteramente rendida a él. ¿No fue así con el Hijo de Dios mismo? ¿Soporta algún hijo de hombre la aflicción, la angustia, la agonía que él sufrió? Y, sin embargo, él no conoció pecado.

«P. Pero ¿puede alguien que tiene un corazón puro preferir un alimento agradable a uno desagradable; o hacer uso de algún placer de los sentidos que no sea estrictamente necesario? Si es así, ¿en qué se diferencian de los demás?

«R. La diferencia entre estos y los demás al tomar alimento agradable es: (1.) No necesitan ninguna de estas cosas para ser felices, pues tienen dentro un manantial de felicidad. Ven a Dios y lo aman. Por eso están siempre gozosos y dan gracias en todo. (2.) Pueden usarlas, pero no las buscan. (3.) Las usan con moderación, y no por amor a la cosa misma. Sentado esto, respondemos directamente: tal persona puede tomar alimento agradable sin el peligro que acompaña a los que no han sido salvados del pecado. Puede preferirlo a otro desagradable, aunque igualmente sano, como medio de aumentar su gratitud, con la mirada puesta solo en Dios, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Según el mismo principio, puede oler una flor, o comer un racimo de uvas, o tomar cualquier otro placer que no disminuya, sino que aumente, su deleite en Dios. Por tanto, tampoco podemos decir que alguien perfeccionado en amor sería incapaz del matrimonio y de los negocios del mundo: si fuera llamado a ello, sería más capaz que nunca, pues podría hacer todas las cosas sin prisa ni afán, sin distracción alguna del espíritu.

«P. Pero si dos cristianos perfectos tuvieran hijos, ¿cómo podrían estos nacer en pecado, puesto que no lo había en los padres?

«R. Es un caso posible, pero no probable; dudo que haya ocurrido o que llegue a ocurrir jamás. Pero, dejando esto a un lado, respondo: el pecado me es transmitido, no por generación inmediata, sino por mi primer padre. “En Adán todos murieron; por la desobediencia de uno, todos los hombres fueron constituidos pecadores”; todos los hombres, sin excepción, que estaban en sus lomos cuando comió del fruto prohibido.

«Tenemos una notable ilustración de esto en la jardinería: los injertos sobre un patrón de manzano silvestre dan un fruto excelente; pero siembra las semillas de ese fruto, ¿y cuál será el resultado? Producen manzanas silvestres tan agrias como las que más.

«P. Pero ¿qué hace el perfecto más que los demás? ¿Más que los creyentes comunes?

«R. Tal vez nada; así puede la providencia de Dios haberlo cercado por las circunstancias exteriores. Tal vez ni siquiera tanto, aunque desea y anhela gastar y ser gastado por Dios; al menos, no exteriormente: ni habla tantas palabras ni hace tantas obras. Como tampoco nuestro Señor mismo habló tantas palabras, ni hizo tantas obras, no, ni tan grandes, como algunos de sus apóstoles. (Juan 14:12.) Pero ¿y qué? Esto no prueba que no tenga más gracia; y por esta mide Dios la obra exterior. Oídlo a él: “De verdad os digo que esta pobre viuda echó más que todos”. De verdad, este pobre hombre, con sus pocas palabras entrecortadas, ha hablado más que todos ellos. De verdad, esta pobre mujer, que ha dado un vaso de agua fría, ha hecho más que todos ellos. ¡Oh, deja de “juzgar según las apariencias”, y aprende a “juzgar con justo juicio”!

«P. Pero ¿no es esto una prueba contra él: que no siento poder alguno ni en sus palabras ni en su oración?

«R. No lo es; porque quizá esa sea culpa tuya. No es probable que sientas poder alguno en ellas si se interpone alguno de estos obstáculos: (1.) Tu propia muerte del alma. Los fariseos, muertos como estaban, no sintieron poder alguno ni siquiera en las palabras de aquel que “habló como jamás hombre alguno ha hablado”. (2.) La culpa de algún pecado no arrepentido que pesa sobre la conciencia. (3.) Prejuicio de cualquier clase contra él. (4.) El no creer que sea alcanzable el estado en que él profesa estar. (5.) La falta de disposición para pensar o reconocer que lo ha alcanzado. (6.) El sobrestimarlo o idolatrarlo. (7.) El sobrestimarte a ti mismo y tu propio juicio. Si se da alguno de estos casos, ¿qué tiene de extraño que no sientas poder en nada de lo que dice? Pero ¿no lo sienten otros? Si lo sienten, tu argumento se viene abajo. Y si no lo sienten, ¿no se interpone también en su camino ninguno de estos obstáculos? Debes estar seguro de esto antes de poder construir sobre ello argumento alguno; y aun entonces tu argumento no probará más que esto: que la gracia y los dones no siempre van juntos.

«“Pero no está a la altura de mi idea de un cristiano perfecto”. Y quizá nadie lo estuvo nunca, ni lo estará. Porque tu idea puede ir más allá, o al menos al margen, de lo que dice la Escritura. Puede incluir más de lo que la Biblia incluye en ella, o, en todo caso, algo que esta no incluye. La perfección de la Escritura es el amor puro que llena el corazón y gobierna todas las palabras y acciones. Si tu idea incluye algo más o algo distinto, no es bíblica; y entonces no es de extrañar que un cristiano perfecto según la Escritura no esté a su altura.

«Temo que muchos tropiezan en esta piedra de tropiezo. Incluyen en su idea de uno que es perfecto tantos ingredientes como les place, no conforme a la Escritura, sino conforme a su propia imaginación; y luego niegan sin más que sea tal cualquiera que no responda a esa idea imaginaria.

«Tanto más cuidado debemos tener de mantener continuamente ante nuestros ojos la descripción sencilla de la Escritura. El amor puro reinando solo en el corazón y en la vida: esto es todo lo que es la perfección según la Escritura.

«P. ¿Cuándo puede una persona juzgar que ha alcanzado esto?

«R. Cuando, después de haber sido plenamente convencida del pecado innato, con una convicción mucho más profunda y clara que la que experimentó antes de la justificación, y después de haber experimentado una mortificación gradual de él, experimenta una muerte total al pecado y una entera renovación en el amor y la imagen de Dios, de modo que está siempre gozosa, ora sin cesar y da gracias en todo. No que “sentir todo amor y ningún pecado” sea prueba suficiente. Varios han experimentado esto durante un tiempo antes de que sus almas fueran plenamente renovadas. Por tanto, nadie debe creer que la obra está hecha hasta que se añada el testimonio del Espíritu, que da testimonio de su entera santificación tan claramente como de su justificación.

«P. Pero ¿de dónde viene que algunos se imaginen que están así santificados, cuando en realidad no lo están?

«R. Viene de esto: no juzgan por todas las señales anteriores, sino o bien por una parte de ellas, o bien por otras que son ambiguas. Pero no conozco ningún caso de una persona que haya atendido a todas ellas y que, sin embargo, se haya engañado en este asunto. Creo que no puede haber ninguno en el mundo. Si un hombre, después de la justificación, está profunda y plenamente convencido del pecado innato; si luego experimenta una mortificación gradual del pecado, y después una entera renovación a la imagen de Dios; si a este cambio, inmensamente mayor que el que se obró cuando fue justificado, se añade un testimonio claro y directo de la renovación, juzgo tan imposible que este hombre se engañe en ello como que Dios mienta. Y si alguien a quien sé hombre veraz me testifica estas cosas, no debo rechazar su testimonio sin alguna razón suficiente.

«P. ¿Es esta muerte al pecado y renovación en el amor gradual o instantánea?

«R. Un hombre puede estar muriendo durante algún tiempo; sin embargo, no muere, propiamente hablando, hasta el instante en que el alma se separa del cuerpo; y en ese instante vive la vida de la eternidad. De igual manera, puede estar muriendo al pecado durante algún tiempo; sin embargo, no está muerto al pecado hasta que el pecado es separado de su alma; y en ese instante vive la vida plena del amor. Y así como el cambio que se experimenta cuando muere el cuerpo es de una clase distinta, e infinitamente mayor que cualquiera que hubiéramos conocido antes, sí, tal que hasta entonces es imposible concebirlo, así también el cambio que se obra cuando el alma muere al pecado es de una clase distinta, e infinitamente mayor que cualquiera anterior, y que cualquiera que uno pueda concebir hasta que lo experimenta. Con todo, sigue creciendo en la gracia, en el conocimiento de Cristo, en el amor y la imagen de Dios; y lo hará, no solo hasta la muerte, sino por toda la eternidad.

«P. ¿Cómo hemos de esperar este cambio?

«R. No con descuidada indiferencia, ni con indolente inactividad, sino con una obediencia vigorosa y universal, guardando con celo todos los mandamientos, con vigilancia y esfuerzo, negándonos a nosotros mismos y tomando nuestra cruz cada día; así como con ferviente oración y ayuno, y una asidua asistencia a todas las ordenanzas de Dios. Y si alguno sueña con alcanzarlo de cualquier otro modo (sí, o con conservarlo una vez alcanzado, cuando lo ha recibido aun en la mayor medida), engaña a su propia alma. Es cierto que lo recibimos por la simple fe; pero Dios no da, ni dará, esa fe, a menos que la busquemos con toda diligencia, por el camino que él ha ordenado.

«Esta consideración puede satisfacer a quienes preguntan por qué tan pocos han recibido la bendición. Pregunta cuántos la están buscando de este modo, y tendrás una respuesta suficiente.

«Sobre todo falta la oración. ¿Quién persevera en ella? ¿Quién lucha con Dios por esta misma cosa? Así, “no tenéis, porque no pedís; o porque pedís mal”, a saber, que seas renovado antes de morir. ¡Antes de morir! ¿Te contentará eso? No, sino pide que se haga ahora; hoy, mientras se dice: Hoy. No llames a esto “fijarle a Dios un plazo”. Ciertamente, hoy es su tiempo tanto como mañana. ¡Date prisa, hombre, date prisa! Que

tu alma prorrumpa en fuerte deseo

de probar la dicha perfecta;

¡que tu corazón anhelante arda todo

por disolverse en amor!

«P. Pero ¿no podemos permanecer en paz y gozo hasta que seamos perfeccionados en amor?

«R. Ciertamente podemos; porque el reino de Dios no está dividido contra sí mismo; por tanto, no se desanimen los creyentes de “gozarse en el Señor siempre”. Y, sin embargo, podemos sentir un dolor sensible por la naturaleza pecaminosa que aún queda en nosotros. Es bueno para nosotros tener un sentido penetrante de ella, y un deseo vehemente de ser librados de ella. Pero esto solo debe incitarnos a acudir con más celo, en cada momento, a nuestro fuerte Ayudador, a “proseguir al blanco, al premio de nuestra soberana vocación en Cristo Jesús” con más ahínco. Y cuando más abunde el sentido de nuestro pecado, mucho más debe abundar el sentido de su amor.

«P. ¿Cómo debemos tratar a los que creen haber alcanzado esto?

«R. Examinarlos con franqueza, y exhortarlos a orar fervientemente para que Dios les muestre todo lo que hay en su corazón. Las exhortaciones más fervientes a abundar en toda gracia, y las advertencias más fuertes para evitar todo mal, se dan en todo el Nuevo Testamento a los que están en el más alto estado de gracia. Pero esto debe hacerse con la mayor ternura, y sin aspereza, severidad ni acritud alguna. Debemos evitar cuidadosamente la menor apariencia de ira, falta de bondad o desprecio. Dejemos a Satanás que tiente así, y a sus hijos que clamen: “Examinémoslo con ultrajes y tormentos, para conocer su mansedumbre y probar su paciencia”. Si son fieles a la gracia recibida, no corren peligro alguno de perecer por ello; no, aunque permanezcan en ese error hasta que su espíritu vuelva a Dios.

«P. Pero ¿qué daño puede hacer tratarlos con dureza?

«R. O están equivocados, o no lo están. Si lo están, puede destruir sus almas. Esto no es nada imposible, no, ni improbable. Puede enfurecerlos o desanimarlos de tal modo que se hundan y no se levanten más. Si no están equivocados, puede contristar a aquellos a quienes Dios no ha contristado, y hacer mucho daño a nuestras propias almas. Porque sin duda el que los toca, toca, por así decirlo, la niña del ojo de Dios. Si de verdad están llenos de su Espíritu, comportarse con ellos sin bondad o con desprecio es hacer no poca afrenta al Espíritu de gracia. Además, con ello alimentamos y aumentamos en nosotros mismos las malas sospechas y muchas disposiciones torcidas. Por citar solo una: ¡qué suficiencia es esta, erigirnos en inquisidores generales, en jueces perentorios de estas cosas profundas de Dios! ¿Estamos capacitados para el cargo? ¿Podemos dictaminar, en todos los casos, hasta dónde llega la flaqueza? ¿Qué puede atribuirse a ella y qué no? ¿Qué puede ser compatible, en todas las circunstancias, con el amor perfecto, y qué no? ¿Podemos determinar con precisión cómo influirá en la mirada, el gesto, el tono de voz? Si podemos, sin duda nosotros somos “los hombres, y con nosotros morirá la sabiduría”.

«P. Pero si se disgustan porque no les creemos, ¿no es esto una prueba plena contra ellos?

«R. Según sea ese disgusto: si se enojan, es una prueba contra ellos; si se entristecen, no lo es. Deben entristecerse si no creemos una verdadera obra de Dios, y con ello nos privamos del provecho que podríamos haber recibido de ella. Y fácilmente podemos confundir esta tristeza con ira, pues las expresiones externas de ambas se parecen mucho.

«P. Pero ¿no está bien descubrir a los que se imaginan haber alcanzado esto cuando no lo han alcanzado?

«R. Está bien hacerlo mediante un examen suave y amoroso. Pero no está bien triunfar aun sobre estos. Es sumamente malo, si hallamos un caso así, alegrarnos como quien halla grandes despojos. ¿No deberíamos más bien entristecernos, preocuparnos profundamente, dejar que nuestros ojos se deshagan en lágrimas? He aquí uno que parecía ser una prueba viviente del poder de Dios para salvar perpetuamente; pero, ¡ay!, no es como esperábamos. ¡Ha sido pesado en balanza y hallado falto! ¿Y es esto motivo de gozo? ¿No deberíamos alegrarnos mil veces más si no podemos hallar sino amor puro?

«“Pero está engañado”. ¿Y qué? Es un error inofensivo, mientras no sienta en su corazón sino amor. Es un error que generalmente indica gran gracia, un alto grado tanto de santidad como de felicidad. Esto debería ser motivo de verdadero gozo para todos los sencillos de corazón; no el error en sí, sino la altura de gracia que por un tiempo lo ocasiona. Me alegro de que esta alma esté siempre feliz en Cristo, siempre llena de oración y acción de gracias. Me alegro de que no sienta ninguna disposición impía, sino continuamente el amor puro de Dios. Y me alegraré si el pecado queda en suspenso hasta que sea totalmente destruido.

«P. ¿No hay, pues, peligro alguno en que un hombre se engañe así?

«R. No en el tiempo en que no siente pecado. Lo hubo antes, y lo habrá de nuevo cuando entre en nuevas pruebas. Pero mientras no sienta nada sino amor que anime todos sus pensamientos, palabras y acciones, no corre peligro alguno; no solo es feliz, sino que está seguro “bajo la sombra del Omnipotente”; y, por amor de Dios, que permanezca en ese amor tanto tiempo como pueda. Entretanto, harás bien en advertirle del peligro que habrá si su amor se enfría y el pecado revive: el peligro de desechar la esperanza y suponer que, porque aún no lo ha alcanzado, nunca lo alcanzará.

«P. Pero ¿y si nadie lo ha alcanzado todavía? ¿Y si todos los que así lo creen están engañados?

«R. Convénceme de esto, y no lo predicaré más. Pero entiéndeme bien: no edifico ninguna doctrina sobre esta o aquella persona. Este o cualquier otro hombre puede estar engañado, y eso no me conmueve. Pero, si no hay todavía nadie hecho perfecto, Dios no me ha enviado a predicar la perfección.

«Pongamos un caso paralelo: durante muchos años he predicado: “Hay una paz de Dios que sobrepuja todo entendimiento. Convénceme de que esta palabra ha caído por tierra; de que en todos estos años nadie ha alcanzado esta paz; de que no hay hoy ningún testigo vivo de ella; y no la predicaré más.

«“Oh, pero varias personas han muerto en esa paz”. Quizá; pero yo quiero testigos vivos. Ciertamente no puedo estar infaliblemente seguro de que esta o aquella persona sea testigo; pero si estuviera seguro de que no hay ninguno así, tendría que abandonar esta doctrina.

«“No me entiendes. Creo que algunos que murieron en este amor lo disfrutaron mucho antes de su muerte. Pero no estuve seguro de que su testimonio anterior fuera verdadero hasta algunas horas antes de que murieran”.

«Entonces no tenías una certeza infalible; pero una certeza razonable podrías haberla tenido antes; una certeza tal que podría haber avivado y consolado tu propia alma, y servido a todos los demás fines cristianos. Una certeza como esta puede tenerla cualquier persona imparcial, suponiendo que haya algún testigo vivo, con hablar una hora con esa persona en el amor y el temor de Dios.

«P. Pero ¿qué importa que alguien lo haya alcanzado o no, puesto que tantas escrituras dan testimonio de ello?

«R. Si yo estuviera convencido de que nadie en Inglaterra ha alcanzado lo que tan clara y firmemente han predicado tantos predicadores, en tantos lugares y durante tanto tiempo, estaría claramente convencido de que todos habíamos entendido mal el sentido de esas escrituras; y por tanto, en adelante, también yo tendría que enseñar que “el pecado permanecerá hasta la muerte”».

20. En el año 1762 hubo un gran aumento de la obra de Dios en Londres. Muchos que hasta entonces no se habían cuidado de ninguna de estas cosas fueron profundamente convencidos de su estado de perdición; muchos hallaron redención en la sangre de Cristo; no pocos apóstatas fueron sanados; y un número considerable de personas creyó que Dios los había salvado de todo pecado. Previendo fácilmente que Satanás procuraría sembrar cizaña entre el trigo, me esforcé mucho por advertirles del peligro, particularmente en lo tocante al orgullo y al fanatismo. Y mientras permanecí en la ciudad, tuve razones para esperar que seguían siendo humildes y sobrios. Pero casi en cuanto me fui, irrumpió el fanatismo. Dos o tres comenzaron a tomar sus propias imaginaciones por impresiones de Dios, y de ahí a suponer que nunca morirían; y estos, esforzándose por llevar a otros a la misma opinión, ocasionaron mucho ruido y confusión. Poco después, las mismas personas, con algunas más, cayeron en otras extravagancias, imaginando que no podían ser tentados, que no volverían a sentir dolor y que tenían el don de profecía y de discernimiento de espíritus. A mi regreso a Londres, en otoño, algunos de ellos aceptaron la reprensión; pero otros se habían puesto por encima de toda instrucción. Entretanto, un torrente de reproches cayó sobre mí casi desde todas partes: de ellos mismos, porque los refrenaba en toda ocasión; y de otros, porque, según decían, no los refrenaba. Sin embargo, la mano del Señor no se detuvo, sino que más y más pecadores eran convencidos, mientras algunos se convertían a Dios casi a diario, y otros eran capacitados para amarlo con todo su corazón.

21. Por este tiempo, un amigo que vivía a cierta distancia de Londres me escribió lo siguiente:—

«No te alarmes en exceso porque Satanás siembre cizaña entre el trigo de Cristo. Siempre ha sido así, especialmente en cualquier notable derramamiento de su Espíritu; y siempre lo será, hasta que sea encadenado por mil años. Hasta entonces, siempre imitará la obra del Espíritu de Cristo y procurará contrarrestarla.

«Un triste efecto de esto ha sido que un mundo que siempre duerme en brazos del maligno ha ridiculizado toda obra del Espíritu Santo.

«Pero ¿qué pueden hacer los verdaderos cristianos? Pues bien, si quieren obrar de manera digna de sí mismos, deben: (1.) Orar para que toda alma engañada sea librada; (2.) Procurar recuperarlas con espíritu de mansedumbre; y, por último, poner el mayor cuidado, tanto con oración como con vigilancia, para que el engaño de otros no disminuya su celo en buscar aquella santidad universal del alma, el cuerpo y el espíritu “sin la cual nadie verá al Señor”.

«En verdad, esta completa nueva criatura es pura locura para un mundo loco. Pero es, no obstante, la voluntad y la sabiduría de Dios. ¡Busquémosla todos!

«Pero algunos que sostienen esta doctrina en toda su extensión son con demasiada frecuencia culpables de limitar al Todopoderoso. Él dispensa sus dones como le place; por tanto, no es sabio ni modesto afirmar que una persona deba ser creyente durante cierto tiempo antes de ser capaz de recibir un alto grado del Espíritu de santidad.

«Una cosa es el método habitual de Dios, y otra su soberana voluntad. Él tiene sabias razones tanto para apresurar como para retardar su obra. A veces viene de repente y sin que se le espere; a veces, no hasta que lo hemos buscado largo tiempo.

«En verdad, desde hace muchos años opino que una gran causa de que los hombres progresen tan poco en la vida divina es su propia frialdad, negligencia e incredulidad. Y, sin embargo, hablo aquí de creyentes.

«Que el Espíritu de Cristo nos dé recto juicio en todas las cosas, y nos “llene de toda la plenitud de Dios”, para que así seamos “perfectos y cabales, sin que nos falte cosa alguna”».

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