Sobre el sacerdocio
Libro I

Capítulo 2 · 23 min de lectura · 30 min de escucha

Libro I

1. Tuve muchos amigos auténticos y verdaderos, hombres que comprendían las leyes de la amistad y las guardaban fielmente; pero de entre todos ellos hubo uno que superó a los demás en su afecto hacia mí, y se esforzaba por aventajarlos tanto como ellos aventajaban a los simples conocidos. Era de los que estaban constantemente a mi lado, porque nos dedicábamos a los mismos estudios y teníamos los mismos maestros. Poníamos el mismo afán y el mismo celo en los estudios que cultivábamos, y un deseo ardiente, nacido de las mismas circunstancias, era igual de fuerte en los dos. Porque no solo mientras íbamos a la escuela, sino también después de dejarla, cuando llegó el momento de pensar qué género de vida nos convenía más abrazar, nos encontramos de un mismo parecer.

2. Y además de esto, había otras cosas que conservaban y mantenían esta concordia intacta y segura. Pues, en cuanto a la grandeza de nuestra patria, ninguno tenía motivo para jactarse sobre el otro; ni yo estaba cargado de riquezas mientras él sufría los aprietos de la pobreza, sino que nuestros recursos se correspondían tan de cerca como nuestros gustos. También nuestras familias eran de igual rango, y así todo concordaba con nuestra manera de ser.

3. Pero cuando llegó la hora de abrazar la bienaventurada vida de los monjes y la verdadera filosofía, nuestra balanza ya no estuvo equilibrada, sino que su platillo subió muy alto, mientras que yo, enredado todavía en las concupiscencias de este mundo, arrastraba el mío hacia abajo y lo mantenía bajo, lastrándolo con aquellas fantasías a las que suelen entregarse los jóvenes. En adelante nuestra amistad siguió, en verdad, tan firme como antes, pero nuestro trato se interrumpió; porque era imposible que personas que no se interesaban por las mismas cosas pasaran mucho tiempo juntas. Pero en cuanto yo también comencé a salir un poco del torrente de la mundanalidad, él me recibió con los brazos abiertos; y ni aun así pudimos mantener nuestra antigua igualdad, pues, habiéndome tomado la delantera en el tiempo y habiendo mostrado un gran fervor, se elevó de nuevo por encima de mi nivel y remontó el vuelo a gran altura.

4. Sin embargo, como era un hombre bueno y tenía en gran estima mi amistad, se apartó de todos los demás (de los hermanos) y pasaba todo su tiempo conmigo, cosa que ya antes había deseado hacer, pero se lo había impedido, como iba diciendo, mi frivolidad. Porque era imposible que un hombre que frecuentaba los tribunales y andaba agitado por los placeres de la escena estuviera a menudo en compañía de otro que vivía clavado a sus libros y jamás ponía el pie en la plaza pública. Por consiguiente, cuando desaparecieron los obstáculos y me hubo llevado al mismo estado de vida que él, dio rienda suelta al deseo que desde hacía tiempo lo trabajaba. No soportaba separarse de mí ni un momento, e insistía con tenacidad en que cada uno de nosotros abandonara su propia casa y compartiéramos una morada común: de hecho, me persuadió, y se puso manos a la obra.

5. Pero los continuos lamentos de mi madre me impidieron concederle este favor, o más bien recibir de sus manos este beneficio. Porque, cuando ella advirtió que yo meditaba dar este paso, me llevó a su habitación privada y, sentándose junto a mí en el lecho donde me había dado a luz, derramó torrentes de lágrimas, a las que añadió palabras aún más lastimeras que su llanto, en estos dolientes términos: Hijo mío, no fue voluntad del cielo que yo disfrutara por mucho tiempo del amparo de la virtud de tu padre. Porque su muerte siguió muy de cerca a los dolores que sufrí al darte a luz, dejándote a ti huérfano y a mí viuda antes de tiempo, para afrontar todos los horrores de la viudez, que solo quienes los han vivido pueden comprender cabalmente. Pues no hay palabras suficientes para describir la situación, zarandeada por la tempestad, de una mujer joven que, habiendo dejado hace poco la casa paterna y sin experiencia en los negocios, se ve de repente desgarrada por un dolor abrumador y obligada a llevar una carga de preocupaciones demasiado grande para su edad y su sexo. Porque tiene que corregir la pereza de los criados y vigilar sus bribonadas, rechazar las maquinaciones de los parientes, soportar con entereza las amenazas de los recaudadores de los impuestos públicos y la dureza en la imposición de los tributos. Y si el difunto ha dejado un hijo, aunque sea una niña, la madre tendrá gran inquietud, si bien libre de muchos gastos y temores; pero un varón la llena cada día de diez mil sobresaltos y de muchas preocupaciones, por no hablar de los grandes gastos que una se ve obligada a hacer si quiere educarlo de manera liberal. Ninguna de estas cosas, sin embargo, me indujo a contraer segundas nupcias ni a introducir un segundo marido en la casa de tu padre; sino que me mantuve tal como estaba, en medio de la tormenta y el tumulto, y no rehuí el horno de hierro de la viudez. Mi principal ayuda fue, en verdad, la gracia de lo alto; pero no era pequeño consuelo para mí, en aquellas terribles pruebas, contemplar continuamente tu rostro y conservar en ti una imagen viva del que se había ido, una imagen, por cierto, bastante fiel.

Por eso, aun cuando eras un niño de pecho y no habías aprendido todavía a hablar, la edad en que los hijos son la mayor delicia de sus padres, me diste mucho consuelo. Tampoco puedes quejarte de que, aunque sobrellevé con entereza mi viudez, haya mermado tu patrimonio, que es lo que sé que ha sido la suerte de muchos que han tenido la desgracia de quedar huérfanos. Porque, además de conservarlo íntegro, no escatimé ningún gasto necesario para darte una posición honrosa, empleando para ello parte de mi propia fortuna y de mi dote. Pero no pienses que digo estas cosas para echártelas en cara; solo te pido, en pago de todos estos beneficios, un favor: no me sumerjas en una segunda viudez, ni reavives el dolor que ahora está adormecido; espera a mi muerte: tal vez dentro de poco me vaya. Los jóvenes, en verdad, esperan una vejez lejana; pero los que hemos envejecido no tenemos más que esperar que la muerte. Cuando, pues, hayas entregado mi cuerpo a la tierra y hayas mezclado mis huesos con los de tu padre, emprende una larga travesía y navega por el mar que quieras: entonces no habrá nadie que te lo impida; pero mientras dure mi vida, conténtate con vivir conmigo. No ofendas a Dios en vano, te lo ruego, sumiéndome sin motivo en estas grandes desgracias a mí, que no te he hecho ningún mal. Porque, si tienes alguna razón para quejarte de que te arrastro a los cuidados del mundo y te obligo a atender negocios, no te detenga ningún respeto a las leyes de la naturaleza, a la crianza o a la costumbre, sino huye de mí como de un enemigo; pero si, por el contrario, lo hago todo para procurarte sosiego en tu camino por esta vida, que al menos este lazo, si ningún otro, te retenga a mi lado. Porque, aunque pudieras decir que diez mil te aman, nadie te proporcionará el disfrute de tanta libertad, ya que no hay nadie que se preocupe tanto por tu bien.

6. Estas palabras, y más aún, me dijo mi madre, y yo se las referí a aquel noble joven. Pero él, lejos de desanimarse por estos discursos, insistía todavía más en la misma petición de antes. Estando así las cosas, él suplicando continuamente y yo negándole mi asentimiento, a ambos nos turbó un rumor que de repente nos llegó: que íbamos a ser elevados a la dignidad del episcopado. En cuanto oí este rumor, me sobrecogieron el temor y la perplejidad: temor de ser hecho cautivo contra mi voluntad, y perplejidad, pues me preguntaba una y otra vez de dónde podía haber entrado en la mente de aquellos hombres semejante idea acerca de nosotros; porque, mirándome a mí mismo, no hallaba nada digno de tal honor. Pero aquel noble joven vino a verme en privado y, tras conversar conmigo sobre estas cosas como con alguien que ignorara el rumor, me rogó que también en esta ocasión, como antes, encamináramos nuestras acciones y nuestros consejos por la misma senda; porque él me seguiría de buena gana por cualquier camino que yo tomara, ya intentara huir, ya me sometiera a ser apresado. Viendo, pues, su afán, y considerando que causaría una pérdida a todo el cuerpo de la Iglesia si, por mi propia debilidad, privaba al rebaño de Cristo de un joven tan bueno y tan capacitado para el gobierno de muchas personas, me abstuve de revelarle el propósito que había formado, aunque nunca antes había consentido que ninguno de mis planes le quedara oculto. Le dije entonces que lo mejor sería aplazar nuestra decisión sobre este asunto para otra ocasión, ya que no apremiaba de inmediato, y de este modo lo persuadí a apartarlo de sus pensamientos, y al mismo tiempo le animé a esperar que, si alguna vez nos sucedía tal cosa, yo sería del mismo parecer que él. Pero poco después, cuando llegó el que había de ordenarnos, yo me mantuve escondido, mientras que Basilio, ignorándolo, fue llevado con otro pretexto y obligado a tomar el yugo, esperando, por las promesas que yo le había hecho, que yo lo seguiría sin falta, o más bien suponiendo que era él quien me seguía a mí. Porque algunos de los presentes, viendo que se resistía a ser apresado, lo engañaron exclamando cuán extraño era que aquel a quien generalmente se tenía por el más impetuoso (refiriéndose a mí) se hubiera sometido con toda mansedumbre al juicio de los Padres, mientras que él, a quien se consideraba un hombre mucho más sabio y apacible, se mostraba exaltado y presuntuoso, indócil, rebelde y pendenciero. Habiendo cedido a estas reconvenciones, y sabiendo después que yo había escapado a la captura, vino a mí profundamente abatido, se sentó junto a mí e intentó hablar, pero se lo impedían la angustia de su ánimo y la incapacidad de expresar con palabras la violencia que había sufrido. Apenas abría la boca, el dolor le cortaba la palabra y le impedía hablar antes de que las palabras pudieran salir de sus labios. Viéndolo, pues, lloroso y agitado, y conociendo como conocía la causa, me reí de alegría y, tomándole la mano derecha, lo besé a la fuerza y alabé a Dios porque mi plan había terminado tan felizmente, como siempre le había pedido. Pero cuando él vio que yo estaba encantado y radiante de alegría, y comprendió que había sido engañado por mí, se irritó y se afligió todavía más.

7. Y cuando se hubo repuesto un poco de esta agitación de ánimo, comenzó: Si tú has rechazado la parte que te había tocado y ya no tienes ninguna consideración por mí (no sé, en verdad, por qué causa), deberías al menos mirar por tu propia reputación; pero tal como están las cosas, has abierto la boca de todos, y el mundo dice que has rehusado este ministerio por amor a la vanagloria, y no hay nadie que te libre de esta acusación. En cuanto a mí, no soporto ir a la plaza pública: son tantos los que se me acercan y me hacen reproches cada día. Porque, cuando me ven en cualquier parte de la ciudad, todos mis amigos íntimos me llevan aparte y me echan la mayor parte de la culpa. Conociendo su intención, dicen, pues ninguno de sus asuntos podía quedarte oculto, no debiste callarla, sino comunicárnosla, y no nos habría faltado modo de idear algún plan para apresarlo. Pero me da demasiada vergüenza y apuro decirles que no sabía que tú llevabas tiempo tramando esta treta, no sea que digan que nuestra amistad era puro fingimiento. Porque, aunque así sea, como en efecto es —y ni tú mismo lo negarías después de lo que me has hecho—, conviene ocultar nuestra desgracia a los de fuera y a las personas que no tienen de nosotros más que una opinión moderada. Me resisto a decirles la verdad y cómo están realmente las cosas entre nosotros, y me veo obligado en adelante a guardar silencio, mirar al suelo y apartarme para evitar a los que encuentro. Porque, si escapo a la condena por el primer cargo, me veo forzado a sufrir juicio por decir falsedades. Pues nunca me creerán cuando les diga que tú pusiste a Basilio entre los que no pueden conocer tus asuntos secretos. De esto, sin embargo, no haré mucho caso, puesto que así te ha parecido bien; pero ¿cómo soportaremos la deshonra futura? Porque unos te acusan de arrogancia, otros de vanagloria; mientras que los más benévolos de nuestros acusadores nos imputan ambas faltas, y añaden que hemos ultrajado a quienes nos honraron, aunque, si hubieran sufrido una afrenta aún mayor, no habría sido sino lo que merecían por pasar por alto a tantos y tan distinguidos hombres y elevar a unos simples muchachos, que hasta ayer estaban inmersos en los intereses de este mundo, a una dignidad que jamás soñaron alcanzar, para que por breve tiempo frunzan el ceño, vistan ropas oscuras y pongan cara grave. Los que desde el despuntar de la edad viril hasta la extrema vejez han practicado con diligencia la disciplina de sí mismos, han de quedar ahora bajo el gobierno de jóvenes que ni siquiera han oído las leyes que deben regir su desempeño de este oficio. Me asedian sin cesar personas que dicen estas cosas y otras peores, y no sé qué responderles; pero te ruego que me lo digas: porque no supongo que hayas huido y te hayas granjeado el odio de hombres tan distinguidos sin causa ni reflexión, sino que tu decisión fue tomada con razonamiento y circunspección; de donde conjeturo también que tienes algún argumento preparado para tu defensa. Dime, pues, si hay alguna excusa razonable que pueda dar a los que nos acusan.

Porque no te pido cuentas de los agravios que he sufrido de tus manos, ni del engaño o la traición que has cometido, ni del provecho que has sacado de mí en el pasado. Pues puse, por así decirlo, mi vida misma en tus manos, y tú me has tratado con tanta astucia como si tu tarea hubiera sido guardarte de un enemigo. Y, sin embargo, si sabías que esta decisión nuestra era provechosa, no debiste rehuir la ganancia; si, por el contrario, era perjudicial, debiste librarme también a mí de la pérdida, ya que siempre decías que me estimabas más que a nadie. Pero lo has hecho todo para hacerme caer en la trampa; y no tenías necesidad de astucia ni de hipocresía para tratar con quien solía mostrar contigo la mayor sinceridad y franqueza en palabras y en obras. Con todo, como he dicho, no te acuso ahora de ninguna de estas cosas, ni te reprocho la soledad en que me has dejado al romper aquellas conversaciones de las que a menudo sacábamos no poco placer y provecho; sino que todo esto lo paso por alto y lo soporto en silencio y con mansedumbre, no porque tú hayas obrado con mansedumbre al ofenderme, sino porque desde el día en que abracé tu amistad me impuse como norma que, cualquiera que fuese el dolor que me causaras, nunca te pondría en la necesidad de disculparte. Porque tú mismo sabes que me has causado una pérdida no pequeña, si al menos recuerdas lo que siempre decíamos nosotros mismos, y lo que también decía de nosotros la gente de fuera: que era una gran ganancia para nosotros ser de un mismo sentir y estar protegidos por la amistad del otro. Todos decían, en verdad, que nuestra concordia reportaría no pequeña ventaja a muchos además de nosotros; yo, sin embargo, nunca vi, por lo que a mí toca, cómo podía ser de provecho para otros; pero sí decía que al menos obtendríamos de ella este beneficio: que los que quisieran luchar contra nosotros nos encontrarían difíciles de vencer. Y nunca dejé de recordarte estas cosas, diciendo: la época es cruel, y los intrigantes son muchos; el amor sincero ya no existe, y la peste mortal de la envidia se ha deslizado en su lugar; caminamos en medio de lazos y al borde de las almenas; los que están dispuestos a alegrarse de nuestras desgracias, si alguna nos sobreviniera, son muchos y nos cercan por muchos lados, mientras que no hay nadie que se compadezca de nosotros, o al menos el número de los tales se cuenta fácilmente. Cuidemos de no exponernos, separándonos, a mucho ridículo, y a un daño peor que el ridículo. El hermano ayudado por su hermano es como una ciudad fuerte y un reino bien fortificado. No disuelvas esta intimidad sincera, ni derribes la fortaleza. Estas cosas y más te decía continuamente, no porque sospechara nunca nada semejante, sino que, suponiéndote enteramente sano en tu relación conmigo, lo hacía como una precaución superflua, queriendo conservar en salud a quien ya estaba sano; pero sin saberlo, según parece, estaba administrando medicinas a un enfermo; y aun así no he tenido la suerte de hacer ningún bien, y nada he ganado con mi exceso de previsión. Porque, desechando por completo todas estas consideraciones, sin dedicarles un pensamiento, me has dejado a la deriva como una nave sin lastre en un océano desconocido, sin hacer caso de las bravas olas que he de afrontar. Porque si alguna vez me toca sufrir calumnia, o burla, o cualquier otra clase de insulto o amenaza (y tales cosas han de ocurrir con frecuencia), ¿a quién acudiré en busca de refugio?, ¿a quién comunicaré mi angustia?, ¿quién estará dispuesto a socorrerme, rechazar a mis agresores y poner fin a sus ataques?, ¿quién me consolará y me preparará para soportar las groseras burlas que aún me esperen? No hay nadie, ya que tú te mantienes apartado de esta terrible contienda y ni siquiera puedes oír mi clamor. ¿Ves, pues, qué daño has causado? Ahora que has asestado el golpe, ¿te das cuenta de qué herida mortal has infligido? Pero dejemos todo esto, porque es imposible deshacer el pasado o hallar un camino a través de dificultades sin salida. ¿Qué diré a la gente de fuera? ¿Qué defensa daré frente a sus acusaciones?

8. Crisóstomo: Ten buen ánimo, le respondí, porque no solo estoy dispuesto a responder por mí en estas cosas, sino que también procuraré, en la medida de mis fuerzas, dar cuenta de aquellas de las que no me has hecho responsable. Es más, si lo deseas, haré de ellas el punto de partida de mi defensa. Porque sería una extraña necedad por mi parte si, pensando solo en la aprobación del público de fuera y haciendo todo lo posible por acallar sus acusaciones, fuera incapaz de convencer al más querido de todos mis amigos de que no lo agravio, y lo tratara con una indiferencia mayor que el celo que él ha mostrado por mí, tratándome con tanta indulgencia que incluso se abstiene de acusarme de los agravios que dice haber sufrido de mi parte, y deja a un lado sus propios intereses por consideración a los míos.

¿Cuál es el agravio que te he hecho, ya que he decidido embarcarme desde este punto en el mar de la defensa? ¿Que te engañé y te oculté mi propósito? Pero lo hice en beneficio tuyo, que fuiste engañado, y de aquellos a quienes te entregué por medio de este engaño. Porque si el engaño es un mal absoluto y nunca es lícito servirse de él, estoy dispuesto a pagar la pena que quieras; o más bien, como tú nunca soportarías imponerme un castigo, me someteré a la misma condena que los jueces pronuncian contra los malhechores cuando sus acusadores los han convicto. Pero si la cosa no siempre es dañina, sino que se vuelve buena o mala según la intención de quienes la practican, debes dejar de quejarte del engaño y demostrar que se tramó contra ti con un mal propósito; y mientras falte esta prueba, lo justo sería que quienes desean conducirse con prudencia no solo se abstuvieran de reproches y acusaciones, sino que incluso dispensaran una acogida amistosa al que engaña. Porque un engaño oportuno, emprendido con recta intención, tiene tales ventajas que muchas personas han tenido que sufrir castigo a menudo por abstenerse del ardid. Y si examinas la historia de los generales que han gozado de la más alta reputación desde los tiempos más antiguos, verás que la mayoría de sus triunfos se lograron mediante estratagemas, y que estos son más alabados que los que vencen en combate abierto. Porque estos últimos llevan a cabo sus campañas con mayor gasto de dinero y de hombres, de modo que nada ganan con la victoria, sino que sufren tanta aflicción como los vencidos, tanto por el sacrificio de tropas como por el agotamiento de los fondos. Pero, además de esto, ni siquiera se les permite gozar de toda la gloria que corresponde a la victoria, pues no pequeña parte de ella la cosechan los caídos, ya que en espíritu fueron vencedores y su derrota fue solo corporal; de modo que, si hubiera sido posible que no cayeran al ser heridos, y la muerte no hubiera venido a poner fin a sus fatigas, su valentía no habría tenido término. Pero el que ha podido obtener la victoria mediante una estratagema envuelve al enemigo en el ridículo además de en el desastre. Además, en el primer caso ambos bandos se llevan por igual los honores que se conceden al valor, mientras que en este no obtienen por igual los que se conceden a la sabiduría, sino que el premio recae enteramente en los vencedores; y, otro punto no menos importante, conservan para el Estado una alegría de la victoria sin mezcla; porque la abundancia de recursos y las multitudes de hombres no son como las facultades del espíritu: aquellas, si se emplean continuamente en la guerra, se agotan por fuerza y faltan a quienes las poseen, mientras que es propio de la sabiduría crecer cuanto más se ejercita. Y no solo en la guerra, sino también en la paz puede hallarse la necesidad del engaño, no solo en lo tocante a los asuntos del Estado, sino también en la vida privada, en el trato del marido con la mujer y de la mujer con el marido, del hijo con el padre, del amigo con el amigo, y también de los hijos con uno de sus padres. Porque la hija de Saúl no habría podido librar a su marido de las manos de Saúl si no hubiera engañado a su padre. Y su hermano, queriendo salvar al que ella había rescatado cuando de nuevo estuvo en peligro, se sirvió de la misma arma que la esposa.

Basilio: Pero nada de esto se aplica a mí, porque no soy un enemigo, ni uno de los que se esfuerzan por perjudicarte, sino todo lo contrario. Pues confié todos mis intereses a tu juicio, y siempre lo seguí cuando me lo pediste.

Crisóstomo: Pero, mi admirable y excelente amigo, precisamente por esto tomé la precaución de decir que era bueno emplear esta clase de engaño, no solo en la guerra y en el trato con los enemigos, sino también en la paz y en el trato con nuestros amigos más queridos. Porque, como prueba de que es beneficioso no solo para los que engañan, sino también para los engañados, si vas a cualquiera de los médicos y les preguntas cómo libran a sus pacientes de la enfermedad, te dirán que no confían solo en la habilidad de su profesión, sino que a veces conducen a los enfermos a la salud valiéndose del engaño y mezclando con su arte la ayuda que de él obtienen. Porque cuando el capricho del paciente y la obstinación del mal frustran los consejos de los médicos, entonces es necesario ponerse la máscara del engaño para poder, como en el teatro, ocultar lo que realmente sucede. Pero, si quieres, te contaré un ejemplo de estratagema entre los muchos que he oído que han ideado los hijos del arte de curar. A un hombre le atacó una vez de repente una fiebre muy violenta; el ardor aumentaba, y el paciente rechazaba los remedios que podían haberlo bajado y ansiaba un trago de vino puro, suplicando con pasión a todos los que se le acercaban que se lo dieran y le permitieran saciar este deseo mortal; digo mortal, porque si alguien le hubiera concedido esta petición, no solo habría exacerbado la fiebre, sino que habría hecho enloquecer al desdichado. Entonces, frustrada la habilidad profesional, agotados sus recursos y del todo inútil, intervino la estratagema y mostró su poder del modo que ahora voy a contar. Porque el médico tomó una vasija de barro recién sacada del horno, la empapó en vino, la sacó luego vacía, la llenó de agua y, habiendo mandado oscurecer con cortinas la habitación donde yacía el enfermo para que la luz no descubriera el ardid, se la dio a beber, fingiendo que estaba llena de vino puro. Y el hombre, antes de tomarla en sus manos, engañado por el olor, no esperó a examinar lo que se le daba, sino que, convencido por el aroma y engañado por la oscuridad, se bebió ávidamente el trago y, una vez saciado, se sacudió al instante la sensación de ahogo y escapó del peligro inminente. ¿Ves la ventaja del engaño? Y si alguien se pusiera a enumerar todos los ardides de los médicos, la lista se extendería indefinidamente. Y no solo los que curan el cuerpo, sino también los que atienden las enfermedades del alma, se sirven continuamente de este remedio. Así atrajo el bienaventurado Pablo a aquellas multitudes de judíos: con este propósito circuncidó a Timoteo, aunque advirtió a los gálatas en su carta que Cristo de nada aprovecharía a los que se circuncidaran. Por esta causa se sometió a la ley, aunque, después de recibir la fe en Cristo, tenía por pérdida la justicia que procede de la ley. Porque grande es el valor del engaño, con tal que no se introduzca con intención dañina. En realidad, una acción de esta clase no debería llamarse engaño, sino más bien una especie de buena administración, de sagacidad y de habilidad, capaz de hallar caminos donde faltan los recursos y de suplir los defectos del entendimiento. Porque yo no llamaría homicida a Finees, aunque mató a dos seres humanos de un solo golpe; ni tampoco a Elías después de la matanza de los 100 soldados y del capitán, y de los torrentes de sangre que hizo derramar con la destrucción de los que sacrificaban a los demonios. Porque si concediéramos esto, y examináramos los hechos desnudos en sí mismos, prescindiendo de la intención de quienes los realizaron, uno podría, si quisiera, juzgar a Abraham culpable de filicidio, y acusar a su nieto y a su descendiente de maldad y de astucia. Porque el uno se apoderó de la primogenitura, y el otro transfirió las riquezas de los egipcios a las huestes de los israelitas. Pero no es así: ¡lejos de nosotros tan atrevido pensamiento! Porque no solo los absolvemos de culpa, sino que incluso los admiramos por estas cosas, ya que también Dios los alabó por ellas. Pues con razón merecería llamarse engañador el que hiciera un uso injusto de esta práctica, no el que lo hiciera con un propósito saludable. Y a menudo es necesario engañar, y hacer los mayores beneficios por medio de este recurso, mientras que el que ha ido por el camino recto ha causado un gran daño a la persona a quien no engañó.

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