Una explicación sencilla de la perfección cristiana
Secciones 22-24

Capítulo 4 · 14 min de lectura · 17 min de escucha

Secciones 22-24

22. Por aquel mismo tiempo, cinco o seis entusiastas sinceros predijeron que el mundo iba a acabarse el 28 de febrero. Me opuse a ellos de inmediato, por todos los medios posibles, tanto en público como en privado. Prediqué expresamente sobre el asunto, en West-Street y en Spitalfields. Advertí a la sociedad una y otra vez, y hablé por separado con cuantos pude; y vi el fruto de mi trabajo. Hicieron poquísimos prosélitos: creo que apenas treinta en toda nuestra sociedad. Con todo, hicieron muchísimo ruido, dieron enorme ocasión de escándalo a quienes se cuidaban de aprovechar al máximo cualquier ocasión contra mí, y aumentaron grandemente tanto el número como el atrevimiento de los que se oponían a la perfección cristiana.

23. Algunas preguntas, publicadas entonces por uno de estos, movieron a un hombre sencillo a escribir lo siguiente:

«PREGUNTAS, humildemente propuestas a quienes niegan que la perfección pueda alcanzarse en esta vida.

«(1.) ¿No se ha dado una medida mayor del Espíritu Santo bajo el Evangelio que bajo la dispensación judía? Si no, ¿en qué sentido no había sido dado el Espíritu antes de que Cristo fuese glorificado? (Juan 7:39.)

«(2.) Aquella “gloria que siguió a los padecimientos de Cristo” (1 Pedro 1:11), ¿fue una gloria externa, o interna, es decir, la gloria de la santidad?

«(3.) ¿Nos ha mandado Dios en algún lugar de la Escritura más de lo que nos ha prometido?

«(4.) Las promesas de Dios acerca de la santidad, ¿han de cumplirse en esta vida, o solo en la venidera?

«(5.) ¿Está el cristiano bajo otras leyes que las que Dios promete “escribir en nuestros corazones”? (Jeremías 31:31 y sigs.; Hebreos 8:10.)

«(6.) ¿En qué sentido “la justicia de la ley se cumple en los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”? (Romanos 8:4.)

«(7.) ¿Es imposible que alguien en esta vida “ame a Dios con todo su corazón, y con toda su mente, y con toda su alma, y con todas sus fuerzas”? ¿Y está el cristiano bajo alguna ley que no se cumpla en este amor?

«(8.) La salida del alma del cuerpo, ¿efectúa su purificación del pecado que mora en ella?

«(9.) Si es así, ¿no es otra cosa, y no “la sangre de Cristo”, lo que la “limpia de todo pecado”?

«(10.) Si su sangre nos limpia de todo pecado mientras el alma y el cuerpo están unidos, ¿no es eso en esta vida?

«(11.) Si es cuando esa unión cesa, ¿no es en la venidera? ¿Y no es esto demasiado tarde?

«(12.) Si es en el momento mismo de la muerte, ¿en qué situación se halla el alma cuando no está ni en el cuerpo ni fuera de él?

«(13.) ¿Nos ha enseñado Cristo en algún lugar a pedir lo que nunca se propone dar?

«(14.) ¿No nos ha enseñado a orar: “Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”? ¿Y no se hace perfectamente en el cielo?

«(15.) Si es así, ¿no nos ha enseñado a orar por la perfección en la tierra? ¿No se propone, pues, darla?

«(16.) ¿No oraba san Pablo conforme a la voluntad de Dios cuando pedía que los tesalonicenses fuesen “santificados en todo, y guardados” (en este mundo, no en el venidero, a menos que estuviera orando por los muertos) “sin reprensión en cuerpo, alma y espíritu, para la venida de Jesucristo”?

«(17.) ¿Deseas sinceramente ser libre del pecado que mora en ti en esta vida?

«(18.) Si lo deseas, ¿no te dio Dios ese deseo?

«(19.) Si es así, ¿te lo dio para burlarse de ti, puesto que es imposible que llegue a cumplirse jamás?

«(20.) Si no tienes sinceridad suficiente ni siquiera para desearlo, ¿no estás disputando sobre cosas demasiado altas para ti?

«(21.) ¿Pides alguna vez a Dios que “limpie los pensamientos de tu corazón, para que” puedas “amarle perfectamente”?

«(22.) Si ni deseas lo que pides, ni crees que pueda alcanzarse, ¿no oras como ora el necio?

«¡Dios te ayude a considerar estas preguntas con calma e imparcialidad!»

24. A fines de este año, Dios llamó a sí a aquella luz ardiente y resplandeciente, Jane Cooper. Como fue testigo de la perfección cristiana tanto en su vida como en su muerte, no será en absoluto ajeno al tema añadir un breve relato de su muerte, junto con una de sus propias cartas, que contiene una relación sencilla y sin artificio del modo en que agradó a Dios obrar aquel gran cambio en su alma:

«2 de mayo de 1761.

«Creo que mientras me quede memoria, durará mi gratitud. Desde que predicaste sobre Gálatas 5:5, vi claramente el verdadero estado de mi alma. Aquel sermón describía mi corazón y lo que anhelaba ser, a saber, verdaderamente feliz. Leíste la carta del señor M—, y describía la religión que yo deseaba. Desde entonces tuve el premio a la vista, y fui capacitada para seguirlo de cerca. Fui guardada velando en oración, a veces en mucha angustia, otras en paciente espera de la bendición. Durante algunos días antes de que salieras de Londres, mi alma se apoyó en una promesa que me fue aplicada en oración: “El Señor a quien vosotros buscáis vendrá súbitamente a su templo”. Creí que vendría, y que se sentaría allí como fuego purificador. El martes después de tu partida, pensé que no podría dormir a menos que él cumpliera su palabra aquella noche. Nunca conocí como entonces la fuerza de estas palabras:

“Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”. Me volví nada delante de él, y gocé de una calma perfecta en mi alma. No sabía si había destruido mi pecado; pero deseaba saberlo, para poder alabarle. Sin embargo, pronto noté el regreso de la incredulidad, y gemí agobiada. El miércoles fui a Londres y busqué al Señor sin cesar. Prometí que, si me salvaba del pecado, le alabaría. Podía desprenderme de todas las cosas con tal de ganar a Cristo. Pero hallé que todos estos alegatos no valían nada, y que si él me salvaba, había de ser gratuitamente, por amor de su propio nombre. El jueves fui tan tentada que pensé en quitarme la vida, o en no tratar nunca más con el pueblo de Dios. Y sin embargo no tenía duda alguna de su amor perdonador; pero: Era peor que la muerte amar a mi Dios, y no a mi Dios solamente. El viernes mi angustia se hizo más honda. Procuré orar, y no pude. Fui a ver a la señora D., que oró por mí y me dijo que aquello era la muerte de la naturaleza. Abrí la Biblia en: “Los temerosos e incrédulos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre”. No pude soportarlo. Volví a abrirla, en Marcos 16:6–7: “No os asustéis; buscáis a Jesús Nazareno. Id, decid a sus discípulos que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis”. Me sentí animada, y fui capacitada para orar, creyendo que vería a Jesús en casa. Volví aquella noche y encontré a la señora G. Ella oró por mí; y la predestinaria no tuvo otro alegato que este: “Señor, tú no haces acepción de personas”. Él demostró que no la hacía, bendiciéndome. En un momento fui capacitada para asirme de Jesucristo, y hallé la salvación por la simple fe. Él me aseguró que el Señor, el Rey, estaba en medio de mí, y que nunca más vería mal. Entonces bendije a aquel que me había visitado y redimido, y que se había hecho mi “sabiduría, justificación, santificación y redención”. Vi a Jesús todo él codiciable, y supe que era mío en todos sus oficios. Y, gloria a él, ahora reina en mi corazón sin rival. No hallo otra voluntad que la suya. No siento orgullo, ni afecto alguno que no esté puesto en él. Sé que por la fe estoy en pie, y que velar en oración ha de ser la guardia de la fe. Soy feliz en Dios en este momento, y creo que también lo seré en el siguiente. He leído a menudo el capítulo que mencionas (1 Corintios 13), y he comparado con él mi corazón y mi vida. Al hacerlo, siento mis faltas y la necesidad que tengo de la sangre expiatoria. Con todo, no me atrevo a decir que no siento una medida del amor allí descrito, aunque no soy todo lo que llegaré a ser. Deseo perderme en ese “amor que excede a todo conocimiento”. Veo que “el justo vivirá por la fe”; y a mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me es dada esta gracia. Si yo fuera un arcángel, cubriría mi rostro delante de él, ¡y dejaría que el silencio hablase su alabanza!»

El siguiente relato lo da alguien que fue testigo ocular y auditivo de lo que cuenta:

«(1.) A comienzos de noviembre, ella pareció presentir lo que se le venía encima, y solía cantar a menudo estas palabras:

“Cuando el dolor venza esta débil carne, arma mi pecho de paciencia de cordero”. Y cuando me mandó aviso de que estaba enferma, escribió en su nota: “Sufro la voluntad de Jesús. Todo lo que él envía está endulzado por su amor. Soy tan feliz como si oyera una voz decir: ‘Por mí aguardan mis hermanos mayores, y los ángeles me llaman a partir, ¡y Jesús me manda venir!’

«(2.) Cuando le dije: “Yo no puedo escoger por ti la vida o la muerte”, ella respondió: “Le pedí al Señor que, si era su voluntad, yo muriera primero. Y él me dijo que tú me sobrevivirías, y que tú me cerrarías los ojos”. Cuando nos dimos cuenta de que era la viruela, le dije: “Querida, no te asustarás si te decimos cuál es tu enfermedad”. Ella dijo: “No puedo asustarme de su voluntad”.

«(3.) La enfermedad la atacó con mucha fuerza; pero tanto más se fortaleció su fe. El martes 16 de noviembre me dijo: “He estado adorando ante el trono de un modo glorioso; ¡mi alma fue tan introducida en Dios!”. Le dije: “¿Te dio el Señor alguna promesa en particular?”. “No”, respondió ella; “todo fue

aquel sagrado temor que no se atreve a moverse, y todo el silencioso cielo del amor”.

«(4.) El jueves, cuando le pregunté: “¿Qué tienes que decirme?”, contestó: “No, nada sino lo que ya sabes: Dios es amor”. Le pregunté: “¿Tienes alguna promesa en particular?”. Respondió: “No me parece que necesite ninguna; puedo vivir sin ella. Moriré hecha un amasijo de deformidad, pero te encontraré toda gloriosa; y, entretanto, seguiré teniendo comunión con tu espíritu”.

«(5.) El señor M. le preguntó cuál creía ella que era el camino más excelente por el que andar, y cuáles eran sus principales estorbos. Ella respondió: “El mayor estorbo procede por lo general de la constitución natural. La mía era la de ser reservada, muy callada, sufrir mucho y decir poco. Unos pueden pensar que un camino es más excelente, y otros que otro; pero lo que importa es vivir en la voluntad de Dios. Durante los últimos meses, en que me he consagrado particularmente a esto, he sentido tal dirección de su Espíritu, y la unción que he recibido del Santo me ha enseñado de tal manera todas las cosas, que no he necesitado que nadie me enseñase, sino como esta unción enseña”.

«(6.) El viernes por la mañana dijo: “Creo que voy a morir”. Entonces se incorporó en la cama y dijo: “Señor, te bendigo porque estás siempre conmigo, y todo lo que tienes es mío. Tu amor es mayor que mi debilidad, mayor que mi impotencia, mayor que mi indignidad. Señor, tú dices a la corrupción: ¡Mi hermana eres tú! Y gloria a ti, oh Jesús, tú eres mi Hermano. ¡Haz que comprenda, con todos los santos, cuál sea la longitud, y la anchura, y la profundidad, y la altura de tu amor! Bendice a estos” (algunos que estaban presentes); “que sean ejercitados en todo momento, en todas las cosas, como tú quieras que sean”.

«(7.) Algunas horas después, pareció como si la agonía de la muerte estuviera a punto de sobrevenirle; pero su rostro estaba lleno de sonrisas de triunfo, y batía palmas de gozo. La señora C. dijo: “Querida, eres más que vencedora por la sangre del Cordero”. Ella respondió: “¡Sí, oh sí, dulce Jesús! ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?”. Luego quedó como adormecida durante un rato. Después se esforzó por hablar, pero no pudo; con todo, mostró su amor estrechando la mano de todos los que estaban en la habitación.

«(8.) Llegó entonces el señor W. Ella le dijo: “Señor, no sabía si viviría para verte. Pero me alegro de que el Señor me haya dado esta oportunidad, y también fuerzas para hablarte. Te quiero. Tú “siempre has predicado la doctrina más estricta; y a mí me gustaba seguirla. Sigue haciéndolo, agrade o desagrade a quien sea”. Él le preguntó: “¿Crees ahora que estás salvada del pecado?”. Ella dijo: “Sí; no he tenido ninguna duda de ello en muchos meses. Si alguna vez la tuve, fue porque no permanecía en la fe. Ahora siento que he guardado la fe; y el perfecto amor echa fuera todo temor. En cuanto a ti, el Señor me prometió que tus postreras obras excederían a las primeras, aunque yo no viva para verlo. He sido una gran entusiasta, como dicen, estos seis meses; pero nunca en mi vida he vivido tan cerca del corazón de Cristo. Tú, señor, deseas consolar los corazones de cientos siguiendo esa sencillez que tu alma ama”.

«(9.) A una que había recibido el amor de Dios mientras ella oraba, le dijo: “Siento que no he seguido fábulas por arte compuestas; porque soy tan feliz como se puede ser en esta vida. Prosigue tú adelante, y no te detengas antes de llegar al blanco”. A la señorita M—s le dijo: “Ama a Cristo; él te ama. Creo que te veré a la diestra de Dios; pero como una estrella es diferente de otra en gloria, así también será en la resurrección. Te encargo, en la presencia de Dios, que me encuentres en aquel día toda gloriosa por dentro. Evita toda conformidad con el mundo. Te han robado muchos de tus privilegios. Sé que seré hallada sin reprensión. Procura tú ser hallada de él en paz, sin mácula”.

«(10.) El sábado por la mañana oró más o menos así: “Sé, Señor mío, que mi vida se prolonga solo para hacer tu voluntad. Y aunque no volviera a comer ni a beber” (no había tragado nada en casi veintiocho horas), “hágase tu voluntad”. Estoy dispuesta a ser sostenida así durante un año:

No con solo el pan vive el hombre. Te alabo porque no hay ni sombra de queja en nuestras plazas. En ese sentido no sabemos lo que significa la enfermedad. En verdad, Señor, “ni la vida, ni la muerte, ni lo presente, ni lo por venir, no, ni criatura alguna, nos podrá apartar de tu amor un solo momento. Bendice a estos, para que no haya falta alguna en sus almas. Creo que no la habrá. Oro con fe”.

«El domingo y el lunes estuvo delirando, aunque lúcida a ratos. Se vio entonces claramente que su corazón seguía en el cielo. Alguien le dijo: “Jesús es nuestro blanco”. Ella respondió: “Yo no tengo más que un blanco; soy toda espiritual”. La señorita M. le dijo: “Tú moras en Dios”. Ella contestó: “Enteramente”. Una persona le preguntó: “¿Me quieres?”. Ella dijo: “Oh, amo a Cristo; amo a mi Cristo”. A otra le dijo: “No estaré aquí mucho tiempo; Jesús es precioso, preciosísimo en verdad”. Dijo a la señorita M.: “El Señor es muy bueno; guarda mi alma por encima de todo”. Durante las quince horas anteriores a su muerte sufrió fuertes convulsiones; sus padecimientos fueron extremos. Alguien dijo: “Eres hecha perfecta por medio de los padecimientos”. Ella dijo: “Cada vez más”. Después de estar quieta algún tiempo, dijo: “¡Señor, tú eres fuerte!”. Luego, tras una pausa considerable, pronunció sus últimas palabras: “Mi Jesús lo es todo en todo para mí: gloria a él por el tiempo y por la eternidad”. Después de esto, permaneció quieta como media hora, y luego expiró sin un suspiro ni un gemido».

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