Capítulo 11 · 17 min de lectura · 21 min de escucha
Cristiana se pone en camino
Otra vez tuve un sueño, y fue este: Cristiana, la esposa de Cristiano, había estado de rodillas orando, y cuando se levantó oyó que llamaban fuerte a la puerta. Si vienes en el nombre de Dios, dijo ella, entra. Entonces me pareció en mi sueño que alguien vestido con ropas blancas como la nieve abrió la puerta y dijo: Paz sea a esta casa. Al ver algo tan nuevo para ella, Cristiana al principio se puso pálida de miedo; pero al poco rato se animó y le dijo que le gustaría saber de dónde venía y para qué. Entonces él le dijo que se llamaba Secreto, y que vivía con los que están en lo alto. Luego le dijo su visita: Cristiana, aquí tienes una carta para ti, que te traigo de parte de Cristiano. Así que ella la tomó, rompió el sello y leyó estas palabras, que estaban escritas en oro: «A la que fue mi querida esposa. El Rey quiere que hagas lo que yo hice, porque ese fue el camino para venir a esta tierra y vivir con él en alegría». Cuando Cristiana leyó esto, se echó a llorar y le dijo al que había traído la carta: Señor, ¿nos llevarás a mí y a mis hijos contigo, para que nosotros también nos inclinemos ante este rey? Pero él le dijo: Cristiana, la alegría nace de la pena: primero tiene que venir el sufrimiento, y después la gloria. Para llegar a la tierra donde yo vivo, tienes que pasar por trabajos, y también por burlas y desprecios. Pero toma el camino que sube hasta la puerta del campo, la que está al principio del camino; y te deseo muy buen viaje. Quiero que lleves esta carta en tu pecho, para que la leas hasta que tengas que entregarla en la última puerta, la que lleva a la Ciudad Celestial.
Entonces Cristiana habló con sus hijos y les dijo: Hijos míos, últimamente he estado triste por la muerte de Cristiano, vuestro querido padre. Pero ahora estoy segura de que él está bien, y de que vive en la tierra de la vida y de la paz. También he sentido una pena muy honda al pensar en cómo estoy yo y cómo estáis vosotros; porque hicimos mal en dejar que el corazón se nos enfriara, en no querer escucharlo cuando él estaba sufriendo, y en apartarnos de él cuando huyó de esta Ciudad de Destrucción.
Pensar en estas cosas me mataría, si no fuera por un sueño que tuve anoche y por lo que me ha contado una visita que vino aquí al amanecer. Así que venid, queridos míos, vamos ahora mismo a la puerta que lleva a la Ciudad Celestial, para que veamos a vuestro padre y estemos allí con él y con sus amigos.
Entonces sus dos hijos mayores se echaron a llorar de alegría, porque el corazón de Cristiana estaba puesto en ese camino.
Mientras lo preparaban todo para irse, llegaron a la casa de Cristiana dos amigas suyas y llamaron a la puerta. Ella les dijo: Si venís en el nombre de Dios, entrad. Esa forma de hablar en boca de Cristiana les pareció muy rara. Aun así entraron, y le dijeron: Por favor, ¿qué quieres decir con eso?
Quiero dejar mi casa, le dijo ella a la señora Temerosa, porque así se llamaba una de aquellas amigas.
Temerosa.—¿Para qué, dime, por favor?
Cristiana.—Para ir con mi querido Cristiano. Y al decir esto, se echó a llorar.
Temerosa.—¡Pero bueno! ¿Cómo puede ser? ¿Quién o qué te ha puesto en ese estado?
Cristiana.—Ay, amiga mía, si supieras lo que yo sé, seguro que te alegrarías de venir conmigo.
Temerosa.—Pero, por favor, ¿qué cosa nueva has aprendido que te aparta de tus amigos y te empuja a irte no se sabe adónde?
Cristiana.—Anoche soñé que veía a Cristiano. ¡Ay, ojalá mi alma estuviera ahora con él! El Príncipe de aquel lugar me ha mandado llamar por medio de uno que vino a verme al salir el sol y me trajo esta carta para decirme que vaya allá. Léela, por favor.
Temerosa.—¡Ay, qué locura correr tantos peligros! Seguro que has oído contar a nuestro amigo Obstinado lo que le pasó a Cristiano en el camino, porque él fue con él; sí, y Flexible también, hasta que ellos, como hombres sabios, volvieron por miedo. Ya oíste cómo se encontró con las fieras y con Apolión, lo que vio en el Valle de Sombra de Muerte, y muchas cosas más que me ponen los pelos de punta al oírlas. Piensa también en estos cuatro niños tan dulces, que son carne de tu carne y hueso de tus huesos. Y aunque tú fueras tan loca como para querer irte, por favor, quédate en casa por el bien de ellos.
Pero Cristiana dijo: No me tientes. Ahora tengo en la mano la ocasión de ganar algo bueno, y de verdad sería una tonta si no tuviera el valor de agarrarla. Y esos trabajos y trampas de los que me hablas no me van a hacer volver atrás; no, solo me sirven para ver que voy por buen camino. Primero hay que sentir la pena, y después viene la alegría. Así que, como no has venido a mi casa en el nombre de Dios, como yo dije, te pido que te vayas y que no me tientes más.
Entonces Temerosa le dijo a Misericordia (que había venido con ella): Vamos a dejarla con sus ideas, porque se burla de todo lo que le digo.
Pero Misericordia pensó que, si su amiga Cristiana se iba a ir, ella la acompañaría un trecho del camino para ayudarla. También pensaba un poco en su propia alma, porque lo que Cristiana había dicho se le había quedado metido en la mente, y sintió que tenía que hablar un poco con esta amiga; y si veía que en sus palabras había verdad y vida, se iría con ella con todo su corazón.
Así que Misericordia le dijo a Temerosa: Yo vine contigo a ver a Cristiana, y como hoy ella se despide del pueblo, creo que lo menos que puedo hacer es andar un trecho con ella para ayudarla a empezar. Pero lo demás no se lo dijo a Temerosa.
Temerosa.—Bueno, ya veo que tú también quieres hacer el tonto; pero ten cuidado a tiempo, y sé sabia.
Así que la señora Temerosa se fue a su casa; y Cristiana, con sus cuatro hijos y con Misericordia, se pusieron en camino.
Misericordia, dijo Cristiana, para mí es un gran regalo que hayas salido de tu casa para acompañarme al principio del camino.
Entonces dijo la joven Misericordia (porque era muy joven): Si yo pensara que es bueno ir contigo, no volvería al pueblo nunca más.
Cristiana.—Pues bien, Misericordia, une tu suerte a la mía; yo sé cómo terminarán nuestros trabajos. Cristiano está en un lugar que no dejaría ni por todo el oro de las minas de España. Y a ti no te van a echar, aunque no haya nadie más que yo para pedirlo por ti; porque el Rey que me ha llamado a mí y a mis hijos es Uno que no rechaza a los que lo buscan. Si quieres, te tomaré a mi servicio, y vendrás como mi criada, y aun así lo compartirás todo conmigo, con tal de que vengas.
Misericordia.—Pero ¿cómo sé yo que me van a dejar entrar? Si supiera que tendré la ayuda de Aquel de quien viene toda ayuda, no me pararía a pensarlo, sino que iría ahora mismo, por muy duro que fuera el camino.
Cristiana.—Bueno, Misericordia, te voy a decir lo que quiero que hagas. Ven conmigo hasta la puerta del campo, y allí yo preguntaré por ti; y si Aquel que guarda la puerta no te da ninguna esperanza, siempre puedes volver a tu casa.
Misericordia: Bien, iré contigo, y que el Señor me conceda vivir en la tierra que tanto desea mi corazón.
Entonces Cristiana se alegró de tener una amiga que fuera con ella, y de que su amiga se preocupara tanto por su alma.
Así que siguieron su camino; pero Misericordia tenía la cara tan triste que Cristiana le dijo: ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?
Misericordia.—Ay, ¿quién no lloraría al pensar en cómo están mis pobres amigos y mi gente querida, en nuestro malvado pueblo?
Cristiana.—Tú sientes pena por tus amigos como mi buen Cristiano la sentía por mí cuando me dejó, porque le dolía en el alma ver que yo no veía estas cosas de la misma manera que él. Y ahora tú, yo y estos queridos niños recogemos el fruto de todos sus sufrimientos. Espero, Misericordia, que esas lágrimas tuyas no se lloren en vano, porque Aquel que no puede mentir ha dicho que los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.
Cuando Cristiana llegó al Pantano del Desaliento, ella y sus hijos se pararon, y Cristiana les dijo que aquel era el lugar donde se había caído su querido Cristiano. Pero Misericordia dijo: Vamos, intentémoslo; lo único que tenemos que hacer es no perder de vista los escalones. Aun así, Cristiana resbaló una o dos veces en el barro; pero al final cruzaron el pantano, y entonces oyeron una voz que les decía: Bienaventurada la que creyó, porque se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor.
Así que siguieron otra vez adelante, y Misericordia dijo: Si yo tuviera tantas razones como tú para esperar que me dejen entrar por la puerta, creo que ningún Pantano del Desaliento me haría volver atrás.
Bueno, dijo Cristiana, tú conoces tu herida y yo conozco la mía, y a las dos nos va a costar mucho trabajo llegar al final del camino. Porque ¿cómo vamos a pensar que los que salen en busca de tanta gloria se van a librar de sustos y miedos en el camino hacia esa tierra brillante a la que quieren llegar?
Cuando llegaron a la puerta, tardaron un rato en ponerse de acuerdo en lo que le dirían a Aquel que estaba allí; y como Misericordia no era tan mayor como su amiga, dijo que Cristiana tenía que hablar por todos. Así que ella llamó una vez, y luego (como Cristiano) dos veces más; pero no vino nadie.
Entonces oyeron los ladridos fieros de un perro, que los hicieron temblar de miedo, y por un rato no se atrevieron a llamar por tercera vez, no fuera que el perro se les echara encima. Así que no sabían qué hacer: no se atrevían a llamar, por miedo al perro; y no se atrevían a volverse, no fuera que Aquel que guardaba la puerta los viera irse y no le gustara. Al final llamaron cuatro veces más fuerte que la primera.
Entonces Aquel que estaba en la puerta dijo: ¿Quién está ahí? El perro dejó de ladrar, y la puerta se abrió de par en par para que entraran.
Cristiana cayó de rodillas y dijo: Que no se enoje nuestro Señor porque hemos hecho tanto ruido en su puerta.
Al oír esto, él dijo: ¿De dónde venís, y qué queréis?
Cristiana dijo: Venimos del pueblo de donde vino Cristiano, a pedir que nos dejes entrar por esta puerta, para seguir nuestro camino a la Ciudad Celestial. Yo fui la esposa de Cristiano, que ahora está en la tierra de gloria.
Al oír eso, Aquel que guardaba la puerta levantó los brazos y dijo: ¡Cómo! ¿Va camino de la Ciudad Celestial la que hace poco odiaba la vida de aquel lugar?
Entonces Cristiana bajó la cabeza y dijo: Sí, y también estos, mis queridos hijos. Así que él la tomó de la mano y la hizo entrar; y cuando pasaron sus cuatro hijos, cerró la puerta. Hecho esto, le dijo a un hombre que estaba cerca: Toca la trompeta de alegría.
Pero ahora que Cristiana ya había pasado la puerta a salvo con sus hijos, pensó que era hora de decir una palabra por Misericordia, así que dijo: Señor mío, tengo una amiga que está en la puerta y que ha venido aquí con la misma confianza que yo; una amiga que tiene el corazón triste porque piensa que viene, quizá, sin que la hayan llamado; mientras que a mí me llamó el Rey de Cristiano.
A la pobre Misericordia el tiempo se le hizo tan largo mientras esperaba que la dejaran entrar, que, aunque fue un rato corto, por el miedo y la duda le pareció por lo menos una hora; y Cristiana no podía seguir hablando por Misericordia con Aquel que guardaba la puerta, por los golpes que daba ella, que eran tan seguidos, y al final tan fuertes, que Cristiana se sobresaltó.
Entonces él dijo: ¿Quién está ahí?
Cristiana dijo: Es mi amiga.
Así que él abrió la puerta para mirar fuera, pero Misericordia se había desmayado, por el miedo a que no la dejaran entrar.
Entonces él la tomó de la mano y le dijo: No temas; ponte firme sobre tus pies, y dime de dónde vienes y para qué.
Misericordia.—Yo no vengo como mi amiga Cristiana, porque a mí no me llamó el Rey, y me temo que soy demasiado atrevida. Pero si hay gracia para repartir, te ruego que me dejes tener parte.
Entonces él la tomó otra vez de la mano, la hizo entrar y dijo: Todos los que ponen su confianza en mí pueden entrar, sea cual sea el medio que los ha traído hasta aquí.
Luego mandó a los que estaban allí que le trajeran un poco de mirra, y al rato ella se puso bien.
Entonces vi en mi sueño que él les habló con buenas palabras a Misericordia, a Cristiana y a sus hijos, para alegrarles el corazón. Y los llevó a lo alto de la puerta, donde los dejó un rato, y Cristiana dijo: ¡Ay, querida amiga, qué contenta estoy de que hayamos entrado todos!
Misericordia.—Con razón lo estás; pero yo tengo todavía más motivos para alegrarme.
Cristiana.—Cuando estaba en la puerta y no venía nadie, hubo un momento en que pensé que todo nuestro esfuerzo había sido en vano.
Misericordia.—Pero mi peor miedo llegó cuando vi que Aquel que guardaba la puerta te daba lo que pedías y a mí no me hacía caso. Y eso me recordó a las dos mujeres moliendo a un molinillo, y cómo yo era la que se quedaba; y me costó mucho no gritar: ¡Estoy perdida! ¡Estoy perdida!
Cristiana.—Yo creía que ibas a entrar a la fuerza.
Misericordia.—¡Ay de mí! Tú viste que la puerta estaba cerrada para mí, y que había un perro fiero no muy lejos. ¿Quién, con un corazón tan débil como el mío, no habría llamado fuerte con todas sus fuerzas? Pero, dime, ¿qué dijo mi Señor de ese ruido tan grosero? ¿No se enojó conmigo?
Cristiana.—Cuando oyó tus golpes tan fuertes en la puerta, sonrió; y a mí me parece que lo que hiciste le gustó mucho. Pero es difícil saber por qué tiene un perro así. Si lo hubiera sabido, me temo que no habría tenido ganas de venir. Pero ahora ya estamos dentro, estamos a salvo; y estoy contenta con todo mi corazón.
Uno de los hijos de Cristiana dijo: Por favor, pide que le pongan una cadena al perro, porque nos va a morder cuando nos vayamos de aquí.
Entonces Aquel que guardaba la puerta bajó otra vez donde estaban, y Misericordia cayó con la cara en el suelo y dijo: ¡Oh, déjame bendecir y alabar al Señor con mis labios!
Así que él le dijo: Paz a ti; levántate.
Pero ella no quiso levantarse hasta que él le dijo por qué tenía un perro tan fiero en el patio. Él le dijo que el perro no era suyo, sino que estaba encerrado en las tierras de uno que vivía cerca. A decir verdad, dijo él, no lo tienen allí por buena voluntad hacia mí ni hacia los míos, sino para que los que vienen aquí se vuelvan atrás de mi puerta al oír sus ladridos. Pero si me hubieras conocido mejor, no habrías tenido miedo de un perro. El pobre que va de puerta en puerta pidiendo limosna se arriesga a que le muerda un perro; ¿y va a apartarte un perro de mí?
Misericordia.—Hablé de lo que no sabía; pero, Señor, yo sé que tú todo lo haces bien.
Entonces Cristiana se levantó como para seguir su camino. Así que él les dio de comer y los puso en la senda buena, como había hecho con Cristiano. Y mientras andaban, Cristiana cantó un himno: «Cambiamos las lágrimas en alegría, y los miedos en fe».
No habían ido muy lejos cuando vieron unos árboles con fruta. Sus ramas colgaban por encima de un muro que rodeaba las tierras del dueño del perro fiero, y a veces los que pasaban por allí comían de esa fruta y lo pagaban caro. Como estaba madura, los hijos de Cristiana la tiraron al suelo y comieron un poco; aunque Cristiana los regañó y les dijo: Esa fruta no es nuestra. Pero entonces ella no sabía de quién era. Aun así, los niños siguieron comiendo.
Cuando se habían alejado de aquel lugar solo lo que llega una flecha, vieron a dos hombres que bajaban deprisa la cuesta hacia ellas, con cara de descarados. Al verlos, Cristiana y su amiga Misericordia se bajaron el velo y siguieron su camino, y los niños iban delante. Entonces los hombres llegaron hasta ellas, pero Cristiana dijo: Apartaos, o pasad en paz, como debéis. Pero ellos no hicieron más caso de sus palabras que si fueran sordos.
A Cristiana no le gustaba la cara que tenían, y dijo: Tenemos prisa y no podemos pararnos; lo que hacemos es cosa de vida o muerte. Y al decir esto, ella y los demás trataron otra vez de pasar, pero los hombres no los dejaban. Así que todos a una gritaron muy fuerte. Como no estaban lejos de la puerta, los oyeron desde allí, y algunos de los que estaban en la casa de la puerta salieron deprisa para atrapar a aquellos hombres malos; pero ellos saltaron enseguida el muro y llegaron a salvo a las tierras donde tenían al perro.
El Socorredor.—¿Cómo es que, cuando estabais en la puerta, no le pedisteis a Aquel que estaba allí que os acompañara en el camino y os guardara del mal? Si lo hubierais hecho, no habríais pasado estos sustos, porque seguro que él os habría dado lo que pedíais.
Cristiana.—Ay, señor, la alegría que sentimos cuando nos dejaron entrar nos quitó de la cabeza todos los miedos que podían venir. ¿Y cómo íbamos a pensar que unos hombres tan malos podían esconderse en un lugar como ese? Es verdad que nos habría ido mejor si hubiéramos pensado en pedírselo; pero, ya que nuestro Señor sabía que eso sería para nuestro bien, ¿cómo es que no mandó a alguien con nosotros?
El Socorredor.—No lo pedisteis. Cuando se siente la falta de una cosa, lo que deseamos vale mucho más.
Cristiana.—¿Volvemos a mi Señor y le decimos que ojalá hubiéramos sido más sabios, y le pedimos un guardián?
El Socorredor.—No hace falta que volváis, porque en ningún lugar adonde vayáis os va a faltar nada.
Cuando dijo esto, se despidió, y los demás siguieron su camino.
Misericordia.—¡Qué chasco! Yo estaba segura de que ya habíamos pasado todo peligro y de que no tendríamos más penas.
Cristiana.—A ti tu juventud te puede servir de excusa, amiga mía, y librarte de la culpa; pero mi falta es mucho peor, porque yo sabía lo que iba a pasar antes de salir por mi puerta. Misericordia.—Pero ¿cómo podías saber esto antes de salir?
Cristiana.—Pues te lo voy a contar. Una noche, estando en la cama, tuve un sueño, y en él vi todo lo que acaba de pasar, tal como pasó.
Capítulo 11 completado
Cristiana se pone en camino