Del amor de Dios ·El segundo y el tercer grado del amor

Capítulo 9 · 2 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

El segundo y el tercer grado del amor

Primero, pues, el hombre tiene algún amor a Dios por causa de sí mismo, no por causa de Dios. Ya es algo sentir los límites de la propia capacidad, saber lo que no puede hacer sin la ayuda de Dios, y mantenerse en buena relación con Aquel que sostiene su vida y su fuerza. Pero, si le sobreviene una serie de desgracias que le obliguen a recurrir sin cesar a Dios, y todavía obtiene el auxilio que necesita, su corazón habría de ser de bronce o de mármol para no ser al fin conmovido por la bondad de su socorredor, para no comenzar por fin a amarle por sí mismo. Que la frecuencia de las pruebas nos lleve a menudo a los pies de Dios, y es imposible que no comencemos a conocerle, y, conociéndole, que no lleguemos a discernir su dulzura. Pronto se sigue que somos llevados a amarle rectamente, mucho más por la dulzura y la belleza que hallamos en Él que por nuestro propio interés. En las palabras de los samaritanos a la mujer: “Ya no creemos por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo”. De igual manera, llegamos a decir a nuestro propio yo natural: No es por causa de ti que amamos al Señor, sino que nosotros mismos lo hemos gustado, y hemos hallado cuán dulce es. Las necesidades de esta vida son una especie de lenguaje que proclama, en arrebatos de gozo y de acción de gracias, las bendiciones cuyo valor nos han enseñado. Una vez aprendido esto, es bastante fácil obedecer el precepto y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos; porque, si amamos a Dios de veras, amamos todo lo que es suyo, y en adelante es fácil someterse al precepto: “Purificad vuestros corazones en la obediencia de la caridad, con amor fraternal”. Estamos obligados a cumplir de buena gana un mandamiento tan justo, un mandamiento, además, tan lleno de provecho por ser desinteresado. Es un amor purísimo, porque se muestra sencillamente en obras santas y en verdad; justísimo, porque devuelve lo que recibe. Quien ama con este amor, ama como es amado, y no busca ya lo suyo, sino las cosas de Jesucristo, así como Jesucristo nos ha buscado a nosotros. En esto vemos un amor como el que dijo: “Alabad al Señor, porque es bueno”. El que ama a Dios porque es bueno, no para con él, sino en sí mismo, ama a Dios de veras por Dios, y no como aquel de quien dice la Escritura: “Te alabará cuando le hicieres bien”.

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Del amor de Dios Bernard of Clairvaux

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