Capítulo 5 · 38 min de lectura · 49 min de escucha
Libro IV
Basilio oyó esto y, tras una breve pausa, respondió así:
Si tú mismo hubieras ambicionado obtener este oficio, tu temor habría sido razonable; porque quien ambiciona emprenderlo se confiesa a sí mismo capacitado para su administración, y si fracasa en él después de que se le ha confiado, no puede refugiarse en la excusa de la inexperiencia, pues él mismo se ha privado de antemano de esa excusa al apoderarse precipitadamente del ministerio; y quien entra en él voluntaria y deliberadamente ya no puede decir: «He pecado en esto contra mi voluntad, y contra mi voluntad he perdido a tal y tal alma»; porque aquel que un día lo juzgará le dirá: «Puesto que eras consciente de tanta inexperiencia y no tenías capacidad para emprender este asunto sin incurrir en reproche, ¿por qué fuiste tan ansioso y presuntuoso como para tomar en tus manos lo que tanto excedía tus fuerzas? ¿Quién te obligó a hacerlo? ¿Acaso retrocediste o huiste, y alguien te arrastró por la fuerza?». Pero tú no oirás nada semejante, porque no tienes nada de esta clase de que condenarte; y es evidente para todos que en ningún grado ambicionaste esta dignidad, pues el desenlace del asunto se debió a la acción de otros. Así pues, las mismas circunstancias que no dejan a quienes ambicionan este oficio ninguna posibilidad de perdón cuando yerran en él, te ofrecen a ti amplio fundamento de excusa.
Crisóstomo: Al oír esto moví la cabeza y sonreí un poco, admirando la sencillez de aquel hombre, y le hablé así: Quisiera, en verdad, que las cosas fueran como dices, oh el más excelente de los hombres, pero no para poder aceptar ese oficio del que hace poco huí. Porque aunque ningún castigo me aguardara por emprender sin reflexión ni experiencia el cuidado del rebaño de Cristo, para mí sería peor que todo castigo, después de habérseme confiado tan grande encargo, haberme mostrado tan vil con aquel que me lo confió. ¿Por qué razón, entonces, deseaba yo que no te equivocaras en esta opinión tuya? En verdad, por amor de aquellos seres desdichados e infelices (pues así he de llamar a quienes no han sabido cumplir bien los deberes de este oficio, aunque tú dijeras diez mil veces que fueron forzados a emprenderlo y que, por tanto, sus errores en él son pecados de ignorancia); por amor de ellos, digo, para que lograran escapar de aquel fuego que nunca se apaga, y de las tinieblas de afuera, y del gusano que no muere, y del castigo de ser cortados por medio y perecer junto con los hipócritas.
Pero ¿qué he de hacer por ti? No es como tú dices; no, de ningún modo. Y si quieres, te daré una prueba de lo que sostengo, tomada del caso de un reino, que no tiene ante Dios tanta importancia como el sacerdocio. Saúl, aquel hijo de Cis, no ambicionaba en absoluto llegar a ser rey, sino que andaba en busca de sus asnas y vino a preguntar por ellas al profeta. El profeta, sin embargo, se puso a hablarle del reino; pero ni aun entonces corrió ávidamente tras él, aunque lo oía de boca de un profeta, sino que retrocedió y lo rehusó, diciendo: «¿Quién soy yo, y qué es la casa de mi padre?». ¿Y qué sucedió? Cuando hizo mal uso del honor que Dios le había dado, ¿pudieron aquellas palabras suyas librarlo de la ira de aquel que lo había hecho rey? ¿Y pudo decir a Samuel, cuando este lo reprendió: «¿Acaso corrí ávidamente y me lancé tras el reino y el poder soberano? Yo deseaba llevar la vida tranquila y apacible de los hombres comunes, pero tú me arrastraste a este puesto de honor. Si hubiera permanecido en mi humilde condición, fácilmente habría escapado de todos estos tropiezos, porque, de ser uno de la multitud oscura, nunca habría sido enviado a esta expedición, ni Dios habría puesto en mis manos la guerra contra los amalecitas, y si no se me hubiera encomendado, no habría cometido este pecado»? Pero todos esos argumentos son débiles como excusas, y no solo débiles, sino peligrosos, por cuanto más bien encienden la ira de Dios. Porque quien ha sido promovido por Dios a un gran honor no debe alegar la grandeza de su honor como excusa de sus errores, sino hacer del favor especial de Dios hacia él un motivo para mejorar aún más; mientras que quien se cree libre para pecar porque ha obtenido alguna dignidad poco común, ¿qué hace sino empeñarse en mostrar que la bondad de Dios es la causa de su propia transgresión? Ese es siempre el argumento de los que llevan una vida impía y descuidada. Pero nosotros de ningún modo debemos pensar así, ni caer en la insensata locura de tales personas, sino procurar en todo tiempo sacar el mayor provecho de las facultades que tenemos, y ser reverentes tanto en la palabra como en el pensamiento.
Porque (para dejar el reino y venir al sacerdocio, que es el asunto más inmediato de nuestra conversación) tampoco Elí ambicionó obtener su alto oficio; y sin embargo, ¿de qué le aprovechó esto cuando pecó en él? Pero ¿por qué digo obtenerlo? Ni aunque lo hubiera querido habría podido evitarlo, porque estaba bajo la necesidad legal de aceptarlo. Pues era de la tribu de Leví y estaba obligado a asumir aquel alto oficio que le venía de sus antepasados; a pesar de lo cual también él pagó una pena no pequeña por la iniquidad de sus hijos. Y el primerísimo sumo sacerdote de los judíos, acerca del cual Dios dijo tantas palabras a Moisés, cuando no fue capaz de resistir él solo el frenesí de tan gran multitud, ¿no estuvo muy cerca de ser destruido, de no haber sido por la intercesión de su hermano, que apartó la ira de Dios? Y ya que hemos mencionado a Moisés, bueno será mostrar la verdad de lo que decimos por lo que a él le sucedió. Porque este mismo santo Moisés estuvo tan lejos de apoderarse del mando de los judíos, que rehusó el ofrecimiento y lo declinó cuando Dios le ordenó tomarlo, hasta provocar la ira de aquel que lo designaba; y no solo entonces, sino también después, cuando ya ejercía el gobierno, de buena gana habría muerto con tal de verse libre de él: «Dame muerte», dice, «si así lo haces tú conmigo». ¿Y qué sucedió? Cuando pecó junto a las aguas de la rencilla, ¿pudieron alegarse en su descargo aquellas repetidas negativas? ¿Pudieron alcanzarle de Dios el perdón? ¿Y por qué fue privado de la tierra prometida? Por ninguna otra razón, como todos sabemos, que por este pecado suyo, por el cual aquel varón admirable quedó excluido de gozar de los mismos bienes que alcanzaron aquellos a quienes gobernaba; y después de muchos trabajos y padecimientos, después de aquel peregrinar indecible, después de tantas batallas libradas y victorias ganadas, murió fuera de la tierra por cuya conquista había soportado tanta fatiga y prueba; y aunque había capeado las tormentas del mar, al fin no llegó a gozar de los bienes del puerto. Por aquí ves, pues, que no solo quedan sin excusa por los pecados que cometen en el desempeño de este oficio quienes lo buscan con avidez, sino también los que llegan a él por el deseo ambicioso de otros; porque, en verdad, si aquellos que fueron escogidos por Dios mismo para este alto oficio, por mucho que lo rehusaran, pagaron tan graves penas, y si nada bastó para librar a ninguno de ellos de este peligro, ni a Aarón, ni a Elí, ni a aquel santo varón, el profeta, el obrador de prodigios, el más manso de todos los hombres que había sobre la tierra, que hablaba con Dios como habla cualquiera a su compañero, difícilmente podremos nosotros, que tan infinitamente quedamos por debajo de la excelencia de aquel gran hombre, alegar como excusa suficiente la conciencia de no haber ambicionado nunca la dignidad, sobre todo cuando muchas de las ordenaciones de hoy en día no proceden de la gracia de Dios, sino que se deben a la ambición humana. Dios escogió a Judas, lo contó en el sagrado colegio y le confió, como a los demás, la dignidad del oficio apostólico; más aún, le dio algo por encima de los otros: la administración del dinero. Pero ¿qué sucedió? Cuando después abusó de ambas confianzas, entregando a aquel a quien había sido comisionado para predicar y malversando el dinero que debía haber empleado bien, ¿escapó del castigo? Al contrario, por esa misma razón atrajo sobre sí un castigo mayor, y con mucha razón. Porque no debemos usar los altos honores que Dios nos da para ofenderlo, sino para agradarle más. Pero quien reclama exención del castigo merecido porque ha sido elevado a un honor mayor que otros, obra de modo muy semejante a uno de aquellos judíos incrédulos que, tras oír a Cristo decir: «Si no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado», «Si no hubiese hecho entre ellos obras cuales ningún otro ha hecho, no tendrían pecado», reprochara al Salvador y bienhechor de la humanidad, replicando: «¿Por qué, entonces, viniste y hablaste? ¿Por qué hiciste milagros? ¿Fue para castigarnos más?». Pero estas son palabras de locura y de total insensatez. Porque el gran Médico no vino a desahuciarte, sino a sanarte; no a pasar de largo cuando estabas enfermo, sino a librarte por completo de la enfermedad. Pero tú, por tu propia voluntad, te sustrajiste de sus manos; recibe, pues, el castigo más severo. Porque así como habrías quedado libre de tus antiguas dolencias si te hubieras sometido a su tratamiento, así también, si al verlo venir en tu ayuda huiste de él, ya no podrás limpiarte de estas enfermedades; y puesto que no puedes, sufrirás castigo por ellas y también porque, en lo que de ti dependía, hiciste inútil la solicitud de Dios por tu bien. Por tanto, los que así obramos no somos sometidos al mismo tormento después de recibir honor de manos de Dios que antes, sino a un tormento mucho más severo después que antes. Porque quien no se ha hecho bueno ni siquiera siendo bien tratado, merece un castigo tanto más amargo. Puesto que, pues, esta excusa tuya ha resultado débil, y no solo no salva a quienes se refugian en ella, sino que los expone mucho más, hemos de proveernos de algún otro medio de seguridad.
Basilio: Dime de qué naturaleza es ese medio, pues yo, por mi parte, apenas soy dueño de mí mismo en este momento: tal estado de temor y temblor me has causado con lo que has dicho.
Crisóstomo: No te abatas tanto, te lo suplico y te lo ruego, no te abatas. Porque, así como para nosotros, que somos débiles, hay una seguridad, a saber, no emprender en absoluto este oficio, también para vosotros, que sois fuertes, la hay, y consiste en hacer depender vuestras esperanzas de salvación, después de la gracia de Dios, de evitar todo acto indigno de este don y de Dios que lo dio. Porque ciertamente merecerían el mayor castigo quienes, tras obtener esta dignidad por su propia ambición, abusaran luego del oficio por pereza, por maldad o incluso por inexperiencia. No es que de esto debamos deducir que hay perdón reservado para los que no lo ambicionaron así. Al contrario, también ellos quedan privados de toda excusa. Porque, a mi juicio, aunque diez mil le suplicaran e instaran, un hombre no debería hacerles caso, sino escudriñar ante todo su propio corazón y examinar cuidadosamente todo el asunto antes de ceder a sus importunidades. Ahora bien, nadie se atrevería a emprender la construcción de una casa si no fuera arquitecto, ni nadie intentará curar cuerpos enfermos si no es médico experto; antes bien, aunque muchos le insistan, se excusará y no se avergonzará de confesar su ignorancia; ¿y aquel a quien se va a confiar el cuidado de tantas almas no se examinará de antemano? ¿Aceptará este ministerio aunque sea el más inexperto de los hombres, porque uno se lo manda, u otro lo constriñe, o por temor de ofender a un tercero? Y si así es, ¿cómo escapará de arrojarse junto con ellos a una manifiesta desgracia? Si hubiera permanecido como estaba, le habría sido posible salvarse; pero ahora arrastra a otros en su propia perdición. Porque ¿de dónde puede esperar la salvación? ¿De dónde obtener el perdón? ¿Quién intercederá entonces con éxito por nosotros? ¿Los que ahora quizá nos instan y nos arrastran por la fuerza? Pero ¿quién salvará a esos mismos en tal momento? Porque también ellos necesitarán a su vez intercesión para escapar del fuego. Y para que veas que no digo estas cosas para asustarte, sino presentando el asunto tal como en verdad es, oye lo que el santo apóstol Pablo dice a Timoteo, su discípulo, su propio y amado hijo: «No impongas de ligero las manos a ninguno, ni comuniques en pecados ajenos». ¿No ves de cuán gran culpa, y aun castigo, hemos librado nosotros, en cuanto de nosotros dependía, a quienes estaban dispuestos a promovernos a este oficio?
2. Porque así como no basta a los elegidos decir en su descargo: «Yo no me llamé a mí mismo a este oficio, ni podía evitar lo que no preveía», tampoco será alegato suficiente para quienes los ordenan decir que no conocían al que fue ordenado. La acusación contra ellos se agrava a causa de su ignorancia acerca de aquel a quien promovieron, y lo que parece excusarlos solo sirve para acusarlos más. Porque ¿no es cosa absurda que quienes quieren comprar un esclavo lo muestren al médico, exijan fiadores de la venta e informes sobre él a sus vecinos, y después de todo esto aún no se atrevan a comprarlo sin pedir algún tiempo para probarlo, mientras que quienes van a admitir a alguien a un oficio tan grande como este dan su testimonio y su aprobación a la ligera y descuidadamente, sin más averiguación, solo porque alguien lo desea, o por ganarse el favor o evitar el disgusto de algún otro? ¿Quién intercederá entonces con éxito por nosotros en aquel día, cuando los que deberían defendernos necesiten ellos mismos defensores? Así pues, el que va a ordenar debe hacer una indagación diligente, y mucho más el que va a ser ordenado. Porque, aunque los que lo ordenan comparten su castigo por los pecados que cometa en su oficio, él, lejos de escapar del castigo, pagará incluso una pena mayor que ellos, salvo únicamente si quienes lo eligieron obraron por algún motivo mundano contrario a lo que a ellos mismos les parecía justificable. Porque si se les descubre haciendo esto, y, sabiendo que un hombre es indigno, lo han promovido con uno u otro pretexto, la medida de su castigo será igual a la de él; más aún, quizá el castigo sea todavía mayor para los que designaron al inepto. Porque quien da autoridad a alguien dispuesto a destruir la Iglesia sería ciertamente culpable de los ultrajes que esa persona cometa. Pero si no es culpable de nada semejante, y dice que fue engañado por las opiniones de otros, ni aun así quedará del todo impune, aunque su castigo será un poco más leve que el del ordenado. ¿Y entonces qué? Es posible que los que eligen lleguen a la elección engañados por un falso informe. Pero el elegido no podría decir: «Me desconozco a mí mismo», como los otros lo desconocían a él. Así pues, como quien recibirá un castigo más severo que los que lo promovieron, debe hacer su examen de sí mismo con más cuidado que el que ellos hacen de él; y si ellos, en su ignorancia, lo arrastran, él debe adelantarse e instruirlos cuidadosamente acerca de todo aquello con que pueda impedir que se equivoquen; y así, habiéndose mostrado indigno de la prueba, podrá escapar de la carga de tan alto oficio.
Porque ¿cuál es la razón de que, en el arte de la guerra, en el comercio, en la agricultura y en los demás quehaceres de esta vida, cuando se propone algún plan, el labrador no consienta en gobernar la nave, ni el soldado en labrar la tierra, ni el piloto en conducir un ejército, aunque se le amenace con diez mil muertes? ¿No es claramente esta: que cada uno prevé el peligro que acompañaría a su incompetencia? Pues bien, donde la pérdida atañe a cosas de poca monta, ¿usaremos tanta previsión y nos negaremos a ceder a la presión de la fuerza, y donde el castigo es eterno, como lo es para quienes no saben manejar el sacerdocio, nos lanzaremos temeraria e irreflexivamente a tan gran peligro, y luego alegaremos como excusa las apremiantes súplicas de otros? Pero aquel que un día nos juzgará no admitirá semejante alegato. Porque debemos mostrar mucha más cautela en las cosas espirituales que en las carnales. Pero ahora no se nos halla mostrando ni siquiera la misma cautela. Porque dime: si, suponiendo que un hombre es artesano sin serlo, lo invitáramos a hacer una obra, y él respondiera al llamado, y luego, poniendo mano en los materiales preparados para la construcción, echara a perder la madera y echara a perder la piedra, y edificara la casa de tal modo que al punto se derrumbara, ¿le bastaría como excusa alegar que otros lo habían instado y que no vino por su propia voluntad? De ningún modo, y con mucha razón y justicia. Porque debía haberse negado aun ante el llamado de otros. Así pues, si para el hombre que solo echa a perder madera y piedra no habrá escapatoria de pagar la pena, ¿pensará el que destruye almas y edifica descuidadamente el templo de Dios que la presión de otros le garantiza escapar del castigo? ¿No es esto completamente absurdo? Pues omito por ahora el hecho de que nadie puede obligar a quien no quiere. Pero supongamos que fue sometido a una presión excesiva y a diversos artificios, y así cayó en la trampa; ¿lo librará esto del castigo? Te lo ruego, no nos engañemos a nosotros mismos fingiendo no saber lo que es evidente aun para un niño. Porque ciertamente esta fingida ignorancia de nada podrá aprovechar en el día de la cuenta. No ambicionaste, dices, recibir este alto oficio, consciente de tu propia debilidad. Bien está. Entonces, con ese mismo ánimo, debías haber declinado la solicitud de otros; ¿o es que, cuando nadie te llamaba, eras débil e incapaz, pero cuando se hallaron quienes estaban dispuestos a ofrecerte esta dignidad, de repente te volviste competente? ¡Qué ridículo despropósito, digno del castigo más extremo! Por esta razón también el Señor aconseja al hombre que quiere edificar una torre que no eche los cimientos antes de haber calculado su capacidad para construir, no sea que dé a los transeúntes innumerables ocasiones de burlarse de él. Pero en su caso la pena consiste solo en convertirse en objeto de risa, mientras que en el que tenemos delante el castigo es el del fuego que nunca se apaga y del gusano que no muere, el crujir de dientes, las tinieblas de afuera, el ser cortado por medio y el tener parte con los hipócritas.
Pero mis acusadores no quieren considerar ninguna de estas cosas. Porque de otro modo dejarían de culpar a quien no quiere perecer sin motivo. No es la administración del trigo y la cebada, de bueyes u ovejas, ni ninguna otra cosa semejante, lo que ahora consideramos, sino el mismo Cuerpo de Jesús. Porque la Iglesia de Cristo, según san Pablo, es el Cuerpo de Cristo, y aquel a quien se confía su cuidado debe formarla hasta un estado de salud y de belleza indecible, y vigilar por todas partes que ninguna mancha ni arruga, ni otro defecto semejante, estropee su vigor y su hermosura. Porque ¿qué es esto sino hacerla aparecer digna, en cuanto lo permite el poder humano, de la Cabeza incorruptible y bienaventurada por siempre que está puesta sobre ella? Si quienes ambicionan alcanzar una condición atlética del cuerpo necesitan la ayuda de médicos y entrenadores, una dieta exacta, un ejercicio constante y mil otras reglas (pues la omisión de la menor nimiedad trastorna y arruina el conjunto), ¿cómo podrán aquellos a quienes cae en suerte el cuidado de este cuerpo, que no tiene su lucha contra sangre y carne, sino contra potestades invisibles, conservarlo sano y robusto, a menos que superen con mucho la virtud humana ordinaria y estén versados en toda curación propia del alma?
3. Dime, ¿no sabes que aquel cuerpo está sujeto a más enfermedades y asaltos que esta carne nuestra, que se corrompe con más rapidez y se recupera con más lentitud? Y quienes curan estos cuerpos han descubierto diversas medicinas, un aparato de distintos instrumentos y una dieta adecuada para los enfermos; y a menudo el estado del aire basta por sí solo para la recuperación de un enfermo; y hay casos en que un sueño oportuno ha ahorrado al médico todo trabajo ulterior. Pero en el caso que nos ocupa es imposible tomar en consideración ninguna de estas cosas; no hay más que un método y un camino de curación establecido, después de que nos hemos extraviado, y es la poderosa aplicación de la Palabra. Este es el único instrumento, la única dieta, el mejor aire. Esta ocupa el lugar de la medicina, el cauterio y el bisturí; y si es necesario quemar y amputar, este es el medio que hemos de usar, y si este no sirve, todo lo demás es en vano; con ella despertamos al alma cuando duerme y la calmamos cuando está inflamada; con ella cortamos los excesos, suplimos las deficiencias y realizamos toda clase de otras operaciones necesarias para la salud del alma. Ahora bien, en lo que toca a ordenar del mejor modo nuestra vida diaria, es verdad que la vida de otro puede movernos a la emulación. Pero en materia de doctrina falsa, cuando un alma enferma por causa de ella, entonces hay gran necesidad de la Palabra, no solo con miras a la seguridad de los nuestros, sino también con miras al enemigo de fuera. Si uno tuviera, en verdad, la espada del Espíritu y el escudo de la fe, de modo que pudiera obrar milagros y, por medio de esos prodigios, tapar la boca a los contradictores desvergonzados, poca necesidad tendría de la ayuda de la Palabra; aunque, aun en los días de los milagros, la Palabra no fue en modo alguno inútil, sino esencialmente necesaria. Porque san Pablo mismo se sirvió de ella, aunque en todas partes era objeto de tanta admiración por sus milagros; y otro de los que pertenecían al «glorioso coro de los apóstoles» nos exhorta a aplicarnos a adquirir este poder, cuando dice: «Estad siempre preparados para responder a cada uno que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros»; y todos ellos, de común acuerdo, encomendaron a Esteban el cuidado de las viudas pobres, por ninguna otra razón que la de tener ellos mismos tiempo libre «para el ministerio de la palabra». A esto debemos aplicarnos igualmente, a menos que estemos dotados del poder de obrar milagros. Pero si no nos queda el menor rastro de tal poder, mientras por todas partes muchos enemigos nos atacan sin cesar, entonces se sigue necesariamente que debemos armarnos con esta arma, tanto para no ser heridos nosotros mismos por los dardos del enemigo como para herirlo a él.
4. Por eso debe ser nuestra aspiración que la palabra de Cristo habite en nosotros en abundancia. Porque no es para una sola clase de batalla para la que hemos de estar preparados. Esta guerra es múltiple y se libra contra una gran variedad de enemigos; ni todos ellos usan las mismas armas, ni practican el mismo método de ataque; y quien tiene que trabar combate con todos debe conocer los artificios de todos, y ser a la vez arquero y hondero, capitán y general, soldado de filas y jefe, infante y jinete, combatiente en el mar y en el asedio. En la guerra común, ciertamente, cada uno rechaza al enemigo cumpliendo el deber particular que ha asumido. Pero aquí es de otro modo; y si alguno quiere salir vencedor en esta guerra, debe dominar todas las formas del arte, pues el diablo sabe muy bien introducir a sus asaltantes por cualquier punto que acierte a estar desguarnecido, y llevarse las ovejas. Pero no así cuando ve que el pastor viene equipado con un conocimiento exacto en todos los puntos y bien enterado de sus maquinaciones. Por eso debemos estar bien guardados por todas partes; porque una ciudad, mientras está rodeada de muralla, se burla de los sitiadores y permanece en gran seguridad; pero si alguno abre una brecha en la muralla, aunque no sea mayor que una puerta, el resto del recinto de nada sirve, por más que todo él se mantenga firme. Así sucede con la ciudad de Dios: mientras la presencia de ánimo y la sabiduría del pastor, que hacen las veces de muralla, la protegen por todos lados, todas las artimañas del enemigo acaban en su confusión y su ridículo, y los que habitan dentro del muro permanecen sin ser molestados; pero dondequiera que alguien haya logrado derribar una sola parte, por firme que se mantenga el resto, por esa brecha entrará la ruina sobre el conjunto. Porque ¿de qué le sirve a un hombre luchar con empeño contra los griegos, si al mismo tiempo se vuelve presa de los judíos? ¿O vencer a unos y otros y caer luego en las garras de los maniqueos? ¿O, después de haberse mostrado superior aun a estos, que entren los que introducen el fatalismo y hagan estragos en el rebaño? Pero, para no enumerar todas las herejías del diablo, bastará decir que, si el pastor no es muy diestro en refutarlas todas, el lobo, por medio de cualquiera de ellas, puede entrar y devorar la mayor parte del rebaño. En la guerra ordinaria debemos esperar siempre que la victoria la ganen, o la derrota la sufran, los soldados que están en el campo de batalla. Pero en la guerra espiritual el caso es muy distinto. Porque allí sucede a menudo que el combate con un grupo de enemigos asegura la victoria a otros que nunca entraron en batalla ni se tomaron trabajo alguno, sino que estuvieron sentados todo el tiempo; y quien no tiene mucha experiencia en tales lances será atravesado, por así decirlo, con su propia espada, y se convertirá en el hazmerreír de amigos y enemigos por igual. Intentaré aclarar con un ejemplo lo que digo. Los que reciben las doctrinas desatinadas de Valentín y de Marción, y de todos los que tienen el entendimiento enfermo de manera semejante, excluyen del catálogo de las divinas Escrituras la Ley dada por Dios a Moisés. Los judíos, en cambio, reverencian tanto la Ley que, aunque ha llegado el tiempo que la abroga, siguen luchando por la observancia de todo su contenido, en contra del propósito de Dios. Pero la Iglesia de Dios, evitando uno y otro extremo, ha seguido un camino intermedio: ni se deja inducir, por un lado, a ponerse bajo su yugo, ni tolera, por otro, que se la calumnie, sino que la alaba, aunque su tiempo ya pasó, por lo provechosa que fue mientras duró su época. Ahora bien, quien va a combatir contra estos dos enemigos necesita conocer a fondo este camino intermedio. Porque si, queriendo enseñar a los judíos que están fuera de tiempo al aferrarse a la antigua ley, comienza a censurarla sin miramientos, da no poco asidero a aquellos herejes que desean despedazarla; y si, en su afán de taparles la boca a estos, la ensalza desmedidamente y habla de ella con admiración, como si fuera necesaria en el tiempo presente, abre los labios de los judíos. Asimismo, los que padecen el frenesí de Sabelio y la locura de Arrio han caído ambos de la fe sana por no guardar un camino intermedio. El nombre de cristianos se aplica a ambos herejes; pero si alguno examina sus doctrinas, hallará que la una secta no es mucho mejor que los judíos y solo difiere de ellos en el nombre, y que la otra casi sostiene la herejía de Pablo de Samosata, y que ambas están muy lejos de la verdad. Grande es, pues, el peligro en tales casos, y el camino de la ortodoxia es estrecho y está cercado por amenazadores despeñaderos a uno y otro lado, y no es pequeño el temor de que, intentando herir a un enemigo, seamos heridos por el otro. Porque si uno afirma la unidad de la Divinidad, Sabelio vuelve al punto esa expresión en provecho de su propio desvarío mental; y si distingue las Personas y dice que uno es el Padre, otro el Hijo y otro el Espíritu Santo, se levanta Arrio, pronto a torcer esa distinción de Personas en una diferencia de sustancia. Así que hemos de apartarnos y huir tanto de la impía confusión de las Personas del uno como de la insensata división de la sustancia del otro, confesando que la Divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es una sola, a la vez que añadimos a ello una Trinidad de Personas. Porque así podremos fortificarnos contra los ataques de ambos herejes. Podría hablarte, además de estos, de otros varios adversarios contra los cuales, si no luchamos con valor y con cuidado, dejaremos el campo cubierto de heridas.
5. ¿Para qué describir la necia palabrería de los nuestros? Porque estos ataques no son menores que los que nos vienen de fuera, y dan al maestro todavía más trabajo. Algunos, por ociosa curiosidad, se empeñan temerariamente en ocuparse de asuntos que ni les es posible conocer ni les servirían de nada aunque pudieran conocerlos. Otros, a su vez, piden a Dios cuenta de sus juicios y se esfuerzan por sondear la profundidad de aquel abismo que es insondable. «Porque tus juicios», dicen las Escrituras, «son abismo grande»; y acerca de su fe y de su conducta hallarías a pocos de ellos preocupados, sino a la mayoría indagando con curiosidad en cosas que no es posible descubrir, y cuya mera indagación provoca a Dios. Porque cuando nos empeñamos resueltamente en aprender lo que él no quiere que sepamos, no logramos nuestro intento (pues ¿cómo íbamos a lograrlo contra la voluntad de Dios?), y solo nos queda el peligro que nace de nuestra indagación. Ahora bien, aun siendo así, siempre que alguien detiene con autoridad la búsqueda en tales profundidades insondables, se gana la reputación de soberbio e ignorante; de modo que en tales ocasiones se requiere mucho tacto por parte del obispo, para apartar a su pueblo de esas cuestiones sin provecho y escapar él mismo de las censuras antes mencionadas. En suma, para hacer frente a todas estas dificultades no se nos ha dado otra ayuda que la de la palabra, y si alguno carece de este poder, las almas de los que están puestos a su cargo (me refiero a los más débiles y entrometidos) no están mejor que naves continuamente sacudidas por la tormenta. Por tanto, el sacerdote debe hacer todo lo que esté a su alcance para adquirir este medio de fortaleza.
6. Basilio: «¿Por qué, entonces, san Pablo no ambicionó perfeccionarse en este arte? No oculta su pobreza de palabra, sino que confiesa claramente que es inexperto, y se lo dice incluso a los corintios, que eran admirados por su elocuencia y se enorgullecían de ella».
Crisóstomo: Esto es precisamente lo que ha arruinado a muchos y los ha vuelto negligentes en el estudio de la verdadera doctrina. Porque, como no lograron sondear la profundidad del pensamiento del apóstol ni entender el sentido de sus palabras, pasaron todo su tiempo dormitando y bostezando, y rindiendo honor no a aquella ignorancia que san Pablo reconoce, sino a otra de la que él estaba tan libre como el que más lo haya estado en el mundo.
Pero, dejando este asunto para considerarlo más adelante, diré entretanto lo siguiente. Concediendo que san Pablo fuera en este aspecto tan inexperto como ellos pretenden, ¿qué tiene eso que ver con los hombres de hoy? Porque él tenía un poder mucho mayor que el poder de la palabra, un poder que producía también mayores resultados: su sola presencia, aun cuando callaba, era terrible para los demonios. Pero los hombres de hoy, aunque se reunieran todos en un solo lugar, no serían capaces, con infinitas oraciones y lágrimas, de obrar los prodigios que en otro tiempo obraba el pañuelo de san Pablo. Él, además, resucitó muertos con sus oraciones e hizo otros milagros tales que los paganos lo tuvieron por un dios; y antes de partir de esta vida fue tenido por digno de ser arrebatado hasta el tercer cielo y de participar en palabras que no le es dado a oído mortal escuchar. Pero los hombres de hoy (y no es que quiera decir nada áspero ni severo, pues en verdad no hablo para insultarlos, sino solo por asombro), ¿cómo es que no se estremecen al medirse con un hombre tan grande como este? Porque si dejamos los milagros y nos volvemos a la vida de este bienaventurado santo y miramos su conducta angélica, es en ella, más que en sus milagros, donde hallarás vencedor a este atleta cristiano. Porque ¿cómo podría uno describir su celo y su paciencia, sus constantes peligros, sus continuos cuidados y su incesante solicitud por las iglesias; su compasión por los débiles, sus muchas aflicciones, sus persecuciones inauditas, sus muertes de cada día? ¿Dónde está el lugar del mundo, dónde el continente o el mar, que sea extraño a los trabajos de este hombre justo? Aun el desierto conoció su presencia, pues a menudo lo cobijó en tiempo de peligro. Porque sufrió toda clase de ataques y alcanzó toda clase de victorias, y nunca hubo fin para sus combates ni para sus triunfos.
Pero, sin darme cuenta, me he dejado llevar a hacer agravio a este hombre. Porque sus hazañas están por encima de toda facultad de descripción, y de la mía en particular, tanto como los maestros de la elocuencia me superan a mí. Sin embargo, puesto que aquel santo apóstol nos juzgará no por el resultado, sino por la intención, no desistiré hasta haber referido una circunstancia más, que supera todo lo mencionado hasta ahora tanto como él mismo supera a todos sus semejantes. ¿Y cuál es? Después de tantas hazañas, después de tal multitud de victorias, pidió en oración ir al infierno y ser entregado al castigo eterno, con tal de que aquellos judíos que tantas veces lo habían apedreado y habían hecho cuanto pudieron por quitarlo de en medio, se salvaran y vinieran a Cristo. Ahora bien, ¿quién anheló a Cristo de este modo? Si es que, en verdad, sus sentimientos hacia él no deben describirse como algo más noble aún que el anhelo. ¿Nos compararemos, pues, todavía con este santo, después de tan grande gracia como le fue concedida de lo alto, después de tan grande virtud como se manifestó en él? ¿Qué podría haber más presuntuoso?
Ahora bien, que no era tan inexperto como algunos lo juzgan, intentaré mostrarlo en lo que sigue. El inexperto, en la estimación de los hombres, no es solo el que no está ejercitado en los artificios de la oratoria profana, sino el hombre incapaz de luchar en defensa de la recta fe; y tienen razón. Pero san Pablo no dijo que fuera inexperto en ambos aspectos, sino en uno solo; y en apoyo de ello hace una cuidadosa distinción, diciendo que era «basto en la palabra, pero no en la ciencia». Ahora bien, si yo exigiera en un obispo cualquiera la pulcritud de Isócrates, la gravedad de Demóstenes, la dignidad de Tucídides y la sublimidad de Platón, san Pablo sería un poderoso testimonio en mi contra. Pero paso por alto todas esas cosas y los elaborados adornos de la oratoria profana; y no tengo en cuenta el estilo ni la dicción; sí, sea pobre el lenguaje de un hombre y sea su composición sencilla y sin adorno, pero que no sea inexperto en el conocimiento y en la exposición exacta de la doctrina; ni, por encubrir su propia pereza, prive a aquel santo apóstol del mayor de sus dones y de la suma de sus alabanzas.
7. Porque dime, ¿cómo fue que confundió a los judíos que habitaban en Damasco, cuando todavía no había comenzado a obrar milagros? ¿Cómo fue que luchó con los griegos y los derribó? ¿Y por qué fue enviado a Tarso? ¿No fue porque era tan poderoso y victorioso en la palabra, y puso a sus adversarios en tal aprieto que estos, incapaces de soportar su derrota, se vieron movidos a buscar su vida? En aquel tiempo, como dije, no había comenzado a obrar milagros, ni podría nadie decir que la multitud lo miraba con asombro a causa de alguna gloria procedente de sus obras poderosas, o que quienes contendían con él eran vencidos por la fuerza de la opinión pública acerca de él. Porque en aquel tiempo vencía solo a fuerza de argumentos. ¿Cómo fue, además, que contendió y disputó con éxito contra los que intentaban judaizar en Antioquía? ¿Y cómo fue que aquel areopagita, habitante de Atenas, la más entregada a los dioses de todas las ciudades, siguió al apóstol, él y su mujer? ¿No fue gracias al discurso que oyeron? Y cuando Eutico cayó de la ventana, ¿no fue a causa de haber permanecido largo tiempo, hasta la medianoche, escuchando la predicación de san Pablo? ¿En qué lo hallamos ocupado en Tesalónica y en Corinto, en Éfeso y en la misma Roma? ¿No pasaba noches y días enteros interpretando por orden las Escrituras? ¿Y para qué contar sus disputas con los epicúreos y los estoicos? Porque si nos propusiéramos entrar en cada detalle, nuestro relato se alargaría desmesuradamente.
Así pues, cuando tanto antes de obrar milagros como después san Pablo aparece haciendo mucho uso de la argumentación, ¿cómo se atreve nadie a declarar inexperto a aquel cuyos sermones y disputas eran tan sumamente admirados por todos los que los oían? ¿Por qué los licaonios imaginaron que era Hermes? La opinión de que él y Bernabé eran dioses surgió, en efecto, de la vista de sus milagros; pero la idea de que él era Hermes no surgió de ahí, sino que fue consecuencia de su palabra. ¿En qué otra cosa sobresalió este bienaventurado santo por encima de los demás apóstoles? ¿Y cómo es que por todo el mundo está tanto en boca de todos? ¿Cómo es que no solo entre nosotros, sino también entre judíos y griegos, es la maravilla de las maravillas? ¿No es por el poder de sus epístolas? Por ellas no solo a los fieles de hoy, sino desde su tiempo hasta el presente, y aun hasta el fin, hasta la venida de Cristo, ha sido y será provechoso, y seguirá siéndolo mientras dure el género humano. Porque, como una muralla construida de diamante, así sus escritos fortifican todas las iglesias del mundo conocido, y él, como un nobilísimo campeón, se yergue en medio, llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios; y todo esto lo hace por medio de aquellas epístolas que nos ha dejado, llenas de maravillas y de sabiduría divina. Porque sus escritos no solo nos son útiles para derribar la falsa doctrina y confirmar la verdadera, sino que ayudan no poco a llevar una vida buena. Porque por medio de ellos los obispos de hoy forman y modelan a la virgen pura que el mismo san Pablo desposó con Cristo, y la conducen al estado de la belleza espiritual; con ellos también ahuyentan de ella las pestes nocivas que la acosan, y conservan la buena salud así alcanzada. Tales son las medicinas, y tal su eficacia, que nos dejó este hombre llamado inexperto, y quienes las usan constantemente son los que mejor las conocen a ellas y su poder. De todo esto resulta evidente que san Pablo se había entregado con gran diligencia y celo al estudio del que venimos hablando.
8. Oye también lo que dice en su encargo a su discípulo: «Ocúpate en leer, en exhortar, en enseñar»; y luego muestra la utilidad de esto añadiendo: «Pues haciendo esto, a ti mismo salvarás y a los que te oyeren». Y dice además: «El siervo del Señor no debe ser litigioso, sino manso para con todos, apto para enseñar, sufrido»; y prosigue diciendo: «Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido, y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación»; y también: «Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto». Oye lo que añade todavía en sus instrucciones a Tito acerca del nombramiento de obispos. «El obispo», dice, «debe ser retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que pueda convencer a los que contradicen». Pero ¿cómo podrá alguien que sea tan inexperto como estos hombres pretenden convencer a los que contradicen y taparles la boca? ¿O qué necesidad hay de ocuparse en la lectura y en las Santas Escrituras, si tal estado de impericia ha de ser bien recibido entre nosotros? Tales argumentos no son más que subterfugios y pretextos, señales de ociosidad y de pereza. Pero alguno dirá: «Es a los sacerdotes a quienes se dan estos encargos». Ciertamente, porque ellos son el tema de nuestra conversación. Pero, para que veas que el apóstol da el mismo encargo a los laicos, oye lo que dice en otra epístola dirigida a otros que no son del sacerdocio: «La palabra de Cristo habite en vosotros en abundancia en toda sabiduría»; y también: «Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno»; y hay un encargo general a todos de que «estén preparados para» dar razón de su fe; y a los tesalonicenses les da el siguiente mandato: «Edificaos los unos a los otros, así como lo hacéis». Pero cuando habla de los sacerdotes dice: «Los ancianos que gobiernan bien sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en la palabra y en la enseñanza». Porque esta es la perfección de la enseñanza: que los maestros, tanto por lo que hacen como también por lo que dicen, conduzcan a sus discípulos a aquel estado bienaventurado de vida que Cristo les señaló. Porque el ejemplo por sí solo no basta para instruir a otros. Y no digo esto de mí mismo; es palabra de nuestro mismo Salvador. «Porque cualquiera que hiciere y enseñare, este será llamado grande. Ahora bien, si hacer fuera lo mismo que enseñar, la segunda palabra estaría aquí de sobra, y habría bastado decir simplemente «cualquiera que hiciere». Pero, al distinguir ahora las dos, muestra que una cosa es la práctica y otra la doctrina, y que cada una necesita la ayuda de la otra para completar la edificación. Oyes también lo que dice el vaso escogido de Cristo a los ancianos de Éfeso: «Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno». Pero ¿qué necesidad había de sus lágrimas o de la amonestación de viva voz, siendo su vida de apóstol tan ilustre? Su santa vida podía ser un gran estímulo para que los hombres guardaran los mandamientos; sin embargo, no me atrevo a decir que ella sola pudiera lograrlo todo.
9. Pero cuando surge una disputa sobre cuestiones de doctrina, y todos toman sus armas de las mismas Escrituras, ¿qué peso podrá tener la vida de nadie? ¿De qué servirán entonces sus muchas austeridades, cuando, después de tan penosos ejercicios, alguno, por la gran impericia del sacerdote en la argumentación, cae en la herejía y queda separado del cuerpo de la Iglesia, desgracia que yo mismo he visto sufrir a muchos? ¿De qué le aprovechará entonces su paciencia? De nada; no más de lo que aprovecha una fe sana si la vida está corrompida. Por eso, por esta razón más que por todas las demás, a aquel cuyo oficio es enseñar a otros le importa ser experto en disputas de esta clase. Porque, aunque él mismo se mantenga a salvo y no sufra daño de los contradictores, la multitud sencilla que está bajo su dirección, cuando ve a su guía derrotado y sin respuesta para los contradictores, se inclinará a echar la culpa de su descalabro no a la debilidad de él, sino a las doctrinas mismas, como si fueran defectuosas; y así, por la inexperiencia de uno solo, gran número de personas son llevadas a la ruina extrema; porque, aunque no se pasen del todo al adversario, se ven forzados a dudar de cosas que antes creían firmemente, y ya no pueden adherirse con constancia a aquellas verdades a las que solían acercarse con inquebrantable confianza; sino que, a consecuencia de la derrota de su guía, se abate sobre sus almas una tempestad tan grande que el mal acaba en su completo naufragio. Pero cuán terrible es la perdición, y cuán terrible el fuego que tal guía atrae sobre su propia desdichada cabeza por cada alma que así se pierde, no necesitarás aprenderlo de mí, pues todo esto lo sabes perfectamente. ¿Es, pues, soberbia, es vanagloria en mí no querer ser causa de la perdición de tantas almas, ni procurarme en el mundo venidero un castigo mayor que el que ahora me aguarda allí? ¿Quién diría tal cosa? Ciertamente nadie, a no ser que quisiera buscar faltas donde no las hay y moralizar sobre las desgracias ajenas.
Capítulo 5 completado
Libro IV