Capítulo 13 · 20 min de lectura · 26 min de escucha
El Sr. Gran-Corazón y el valle
Entonces dijo el Sr. Gran-Corazón: Bueno, mis valientes muchachos, ¿cómo estáis? ¿Qué os parece esta colina?
Señor, dijo Jacobo, ¡esta colina me quita el ánimo! Y ahora veo que es verdad lo que me han dicho: a la tierra de la dicha se sube por escalones. Pero aun así, señor, es peor bajar la cuesta hacia la muerte que subir la cuesta hacia la vida.
Eres un buen muchacho, dijo Gran-Corazón.
Al oír esto, Misericordia no pudo menos que sonreír, y Jacobo se puso colorado.
Cristiana.—Vamos, ¿no queréis beber de esta botella y comer un poco de fruta mientras estamos aquí sentados descansando? Porque el Sr. Intérprete me puso estas cosas en la mano cuando salí por su puerta.
Cuando llevaban un rato allí sentados, su guía les dijo: El día va pasando; y si os parece bien, sigamos ahora nuestro camino.
Así que todos se pusieron en marcha, los niños primero y después los demás. Pero no habían ido muy lejos cuando Cristiana vio que se había dejado la botella, así que mandó a Jacobo que volviera a buscarla.
Misericordia.—Creo que este es el lugar donde Cristiano perdió su rollo. ¿Cómo pasó eso, señor?
Gran-Corazón.—Pasó por dos cosas. Una es el sueño; y la otra es que uno deja de pensar en lo que ya no cree necesitar. Y cuando uno pierde de vista un regalo, pierde de vista a Aquel que lo da, y la alegría que traía acaba en lágrimas.
Al poco rato llegaron a un montoncito de tierra con un poste encima, donde estaban grabadas estas palabras: El que vea este poste, que cuide su corazón y su lengua, para que no sean falsos. Luego siguieron andando hasta que llegaron cerca de dos grandes fieras.
Gran-Corazón era un hombre fuerte, y por eso no tenía miedo; pero las miradas fieras de aquellos animales asustaron a los niños, y todos se agarraron a Gran-Corazón.
¿Qué es esto, muchachos? Vais delante tan valientes como el que más cuando no hay nada que temer; pero cuando llega la hora de probar vuestra fuerza, os echáis atrás.
Cuando Gran-Corazón sacó la espada para abrirse paso, llegó un tal Gigante Torvo, que les dijo con voz ronca: ¿Qué derecho tenéis a venir aquí?
Gran-Corazón.—Esta gente va de camino a la Ciudad Celestial, y por este camino van a ir, aunque no quieras tú ni quieran las fieras.
Torvo.—Este no es su camino, y no van a ir por él. He salido para detenerlos, y para eso voy a ayudar a las fieras.
A decir verdad, aquellas fieras eran tan bravas, y tenían una cara tan terrible, que el camino se había llenado de hierbas y malezas porque nadie pasaba por él. Y Torvo seguía mandándoles que se dieran la vuelta. Porque, decía, no vais a pasar.
Pero su guía se le acercó y le dio con la espada unos golpes tan fuertes que lo obligó a echarse atrás.
Gigante Torvo.—¿Me vas a matar en mi propia tierra?
Gran-Corazón.—Estamos en el camino real del Rey, y en su camino es donde has puesto tú estas fieras. Pero estos, que están a mi cargo, aunque son débiles, seguirán adelante a pesar de todo. Y al decir esto le dio un golpe que lo tiró al suelo; y así murió el Gigante Torvo.
Entonces Gran-Corazón dijo: Venid ahora conmigo, y las dos fieras no os harán ningún daño. Así que pasaron, pero temblaban de pies a cabeza solo con ver sus dientes y sus garras.
Al fin vieron la casa del portero, y pronto subieron hasta ella; pero se dieron más prisa en llegar porque estaba oscureciendo. Cuando llegaron a la puerta, el guía llamó, y el hombre de la portería dijo en voz alta: ¿Quién está ahí?
Gran-Corazón.—Soy yo.
Sr. Vigilante.—¿Qué tal, Sr. Gran-Corazón? ¿Qué te trae por aquí a una hora tan tarde? Entonces Gran-Corazón le contó que había venido con unos amigos que iban de camino a Sion.
Sr. Vigilante.—¿Quieres entrar y quedarte hasta que amanezca?
Gran-Corazón.—No, esta noche me vuelvo con mi Señor.
Cristiana.—Ay, señor, no sé cómo vamos a separarnos de ti, porque a tu valiente corazón le debemos la vida. Has peleado por nosotros, nos has enseñado lo que está bien, y tu fe y tu amor no han tenido límites.
Misericordia.—¡Ojalá pudiéramos tenerte de guía todo el resto del camino! Porque ¿cómo va a aguantar gente tan débil como nosotros en un camino lleno de trabajos y de trampas, si no tenemos amigos que nos lleven?
Jacobo.—Por favor, señor, quédate con nosotros y ayúdanos, porque el camino que llevamos es muy difícil de encontrar.
Gran-Corazón.—Tengo que hacer lo que quiera mi Señor. Si él me manda otra vez con vosotros, me alegraré de serviros. Pero aquí os equivocasteis al principio: cuando él me mandó venir con vosotros hasta aquí, si le hubierais dicho: Te pedimos que lo dejes venir con nosotros hasta el final, él me lo habría permitido. Pero ahora tengo que volverme; así que, buena Cristiana, Misericordia y mis queridos muchachos, que os vaya bien a todos.
Entonces Vigilante, el que guardaba la portería, le preguntó a Cristiana de dónde venía y quiénes eran sus amigos.
Cristiana.—Vengo de la Ciudad de Destrucción, y era la esposa de un hombre llamado Cristiano, que ya murió.
Entonces Vigilante tocó la campana, como suele hacer en esos casos, y vino a la puerta una muchacha, a la que le dijo: Ve y avisa de que Cristiana, la esposa de Cristiano, y sus cuatro niños han llegado, de camino a la Ciudad Celestial.
Así que ella entró y lo contó todo. ¡Y, ay, qué gritos de alegría se oyeron cuando dijo esas palabras! Así que todos fueron deprisa adonde estaba Vigilante, porque Cristiana seguía esperando en la puerta.
Algunos de los más serios le dijeron: Cristiana, entra, tú, esposa de aquel buen hombre; entra, tú, bendita; entra con todos los que vienen contigo.
Así que ella entró, y los demás con ella. Luego les dijeron que se sentaran en una sala grande, adonde vino a verlos el jefe de la casa para alegrar a sus invitados. Después les dio un beso a cada uno. Pero como era tarde, y Cristiana y los demás estaban débiles por el gran susto que habían pasado, tenían muchas ganas de irse a descansar.
No, dijeron los de la casa, primero comed algo; porque Vigilante había oído que venían de camino, y habían matado un cordero para ellos. Cuando terminó la comida y hubieron cantado un salmo, Cristiana dijo: Si podemos atrevernos a escoger, nos gustaría estar en el cuarto que fue de Cristiano cuando estuvo aquí.
Así que los llevaron allí. Pero antes de dormirse, Cristiana dijo: Cuando mi pobre Cristiano se fue con su carga a la espalda, nunca pensé que yo haría lo mismo.
Misericordia.—No, ni pensabas entonces que ibas a descansar en el mismo cuarto que él.
Cristiana.—Y menos aún que vería otra vez su querida cara, a él, que estaba muerto y se había ido, y que alabaría con él al Señor, el Rey. Y sin embargo, ahora creo que lo haré.
Misericordia.—¿No oyes un ruido?
Cristiana.—¡Escucha! Por lo que puedo distinguir, los sonidos que oímos vienen del laúd, la flauta y la trompeta.
Misericordia.—Música dulce en la casa, música dulce en el aire, música dulce en el corazón, de alegría por estar aquí.
Así hablaron Cristiana y Misericordia, y luego se durmieron.
Al amanecer, cuando se despertaron, Cristiana le dijo a Misericordia: ¿Por qué te reíste anoche en sueños? ¿Estabas soñando?
Misericordia.—Sí, y era un sueño muy dulce. Pero ¿estás segura de que me reí?
Cristiana.—Sí, te reíste como desde el fondo del corazón. Por favor, Misericordia, cuéntamelo.
Misericordia.—Soñé que estaba sola en un bosque, llorando y gimiendo porque mi corazón era muy duro. No llevaba allí mucho rato cuando me pareció que había unos que habían venido a oír lo que yo decía en sueños; pero yo seguía con mis quejas. Al oír esto, se rieron y dijeron que yo era una tonta. Entonces vi que venía hacia mí un Resplandeciente con alas, que me dijo: Misericordia, ¿qué te pasa? Y cuando oyó la causa de mi pena, me dijo: Paz a ti. Luego se acercó para limpiarme las lágrimas, y mandó que me vistieran con ropas de oro, y me puso una cadena al cuello y una corona en la cabeza. Después me tomó de la mano y dijo: Misericordia, ven por aquí. Así que subió conmigo hasta que llegamos a una puerta; allí llamó, y luego me llevó ante un trono en el que había uno sentado. Aquel lugar brillaba como las estrellas, o más bien como el sol. Y me pareció ver allí a Cristiano. Entonces me desperté. Pero ¿de verdad me reí?
Cristiana.—¡Que si te reíste! Sí, y con razón, al ver lo bien que estabas. Porque déjame decirte una cosa: igual que ves que la primera parte es verdad, verás también que es verdad la última.
Misericordia.—Bueno, me alegro de mi sueño, porque espero ver pronto que se cumple, y así me reiré otra vez.
Cristiana.—Creo que ya es hora de levantarnos y de saber qué tenemos que hacer.
Misericordia.—Por favor, si nos piden que nos quedemos, quedémonos sin falta; porque me gustaría mucho conocer mejor a estas muchachas. Creo que Prudencia, Piedad y Caridad tienen, cada una, un aire de lo más fino.
Cristiana.—Ya veremos lo que hacen.
Así que bajaron.
Entonces Prudencia y Piedad dijeron: Si os quedáis, aquí tendréis todo lo que la casa os pueda dar.
Caridad.—Sí, y de muy buena gana.
Así que se quedaron allí algún tiempo, y les hizo mucho bien.
Prudencia.—Cristiana, te felicito de corazón, porque has criado bien a tus hijos. Con Jacobo he tenido una larga charla; es un buen niño, y ha aprendido muchas cosas que le darán paz en el alma mientras viva en esta tierra, y que en el mundo que vendrá harán que vea la cara de Aquel que está sentado en el trono. Por mi parte, yo enseñaré a todos tus hijos. Y al mismo tiempo les dijo a ellos: Tenéis que seguir haciendo caso de todo lo que Cristiana os pueda enseñar; pero, más que nada, tenéis que leer el Libro de la Palabra de Dios, que fue lo que hizo que vuestro querido padre se pusiera en camino hacia la tierra de la dicha.
Cuando Cristiana y los demás ya llevaban una semana en aquel lugar, vino un hombre que se llamaba el Sr. Vivaz a enamorar a Misericordia, porque quería casarse con ella. Misericordia era guapa, y siempre tenía la mente puesta en el trabajo y en cuidar a los que estaban a su alrededor. Tejía medias para los pobres, y daba a todos las cosas que les hacían falta.
Será una buena ama de casa para mí, pensó Vivaz.
Un día Misericordia les dijo a los de la casa: ¿Me decís qué os parece el Sr. Vivaz?
Entonces ellos le dijeron que aquel joven parecía saber mucho del amor de Dios, pero que tenían miedo de que eso no le llegara al alma, porque pensaban que su alma estaba demasiado pegada a este mundo.
Pues entonces, dijo Misericordia, no lo miraré más, porque no quiero un estorbo para mi alma.
Prudencia.—Si sigues como has empezado, y trabajas tanto por los pobres, pronto se le enfriará el amor.
Así que la siguiente vez que vino, la encontró trabajando.
¿Qué, todavía con eso?, dijo él.
Misericordia.—Sí.
Sr. Vivaz.—¿Cuánto puedes ganar al día?
Misericordia.—Hago estas cosas por el bien de aquellos para quienes las hago; y más que eso, para hacer la voluntad de Aquel que murió por mí en la cruz.
Al oír esto, puso mala cara, y no vino más a verla.
Prudencia.—¿No te dije que el Sr. Vivaz pronto huiría de ti? Sí, puede parecer que ama a Misericordia, pero Misericordia y él no deben andar juntos por el mismo camino de la vida.
Entonces Mateo, el hijo de Cristiana, se puso enfermo, y llamaron al Sr. Pericia para que lo curara. Y él dijo: Decidme qué come.
Cristiana.—Pues aquí no hay comida que no sea buena.
Sr. Pericia.—Este niño tiene dentro una masa de comida cruda; y si no hago algo para sacársela, se morirá.
Samuel le dijo a Cristiana: ¿Qué era lo que viste que Mateo cogía y se comía cuando veníamos de la puerta que está al principio de este camino?
Cristiana.—Era fruta de la que crece allí; y lo regañé por eso.
Pericia.—Estaba seguro de que era alguna comida mala. Esa fruta es la que más daño hace de todas, porque es la fruta de las tierras de Beelzebú. ¿No os avisó nadie? Algunos se caen muertos cuando la comen.
Entonces Cristiana se echó a llorar y dijo: ¿Qué voy a hacer con mi hijo? Por favor, señor, haz todo lo que puedas por curarlo, cueste lo que cueste.
Entonces Pericia le dio unas medicinas extrañas, que el niño no quería tomar. Así que Cristiana se puso una en la punta de la lengua. ¡Ay, Mateo!, dijo ella, es dulce, dulce como el bálsamo. Si me quieres, si quieres a Misericordia, si quieres vivir, ¡tómala!
Así que al fin la tomó, y sintió pena por su pecado. Se le quitó del todo el dolor, de modo que podía andar con un bastón, e iba de cuarto en cuarto para hablar con Misericordia, Prudencia, Piedad y Caridad.
Cristiana.—Por favor, señor, ¿para qué más sirven estas píldoras?
Pericia.—Sirven para todos los que van de camino a la Ciudad Celestial.
Cristiana.—Te pido que me prepares una caja grande llena de ellas, porque si las consigo, no tomaré ninguna otra medicina.
Pericia.—Estoy seguro de que, si un hombre las usa como debe, no podría morir. Pero, buena Cristiana, estas píldoras no servirán de nada si no las das como yo las he dado, es decir, en un vaso de dolor por los pecados de los que las toman. Así que le dio algunas a Cristiana, a sus otros hijos y a Misericordia. A Mateo le mandó también que tuviera mucho cuidado de no comer más ciruelas verdes. Luego les dio un beso a todos y se fue.
Como ya habían pasado allí bastante tiempo, se prepararon para irse. Entonces José, que era el tercer hijo de Cristiana, le dijo: Tenías que mandar recado a la casa del Sr. Intérprete para pedirle que dejara venir con nosotros al Sr. Gran-Corazón como guía.
¡Buen chico!, dijo Cristiana. No me había acordado.
Así que ella escribió una nota, y el Intérprete le dijo al hombre que la había traído: Ve y diles que se lo mandaré.
Gran-Corazón llegó pronto, y les dijo a Cristiana y a Misericordia: Mi Señor os manda un poco de vino y grano tostado, y a los niños, higos y pasas.
Luego se pusieron en camino, y Prudencia y Piedad fueron con ellos. Pero primero Cristiana se despidió de Vigilante, el que guardaba la puerta, y le puso una moneda pequeña en la mano mientras le daba las gracias por todo lo que había hecho por ella y por sus queridos niños. Luego le dijo: ¿Has visto pasar hombres desde que estamos aquí?
Vigilante.—Sí, los he visto; y ha habido un gran robo en este camino real; pero cogieron a los ladrones.
Entonces Cristiana y Misericordia dijeron que les daba mucho miedo seguir por ese camino.
Mateo.—No tengáis miedo mientras tengamos con nosotros al Sr. Gran-Corazón para guiarnos.
Entonces vi en mi sueño que siguieron andando hasta llegar a lo alto de la colina. Allí Piedad dijo: ¡Ay, tengo que volver a buscar lo que quería dar a Cristiana y a Misericordia! Era una lista de todas las cosas que habían visto en la casa donde vivimos. Os pido, dijo ella, que la miréis de vez en cuando, y que os acordéis de esas cosas para vuestro bien.
Luego bajaron la colina hacia el Valle de la Humillación. Era una cuesta muy empinada, y los pies les resbalaban al andar; pero tuvieron mucho cuidado. Cuando llegaron abajo, Piedad le dijo a Cristiana: Este es el valle donde Cristiano se encontró con Apolión, y donde tuvieron aquella pelea tan terrible de la que seguro que has oído hablar. Pero tened ánimo: mientras tengamos al Sr. Gran-Corazón para guiarnos, aquí no hay nada que nos haga daño, más que las cosas que vemos por nuestros propios miedos. Y en cuanto a Apolión, la buena gente del pueblo, que nos cuenta que tal cosa pasó en tal sitio y le hizo daño a tal persona, cree que algún demonio malo anda por ese lugar; ¡y resulta que esas cosas les vienen por el fruto de sus propias malas obras! Porque los que dan resbalones tienen que contar con llevarse sustos. Y por eso este valle tiene tan mala fama.
Jacobo.—Mirad, ahí hay un poste con unas palabras; voy a leerlas.
Así que fue, y vio que en el poste estaban grabadas estas palabras: Que los resbalones que tuvo Cristiano antes de llegar aquí, y las peleas que tuvo en este lugar, sirvan de aviso a todos los que vengan al Valle de la Humillación.
Sr. Gran-Corazón.—No es tan difícil subir esta colina como bajarla, y eso se puede decir de muy pocas colinas en esta parte del mundo. Pero dejemos al buen hombre: él ya descansa, y tuvo una pelea muy valiente con el enemigo. Que Aquel que vive en lo alto nos conceda que no nos vaya peor cuando llegue la hora de probar nuestras fuerzas. Este valle da mucho fruto.
Mientras seguían andando, se encontraron con un muchacho que iba con ropa pobre y cuidaba unas ovejas. Tenía una cara muy bonita y fresca, y, sentado en la orilla, cantaba una canción.
Escuchad, dijo Gran-Corazón, las palabras de la canción de ese muchacho.
Así que se pusieron a escuchar.
«El que está abajo no tiene que temer caer; el que es pequeño no tiene orgullo; el que es manso en todo tiempo tendrá a Dios por guía».
Entonces dijo Gran-Corazón: ¿Lo oís? Me atrevo a decir que este muchacho vive más contento que el que va vestido de seda, y que lleva encima más de esa planta que llaman paz del corazón.
Samuel.—Pregúntale a Gran-Corazón en qué parte de este valle fue donde Apolión vino a pelear con Cristiano.
Gran-Corazón.—La pelea fue en esa parte de la llanura que se llama el Prado del Olvido. Y si los que van por el camino reciben algún golpe, es cuando pierden de vista el bien que reciben de la mano de Aquel que vive en lo alto.
Misericordia.—Creo que en este lugar me siento tan bien como en todo el resto del camino. Este valle tiene una gracia dulce, y le va muy bien a mi forma de ser; porque me gusta estar en un sitio como este, donde no hay ruedas de coches que hagan ruido. Aquí uno puede pensar un rato en lo que es, de dónde viene y para qué lo ha hecho el Rey; aquí uno puede pensar en calma y orar.
Justo entonces les pareció que el suelo que pisaban temblaba. Pero el guía les dijo que tuvieran ánimo y que miraran bien dónde ponían los pies, no fuera que cayeran en alguna trampa.
Entonces Jacobo se puso malo, aunque yo creo que fue de miedo; y Cristiana le dio un poco del vino que el Sr. Intérprete le había puesto en las manos, y tres de las píldoras que había preparado el Sr. Pericia, y el niño pronto se puso bien.
Luego siguieron andando un rato, y Cristiana dijo: ¿Qué es esa cosa que hay en el camino? ¡Una cosa con esa forma no la he visto en toda mi vida!
José dijo: ¿Qué es?
¡Una cosa horrible, hijo, una cosa horrible!, dijo ella.
José.—Pero ¿a qué se parece?
Cristiana.—Se parece a... no sé decir a qué. Hace un momento estaba lejos; ahora está cerca.
Gran-Corazón.—Bueno, los que tengan más miedo, que se queden muy cerca de mí.
Entonces aquello desapareció de la vista de todos.
Pero no habían ido muy lejos cuando Misericordia miró hacia atrás y vio una gran fiera que venía corriendo hacia ellos con un rugido muy fuerte.
Aquel ruido hizo temblar de miedo a todos menos a su guía, que se quedó atrás y puso a los demás delante de él. Pero cuando la fiera vio que Gran-Corazón pensaba pelear con ella, se echó atrás y no se la vio más.
No hacía mucho que habían dejado aquel sitio cuando les cayó encima una niebla espesa, de modo que no podían ver.
¿Qué vamos a hacer?, dijeron.
Su guía les dijo que no tuvieran miedo, sino que se quedaran quietos y vieran cómo acababa él también con esto.
Entonces Cristiana le dijo a Misericordia: Ahora veo lo que pasó mi pobre y querido Cristiano. He oído hablar mucho de este lugar. ¡Pobre hombre! Pasó por aquí en plena noche, y sin nadie que lo acompañara. Pero ¿quién puede saber lo que es el Valle de Sombra de Muerte hasta que llega a verlo? ¡Estar aquí me llena el pecho de temor!
Gran-Corazón: Ahora parece como si la tierra hubiera echado sus cerraduras a nuestro alrededor. No quiero presumir, pero confío en que todavía saldremos adelante. Venid, oremos para pedir luz a Aquel que puede darla.
Así que lloraron y oraron. Y como el sendero ya era más llano, siguieron derechos adelante.
Misericordia.—Estar aquí no es tan agradable como estar en la Puerta, o en casa del Sr. Intérprete, o en la buena casa donde estuvimos la última vez.
Ay, dijo uno de los niños, no es tan malo pasar por este lugar como lo sería vivir aquí para siempre. Y, que yo sepa, tenemos que ir por este camino para que nuestra última casa nos parezca todavía más feliz.
Gran-Corazón.—Bien dicho, Samuel; ahora hablas como un hombre.
Samuel.—Pues si de verdad salgo de este lugar, creo que apreciaré lo que es luz y lo que es bueno más que en toda mi vida.
Gran-Corazón.—Saldremos dentro de poco.
Así que siguieron adelante.
José.—¿Todavía no se ve el final de este valle?
Gran-Corazón.—Mirad dónde ponéis los pies, porque pronto estaréis donde están las trampas.
Así que tuvieron mucho cuidado.
Gran-Corazón.—Los hombres vienen aquí sin traer guía, y por eso mueren en las trampas que encuentran por el camino. ¡Pobre Cristiano! Es asombroso que saliera de este lugar y se salvara. Pero Dios vivía en su alma, y él tenía un corazón valiente; si no, no lo habría podido hacer.
Cristiana.—Ojalá hubiera por aquí alguna posada donde pudiéramos descansar todos.
Bueno, dijo el Sr. Honesto, uno con quien se acababan de encontrar, hay un lugar así no muy lejos de aquí.
Así que fueron allí, y el dueño de la casa, que se llamaba Gayo, dijo: Entrad, porque mi casa se hizo solo para gente como vosotros.
Gran-Corazón.—Buen Gayo, vamos a cenar. ¿Qué tienes para que comamos? Hemos pasado muchos trabajos, y nos hace mucha falta comer.
Gayo.—Es demasiado tarde para salir a buscar comida; pero comeréis de lo que tenemos.
Luego pusieron la mesa, y cerca del final de la cena se sentaron todos alrededor de la mesa a partir nueces. Entonces el viejo Honesto le dijo a Gayo: Dime qué quiere decir este verso:
Había un hombre, y algunos lo tenían por loco; cuanto más daba este hombre, más tenía.
Entonces todos los muchachos trataron de adivinar qué diría Gayo; y él se quedó callado un rato, y luego dijo:
El que da sus bienes a los pobres tendrá otro tanto, y diez veces más.
José.—No creía, señor, que lo fueras a adivinar.
Gayo.—¡Ah! He aprendido de mi Señor a ser bueno con los demás, y veo que salgo ganando.
Entonces Samuel le dijo a Cristiana en voz baja: Esta es la casa de un hombre bueno; quedémonos mucho tiempo. ¿Y por qué no se casa aquí Mateo con Misericordia?
Cuando Gayo le oyó decir esto, dijo: Con todo mi corazón. Y le dio Misericordia a Mateo por esposa.
Capítulo 13 completado
El Sr. Gran-Corazón y el valle