El progreso del peregrino en palabras sencillas
El río y la Ciudad de Oro

Capítulo 10 · 11 min de lectura · 15 min de escucha

El río y la Ciudad de Oro

Luego me dormí y volví a soñar, y vi a Cristiano y a Esperanzado bajar cerca del pie de aquellos montes. Allí está el país de la Presunción, que se une con el camino al Monte Sion por una vereda pequeña. Allí se encontraron con un muchacho muy vivo que se llamaba Ignorancia, y Cristiano le dijo: ¿De dónde vienes, y adónde vas?

Ignorancia.—Señor, yo nací en el país que está allá, a la izquierda, y quiero ir a la Ciudad Celestial.

Cristiano.—¿Y cómo piensas entrar por la puerta?

Ignorancia.—Igual que entra todo el mundo.

Cristiano.—Pero ¿qué tienes para mostrar en esa puerta, para que te dejen pasar?

Ignorancia.—Yo sé lo que quiere mi Señor, y he llevado una vida buena; pago todo lo que tengo, doy el diezmo, doy limosnas, y he dejado mi propia tierra para ir a la tierra adonde voy ahora.

Cristiano.—Pero tú no entraste por la puerta que está al principio de este camino; entraste por una vereda pequeña. Por eso me temo que, aunque pienses que todo lo que has hecho está bien, cuando llegue el día te acusarán de que eres un ladrón, y así no podrás entrar.

Ignorancia.—Bueno, como yo no te conozco, tú sigue con lo que tú crees, y yo seguiré con lo que creo yo, y espero que todo salga bien. Y en cuanto a esa puerta de la que hablas, todo el mundo sabe que está muy lejos de nuestra tierra. No creo que haya un solo hombre en toda nuestra región que sepa siquiera el camino para llegar a ella. Y no veo qué falta hace que lo sepa, porque tenemos, como ves, una bonita vereda verde en la próxima curva, que baja desde nuestra parte del mundo.

Cristiano le dijo en voz baja a Esperanzado: Más esperanza hay del necio que de él.

Esperanzado.—Si quieres, sigamos adelante, y ya hablaremos con él más tarde, cuando quizá lo pueda aguantar.

Así que siguieron andando, e Ignorancia iba detrás de ellos, a poca distancia. Al rato vieron que del camino salía otro, y no sabían cuál de los dos tomar.

Mientras estaban parados pensando, se les acercó un hombre de piel negra, pero vestido con una túnica blanca, y les dijo: ¿Por qué estáis aquí parados? Ellos le dijeron que iban a la Ciudad Celestial, pero que no sabían cuál de los dos caminos tomar.

Entonces venid conmigo, dijo el hombre, porque allí es adonde voy yo.

Así que se fueron con él, aunque estaba claro que el camino debía de haber dado una vuelta, porque vieron que pronto iban a dar la espalda a la Ciudad Celestial.

Al poco tiempo, Cristiano y Esperanzado cayeron los dos en una red y no sabían qué hacer; y en ese momento la túnica blanca se le cayó de la espalda al hombre negro.

Entonces vieron dónde estaban. Y allí se sentaron y lloraron.

Cristiano.—¿No nos dijo uno de los cuatro hombres que cuidaban sus ovejas que tuviéramos cuidado, no fuera que el Adulador tendiera una red delante de nuestros pasos?

Esperanzado.—Aquellos hombres también nos dieron un papel con las señas del camino, pero no lo hemos leído, y por eso no hemos seguido la senda buena. Y así se quedaron en la red, llorando y gimiendo.

Al final vieron venir hacia ellos a un Resplandeciente con un látigo de cuerda fina en la mano, que les dijo: ¿Qué hacéis aquí? ¿De dónde venís?

Ellos le dijeron que querían ir a Sion, pero que los había sacado del camino un hombre negro con una capa blanca, que les dijo que les enseñaría el camino porque él iba al mismo sitio.

Entonces él dijo: Es el Adulador, un hombre falso, que se ha puesto por un tiempo la ropa de un Resplandeciente.

Así que rompió la red y dejó salir a los hombres. Luego les mandó que fueran con él, para ponerlos otra vez en el buen camino. Y les dijo: ¿Dónde estuvisteis anoche?

Ellos dijeron: Con los hombres que cuidaban sus ovejas en los Montes Deleitosos.

Entonces él dijo: Pero cuando no sabíais por dónde ir, ¿por qué no leísteis vuestro papel?

Ellos le dijeron que no se habían acordado.

Entonces vi en mi sueño que les mandó echarse en el suelo y les dio fuerte con el látigo, para enseñarles el buen camino por donde debían andar; y dijo: Yo reprendo y castigo a todos los que amo.

Así que le dieron las gracias por lo que les había enseñado, y siguieron por el buen camino, subiendo la cuesta con un canto de alegría.

Por fin llegaron a una tierra cuyo aire hacía dormir a la gente, y allí a Esperanzado se le cerraban los ojos, y dijo: Vamos a echarnos aquí a dormir un rato.

Cristiano.—De ninguna manera, no sea que si nos dormimos no despertemos más.

Esperanzado.—Pero, amigo Cristiano, dulce es el sueño del trabajador que ha pasado el día trabajando.

Cristiano.—¿No te acuerdas de que uno de los hombres que cuidaban las ovejas nos dijo que tuviéramos cuidado con la Tierra Encantada? Con eso quería decir que tuviéramos cuidado de no dormirnos; así que no durmamos, antes velemos.

Esperanzado.—Ya veo que la culpa es mía.

Cristiano.—Pues bien, para que no nos entre el sueño, te voy a pedir, mientras andamos, que me cuentes cómo llegaste al principio a hacer lo que haces ahora.

Esperanzado.—¿Quieres decir cómo empecé a preocuparme por el bien de mi alma?

Cristiano.—Sí.

Esperanzado.—Durante mucho tiempo, las cosas que se veían y se vendían en la Feria de la Vanidad me daban mucha alegría.

Cristiano.—¿De qué cosas hablas?

Esperanzado.—De todo lo bueno de esta vida; como mentiras, juramentos, bebida; en una palabra, el amor a uno mismo y todo lo que lleva a matar el alma. Pero os oí a ti y a Fiel decir que el fin de ellas es muerte.

Así hablaban mientras seguían su camino.

Pero vi en mi sueño que para entonces Cristiano y Esperanzado ya habían cruzado la Tierra Encantada y habían llegado a la tierra de Beulá, donde el aire es dulce. Como su camino pasaba por esa tierra, no tenían prisa por salir de ella, porque allí oían cantar a los pájaros todo el día, y el sol brillaba de día y de noche. El Valle de la Muerte quedaba a la izquierda, y allí no podía llegar el Gigante Desesperación; y desde aquel lugar no se veía ni siquiera el Castillo de la Duda.

Ahora ya veían Sion, y allí salieron a su encuentro algunos de los Resplandecientes. Allí también oyeron las voces de los que vivían en Sion, y pudieron ver bien aquella tierra de gloria. Estaba hecha de piedras preciosas de todos los colores, y las calles eran de oro. Por eso los rayos de luz que daban sobre Cristiano eran tan fuertes que no los podía soportar, y se puso enfermo; y a Esperanzado le pasó lo mismo. Así que se quedaron un tiempo quietos, llorando, porque su alegría era demasiado grande para ellos.

Por fin, paso a paso, se acercaron a Sion, y vieron que las puertas estaban abiertas de par en par.

En el camino había un hombre, y Cristiano y Esperanzado le preguntaron: ¿De quién son estas viñas y estos sembrados?

Él les dijo que eran del rey, y que los había puesto allí para alegrar a los que fueran por el camino. Así que les dijo que comieran la fruta que quisieran, y los llevó a ver los paseos del rey; y allí durmieron.

Entonces vi en mi sueño que hablaban más dormidos de lo que habían hablado en todo el resto del camino, y yo me quedé pensando en eso, sin entenderlo. Pero el hombre dijo: ¿Por qué te extrañas? El jugo de las uvas de esta viña es tan dulce que hace hablar los labios de los que duermen.

Luego vi que, cuando se despertaron, querían subir a Sion; pero, como ya dije, el sol lanzaba unos rayos tan brillantes desde la Ciudad Celestial, que era de oro puro, que todavía no la podían mirar, si no era a través de un cristal hecho para eso.

Mientras iban, se encontraron con dos hombres con túnicas blancas, y la cara de cada uno brillaba como la luz.

Estos hombres dijeron: ¿De dónde venís? Y cuando se lo contaron, dijeron: Solo os queda una cosa por hacer, que es difícil, y luego estaréis en Sion.

Entonces Cristiano y Esperanzado les pidieron a los dos hombres que fueran con ellos, y ellos fueron. Pero les dijeron: Tenéis que llegar por vuestra propia fe.

Entre ellos y la puerta había un río bravo, ancho y hondo. No tenía puente, y solo de verlo, Cristiano y Esperanzado se quedaron tan asustados que no se podían mover.

Pero los hombres que iban con ellos dijeron: No podéis llegar a la puerta si no es pasando por este río.

¿No hay otro camino a la puerta más que este?, dijo el pobre Cristiano.

Sí, dijeron ellos, pero solo dos hombres, que son Enoc y Elías, han ido por esa senda desde que se hizo el mundo.

Cuando Cristiano y Esperanzado volvieron a mirar el río, sintieron que el corazón se les hundía de miedo, y miraban a un lado y a otro, muy asustados de las olas. Pero el camino a Sion pasaba por el río. ¿Tiene el río la misma hondura en todas partes?, dijo Cristiano. Le dijeron que no, pero que eso no le servía de ayuda, porque iba a encontrar el río más o menos hondo según la fe que tuviera en el Rey de aquel lugar. Así que metieron los pies en el río, pero Cristiano le gritó fuerte a su buen amigo Esperanzado y le dijo: Las olas me cubren la cabeza, y me hundo. Entonces dijo Esperanzado: Ten buen ánimo; mis pies tocan el fondo del río, y es firme.

Pero Cristiano dijo: Ay, Esperanzado, los dolores de la muerte me tienen agarrado; no voy a llegar a la tierra que tanto deseo. Y en ese momento una nube le tapó los ojos, y ya no podía ver.

Esperanzado tenía mucho trabajo para mantener la cabeza de Cristiano fuera del agua; es más, a veces Cristiano se hundía del todo, y al rato volvía a subir medio muerto.

Entonces dijo Esperanzado: Amigo mío, todo esto te pasa para probar si te acuerdas de todo lo que Dios ha hecho por ti, y si vives de él en tu corazón.

Al oír estas palabras, Esperanzado vio que Cristiano estaba pensando muy hondo; así que le dijo: Ten buen ánimo, Jesucristo te sana.

Entonces Cristiano gritó con voz fuerte: ¡Oh, lo veo, y me habla y me dice: Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo!

Y entonces los dos cobraron fuerzas, y el río se quedó quieto como una piedra, de modo que Cristiano tocó el fondo con los pies y pudo cruzarlo andando. Así llegaron a la otra orilla, donde los esperaban los dos hombres con túnicas brillantes; y su ropa se quedó en el río.

Tienes que acordarte de que Sion estaba en un monte muy empinado; pero Cristiano y Esperanzado subieron sin esfuerzo y muy deprisa, porque aquellos dos hombres los llevaban de los brazos.

El monte llegaba hasta el cielo, porque su base estaba allí. Así que subieron por el aire, hablando con dulzura. Los Resplandecientes les contaron la gloria de aquel lugar, y les dijeron que era tan grande que ninguna lengua la podía contar, y que allí verían el árbol de la vida y comerían de su fruto.

Cuando lleguéis allí, dijeron, os pondrán túnicas blancas, y cada día hablaréis con el Rey, para siempre. Allí no veréis las cosas que visteis en la tierra, como las preocupaciones y la necesidad, el dolor y la muerte. Ahora vais a estar con Abraham, Isaac y Jacob.

Cristiano y Esperanzado.—¿Qué tendremos que hacer allí?

Ellos dijeron: Tendréis descanso por todo vuestro trabajo, y alegría por toda vuestra pena. Segaréis lo que habéis sembrado: el fruto de todas las lágrimas que llorasteis por el Rey en el camino. En aquel lugar llevaréis coronas de oro, y veréis siempre al que está sentado en el trono. Allí le serviréis con amor, con gritos de alegría y con cantos de alabanza.

Y mientras así se acercaban a la puerta, de pronto salió a su encuentro una multitud de santos. Los dos Resplandecientes les dijeron: Estos son hombres que amaron a nuestro Señor cuando estaban en el mundo, y lo dejaron todo por su nombre; y él nos envió a buscarlos y a traerlos por el camino, para que entren y miren a su Señor con alegría.

Entonces toda la multitud, con grandes gritos, los rodeó por todos lados (como para protegerlos); de modo que a Cristiano y a Esperanzado les parecía como si toda Sion hubiera bajado a recibirlos.

Y cuando Cristiano y Esperanzado entraron por la puerta, se produjo en ellos un gran cambio, y los vistieron con ropas que brillaban como el oro. Vinieron multitudes brillantes con arpas y coronas, y les dijeron: Entrad en el gozo del Señor. Y entonces oí sonar todas las campanas de Sion.

Y justo cuando abrieron las puertas para que entraran los hombres, pude ver Sion, que brillaba como el sol. El suelo era de oro, y los que vivían allí tenían amor en la mirada, coronas en la cabeza y palmas en sus manos, y todos a una sola voz lanzaban gritos de alabanza.

Pero luego volvieron a cerrar las puertas, y yo no podía dejar de desear haber entrado también para tener parte en aquella gloria. Entonces me desperté, y, mira, era un sueño.

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