Capítulo 7 · 6 min de lectura · 8 min de escucha
La Feria de la Vanidad
Con el tiempo, el camino que seguían los llevó a una ciudad que se llama Vanidad. Allí hay una feria que dura todo el año, y todo lo que se compra o se vende en ella es vano y no vale nada. Allí también se ven a todas horas juegos, comedias, bufones, monos, pícaros y bribones. Pero el que quiera ir a la Ciudad Celestial tiene que pasar por fuerza por esta feria.
En cuanto Cristiano y Fiel llegaron a la ciudad, se juntó una multitud a su alrededor. Unos decían que se habían vuelto locos, porque se vestían y hablaban de una manera tan rara, y porque no les importaban nada las cosas finas que se vendían en la Feria de la Vanidad. Cuando Cristiano hablaba, sus palabras hacían que aquella gente se burlara de ellos con dureza y les gritara. Pronto el ruido y el alboroto se hicieron tan grandes que el jefe de la feria mandó a sus amigos a prender a aquellos dos hombres extraños. Y les mandó que le dijeran de dónde venían y qué hacían allí con aquella ropa. Cristiano y Fiel se lo contaron todo. Pero los que se sentaron a juzgar el caso pensaron que debían de estar locos, o que habían venido a armar pleito en la feria. Así que les pegaron con palos y los metieron en una jaula, para que todos los hombres de la feria pudieran verlos. Entonces la peor gente se puso a tirarles barro por maldad, y algunos les tiraban piedras solo por diversión. Pero Cristiano y Fiel respondían con buenas palabras a las malas, y lo soportaban todo con tanta mansedumbre que bastantes se pusieron de su parte. Esto hizo que hubiera golpes y peleas, y les echaron la culpa a Cristiano y a Fiel. Entonces los hicieron arrastrarse de arriba abajo por la feria, cargados de cadenas, hasta que, débiles por los azotes, al fin les metieron los pies en el cepo. Pero ellos soportaban sus penas y sufrimientos con alegría, porque veían en ellos una promesa de que todo saldría bien al final.
Al poco tiempo se reunió un tribunal para juzgarlos. El juez se llamaba el Señor Aborrece-el-Bien. Y el delito del que los acusaban era que habían venido a la Feria de la Vanidad a estropear su comercio y a armar pleito en la ciudad. Y además, que habían ganado a bastantes hombres para su lado, a pesar del príncipe del lugar.
Fiel le dijo al Juez: Yo soy un hombre de paz, y solo he hecho la guerra al Pecado. Y en cuanto al príncipe del que hablan, como es Beelzebú, lo desprecio.
Los que se pusieron de parte de Fiel se dejaron ganar por la fuerza de la verdad sencilla y de lo justo que había en sus palabras. Pero el juez dijo: Que hablen los que sepan algo de este hombre.
Así que tres hombres, que se llamaban Envidia, Superstición y Adulón, se adelantaron y juraron decir la verdad y contar lo que sabían de Fiel. Envidia dijo: Señor mío, a este hombre no le importan nada ni los reyes ni las leyes. Lo único que busca es esparcir sus propias ideas y enseñar a la gente lo que él llama fe. Hace un momento le oí decir que las costumbres de nuestra ciudad de Vanidad son viles. ¿Y no está hablando mal de nosotros al decir eso?
Entonces Superstición dijo: Señor mío, no sé mucho de este hombre, y no tengo ganas de saber más. Pero de una cosa estoy seguro: es un hombre malo, porque dice que nuestras creencias son vanas.
Luego mandaron a Adulón que dijera lo que sabía, y habló así: Señor mío, conozco a este hombre desde hace mucho tiempo, y le he oído decir cosas que no se deben decir. Habla mal de nuestro gran Príncipe Beelzebú, y dice que, si todos pensaran como él, ese príncipe ya no mandaría aquí. Y aún más: le han oído hablar mal de ti, señor mío, que ahora eres su juez.
Entonces el Juez le dijo a Fiel: ¡Hombre vil! ¿Has oído lo que estos han dicho de ti?
Fiel.—¿Puedo decir unas palabras para defenderme?
Juez.—Lo justo sería que murieras aquí mismo. Pero, aun así, oigamos lo que tienes que decir.
Fiel.—Pues digo al Sr. Envidia que todas las leyes y maneras de vivir en las que los hombres no hacen caso de la Palabra de Dios están llenas de pecado. En cuanto a lo que dice el Sr. Superstición, yo diría que nada puede salvarnos si no hacemos la voluntad de Dios. Y al Sr. Adulón le digo que los hombres deben huir del Príncipe de esta ciudad y de sus amigos, como de la ira que vendrá. Y así, pido al Señor que me ayude.
Entonces el Juez, para resumir el caso, habló así: Veis a este hombre que ha armado tanto alboroto en nuestra ciudad. Habéis oído lo que estos buenos hombres han dicho de él, y él mismo reconoce que es verdad. Ahora os toca a vosotros salvarle la vida o ahorcarlo.
Los doce hombres que tenían en sus manos la vida de Fiel hablaron así en voz baja: Este hombre está lleno de ideas que dividen, dijo el Sr. Ciego. ¡Fuera del mundo con él!, dijo el Sr. Nada-Bueno. Odio solo con verle la cara, dijo el Sr. Malicia. Desde el principio no lo he podido soportar, dijo el Sr. Ama-Comodidad. Ni yo, porque seguro que criticaría mi manera de vivir, dijo el Sr. Vive-Disoluto. ¡Ahorcadlo, ahorcadlo!, dijo el Sr. Testarudo. ¡Qué tipo tan bajo!, dijo el Sr. Altanero. Tengo ganas de aplastarlo, dijo el Sr. Enemistad. Es un bribón, dijo el Sr. Mentiroso. La muerte es demasiado buena para él, dijo el Sr. Crueldad. Matémoslo, para quitarlo de en medio, dijo el Sr. Aborrece-la-Luz. Entonces dijo el Sr. Implacable: Ni aunque me dieran el mundo entero haría las paces con él. Así que condenémoslo a muerte. Y así lo hicieron. Al poco tiempo lo llevaron de vuelta al lugar de donde había venido, para darle allí la peor muerte que se pudo pensar. Porque el látigo, la espada y la hoguera acabaron con la vida de Fiel.
Entonces vi que, cerca de la multitud, había un carro extraño con dos caballos brillantes. En cuanto sus enemigos lo mataron, el carro subió a Fiel a través de las nubes, derecho a la Ciudad Celestial, al son del arpa y del laúd.
En cuanto a Cristiano, por esta vez quedó libre. Y se le acercó uno que se llamaba Esperanzado, que vino por lo que había oído y visto de Cristiano y de Fiel. Así, mientras uno perdía la vida por la verdad, de su muerte se levantaba un hombre nuevo para andar el mismo camino con Cristiano. Y Esperanzado dijo que había más hombres de la feria que, con el tiempo, también vendrían.
Poco después su camino pasaba justo por la orilla de un río de agua pura, y bebieron de él. A cada lado había árboles verdes que daban fruta, y en un prado por donde pasaba el río se echaron a dormir. Cuando se despertaron, se quedaron sentados un rato a la sombra de las ramas. Así siguieron tres o cuatro días, y para pasar el tiempo cantaban:
El que sepa contar qué fruta tan dulce y fresca, y aun qué hojas, dan estos árboles, pronto venderá todo para poder comprar este campo.
Capítulo 7 completado
La Feria de la Vanidad