El progreso del peregrino en palabras sencillas
De camino a casa, a la Ciudad

Capítulo 14 · 10 min de lectura · 13 min de escucha

De camino a casa, a la Ciudad

Para entonces Jacobo, el hijo de Cristiana, ya era mayor, y Gayo le dio a Febe (que era hija suya) para que fuera su esposa. Se quedaron diez días en casa de Gayo, y luego se despidieron. Pero el último día él les hizo un banquete, y todos comieron y bebieron.

Gran-Corazón.—Bueno, Gayo, ha llegado la hora de irnos. Así que dime cuánto te debo por esta larga estancia en tu posada, porque llevamos aquí algunos años.

Gayo.—En mi casa nadie paga; porque el buen samaritano me dijo que le pasara a él la cuenta de todo lo que gastara. Entonces se despidieron de él y siguieron su camino. Por el camino pasaron toda clase de sustos y miedos, hasta que llegaron a un lugar que se llamaba la Feria de la Vanidad. Allí fueron a la casa del Sr. Mnasón, que dijo a sus invitados: Si os hace falta alguna cosa, no tenéis más que decirlo, y haremos lo que podamos para conseguírosla.

Pues bien, dijeron ellos, nos gustaría mucho conocer a algunas de las buenas personas de esta ciudad.

Así que Mnasón dio un golpe en el suelo con el pie, y entonces subió Gracia; y él la mandó a buscar a algunos de sus amigos que estaban en la casa, y todos se sentaron a comer.

Entonces el Sr. Mnasón extendió la mano para señalar a Cristiana, y dijo: Amigos míos, tengo aquí unos invitados que van de camino a Sion. Pero ¿quién creéis que es esta? Esta es la esposa de Cristiano, a quien los hombres de esta ciudad trataron tan mal, a él y a su amigo Fiel.

¡Vaya!, dijeron ellos, ¿quién iba a pensar que encontraríamos a Cristiana en este lugar? ¡Que el Rey al que amas y sirves te lleve en paz adonde él está!

Luego le contaron que la sangre de Fiel les había pesado como una carga en el corazón; y que, desde que lo quemaron, no habían llevado a ningún otro hombre a la hoguera en la Feria de la Vanidad. En aquellos días, dijeron, los hombres buenos no podían andar por las calles; pero ahora pueden dejarse ver.

Cristiana, sus hijos y Misericordia vivieron allí algunos años. Con el tiempo, el Sr. Mnasón, que tenía esposa y dos hijas, le dio a Samuel por esposa a su hija mayor, que se llamaba Gracia, y a José le dio a Marta.

Un día salió del bosque una serpiente enorme y mató a algunos de la gente de la ciudad. Nadie era tan valiente como para atreverse a hacerle frente; todos huían cuando oían que se acercaba, porque se llevaba a los niños pequeños por docenas.

Pero Gran-Corazón y los demás hombres que estaban en casa del Sr. Mnasón decidieron matar a esta serpiente y librar de ella a la ciudad. Así que salieron a su encuentro. Al principio la serpiente no parecía hacerles caso; pero como eran hombres fuertes y buenos con las armas, la hicieron retroceder. Luego la esperaron escondidos y cayeron sobre ella, hasta que al fin supieron que moriría de sus heridas. Por esto el Sr. Gran-Corazón y los demás se ganaron el cariño de toda la ciudad.

Ya se acercaba la hora de seguir su camino. El Sr. Gran-Corazón iba delante como guía; y vi en mi sueño que llegaron al río que está a este lado de los Montes Deleitosos. En las dos orillas crecían árboles hermosos, cuyas hojas eran buenas para la salud, y los campos estaban verdes todo el año; y allí podían echarse a descansar sin peligro. Allí también había rediles para las ovejas, y una casa hecha para criar los corderitos; y había Uno que los cuidaba, que los tomaba en sus brazos y los llevaba en su seno.

Entonces Cristiana les dijo a las cuatro esposas jóvenes que dejaran a sus niños pequeños a la orilla de este río, para que no les faltara nada en el tiempo que vendría. Porque, dijo ella, si se pierden o se apartan del camino, él los traerá de vuelta; él dará fuerzas a los enfermos; y aquí no les faltará comida, ni bebida, ni ropa. Así que dejaron a sus pequeños con él.

Cuando llegaron al Prado del Atajo, se sentaron en los escalones de la cerca adonde había ido Cristiano con Esperanzado, cuando el Gigante Desesperación los encerró a los dos en el Castillo de la Duda. Se sentaron a pensar qué sería lo mejor, ahora que eran un grupo tan fuerte y tenían a un hombre como el Sr. Gran-Corazón para guiarlos; es decir, si no estaría bien derribar el Castillo de la Duda y, si había allí encerradas almas pobres que iban de camino a la Ciudad Celestial, ponerlas en libertad. Uno decía una cosa y otro decía otra; al fin dijo el Sr. Gran-Corazón: En el libro de la Palabra de Dios se nos dice que tenemos que pelear la buena batalla. Y, decidme, ¿con quién vamos a pelear, si no es con el Gigante Desesperación? ¿Quién viene conmigo?

Los cuatro hijos de Cristiana dijeron: Nosotros vamos; porque eran jóvenes y fuertes. Así que dejaron a sus esposas y se fueron.

Cuando llamaron a la puerta, salieron a recibirlos el Gigante Desesperación y su esposa, Desconfianza.

Gigante Desesperación.—¿Quién es, y qué es, el que se atreve a venir a la puerta del Gigante Desesperación?

Gran-Corazón.—Soy yo, guía de los que van de camino a Sion. Y te mando que abras de par en par tus puertas y salgas, porque he venido a matarte y a derribar tu casa.

Gigante Desesperación.—¿Qué? ¿Uno como Gran-Corazón me va a meter miedo a mí? ¡No!

Así que se puso un casco de acero en la cabeza, y con una coraza de fuego y un garrote en la mano, salió a pelear con sus enemigos.

Entonces aquellos seis hombres se lanzaron contra él, y pelearon como si les fuera la vida en ello, hasta que Desesperación cayó al suelo y Gran-Corazón lo mató. Luego se echaron sobre su casa, pero tardaron seis días en derribarla. Allí encontraron al Sr. Abatimiento y a una tal Mucho-Miedo, su hija, y los pusieron en libertad.

Luego todos siguieron hasta los Montes Deleitosos. Allí se hicieron amigos de los hombres que cuidaban sus rebaños, que fueron tan buenos con ellos como lo habían sido con Cristiano y con Esperanzado.

Traéis con vosotros un buen acompañamiento, dijeron ellos. Decidnos, por favor, ¿dónde los encontrasteis?

Así que su guía les contó cómo había pasado.

Al poco tiempo llegaron a la Tierra Encantada, donde el aire hace dormir a los hombres. No habían ido muy lejos cuando les cayó encima una niebla espesa, de modo que durante un rato no podían ver; y como no podían guiarse por la vista, se mantenían cerca de su guía hablándose unos a otros. Pero uno se cayó en un arbusto, otro se quedó atascado en el barro, y algunos de los pequeños perdieron los zapatos en el lodo. ¡Ay, me he caído!, dijo uno. ¿Dónde estáis?, gritó otro; y un tercero dijo: ¡Me he quedado enganchado en el arbusto!

Luego llegaron a un banco que se llamaba Amigo del Perezoso, que tenía matas y plantas alrededor para dar sombra a los que se sentaban allí. Pero Cristiana y los demás hicieron tanto caso a lo que les decía su guía que, aunque estaban rendidos de cansancio, ninguno de ellos tuvo ni siquiera ganas de pararse allí; porque sabían que dormir aunque fuera un ratito en la Tierra Encantada sería la muerte.

Como todavía estaba oscuro, su guía encendió una luz para mirar su mapa (el libro de la Palabra de Dios); y si no lo hubiera hecho, se habrían perdido todos, porque justo al final del camino había un hoyo lleno de barro, y nadie sabe lo hondo que es.

Entonces pensé yo: ¿Quién no querría tener uno de estos mapas o libros para mirarlo cuando tiene dudas y no sabe qué camino tomar?

Pronto llegaron a un banco en el que estaban sentados dos hombres, Descuidado y Demasiado-Osado; y Cristiana y los demás movieron la cabeza, porque vieron que aquellos hombres estaban muy mal. No sabían qué debían hacer: si seguir adelante y dejarlos dormidos, o intentar despertarlos. Entonces el guía los llamó por su nombre; pero no les pudo sacar ni un sonido de los labios. Así que al fin Gran-Corazón los sacudió, e hizo todo lo que pudo para despertarlos.

Uno de los dos, que se llamaba Descuidado, dijo: No; te pagaré cuando cobre lo que me deben.

Al oír esto, el guía movió la cabeza.

Entonces habló Demasiado-Osado: Pelearé mientras pueda sostener mi espada.

Cuando dijo esto, todos los que estaban alrededor se echaron a reír.

Cristiana.—¿Qué quiere decir esto?

Gran-Corazón.—Hablan en sueños. Aunque los golpees o los sacudas, seguirán hablando igual, porque su sueño es como el del hombre que está en lo alto del mástil de un barco cuando las olas del mar lo golpean.

Entonces Cristiana, Misericordia y los que iban con ellas siguieron adelante con miedo, y le pidieron a su guía una luz para el resto del camino.

Pero como los pobres niños pequeños lloraban fuerte porque necesitaban descansar, todos se pusieron de rodillas para pedir ayuda. Y cuando apenas habían andado un poco, se levantó un viento que se llevó la niebla; así que, ahora que el aire estaba claro, siguieron su camino.

Luego llegaron a la tierra de Beulá, donde el sol brilla de día y de noche. Allí descansaron un poco, y comieron de la fruta que colgaba de las ramas a su alrededor. Pero en una tierra como aquella solo podían dormir un ratito, por mucho que quisieran; porque las campanas tocaban unas músicas tan dulces, y les llegaba a los ojos un resplandor de luces tan grande, que pronto se levantaban para pasear de un lado a otro por aquel camino brillante, donde no se atreven a pisar los pies de los malos.

Y entonces oyeron que se levantaban gritos, porque en el pueblo se decía que había llegado un mensajero de la Ciudad Celestial con noticias de gran alegría para Cristiana, la esposa de Cristiano. Así que la buscaron, y encontraron la casa donde estaba.

Entonces el mensajero le puso en las manos una carta que decía: ¡Salud, buena Cristiana! Te traigo noticia de que el Señor te llama para que estés junto a su trono, vestida de blanco, dentro de diez días.

Cuando el que trajo la carta se la leyó, le dio una señal de que eran palabras de verdad y de amor, y le dijo que había venido a pedirle que se preparara deprisa para irse. La señal era una flecha con la punta afilada, que quería decir que, en el día que decía la carta, ella tenía que morir.

Cristiana oyó con alegría que sus trabajos iban a terminar tan pronto, y que viviría otra vez con su querido Cristiano.

Entonces mandó llamar a sus hijos y a sus esposas para que vinieran a verla. A ellos les dio palabras de ánimo. Les dijo lo contenta que estaba de tenerlos a su lado en un momento así. También quiso que su propia muerte, que ya estaba muy cerca, les sirviera de algo, desde ese día hasta la hora en que cada uno de ellos tuviera que dejar este mundo. Esperaba que les ayudara a guiarse en su camino; que la fe a la que ella les había enseñado a agarrarse se les hubiera metido muy hondo en el corazón; y que todas sus obras nacieran del amor a Dios. Solo podía orar para que se acordaran de estas palabras, y pusieran toda su confianza en Aquel que había llevado sus pecados en la cruz y había muerto para salvarlos.

Cuando llegó el día en que tenía que partir hacia el mundo del amor y de la verdad, el camino estaba lleno de gente que quería verla salir; y las últimas palabras que le oyeron decir fueron: Ya voy, Señor, a estar contigo.

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