Sobre el sacerdocio
Libro II

Capítulo 3 · 24 min de lectura · 31 min de escucha

Libro II

1. Que es posible, pues, valerse del engaño con un buen fin, o más bien que en tal caso no debería llamarse engaño, sino una especie de buena administración digna de toda admiración, podría probarse más extensamente; pero, como lo ya dicho basta para la demostración, sería molesto y tedioso alargar mi discurso sobre el asunto. Y ahora te quedará a ti comprobar si no he empleado este arte en tu provecho.

Basilio: ¿Y qué clase de provecho he sacado yo de esta buena administración, o sabia política, o como quieras llamarla, que me persuada de que no he sido engañado por ti?

Crisóstomo: ¿Qué provecho, dime, podría ser mayor que el de verse uno haciendo aquellas cosas que Cristo, por su propia boca, declaró que eran pruebas de amor a él? Pues, dirigiéndose al jefe de los apóstoles, dijo: «Pedro, ¿me amas?», y cuando este confesó que sí, el Señor añadió: «si me amas, apacienta mis ovejas». El Maestro preguntó al discípulo si era amado por él, no para obtener información (¿cómo habría de necesitarla quien penetra los corazones de todos los hombres?), sino para enseñarnos cuán grande es el interés que pone en el cuidado de estas ovejas. Siendo esto evidente, será igualmente manifiesto que una recompensa grande e inefable estará reservada para aquel cuyos trabajos tienen por objeto estas ovejas, a las que Cristo concede tan alto valor. Porque cuando vemos que alguien cuida de los miembros de nuestra casa o de nuestros rebaños, tenemos su celo por ellos como señal de amor hacia nosotros mismos; y, sin embargo, todas estas cosas se compran con dinero: ¿con qué don tan grande, entonces, recompensará él a quienes apacientan el rebaño que adquirió, no con dinero ni con cosa alguna de esa clase, sino con su propia muerte, dando su propia sangre como precio de la grey? Por eso, cuando el discípulo dijo: «Tú sabes, Señor, que te amo», e invocó al mismo amado como testigo de su amor, el Salvador no se detuvo ahí, sino que añadió lo que era la prueba del amor. Porque no quería mostrar entonces cuánto le amaba Pedro, sino cuánto amaba él mismo a su Iglesia, y deseaba enseñar a Pedro y a todos nosotros que también nosotros debemos poner mucho celo en ella. Pues ¿por qué Dios no perdonó a su Hijo unigénito, sino que lo entregó, aunque era el único que tenía? Fue para reconciliar consigo a los que estaban dispuestos hacia él como enemigos, y hacerlos su pueblo propio. ¿Con qué fin derramó su sangre? Fue para ganar estas ovejas que confió a Pedro y a sus sucesores. Con razón, pues, dijo Cristo: «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual su señor pondrá sobre su familia?». Una vez más, son palabras de quien duda, y sin embargo el que las pronunció no las dijo dudando; sino que, así como preguntó a Pedro si le amaba, no porque necesitara conocer el afecto del discípulo, sino por el deseo de mostrar la extraordinaria profundidad de su propio amor, así también ahora, cuando dice: «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente?», no habla como quien ignora quién es fiel y prudente, sino como quien desea poner de manifiesto lo raro de semejante carácter y la grandeza de este oficio. Observa, en todo caso, cuán grande es la recompensa: «Sobre todos sus bienes», dice, «le pondrá».

2. ¿Seguirás, pues, sosteniendo que no fuiste engañado con razón, cuando vas a tener a tu cargo las cosas que pertenecen a Dios, y haces aquello por lo cual, cuando Pedro lo hacía, el Señor dijo que podría aventajar al resto de los apóstoles? Porque sus palabras fueron: «Pedro, ¿me amas más que estos?». Y, sin embargo, podría haberle dicho: «Si me amas, practica el ayuno, el dormir en el suelo y las vigilias prolongadas, defiende a los agraviados, sé como un padre para los huérfanos y ocupa el lugar de esposo para su madre». Pero, de hecho, dejando a un lado todas estas cosas, ¿qué dice? «Apacienta mis ovejas». Porque aquellas cosas que ya he mencionado podrían cumplirlas fácilmente muchos, aun de los que están bajo autoridad, tanto mujeres como hombres; pero cuando se requiere a alguien para presidir la Iglesia y para que se le confíe el cuidado de tantas almas, todo el sexo femenino ha de retirarse ante la magnitud de la tarea, y también la mayoría de los hombres; y hemos de traer al frente a aquellos que en gran medida sobrepasan a todos los demás, y se elevan sobre ellos en excelencia de espíritu tanto como Saúl sobresalía por encima de toda la nación hebrea en estatura corporal; o, más bien, mucho más. Porque en este caso no tomemos la altura de los hombros como medida de la indagación; sino que la distancia entre el pastor y los que están a su cargo sea tan grande como la que hay entre el hombre racional y las criaturas irracionales, por no decir aún mayor, por cuanto el riesgo atañe a cosas de mucha mayor importancia. El que ha perdido ovejas, sea por los estragos de los lobos, por los asaltos de los ladrones, por la peste o por cualquier otra desgracia que les sobrevenga, tal vez podría obtener alguna indulgencia del dueño del rebaño; y aun si este exigiera reparación, la pena sería solo cuestión de dinero; pero quien tiene a su cargo seres humanos, el rebaño racional de Cristo, incurre, en primer lugar, en una pena por la pérdida de las ovejas que va más allá de las cosas materiales y toca su propia vida; y, en segundo lugar, tiene que sostener una lucha mucho mayor y más difícil. Porque no ha de luchar contra lobos, ni temer a ladrones, ni pensar cómo apartará la peste del rebaño. ¿Contra quién, entonces, ha de pelear? ¿Contra quién ha de luchar? Escucha las palabras de san Pablo: «No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra malicias espirituales en los lugares altos». ¿Ves la terrible multitud de enemigos y sus fieros escuadrones, no revestidos de acero, sino dotados de una naturaleza que por sí misma equivale a una armadura completa? ¿Quieres ver todavía otra hueste, severa y cruel, que asedia a este rebaño? También la contemplarás desde el mismo puesto de observación. Porque el que nos habló acerca de los otros nos señala también a estos enemigos, diciendo en cierto lugar de esta manera: «Manifiestas son las obras de la carne, que son: fornicación, adulterio, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, detracciones, murmuraciones, soberbias, desórdenes», y muchas más además de estas; porque no hizo una lista completa, sino que nos dejó entender el resto a partir de estas. Además, en el caso del pastor de criaturas irracionales, los que quieren destruir el rebaño, cuando ven que el guardián se da a la fuga, dejan de hacerle la guerra y se contentan con apoderarse del ganado; pero en este caso, aunque capturen todo el rebaño, no dejan en paz al pastor, sino que lo atacan aún más y se vuelven más osados, y no cesan hasta haberlo derribado o haber sido ellos mismos vencidos. Asimismo, las dolencias de las ovejas son manifiestas, sea hambre, sea peste, sean heridas, o cualquier otra cosa que las aflija, y esto podría ayudar no poco al alivio de las que sufren de tales maneras. Y hay todavía otro hecho, mayor que este, que facilita la curación de esta clase de enfermedad. ¿Y cuál es? Los pastores, con gran autoridad, obligan a las ovejas a recibir el remedio cuando no se someten a él de buen grado. Porque es fácil atarlas cuando se requiere cauterio o corte, y mantenerlas dentro del redil largo tiempo, siempre que convenga, y traerles un alimento en lugar de otro, y privarlas del agua; y todas las demás cosas que los pastores juzguen convenientes para su salud las llevan a cabo con gran facilidad.

3. Pero en el caso de las enfermedades humanas, en primer lugar no es fácil para un hombre discernirlas, porque nadie «sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él». ¿Cómo, entonces, puede alguien aplicar el remedio a una enfermedad cuya naturaleza desconoce, siendo a menudo incapaz de entenderla aun cuando le sucediera padecerla él mismo? Y aun cuando se hace manifiesta, le causa todavía más dificultad, porque no es posible curar a todos los hombres con la misma autoridad con que el pastor trata a sus ovejas. Porque también en este caso es necesario atar, y privar de alimento, y usar el cauterio o el bisturí; pero el recibir el tratamiento depende de la voluntad del paciente, no de la de quien aplica el remedio. Pues esto también lo percibió aquel hombre admirable (san Pablo) cuando dijo a los corintios: «No que nos enseñoreemos de vuestra fe, sino que somos ayudadores de vuestro gozo». Porque a los cristianos, más que a ningún otro hombre, no les está permitido corregir por la fuerza las faltas de los que pecan. Los jueces seculares, en efecto, cuando han apresado a malhechores según la ley, muestran que su autoridad es grande, y les impiden, aun contra su voluntad, seguir sus propios designios; pero en nuestro caso el que obra mal ha de ser hecho mejor, no por la fuerza, sino por la persuasión. Porque ni se nos ha dado por ley una autoridad de esta clase para refrenar a los pecadores, ni, aunque se nos hubiera dado, tendríamos campo para ejercer nuestro poder, por cuanto Dios recompensa a los que se abstienen del mal por propia elección, no por necesidad. En consecuencia, se requiere mucha habilidad para que nuestros pacientes sean inducidos a someterse de buen grado al tratamiento prescrito por los médicos, y no solo esto, sino a que se muestren también agradecidos por la curación. Porque si alguno, cuando se le ata, se revuelve (lo cual está en su poder hacer), agrava el mal; y si no hace caso de las palabras que cortan como el acero, se inflige otra herida por medio de ese desprecio, y la intención de sanar solo se convierte en ocasión de un trastorno peor. Pues no es posible que nadie cure a un hombre por la fuerza, contra su voluntad.

4. ¿Qué ha de hacer uno, entonces? Porque si tratas con demasiada blandura a quien necesita una severa aplicación del bisturí, y no cortas hondo en quien requiere tal tratamiento, quitas una parte de la llaga pero dejas la otra; y si, por el contrario, haces sin miramientos la incisión necesaria, el paciente, llevado a la desesperación por sus sufrimientos, a menudo arrojará de una vez todo, el remedio y la venda, y se precipitará de cabeza, «quebrando el yugo y rompiendo las coyundas». Podría hablar de muchos que se han lanzado a males extremos porque se les exigió la pena debida por sus pecados. Porque no debemos, al aplicar el castigo, proporcionarlo meramente a la medida de la falta, sino tener más bien a la vista la disposición del pecador, no sea que, queriendo remendar lo roto, hagas mayor el desgarrón, y, en tus celosos esfuerzos por levantar lo caído, hagas mayor la ruina. Porque los caracteres débiles y descuidados, dados en su mayor parte a los placeres del mundo, y que tienen ocasión de enorgullecerse por su linaje y posición, pueden aún, si se les lleva con suavidad y poco a poco a arrepentirse de sus errores, verse librados, al menos en parte, si no perfectamente, de los males que los poseen; pero si alguien les impusiera la disciplina de una vez, los privaría de esta pequeña posibilidad de enmienda. Porque, una vez que el alma ha sido forzada a despojarse de la vergüenza, cae en un estado de insensibilidad, y ni cede a las palabras amables, ni se doblega ante las amenazas, ni es capaz de gratitud, sino que se vuelve mucho peor que aquella ciudad a la que el profeta reprendía diciendo: «tuviste frente de ramera, y no quisiste avergonzarte delante de todos». Por eso el pastor necesita mucha discreción, y una miríada de ojos para observar por todos lados el estado del alma. Porque, así como muchos se ensoberbecen y luego se hunden en la desesperación de su salvación por no poder soportar remedios severos, así también hay algunos que, por no pagar una pena equivalente a sus pecados, caen en la negligencia, se vuelven mucho peores y son empujados a pecados mayores. Conviene, pues, que el sacerdote no deje ninguna de estas cosas sin examinar, sino que, tras una indagación cuidadosa de todas ellas, aplique a cada caso los remedios oportunos que tenga, no sea que su celo resulte vano. Y no solo en este asunto, sino también en la tarea de volver a unir los miembros separados de la Iglesia, puede verse que tiene mucho que hacer. Porque el pastor de ovejas tiene su rebaño que le sigue adondequiera que lo lleve; y si algunas se desvían del camino recto y, abandonando el buen pasto, pacen en lugares estériles o escabrosos, basta un fuerte grito para reunirlas y traer de nuevo al redil a las que se habían apartado de él; pero si un ser humano se extravía de la fe recta, se requieren gran esfuerzo, perseverancia y paciencia; porque no se le puede arrastrar de vuelta por la fuerza, ni constreñir por el miedo, sino que debe ser reconducido por la persuasión a la verdad de la que en un principio se desvió. Por tanto, el pastor debe ser de espíritu noble, para no desanimarse ni desesperar de la salvación de los que andan errantes fuera del redil, sino razonar continuamente consigo mismo y decir: «Si quizá Dios les dé que se arrepientan para conocer la verdad, y se zafen del lazo del diablo». Por eso el Señor, hablando a sus discípulos, dijo: «¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente?». Porque el que se disciplina a sí mismo procura solo su propio provecho, pero el beneficio de la función pastoral se extiende a todo el pueblo. Y el que reparte dinero a los necesitados, o socorre de otro modo a los oprimidos, beneficia en alguna medida a su prójimo, pero tanto menos que el sacerdote cuanto el cuerpo es inferior al alma. Con razón, pues, dijo el Señor que el celo por el rebaño era una prueba de amor a él.

Basilio: Pero tú mismo, ¿no amas a Cristo?

Crisóstomo: Sí, le amo, y nunca dejaré de amarle; pero temo provocar a aquel a quien amo.

Basilio: ¿Pero qué enigma puede haber más oscuro que este? Cristo ha mandado a quien le ama que apaciente sus ovejas, ¿y tú dices que rehúsas apacentarlas porque amas a quien dio este mandato?

Crisóstomo: Lo que digo no es ningún enigma, sino algo muy inteligible y sencillo; porque si yo estuviera bien capacitado para desempeñar este oficio como Cristo lo deseaba, y luego lo rehuyera, mi observación podría ponerse en duda; pero, puesto que la debilidad de mi espíritu me hace inútil para este ministerio, ¿por qué ha de merecer mi dicho ser puesto en tela de juicio? Porque temo que, si tomara en mis manos el rebaño cuando estaba en buen estado y bien alimentado, y luego lo arruinara por mi impericia, provocaría contra mí al Dios que tanto amó al rebaño que se entregó a sí mismo por su salvación y rescate.

Basilio: Hablas en broma; porque, si hablaras en serio, no sé cómo habrías demostrado que mi aflicción es justa de otro modo que por medio de estas mismas palabras con que has procurado disipar mi abatimiento. Sabía ya antes que me habías engañado y traicionado, pero mucho más ahora, cuando has emprendido justificarte de mis acusaciones, veo y comprendo claramente la magnitud de los males a los que me has conducido. Porque, si te retiraste de este ministerio porque eras consciente de que tu espíritu no estaba a la altura de la carga de la tarea, yo debería haber sido librado de él antes que tú, aun cuando hubiera tenido por ventura un gran deseo de él, por no hablar de que te había confiado la entera decisión de estos asuntos; pero, tal como están las cosas, has mirado solo a tu propio interés y has descuidado el mío. ¡Ojalá lo hubieras descuidado por completo! Entonces me habría quedado bien contento; pero tramaste facilitar mi captura a quienes querían apoderarse de mí. Porque no puedes refugiarte en el argumento de que la opinión pública te engañó y te indujo a imaginar cosas grandes y maravillosas acerca de mí. Pues yo no era ninguno de tus hombres maravillosos y distinguidos; ni, aunque lo hubiera sido, debías haber preferido la opinión pública a la verdad. Porque, si nunca te hubiera permitido gozar de mi compañía, podría haber parecido que tenías un pretexto razonable para guiarte en tu voto por el rumor público; pero, si no hay nadie que tenga un conocimiento tan profundo de mis asuntos, si conoces mi carácter mejor que mis padres y que quienes me criaron, ¿qué argumento puedes emplear que sea lo bastante convincente para persuadir a tus oyentes de que no me arrojaste a propósito a este peligro? Di, ¿qué respuesta daré a tus acusadores?

Crisóstomo: ¡No! No pasaré a esas cuestiones hasta haber resuelto las que te conciernen solo a ti, aunque me pidieras diez mil veces que despachara esos cargos. Dijiste, en efecto, que la ignorancia me habría traído el perdón, y que habría estado libre de toda acusación si te hubiera llevado a tu situación presente sin saber nada de ti; pero que, como no te traicioné por ignorancia, sino conociendo íntimamente tus asuntos, quedaba privado de todo pretexto razonable y de toda excusa. Pero yo digo precisamente lo contrario: porque en tales asuntos hay necesidad de un examen cuidadoso, y quien va a presentar a alguien como apto para el sacerdocio no debe contentarse solo con el rumor público, sino que también él mismo, por encima de todo y antes que nada, debe investigar el carácter del hombre. Porque, cuando el bienaventurado Pablo dice: «También conviene que tenga buen testimonio de los extraños», no prescinde de una indagación exacta y rigurosa, ni concede a tal testimonio precedencia sobre el examen que se requiere en tales casos. Pues, después de mucho discurso previo, mencionó este testimonio adicional, mostrando que no hay que contentarse con él solo para elecciones de esta clase, sino tomarlo en consideración junto con lo demás. Porque el rumor público a menudo habla con falsedad; pero cuando precede una investigación cuidadosa, no hay que temer de él ningún peligro ulterior. Por esta razón, después de las demás clases de pruebas, coloca la que procede de los de fuera. Porque no dijo simplemente: «conviene que tenga buen testimonio», sino que añadió las palabras: «de los extraños», queriendo mostrar que, antes del testimonio de los de fuera, debe ser examinado cuidadosamente. Por cuanto, pues, yo mismo conocía tus asuntos mejor que tus padres, como tú mismo también reconociste, merecería ser librado de toda culpa.

Basilio: No, esta es precisamente la razón por la que no podrías escapar, si alguien quisiera acusarte. ¿No recuerdas haber oído de mí, y haber aprendido a menudo por mi propia conducta, la flaqueza de mi carácter? ¿No te burlabas continuamente de mí por mi pusilanimidad, porque me abatía con tanta facilidad por cuidados ordinarios?

5. Crisóstomo: Recuerdo, en efecto, haberte oído decir a menudo tales cosas; no lo negaría. Pero, si alguna vez me burlé de ti, lo hice en broma y no en serio. Sin embargo, no discuto ahora sobre estos asuntos, y reclamo de ti el mismo grado de paciencia mientras quiero hacer mención de algunas de las buenas cualidades que posees. Porque, si intentas convencerme de decir algo que no es verdad, no te perdonaré, sino que probaré que dices estas cosas más bien por menospreciarte a ti mismo que con miras a la verdad, y no emplearé otras pruebas que tus propias palabras y obras para demostrar la verdad de mi afirmación. Y ahora la primera pregunta que deseo hacerte es esta: ¿sabes cuán grande es el poder del amor? Porque, omitiendo todos los milagros que habrían de obrar los apóstoles, Cristo dijo: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros», y Pablo dijo que es el cumplimiento de la ley, y que, a falta de él, ningún don espiritual aprovecha de nada. Pues bien, este bien escogido, la marca distintiva de los discípulos de Cristo, el don que es más alto que todos los demás dones, lo he visto profundamente arraigado en tu alma y rebosante de mucho fruto.

Basilio: Reconozco, en efecto, que el asunto me preocupa profundamente, y que me esfuerzo con el mayor empeño por guardar este mandamiento; pero que no he logrado hacerlo ni siquiera a medias, tú mismo me darías testimonio si dejaras de hablar por parcialidad y respetaras sencillamente la verdad.

6. Crisóstomo: Pues bien, acudiré a mis pruebas, y haré ahora lo que te amenacé, probando que quieres menospreciarte más bien que decir la verdad. Pero mencionaré un hecho que acaba de ocurrir, para que nadie sospeche que intento oscurecer la verdad por el largo transcurso del tiempo al relatar sucesos pasados hace mucho, pues entonces el olvido impediría que se hiciera objeción alguna a las cosas que yo pudiera decir con ánimo de complacer. Porque, cuando uno de nuestros amigos íntimos, falsamente acusado de injuria y de insensatez, se hallaba en peligro extremo, tú entonces te arrojaste en medio del peligro, aunque nadie te había llamado ni te lo había pedido la persona que estaba a punto de verse envuelta en el peligro. Tal fue el hecho; pero, para convencerte por tu propia boca, te recordaré las palabras que pronunciaste: porque, cuando algunos no aprobaban este celo, mientras otros lo elogiaban y admiraban, «¿Cómo puedo evitarlo?», dijiste a quienes te acusaban, «pues no sé amar de otro modo que dando mi vida cuando es necesario para salvar a alguno de mis amigos que está en peligro»; repitiendo así, con otras palabras, ciertamente, pero con el mismo sentido, lo que Cristo dijo a sus discípulos cuando dio la definición del amor perfecto. «Nadie tiene mayor amor que este», dijo, «que uno ponga su vida por sus amigos». Si, pues, es imposible hallar un amor mayor que este, tú has alcanzado su límite, y tanto con tus obras como con tus palabras has coronado la cumbre. Por esto te traicioné, por esto tramé aquel ardid. ¿Te convenzo ahora de que no fue por ninguna intención maliciosa, ni por deseo alguno de arrojarte al peligro, sino por la persuasión de tu futura utilidad, por lo que te arrastré a este camino?

Basilio: ¿Supones entonces que el amor basta para la corrección de nuestros semejantes?

Crisóstomo: Ciertamente contribuiría en gran medida a ese fin. Pero, si quieres que presente pruebas también de tu sabiduría práctica, procederé a hacerlo, y probaré que tu entendimiento supera a tu bondad.

Ante estas palabras se ruborizó intensamente y dijo: «Dejemos ahora a un lado mi carácter, porque no era sobre esto sobre lo que al principio pedí una explicación; pero, si tienes alguna respuesta justa que dar a los de fuera, de buena gana oiría lo que tengas que decir. Por tanto, abandonando esta vana contienda, dime qué defensa daré, tanto a los que te han honrado como a los que están afligidos por causa de ellos, considerándolos ultrajados.

7. Crisóstomo: Este es precisamente el punto hacia el que me apresuro finalmente, pues, como mi explicación para contigo ha quedado completa, pasaré con facilidad a esta parte de mi defensa. ¿Cuál es, pues, la acusación que hacen estas personas, y cuáles son sus cargos? Dicen que han sido ultrajados y gravemente agraviados por mí, porque no acepté el honor que deseaban conferirme. Ahora bien, en primer lugar digo que no se debe tener en cuenta la afrenta hecha a los hombres, dado que, por rendirles honor, me vería obligado a ofender a Dios. Y diría a los que están disgustados que no es seguro ofenderse por estas cosas, sino que les hace mucho daño. Porque pienso que los que se apoyan en Dios y miran solo a él deben estar tan religiosamente dispuestos que no tengan tal cosa por afrenta, aunque les sucediera ser deshonrados mil veces. Pero que yo no he llegado siquiera a pensar en atreverme a nada de esta clase es manifiesto por lo que voy a decir. Porque, si en verdad hubiera sido movido por la arrogancia y la vanagloria, como a menudo has dicho que algunos afirman calumniosamente, a dar la razón a mis acusadores, habría sido uno de los más inicuos de los hombres, por haber tratado con desprecio a hombres grandes y excelentes, y además bienhechores míos. Porque, si los hombres deben ser castigados por agraviar a quienes nunca los agraviaron, ¿cómo debemos honrar a quienes espontáneamente prefirieron honrarnos? Pues nadie podría decir de ningún modo que me estuvieran pagando algún beneficio, pequeño o grande, que hubieran recibido de mis manos. ¡Cuán grande castigo merecería, entonces, quien les correspondiera de la manera contraria! Pero, si tal cosa nunca me pasó por la mente, y decliné la pesada carga con una intención muy distinta, ¿por qué se niegan a perdonarme (aunque no consientan en aprobarme), y me acusan de haber cuidado egoístamente de mi propia alma? Porque, lejos de haber ultrajado a los hombres en cuestión, diría que incluso los he honrado con mi negativa.

Y no te sorprendas de lo paradójico de mi observación, porque te daré pronto su solución.

8. Porque, si hubiera aceptado el oficio, no digo todos los hombres, pero sí los que se complacen en hablar mal, podrían haber sospechado y dicho muchas cosas acerca de mí, el elegido, y acerca de ellos, los electores: por ejemplo, que se fijaban en la riqueza y admiraban el esplendor del rango, o que habían sido inducidos por la adulación a promoverme a este honor; en verdad, no puedo decir si alguno no habría sospechado que fueron sobornados con dinero. Además, habrían dicho: «Cristo llamó a esta dignidad a pescadores, fabricantes de tiendas y publicanos, mientras que estos hombres rechazan a los que se sustentan con su trabajo diario; pero, si hay alguno que se dedica a la erudición profana y se ha criado en la ociosidad, a ese lo reciben y lo admiran. Porque ¿por qué, dime, han pasado por alto a hombres que han soportado innumerables trabajos al servicio de la Iglesia, y de repente han arrastrado a esta dignidad a uno que nunca ha experimentado trabajos de esta clase, sino que ha pasado toda su juventud en el vano estudio de la erudición profana?». Estas cosas y más podrían haber dicho si yo hubiera aceptado el oficio; pero no así ahora. Porque ahora se les ha cortado todo pretexto para la maledicencia, y no pueden acusarme a mí de adulación ni a los otros de recibir sobornos, a menos que algunos quieran obrar como meros locos. Porque ¿cómo podría quien hubiera empleado la adulación y gastado dinero para obtener la dignidad abandonarla a otros cuando podía haberla obtenido? Pues esto sería exactamente como si un hombre que hubiera dedicado mucho trabajo a la tierra para que el trigal se cargara de abundante cosecha y los lagares rebosaran de vino, después de innumerables fatigas y de un gran gasto de dinero, entregara los frutos a otros justo cuando era tiempo de segar su trigo y recoger su vendimia. ¿Ves que, aunque lo que se dijera estuviera lejos de la verdad, los que quisieran calumniar a los electores habrían tenido entonces un pretexto para alegar que la elección se hizo sin juicio ni consideración justos? Pero, tal como están las cosas, les he impedido abrir la boca, o siquiera pronunciar una sola palabra sobre el asunto. Tales, pues, y más habrían sido sus comentarios al principio. Pero, después de asumir el ministerio, no habría podido defenderme día tras día de los acusadores, aunque lo hubiera hecho todo sin falta, por no hablar de los muchos errores que habría cometido a causa de mi juventud e inexperiencia. Pero ahora he librado a los electores también de esta clase de acusación, mientras que en el otro caso los habría envuelto en innumerables reproches. Porque ¿qué no habría dicho el mundo? «Han confiado asuntos de tan vasto interés e importancia a jóvenes irreflexivos, han profanado el rebaño de Dios, y los asuntos cristianos se han convertido en broma y en hazmerreír». Pero ahora «toda maldad cerrará su boca». Porque, aunque digan estas cosas por causa tuya, tú les enseñarás pronto con tus obras que el entendimiento no ha de estimarse por la edad, y que la cabeza cana no ha de ser la prueba de un anciano; que el joven no debe ser excluido absolutamente del ministerio, sino solo el neófito; y la diferencia entre ambos es grande.

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