Sobre el sacerdocio
Libro V

Capítulo 6 · 16 min de lectura · 20 min de escucha

Libro V

1. Hemos expuesto ya suficientemente cuán grande es la pericia que necesita el maestro para combatir con empeño por la verdad. Pero debo mencionar además otra cosa, que es causa de innumerables peligros; aunque, por mi parte, preferiría decir que no es la cosa misma la causa, sino quienes no saben usarla rectamente, pues de suyo es una ayuda para la salvación y para muchos otros bienes, siempre que encuentres que la administran hombres celosos y buenos. ¿Qué quiero decir, pues, con esto? El gran trabajo que se emplea en preparar los discursos que han de pronunciarse en público. Porque, para empezar, la mayoría de los que están a cargo de los predicadores no está dispuesta a comportarse con ellos como con maestros, sino que, desdeñando el papel de discípulos, adopta más bien la actitud de quienes se sientan a contemplar los juegos públicos; y así como allí la multitud se divide en bandos, y unos se adhieren a uno y otros a otro, así también aquí los hombres se dividen y se hacen partidarios ora de este maestro, ora de aquel, y los escuchan con ánimo de favor o de inquina. Y no es esta la única dificultad, sino que hay otra no menor. Porque si a algún predicador se le ocurre entretejer en sus sermones alguna parte de obras ajenas, se expone a mayor deshonra que los que roban dinero. Más aún: a menudo, sin haber tomado nada de nadie, solo por ser sospechoso, ha sufrido la suerte de un ladrón. ¿Y para qué hablo de las obras ajenas, cuando ni siquiera se le permite usar sus propios recursos sin variarlos? Porque el público acostumbra escuchar no para su provecho, sino para su deleite, sentado como los jueces de las tragedias y de los espectáculos musicales; y aquella facilidad de palabra contra la que hace poco declamábamos se vuelve en este caso deseable, más aún que en el caso de los abogados, que se ven obligados a contender unos contra otros. El predicador, pues, debe tener una grandeza de ánimo que supere con mucho mi propia pequeñez de espíritu, para corregir este placer desordenado e inútil de la multitud y ser capaz de conducirla a un modo de escuchar más provechoso, de manera que su pueblo lo siga y se le someta, y que no sea él arrastrado por los caprichos de ellos; y esto no es posible alcanzarlo sino por dos medios: la indiferencia ante sus alabanzas y la capacidad de predicar bien.

2. Porque si falta cualquiera de estas dos cosas, la que queda se vuelve inútil por estar divorciada de la otra. Pues si un predicador es indiferente a la alabanza y, sin embargo, no es capaz de ofrecer la doctrina «que es con gracia, sazonada con sal», se vuelve despreciable para la multitud, y nada gana con su propia nobleza de ánimo; y si, por otra parte, tiene éxito como predicador, pero se deja vencer por el afán de aplauso, el daño alcanza igualmente, a su vez, a él mismo y a la multitud, porque, en su deseo de alabanza, procura hablar más para agradar que para aprovechar. Y así como el que ni se deja influir por la buena opinión ni es hábil para hablar no cede al gusto de la multitud, pero tampoco puede hacerle ningún bien digno de mención, porque no tiene nada que decir, así también el que se deja arrastrar por el deseo de alabanza, aunque es capaz de prestar a la multitud un servicio mejor, le proporciona en su lugar el alimento que conviene a su paladar, porque con ello compra el tumulto de las aclamaciones.

3. El mejor obispo, por tanto, debe ser fuerte en ambos puntos, de modo que ninguno suplante al otro. Porque si, cuando se levanta en la asamblea y pronuncia palabras capaces de hacer estremecer a los negligentes, luego tropieza, se detiene en seco y se ve obligado a sonrojarse por su fracaso, el provecho de lo que ha dicho se pierde al instante. Pues los reprendidos, heridos por lo que se les ha dicho e incapaces de vengarse de él de otro modo, se burlan de él con mofas sobre esa ignorancia suya, pensando encubrir así su propio oprobio. Por eso debe, como un auriga muy hábil, formarse un juicio exacto acerca de estos dos bienes, a fin de poder servirse de ambos según lo necesite; porque cuando sea irreprochable a los ojos de todos, entonces podrá, con toda la autoridad que desee, tanto corregir como dispensar de corrección a todos los que están bajo su gobierno. Pero sin esto no le será fácil hacerlo. Ahora bien, esta nobleza de alma no debe mostrarse solo hasta el límite de la indiferencia ante la alabanza, sino que debe ir más allá, para que la ganancia así obtenida no resulte a su vez infructuosa.

4. ¿Ante qué otra cosa debe, pues, ser indiferente? Ante la calumnia y la envidia. Con todo, la maledicencia inoportuna (pues, desde luego, el obispo sufre alguna censura infundada) conviene que ni la tema ni se estremezca ante ella en exceso, ni la pase enteramente por alto; antes bien, debemos, aunque sea falsa o nos la levante el vulgo, procurar extinguirla de inmediato. Porque nada agranda tanto la mala y la buena fama como la turba indisciplinada. Acostumbrados a oír y a hablar sin detenerse a averiguar, repiten al azar todo cuanto les sale al paso, sin atender en absoluto a si es verdad. Por eso el obispo no debe despreocuparse de la multitud, sino cortar enseguida de raíz sus malas sospechas, persuadiendo a sus acusadores, aunque sean los más irrazonables de los hombres, y no omitir nada que pueda disipar un rumor desfavorable. Pero si, hecho todo esto, los que nos censuran no se dejan persuadir, desde entonces no debemos preocuparnos más por ellos. Porque si alguien se abate con demasiada prontitud por estos percances, nunca podrá producir nada noble y admirable. El desaliento y las continuas preocupaciones tienen gran poder para destruir las fuerzas de la mente y reducirla a una extrema debilidad. Así, pues, debe comportarse el sacerdote con los que tiene a su cargo, como se comportaría un padre con sus hijos muy pequeños; y así como a estos no nos turban ni sus insultos, ni sus golpes, ni sus lamentos, ni tampoco hacemos mucho caso de ello si ríen y se alegran con nosotros, así tampoco debemos envanecernos por las promesas de estas personas ni abatirnos por su censura cuando nos llega de ellas sin razón. Pero esto es difícil, mi buen amigo, y quizá, me parece, hasta imposible. Porque no sé si algún hombre ha logrado jamás no complacerse cuando se le alaba; y el que se complace en ello es probable que desee también disfrutarlo, y el que desea disfrutarlo por fuerza se sentirá del todo contrariado y fuera de sí siempre que le falte. Porque así como los que se deleitan en ser ricos se afligen cuando caen en la pobreza, y los acostumbrados a vivir con lujo no soportan vivir pobremente, así también los que ansían el aplauso, no solo cuando se les censura sin motivo, sino cuando no se les alaba de continuo, se consumen en el alma como por una especie de hambre, sobre todo si ellos mismos estaban acostumbrados a la alabanza o si oyen alabar a otros. El que emprende la prueba de la predicación con deseos de esta clase, ¿cuántos sinsabores y cuántas angustias crees que padece? No es más posible que el mar esté sin olas que ese hombre sin preocupaciones y pesar.

5. Porque, aunque el predicador tenga gran capacidad (y esto solo se hallaría en unos pocos), ni aun en este caso queda libre de un trabajo perpetuo. Pues, como la predicación no viene por naturaleza sino por estudio, supongamos que alguien alcanza en ella un alto nivel: esta lo abandonará si no cultiva su facultad con aplicación y ejercicio constantes. De modo que hay mayor trabajo para el más sabio que para el inculto. Porque la negligencia no acarrea el mismo grado de pérdida a uno y a otro, sino que la pérdida es exactamente proporcional a la diferencia entre ambas posesiones. A los segundos nadie los censuraría, pues nada aportan digno de consideración. Pero a los primeros, a menos que produzcan constantemente algo que supere la reputación en que todos los tienen, los acompaña por todas partes una gran censura; y, además, los segundos recibirían considerables alabanzas aun por pequeños logros, mientras que los esfuerzos de los primeros, a menos que sean singularmente maravillosos y sorprendentes, no solo no obtienen aplausos, sino que encuentran muchos censores. Porque los oyentes se erigen en críticos, no tanto para juzgar lo que se dice como la reputación del que habla; de modo que cuando alguien sobresale por encima de todos en dotes oratorias, entonces más que nadie necesita un estudio laborioso. Pues a este no se le permite acogerse a la excusa habitual que alega la naturaleza humana, la de que no se puede acertar en todo; sino que, si sus sermones no corresponden en todo a la grandeza de las expectativas que se han formado, se irá sin haber ganado otra cosa que innumerables burlas y censuras; y nadie tiene en cuenta, respecto de él, que el abatimiento, el dolor, la ansiedad y a menudo la ira pueden sobrevenir y empañar la claridad de sus pensamientos e impedir que sus obras le salgan sin mezcla; ni que, en suma, siendo solo un hombre, no puede ser siempre el mismo ni salir airoso en todo momento, sino que naturalmente ha de quedarse a veces corto y parecer de un nivel inferior al acostumbrado. Nada de esto, como dije, están dispuestos a tomar en consideración, sino que le imputan faltas como si estuvieran juzgando a un ángel; aunque también en otros casos el hombre suele pasar por alto las buenas obras de su prójimo, por muchas y grandes que sean, y si en alguna parte aparece un defecto, aunque sea accidental, aunque solo ocurra a largos intervalos, enseguida se advierte y siempre se recuerda; y así, cosas pequeñas e insignificantes han empañado a menudo la gloria de muchas y grandes hazañas.

6. Ya ves, excelente amigo, que el hombre poderoso en la predicación tiene especial necesidad de un estudio mayor que los demás; y, además del estudio, también de una paciencia mayor que la que necesitan todos los que ya he mencionado. Porque así se levantan continuamente muchos contra él, con espíritu vano e insensato, y, sin tener otra falta que reprocharle sino que goza de la aprobación general, lo odian; y él debe soportar noblemente su amarga malicia, pues, como no pueden ocultar este odio maldito que tan sin razón abrigan, lo injurian, lo censuran, lo calumnian en privado y lo difaman en público; y la mente que ha empezado a dolerse y exasperarse en cada una de estas ocasiones no escapará de ser corroída por la tristeza. Porque no solo se vengarán de él con sus propios actos, sino que intentarán hacerlo por medio de otros, y a menudo, escogiendo a alguno de los que no son capaces de decir una palabra, lo ensalzarán con sus alabanzas y lo admirarán por encima de lo que vale. Algunos hacen esto por pura ignorancia, otros por ignorancia y envidia, para arruinar la reputación del otro, no para demostrar que es admirable quien no lo es; y el hombre de ánimo noble tiene que luchar no solo contra estos, sino a menudo contra la ignorancia de toda la multitud. Porque, como no es posible que todos los que se reúnen sean hombres instruidos, sino que lo probable es que la mayor parte de la asamblea esté compuesta de gente inculta, y que aun los demás, que tienen la cabeza más clara que ellos, estén tan lejos de poder juzgar sermones como los restantes lo están de ellos, de modo que solo uno o dos de los allí sentados poseen esta facultad, se sigue necesariamente que el que predica mejor que otros se lleva menos aplausos, y quizá vuelve a casa sin haber sido alabado en absoluto; y debe estar preparado para afrontar noblemente tales anomalías, y perdonar a quienes las cometen por ignorancia, y llorar, como a criaturas desdichadas y dignas de lástima, por quienes se complacen en ellas por envidia, y no pensar que sus facultades han disminuido por ninguna de estas causas. Porque si un hombre que es un pintor eminente y superior a todos en su arte ve que el retrato que ha trazado con gran exactitud es puesto en ridículo, no debe abatirse ni considerar pobre la pintura por el juicio de los ignorantes; como tampoco consideraría que el dibujo realmente pobre es algo admirable y hermoso por el asombro de los profanos en el arte.

7. Sea, pues, el mejor artífice el juez de sus propias obras, y determínese si sus trabajos son buenos o pobres según la sentencia que pronuncie sobre ellos la mente que los concibió. Pero que no tome siquiera en cuenta la opinión, tan errada y ajena al arte, del mundo de fuera. Así pues, el que asume el esfuerzo de enseñar nunca preste atención a la buena opinión del mundo de fuera, ni se abata en su alma por causa de tales personas; sino que, trabajando en sus sermones para agradar a Dios (pues sea esta sola su regla y su propósito al desempeñar esta excelentísima obra, no la aclamación ni la buena opinión), si en verdad es alabado por los hombres, no rechace su aplauso, y cuando sus oyentes no se lo ofrezcan, no lo busque ni se aflija. Porque un consuelo suficiente en sus trabajos, y mayor que todos, es poder tener conciencia de que dispone y ordena su enseñanza con vistas a agradar a Dios.

8. Porque si primero se deja arrastrar por el deseo de una alabanza indiscriminada, no sacará provecho alguno de sus trabajos ni de su capacidad para predicar, pues la mente, incapaz de soportar las insensatas censuras de la multitud, se desanima y abandona todo celo por la predicación. Por eso es especialmente necesario ejercitarse en ser indiferente a toda clase de alabanzas. Porque saber predicar no basta para conservar esa facultad si no se añade esto; y si alguien examina con atención al hombre que carece de este arte, hallará que necesita ser indiferente a la alabanza no menos que el otro, pues se verá forzado a hacer muchas cosas malas al ponerse bajo el dominio de la opinión popular. Porque, no teniendo energía para igualar a los que tienen fama por la calidad de su predicación, no se abstendrá de tramar malos designios contra ellos, de envidiarlos, de censurarlos sin razón y de muchas otras prácticas igualmente vergonzosas, sino que lo arriesgará todo, aunque sea preciso arruinar su propia alma, con tal de rebajar la fama de ellos al nivel de su propia insignificancia. Y además de esto, abandonará sus esfuerzos en su trabajo, como si una especie de entumecimiento se extendiera sobre su mente. Porque mucho esfuerzo recompensado con escasa alabanza basta para abatir a un hombre que no sabe despreciar la alabanza y sumirlo en un profundo letargo; pues también el labrador, cuando gasta su tiempo en un mísero pedazo de tierra y se ve obligado a cultivar una roca, desiste pronto de su trabajo, a menos que posea mucho celo por la tarea o le amenace el temor del hambre. Porque si los que son capaces de hablar con considerable fuerza necesitan un ejercicio tan constante para conservar su talento, el que no reúne material alguno, sino que se ve obligado a meditar en medio de sus esfuerzos, ¡qué dificultad, qué confusión, qué apuro no experimentará para lograr reunir, con gran trabajo, unas pocas ideas! Y si alguno de los clérigos que están bajo su autoridad y ocupan el orden inferior es capaz, en esa posición, de lucir más que él, ¡qué mente divina ha de tener para no ser presa de la envidia ni abatirse por el desaliento! Porque estar colocado en un puesto de mayor dignidad, verse superado por un inferior en rango y soportarlo noblemente no sería propio de una mente ordinaria, ni de una como la mía, sino de una tan dura como el diamante; y si, en efecto, el que goza de mayor fama es muy paciente y modesto, el padecimiento se soporta con tanta mayor facilidad. Pero si es atrevido, jactancioso y vanaglorioso, una muerte diaria sería deseable para el otro: tanto le amargará la vida, insultándolo en su cara y burlándose de él a sus espaldas, arrebatándole buena parte de su autoridad y queriendo serlo todo él mismo. Pero goza de la mayor seguridad, en todas estas circunstancias, el que tiene facilidad para predicar, la atención solícita de la multitud a su alrededor y el afecto de todos los que están a su cargo. ¿No sabes qué pasión por los sermones ha irrumpido hoy en día en el ánimo de los cristianos, y que los que se ejercitan en la predicación gozan de especial honra, no solo entre los paganos, sino entre los domésticos de la fe? ¿Cómo podría, pues, alguien soportar la vergüenza de ver que todos permanecen mudos mientras él predica, y que parecen sentirse oprimidos y aguardan el fin del sermón como un respiro del trabajo, mientras que a otro lo escuchan con avidez aunque predique largo rato, y se apenan cuando está a punto de concluir, y casi se enojan cuando se propone callar? Si estas cosas te parecen pequeñas y fáciles de despreciar, es por tu inexperiencia. En verdad bastan para apagar el celo y paralizar las fuerzas de la mente, a menos que el hombre se aparte de todas las pasiones humanas y procure modelar su conducta según el ejemplo de aquellas potencias incorpóreas a las que no persigue ni la envidia, ni el anhelo de fama, ni ninguna otra afección enfermiza. Si hay, pues, algún hombre de tal temple que sea capaz de someter a esta fiera tan difícil de capturar, tan invencible, tan feroz, es decir, la fama pública, y de cortarle sus muchas cabezas, o más bien de impedir del todo que le crezcan, podrá fácilmente rechazar estos muchos y violentos asaltos y gozar de una especie de tranquilo puerto de descanso. Pero el que no se ha librado de este monstruo envuelve su alma en luchas de toda clase y en una agitación perpetua, y en la carga del desaliento y de otras pasiones. Mas ¿para qué detallar el resto de estas dificultades, que nadie podrá describir ni conocer si no las ha experimentado por sí mismo?

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