Del amor de Dios ·El primer grado del amor

Capítulo 8 · 4 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

El primer grado del amor

El amor es uno de los cuatro afectos naturales que todo el mundo conoce, y que no hace falta enumerar. Ahora bien, es natural y justo amar ante todo al Autor de la naturaleza; y el primer mandamiento, que es el mayor, es: “Amarás al Señor tu Dios”. Pero la naturaleza es demasiado blanda y débil para tal precepto; ha de comenzar amándose a sí misma; este es el amor que se llama carnal, con el cual el hombre se ama a sí mismo primero y sobre todas las cosas; como está escrito: “No es primero lo espiritual, sino lo animal”. Amamos primero por naturaleza, no por precepto: “Ninguno aborreció jamás a su propia carne”. Pero si este amor creciera demasiado; si, como un río entre sus riberas, se desbordara e inundara las tierras de alrededor, se convertiría entonces en voluptuosidad, y a ella se opone este dique: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Justo es que quien comparte nuestra naturaleza comparta nuestro amor. Por lo cual, si alguno no puede amar a sus hermanos hasta pensar en sus necesidades, o digamos incluso en sus placeres, niéguese a sí mismo en esas mismas cosas, a fin de aprender. Piense el hombre en sí mismo cuanto quiera, con tal que cuide de pensar por igual en su prójimo. Tal es, oh hombre, el freno y el justo límite que te imponen la ley de tu ser y tu conciencia, para que no seas arrastrado por tu egoísmo a tu perdición, dejando tu naturaleza a merced de los enemigos de tu alma, esto es, de tus pasiones. Mucho mejor es que compartas con tus prójimos que con tus enemigos; y si, como aconseja el sabio, el hombre renuncia a sus pasiones, se contenta con el alimento y el vestido, y está dispuesto a moderar su amor por aquellas cosas de la carne que combaten contra el espíritu, hallará, creo yo, poca dificultad en dar a su prójimo lo que niega al enemigo de su alma. Su amor quedará contenido dentro de los límites de la justicia y la moderación, desde el momento en que consagre a sus hermanos aquello que se niega a sí mismo. El egoísmo se torna en benevolencia al extenderse a un ámbito más amplio.

Pero ¿y si al compartir con nuestro prójimo nos reducimos a la necesidad? ¿Cuál es nuestro remedio? La oración. Solo nos resta orar con confianza a Aquel que da a todos abundantemente y no zahiere; que “abre su mano y colma de bendición a todo viviente”; porque no podemos dudar de que quien da a la mayoría de los hombres más de lo que necesitan, dará de buena gana al que le pide lo indispensable; porque está escrito: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Con ello Dios se obliga a proveer lo esencial al que se niega a sí mismo y ama a su prójimo; porque tomar sobre sí el yugo de la pureza y la sobriedad antes que ser esclavo de nuestras pasiones, esto es buscar primeramente el reino de Dios e implorar su auxilio contra la tiranía del pecado; y es justicia compartir nuestros bienes naturales con los que comparten nuestra naturaleza. Pero, para que el amor a nuestro prójimo sea enteramente recto, Dios ha de tener parte en él; no es posible amar a nuestro prójimo como debemos sino en Dios. Ahora bien, el que no ama a Dios nada puede amar en Él. Debemos, pues, comenzar amando a Dios, y así amar a nuestro prójimo en Él. Dios es el autor, como de todas las demás cosas, así también de nuestro amor por Él; y más aún: como creó la naturaleza, así la sostiene; porque ella no podría existir ni subsistir sin Él. Para que conociéramos esto a fondo, y no nos atribuyéramos nada a nosotros mismos, Dios, en lo profundo de su sabiduría y de su amor, nos hizo sujetos a la tribulación. Siendo débiles y menesterosos, nos vemos forzados a volvernos a Dios, y, salvados por Él, damos gloria a su nombre. Estas son sus propias palabras: “Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me glorificarás”. De este modo el hombre, animal y carnal por naturaleza, sin más amor que el de sí mismo, es llevado por el amor propio a amar a Dios, comprendiendo que toda su capacidad, al menos para el bien, la tiene de Dios, y que sin Él nada puede hacer.

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Del amor de Dios Bernard of Clairvaux

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