Capítulo 2 · 29 min de lectura · 38 min de escucha
Secciones 8-14
8. En el mes de agosto siguiente tuve una larga conversación con Arvid Gradin, en Alemania. Después de que me hubo referido su experiencia, le pedí que me diera por escrito una definición de «la plena certidumbre de fe», lo cual hizo con las palabras siguientes:—
_Requies in sanguine Christi; firma fiducia in Deum, et persuasio de gratia divina; tranquillitas mentis summa, atque serenitas et pax; cum absentia omnis desiderii carnalis, et cessatione peccatorum etiam internorum.
«Reposo en la sangre de Cristo; una firme confianza en Dios y persuasión de su favor; la más alta tranquilidad, serenidad y paz de espíritu, con la liberación de todo deseo carnal y la cesación de todos los pecados, aun de los interiores.»
Esta fue la primera descripción que jamás oí de labios de un hombre vivo de lo que yo mismo había aprendido antes de los oráculos de Dios, y por lo cual había estado orando (con la pequeña compañía de mis amigos) y que había estado esperando durante varios años.
9. En 1739, mi hermano y yo publicamos un volumen de «Himnos y poemas sagrados». En muchos de ellos declaramos nuestro sentir con fuerza y de manera explícita. Así, en la página 24:—
Vuelve la plena corriente de la naturaleza;
que todos nuestros actos tiendan
a ti, su fuente; tu amor sea la guía,
y tu gloria sea el fin.
La tierra será entonces escala hacia el cielo;
los sentidos mostrarán el camino;
las criaturas todas a ti nos llevarán,
y todo lo que gustemos será Dios.
Y otra vez:—
Señor, ármame con el poder de tu Espíritu,
pues soy llamado por tu gran nombre:
en ti se unan mis errantes pensamientos,
sé tú el blanco de todas mis obras:
tu amor me acompañe todos mis días,
y sea mi único quehacer tu alabanza. (Página 122.)
Y otra vez:—
Anhelante de ti, pido y suspiro;
tan fuerte el principio divino
me arrastra con dulce constreñimiento,
hasta que mi alma santificada sea toda tuya;
sumergida en el mar más hondo de la Deidad,
¡y perdida en tu inmensidad! (Página 125.)
Una vez más:—
Celestial Adán, vida divina,
cambia mi naturaleza en la tuya;
muévete y extiéndete por toda mi alma,
anímala y llénala por entero. (Página 153.)
Sería fácil citar muchos más pasajes en el mismo sentido. Pero estos bastan para mostrar, fuera de toda contradicción, cuál era entonces nuestro sentir.
10. El primer tratado que escribí expresamente sobre este tema se publicó a finales de ese año. Para que nadie se predispusiera en contra antes de leerlo, le di el título neutro de «El carácter de un metodista». En él describí a un cristiano perfecto, poniendo al frente: «No que ya haya alcanzado». Añado aquí una parte de él sin alteración alguna:—
«Un metodista es aquel que ama al Señor su Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente y con todas sus fuerzas. Dios es el gozo de su corazón y el deseo de su alma, la cual clama de continuo: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra.” ¡Mi Dios y mi todo! “Tú eres la roca de mi corazón y mi porción para siempre.” Es, por tanto, feliz en Dios; sí, siempre feliz, pues tiene en sí una fuente de agua que salta para vida eterna y que inunda su alma de paz y de gozo. Habiendo echado ya fuera el temor el perfecto amor, está siempre gozoso. Sí, su gozo es cumplido, y todos sus huesos claman: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia me ha regenerado en esperanza viva, para una herencia incorruptible y que no puede contaminarse, reservada en los cielos para mí.”
«Y él, que tiene esta esperanza, tan llena de inmortalidad, da gracias en todo, sabiendo que esto (sea lo que sea) es la voluntad de Dios en Cristo Jesús para con él. De su mano, pues, lo recibe todo con alegría, diciendo: “Buena es la voluntad del Señor”; y, ya sea que dé o que quite, bendice por igual el nombre del Señor. En la holgura o en el dolor, en la enfermedad o en la salud, en la vida o en la muerte, da gracias desde lo hondo del corazón a aquel que lo dispone todo para bien; en cuyas manos ha encomendado enteramente su cuerpo y su alma, “como a fiel Creador”. Por eso no se inquieta, “por nada está afanoso”, pues ha “echado toda su solicitud en aquel que tiene cuidado de él”; y “en todo” descansa en él, después de “hacer notorias” sus “peticiones delante de él con acción de gracias”.
«Porque en verdad “ora sin cesar”; en todo tiempo el lenguaje de su corazón es este: “A ti se dirige mi boca, aunque sin voz; y mi silencio te habla.” Su corazón está elevado a Dios en todo tiempo y en todo lugar. En esto nunca es estorbado, y mucho menos interrumpido, por persona o cosa alguna. En el retiro o en compañía, en el ocio, en los negocios o en la conversación, su corazón está siempre con el Señor. Ya se acueste o se levante, “Dios está en todos sus pensamientos”; anda con Dios de continuo, teniendo fijo en él el ojo amoroso de su alma, y en todas partes “viendo al Invisible”.
«Y amando a Dios, “ama a su prójimo como a sí mismo”; ama a todo hombre como a su propia alma. Ama a sus enemigos, sí, y a los enemigos de Dios. Y si no está en su poder “hacer bien a los que” lo “aborrecen”, no deja con todo de “orar por ellos”, aunque desprecien su amor y todavía lo “ultrajen y lo persigan”.
«Porque es “de limpio corazón”. El amor ha purificado su corazón de la envidia, la malicia, la ira y toda disposición desabrida. Lo ha limpiado de la soberbia, de la cual “solo viene la contienda”; y ahora se ha “vestido de entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de tolerancia”. Y, en verdad, toda posible ocasión de contienda queda cortada por su parte. Porque nadie puede quitarle lo que desea, puesto que “no ama al mundo, ni las cosas que están en el mundo”, sino que “todo su deseo es a Dios, y a la memoria de su nombre”.
«Conforme a este único deseo es el único designio de su vida, a saber, “hacer, no su propia voluntad, sino la voluntad del que lo envió”. Su única intención, en todo tiempo y en todo lugar, es agradar, no a sí mismo, sino a aquel a quien ama su alma. Tiene un ojo sincero; y porque su “ojo es sincero, todo su cuerpo está lleno de luz. Todo es luminoso, como cuando el resplandor de una antorcha alumbra la casa”. Dios reina solo; todo cuanto hay en el alma es “santidad al Señor”. No hay en su corazón movimiento alguno que no sea conforme a su voluntad. Todo pensamiento que surge apunta a él, y está en “obediencia a la ley de Cristo”.
«Y el árbol se conoce por sus frutos. Porque, así como ama a Dios, así “guarda sus mandamientos”; no solo algunos, o la mayoría de ellos, sino todos, desde el menor hasta el mayor. No se contenta con “guardar toda la ley y ofender en un punto”, sino que tiene en todos los puntos “conciencia sin remordimiento acerca de Dios y acerca de los hombres”. Lo que Dios ha prohibido, lo evita; lo que Dios ha mandado, lo hace. “Corre por el camino de los mandamientos de Dios”, ahora que él ha puesto en libertad su corazón. Hacerlo así es su gloria y su gozo; es su diaria corona de regocijo “hacer la voluntad de Dios en la tierra, como se hace en el cielo”.
«Guarda, pues, todos los mandamientos de Dios, y eso con todas sus fuerzas; porque su obediencia es proporcional a su amor, la fuente de donde mana. Y por tanto, amando a Dios con todo su corazón, le sirve con todas sus fuerzas; presenta continuamente su alma y su “cuerpo en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios”, consagrándose entera y sin reservas, con todo lo que tiene y todo lo que es, a su gloria. Todos los talentos que tiene los emplea constantemente según la voluntad de su Señor; cada potencia y facultad de su alma, cada miembro de su cuerpo.
«En consecuencia, “todo lo que hace, lo hace todo a gloria de Dios”. En todas sus ocupaciones, de toda clase, no solo apunta a esto, lo cual va implícito en tener un ojo sincero, sino que efectivamente lo alcanza; sus negocios y sus recreos, lo mismo que sus oraciones, sirven todos a este gran fin. Ya “esté en su casa o ande por el camino”, ya se acueste o se levante, en todo lo que habla o hace promueve el único quehacer de su vida. Ya se vista, o trabaje, o coma y beba, o se distraiga de un trabajo demasiado agotador, todo tiende a promover la gloria de Dios, mediante la paz y la buena voluntad entre los hombres. Su única regla invariable es esta: “Todo lo que hacéis, sea de palabra, o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por él”.
«Ni las costumbres del mundo le estorban en absoluto para “correr la carrera que le es propuesta”. No puede, por tanto, “hacerse tesoros en la tierra”, como tampoco puede meter fuego en su seno. No puede hablar mal de su prójimo, como tampoco puede mentir, ni por Dios ni por los hombres. No puede proferir una palabra desabrida contra nadie, porque el amor guarda la puerta de sus labios. No puede “hablar palabras ociosas; ninguna conversación corrompida” “sale” jamás “de su boca”, como lo es todo lo que no es “bueno para edificación”, ni apto para “dar gracia a los oyentes”. Antes bien, “todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es” justamente “de buen nombre”, eso piensa, habla y hace, “adornando en todo la doctrina de Dios nuestro Salvador”».
Estas son las mismas palabras en que declaré extensamente, por primera vez, mi sentir acerca de la perfección cristiana. ¿Y no es fácil ver: (1.) que este es el mismo punto al que apunté siempre desde el año 1725, y más resueltamente desde el año 1730, cuando comencé a ser homo unius libri, «hombre de un solo libro», sin hacer caso, en comparación, de ningún otro sino de la Biblia? ¿No es fácil ver: (2.) que esta es la misma doctrina que creo y enseño hoy, sin añadir un solo punto a aquella santidad interior o exterior que sostuve hace treinta y ocho años? Y es la misma que, por la gracia de Dios, he seguido enseñando desde entonces hasta ahora, como verá toda persona imparcial por los extractos que se añaden más abajo.
11. No sé de ningún escritor que haya hecho objeción alguna contra aquel tratado hasta el día de hoy; y durante algún tiempo no hallé mucha oposición sobre este punto, al menos no de parte de personas serias. Pero al cabo de un tiempo se levantó un clamor, y, lo que me sorprendió un poco, entre hombres religiosos, que afirmaban, no que yo expusiera mal la perfección, sino que «no hay perfección en la tierra»; y aun arremetieron con vehemencia contra mi hermano y contra mí por afirmar lo contrario. Apenas esperábamos de ellos un ataque tan rudo, sobre todo porque éramos claros en cuanto a la justificación por la fe y cuidadosos de atribuir toda la salvación a la mera gracia de Dios. Pero lo que más nos sorprendió fue que se dijera que «deshonrábamos a Cristo» al afirmar que él «salva hasta lo sumo»; al sostener que él reinará solo en nuestros corazones y sujetará a sí todas las cosas.
12. Creo que fue a finales del año 1740 cuando tuve una conversación con el doctor Gibson, entonces obispo de Londres, en Whitehall. Me preguntó qué entendía yo por perfección. Se lo dije sin disfraz ni reserva alguna. Cuando dejé de hablar, me dijo: «Señor Wesley, si esto es todo lo que usted quiere decir, publíquelo a todo el mundo. Si alguien puede entonces refutar lo que dice, tendrá plena libertad para hacerlo». Le respondí: «Milord, así lo haré»; y, en consecuencia, escribí y publiqué el sermón sobre la perfección cristiana.
En él procuré mostrar: (1.) en qué sentido los cristianos no son perfectos; (2.) en qué sentido lo son.
«(1.) En qué sentido no lo son. No son perfectos en conocimiento. No están libres de ignorancia, no, ni de error. No hemos de esperar que ningún hombre vivo sea infalible, como tampoco que sea omnisciente. No están libres de flaquezas, tales como la debilidad o lentitud de entendimiento, o la viveza o pesadez desordenada de la imaginación. De otra clase son la impropiedad del lenguaje y la falta de gracia en la pronunciación; a lo cual podrían añadirse mil defectos sin nombre, ya en la conversación, ya en la conducta. De flaquezas como estas nadie queda perfectamente libre hasta que su espíritu vuelve a Dios; ni podemos esperar hasta entonces vernos enteramente libres de la tentación, porque “el siervo no es más que su señor”. Pero tampoco en este sentido hay perfección absoluta en la tierra. No hay perfección de grados, ninguna que no admita un continuo crecimiento.
«(2.) ¿En qué sentido, pues, son perfectos? Obsérvese que no hablamos ahora de niños en Cristo, sino de cristianos adultos. Pero aun los niños en Cristo son perfectos hasta el punto de no cometer pecado. Esto lo afirma expresamente san Juan; y no puede refutarse con los ejemplos del Antiguo Testamento. Porque ¿qué importa que los más santos de los antiguos judíos cometieran a veces pecado? No podemos inferir de ello que “todos los cristianos cometen y han de cometer pecado mientras vivan”.
«Pero ¿no dice la Escritura: “El justo peca siete veces al día”? No lo dice. Dice, en efecto: “Siete veces cae el justo”. Pero esto es cosa muy distinta; porque, en primer lugar, las palabras “al día” no están en el texto. En segundo lugar, aquí no se menciona en absoluto el caer en pecado. Lo que aquí se menciona es el caer en aflicción temporal.
«Pero en otro lugar dice Salomón: “No hay hombre que no peque”. Sin duda así era en los días de Salomón; sí, y desde Salomón hasta Cristo no hubo entonces hombre que no pecara. Pero cualquiera que fuese la condición de los que estaban bajo la ley, podemos afirmar con seguridad, con san Juan, que, desde que fue dado el evangelio, “el que es nacido de Dios no peca”.
«Los privilegios de los cristianos no han de medirse en modo alguno por lo que el Antiguo Testamento registra acerca de los que estaban bajo la dispensación judía; puesto que ha llegado ya el cumplimiento del tiempo, el Espíritu Santo ha sido dado ya, y la gran salvación de Dios es traída ahora a los hombres por la revelación de Jesucristo. El reino de los cielos está ahora establecido en la tierra, acerca del cual declaró el Espíritu de Dios en tiempos antiguos (tan lejos está David de ser el modelo o la norma de la perfección cristiana): “El que entre ellos fuere débil, en aquel día será como David; y la casa de David será como el ángel del Señor delante de ellos”. (Zac. 12:8.)
«Pero los mismos apóstoles cometieron pecado: Pedro al disimular, Pablo con su áspera contienda con Bernabé. Supongamos que así fuera; ¿argumentarás de este modo: “Si dos de los apóstoles cometieron una vez pecado, entonces todos los demás cristianos, en todas las épocas, cometen y han de cometer pecado mientras vivan”? No; no permita Dios que hablemos así. Ninguna necesidad de pecar les fue impuesta; la gracia de Dios les era ciertamente suficiente. Y nos es suficiente a nosotros hoy.
«Pero Santiago dice: “Todos ofendemos en muchas cosas”. Cierto; pero ¿quiénes son las personas de que aquí se habla? Pues aquellos “muchos maestros” o doctores a quienes Dios no había enviado; no el apóstol mismo, ni ningún cristiano verdadero. Que en la palabra nosotros, usada por una figura retórica común en todos los demás escritos así como en los inspirados, el apóstol no podía en modo alguno incluirse a sí mismo ni a ningún otro verdadero creyente, se ve, en primer lugar, por el versículo noveno: “Con ella bendecimos a Dios, y con ella maldecimos a los hombres”. ¡Ciertamente no nosotros los apóstoles! ¡No nosotros los creyentes! En segundo lugar, por las palabras que preceden al texto: “Hermanos míos, no os hagáis muchos maestros”, o doctores, “sabiendo que recibiremos mayor condenación. Porque todos ofendemos en muchas cosas”. ¡Nosotros! ¿Quiénes? No los apóstoles ni los verdaderos creyentes, sino los que habían de “recibir mayor condenación” a causa de aquellas muchas ofensas. Más aún, en tercer lugar, el versículo mismo prueba que “todos ofendemos” no puede decirse ni de todos los hombres ni de todos los cristianos. Porque en él sigue inmediatamente la mención de un hombre que “no ofende”, como sí ofendía el nosotros mencionado primero; del cual, por tanto, se le distingue expresamente, y se le declara “varón perfecto”.
«Pero el mismo san Juan dice: “Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos”; y: “Si dijéremos que no hemos pecado, lo hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros”.
«Respondo: (1.) El versículo décimo fija el sentido del octavo: “Si dijéremos que no tenemos pecado”, en el primero, queda explicado por “Si dijéremos que no hemos pecado”, en el último. (2.) El punto en consideración no es si hemos pecado o no anteriormente; y ninguno de estos versículos afirma que pecamos, o que cometemos pecado ahora. (3.) El versículo noveno explica tanto el octavo como el décimo: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Como si dijera: “He afirmado antes: La sangre de Cristo limpia de todo pecado”. Y nadie puede decir: “No la necesito; no tengo pecado del que ser limpiado”. “Si dijéremos que no tenemos pecado, que “no hemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos”, y hacemos a Dios mentiroso; pero “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo”, no solo “para perdonarnos nuestros pecados”, sino también para “limpiarnos de toda maldad”, a fin de que podamos “ir y no pecar más”. Conforme, pues, tanto a la doctrina de san Juan como a todo el tenor del Nuevo Testamento, fijamos esta conclusión: un cristiano es perfecto hasta el punto de no cometer pecado.
«Este es el glorioso privilegio de todo cristiano, sí, aunque no sea más que un niño en Cristo. Pero solo de los cristianos adultos puede afirmarse que son perfectos en tal sentido que, en segundo lugar, están libres de malos pensamientos y malas disposiciones. Primero, de pensamientos malos o pecaminosos. En efecto, ¿de dónde habrían de brotar? “Del corazón del hombre”, si acaso, “salen los malos pensamientos”. Si, pues, el corazón ya no es malo, entonces ya no salen de él malos pensamientos; porque “no puede el buen árbol llevar malos frutos”.
«Y así como están libres de malos pensamientos, así también de malas disposiciones. Cada uno de ellos puede decir con san Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí”; palabras que describen manifiestamente una liberación del pecado interior tanto como del exterior. Esto se expresa tanto negativamente, “no vivo ya yo”: mi naturaleza mala, el cuerpo del pecado, está destruida; como positivamente, “vive Cristo en mí”, y por tanto todo lo que es santo, y justo, y bueno. En verdad, ambas cosas, “vive Cristo en mí” y “no vivo ya yo”, están inseparablemente unidas. Porque ¿qué comunión tiene la luz con las tinieblas, o Cristo con Belial?
«Aquel, pues, que vive en estos cristianos ha “purificado con la fe sus corazones”; de tal manera que todo el que tiene a Cristo en sí, “la esperanza de gloria, se purifica, como él también es limpio”. Está purificado de la soberbia, porque Cristo era humilde de corazón; está limpio del deseo y de la voluntad propia, porque Cristo deseaba solo hacer la voluntad de su Padre; y está limpio de la ira, en el sentido común de la palabra, porque Cristo “era manso y apacible. Digo en el sentido común de la palabra; porque se enoja contra el pecado, mientras se aflige por el pecador. Siente desagrado ante toda ofensa contra Dios, pero solo tierna compasión hacia el ofensor.
«Así salva Jesús a su pueblo de sus pecados; no solo de los pecados exteriores, sino de los pecados de su corazón. “Cierto”, dicen algunos, “pero no antes de la muerte, no en este mundo”. No; san Juan dice: “En esto es perfecto el amor con nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo”. El apóstol habla aquí, fuera de toda contradicción, de sí mismo y de otros cristianos vivos, de quienes afirma rotundamente que, no solo en la muerte o después de ella, sino “en este mundo”, son “como su Maestro”.
«Exactamente conforme a esto son sus palabras en el primer capítulo: “Dios es luz, y en él no hay ningunas tinieblas. Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión entre nosotros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. Y otra vez: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Ahora bien, es evidente que el apóstol habla aquí de una liberación obrada en este mundo; porque no dice: La sangre de Cristo limpiará (en la hora de la muerte, o en el día del juicio), sino que “limpia”, en el tiempo presente, a nosotros, cristianos vivos, “de todo pecado”. Y es igualmente evidente que, si queda algún pecado, no estamos limpios de “todo” pecado. Si queda alguna maldad en el alma, esta no está limpia de “toda maldad. Ni diga nadie que esto se refiere solo a la justificación, o a limpiarnos de la culpa del pecado: primero, porque esto es confundir lo que el apóstol distingue claramente, pues menciona primero “perdonarnos nuestros pecados, y luego “limpiarnos de toda maldad”. Segundo, porque esto es afirmar la justificación por las obras en el sentido más fuerte posible; es hacer toda santidad interior, así como toda la exterior, necesariamente previa a la justificación. Porque si la limpieza de que aquí se habla no es otra que la limpieza de la culpa del pecado, entonces no somos limpiados de la culpa, es decir, no somos justificados, sino a condición de andar “en luz, como él está en luz”. Resta, pues, que los cristianos son salvos en este mundo de todo pecado, de toda maldad; que son ahora perfectos en tal sentido que no cometen pecado y están libres de malos pensamientos y malas disposiciones.»
No podía menos que suceder que un discurso de esta clase, que contradecía directamente la opinión favorita de muchos a quienes otros tenían, y quizá ellos mismos se tenían, por algunos de los mejores cristianos (siendo así que, si estas cosas eran ciertas, no eran cristianos en absoluto), causara no poca ofensa. Se esperaban, por tanto, muchas respuestas o censuras; pero quedé gratamente defraudado. No sé que apareciera ninguna; así que seguí tranquilamente mi camino.
13. No mucho después, creo que en la primavera de 1741, publicamos un segundo volumen de himnos. Como la doctrina seguía siendo muy mal entendida, y en consecuencia mal representada, juzgué necesario explicarme aún más sobre este punto; lo cual se hizo en su prefacio, como sigue:—
«Este gran don de Dios, la salvación de nuestras almas, no es otra cosa que la imagen de Dios estampada de nuevo en nuestros corazones. Es una “renovación de los creyentes en el espíritu de su mente, conforme a la semejanza de aquel que los creó”. Dios ha puesto ahora “la segur a la raíz del árbol, purificando con la fe sus corazones”, y “limpiando todos los pensamientos de sus corazones por la inspiración de su Santo Espíritu”. Teniendo esta esperanza, la de que verán a Dios tal como él es, “se purifican, como él también es limpio”, y son “santos, como aquel que los ha llamado es santo, en toda su manera de vivir”. No que hayan alcanzado ya todo lo que han de alcanzar, ni que sean ya perfectos en este sentido. Pero diariamente “van de fortaleza en fortaleza; mirando” ahora, “como en un espejo, la gloria del Señor, son transformados de gloria en gloria en la misma semejanza, por el Espíritu del Señor”.
«Y “donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”; una libertad tal “de la ley del pecado y de la muerte” que los hijos de este mundo no la creerán, aunque alguien se la cuente. “El Hijo ha hecho libres” a los que así son “nacidos de Dios” de aquella gran raíz de pecado y amargura, la soberbia. Sienten que toda su “suficiencia es de Dios”, que es él solo quien “está en todos sus pensamientos” y “obra en ellos así el querer como el hacer, por su buena voluntad”. Sienten que “no son ellos” los que “hablan, sino el Espíritu de” su “Padre que habla” en ellos, y que de todo cuanto se hace por sus manos, “el Padre que está en ellos, él hace las obras”. De modo que Dios es para ellos el todo en todos, y ellos no son nada a sus ojos. Están libres de la voluntad propia, pues no desean nada sino la santa y perfecta voluntad de Dios; ni provisión en la necesidad, ni alivio en el dolor [Esto es demasiado fuerte. Nuestro Señor mismo deseó alivio en el dolor. Lo pidió, solo que con resignación: «No como yo quiero», deseo, «sino como tú».], ni la vida, ni la muerte, ni criatura alguna; sino que claman de continuo en lo más íntimo de su alma: “Padre, hágase tu voluntad”. Están libres de malos pensamientos, de modo que estos no pueden entrar en ellos, no, ni por un momento. Antes, cuando entraba un mal pensamiento, alzaban la vista y se desvanecía. Pero ahora no entra, pues no hay lugar para él en un alma llena de Dios. Están libres de distracciones en la oración. Siempre que derraman su corazón de manera más inmediata delante de Dios, no tienen pensamiento alguno de nada pasado [Esto es demasiado fuerte, con mucho. Véase el sermón «Sobre los pensamientos errantes».], o ausente, o venidero, sino solo de Dios. En tiempos pasados se les metían pensamientos errantes, que sin embargo huían como el humo; pero ahora ese humo no se levanta en absoluto. No tienen temor ni duda, ni en cuanto a su estado en general, ni en cuanto a acción particular alguna. [Con frecuencia es así; pero solo por un tiempo.] La “unción del Santo” les enseña a cada hora lo que han de hacer y lo que han de hablar [Por un tiempo puede ser así; pero no siempre.]; ni tienen, por tanto, necesidad alguna de razonar sobre ello. [A veces no tienen necesidad; otras veces sí la tienen.] Están en cierto sentido libres de tentaciones; porque aunque innumerables tentaciones revolotean a su alrededor, no los turban. [A veces no los turban; otras veces sí, y gravemente.] En todo tiempo sus almas están serenas y tranquilas, sus corazones firmes e inconmovibles. Su paz, que fluye como un río, “sobrepuja todo entendimiento”, y “se alegran con gozo inefable y glorificado”. Porque “están sellados por el Espíritu para el día de la redención”, teniendo en sí mismos el testimonio de que “les está guardada” la “corona de justicia, la cual les dará el Señor” “en aquel día”. [No todos los que son salvos del pecado; muchos de ellos no lo han alcanzado aún.]
«No que todo el que no ha sido así renovado en amor sea hijo del diablo; al contrario, cualquiera que tiene una firme confianza en Dios de que, por los méritos de Cristo, sus pecados le son perdonados”, es hijo de Dios y, si permanece en él, heredero de todas las promesas. Ni debe en modo alguno desechar su confianza, ni negar la fe que ha recibido, porque sea débil, o porque sea probada con fuego”, de modo que su alma esté “afligida en diversas tentaciones”.
«Tampoco nos atrevemos a afirmar, como algunos han hecho, que toda esta salvación se da de una vez. Hay, en verdad, una obra de Dios en sus hijos tanto instantánea como gradual; y no falta, lo sabemos, una nube de testigos que han recibido, en un solo momento, o bien un claro sentido del perdón de sus pecados, o bien el testimonio permanente del Espíritu Santo. Pero no conocemos un solo caso, en ningún lugar, de una persona que haya recibido, en un mismo y único momento, la remisión de los pecados, el testimonio permanente del Espíritu y un corazón nuevo y limpio.
«En verdad, cómo puede obrar Dios, no lo sabemos; pero la manera general en que obra es esta: los que antes confiaban en sí mismos como justos, como ricos y enriquecidos, sin necesidad de ninguna cosa, son convencidos por el Espíritu de Dios, que les aplica su palabra, de que son pobres y desnudos. Todas las cosas que han hecho les son traídas a la memoria y puestas en orden delante de ellos, de modo que ven la ira de Dios suspendida sobre sus cabezas y sienten que merecen la condenación del infierno. En su angustia claman al Señor, y él les muestra que ha quitado sus pecados, y abre el reino de los cielos en sus corazones: justicia, y paz, y gozo en el Espíritu Santo”. La tristeza y el dolor han huido, y el pecado ya no se enseñorea” de ellos. Sabiendo que son justificados gratuitamente por la fe en su sangre, tienen paz para con Dios “por medio de Jesucristo”; “se glorían en la esperanza de la gloria de Dios”, y “el amor de Dios está derramado en sus corazones”.
«En esta paz permanecen días, o semanas, o meses, y comúnmente suponen que no conocerán más la guerra; hasta que algunos de sus antiguos enemigos, sus pecados íntimos, o el pecado que más fácilmente los asediaba (quizá la ira o el deseo), los asaltan de nuevo y los empujan con violencia para que caigan. Entonces surge el temor de no perseverar hasta el fin; y a menudo la duda de si Dios no los habrá olvidado, o de si no se engañaron a sí mismos al pensar que sus pecados estaban perdonados. Bajo estas nubes, sobre todo si razonan con el diablo, andan enlutados todo el día. Pero rara vez tarda mucho su Señor en responder por sí mismo, enviándoles el Espíritu Santo para consolarlos, para dar testimonio continuo a su espíritu de que son” hijos de Dios. Entonces son en verdad mansos, y apacibles, y dóciles, como un niño pequeño. Y ahora ven por primera vez el fondo de su corazón [¿No es asombroso que, existiendo este libro, publicado hace veinticuatro años, haya quien me sostenga en la cara que esta es una doctrina nueva, y que nunca la enseñé antes?—[Esta nota se publicó por primera vez en el año 1765. EDIT.]], que Dios antes no quería descubrirles, no fuera que el alma desfalleciera delante de él, y el espíritu que él había hecho. Ahora ven todas las abominaciones ocultas que hay allí, las profundidades de la soberbia, de la voluntad propia y del infierno; mas conservando en sí mismos el testimonio: “Tú eres heredero de Dios, coheredero con Cristo, aun en medio de esta prueba de fuego”; lo cual acrecienta continuamente tanto el fuerte sentido que tienen entonces de su incapacidad para ayudarse a sí mismos, como el hambre inexpresable que sienten de una plena renovación a su imagen, en “justicia y santidad verdadera”. Entonces Dios se acuerda del deseo de los que le temen, y les da un ojo sincero y un corazón puro; estampa en ellos su propia imagen e inscripción; los crea de nuevo en Cristo Jesús; viene a ellos con su Hijo y su bendito Espíritu y, fijando su morada en sus almas, los introduce en el “reposo que queda para el pueblo de Dios”».
Aquí no puedo menos que observar: (1.) Que esta es la descripción más fuerte que jamás dimos de la perfección cristiana; en verdad, demasiado fuerte en más de un particular, como se observa en las notas añadidas. (2.) Que no hay nada que hayamos sostenido desde entonces sobre el tema, ni en verso ni en prosa, que no esté contenido directa o indirectamente en este prefacio. De modo que, sea nuestra doctrina actual acertada o equivocada, es en todo caso la misma que enseñamos desde el principio.
14. No necesito dar pruebas adicionales de esto multiplicando las citas del volumen mismo. Bastará con citar parte de un solo himno, el último de ese volumen:—
Señor, creo que queda un reposo,
conocido por todo tu pueblo;
un reposo donde reina el gozo puro,
y solo a ti se ama;
un reposo donde todo el anhelo del alma
está fijo en las cosas de arriba;
donde la duda, el dolor y el temor expiran,
echados fuera por el amor perfecto.
Libres de todo impulso malo
(el Hijo nos ha hecho libres),
hollamos todos los poderes del infierno
en gloriosa libertad.
Seguros en el camino de la vida, por encima
de la muerte, la tierra y el infierno nos alzamos;
hallamos, perfeccionados en el amor,
nuestro paraíso largamente buscado.
¡Oh, si conociera ya ese reposo,
y creyera, y entrara en él!
¡Ahora, Salvador, concédeme ahora el poder,
y haz que deje de pecar!
Quita esta dureza de mi corazón,
quita esta incredulidad:
impárteme el reposo de la fe,
el sábado de tu amor.
Ven, oh Salvador mío, ven ya,
¡desciende a mi alma!
No te detengas más lejos de tu criatura,
mi autor y mi fin.
La dicha que me has preparado
no se demore más:
ven, mi galardón sobremanera grande,
para quien fui hecho en el principio.
Ven, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
¡y séllame como morada tuya!
Que todo lo que soy en ti se pierda:
¡que todo se pierda en Dios!
¿Puede haber algo más claro que esto: (1.) que aquí también hay una salvación tan plena y tan elevada como cualquiera de las que hemos hablado? (2.) ¿Que se habla de ella como algo que se recibe por la mera fe, y que solo la estorba la incredulidad? (3.) ¿Que se habla de esta fe, y en consecuencia de la salvación que trae, como dada en un instante? (4.) ¿Que se supone que ese instante puede ser ahora? ¿Que no necesitamos esperar un momento más? ¿Que «ahora», el mismo «ahora, es el tiempo aceptable? ¿Ahora es el día de» esta plena «salvación»? Y, por último, ¿que, si alguien habla de otro modo, es él quien trae doctrina nueva entre nosotros?
Capítulo 2 completado
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