Capítulo 7 · 9 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La recompensa de amar a Dios
Veamos qué provecho nos viene de amar a Dios. Aunque lo veamos de manera muy imperfecta, mejor es eso que quedar ciegos a ello. Hemos hablado (aunque de un modo indigno de Dios, mas según nuestras fuerzas) del derecho que Dios tiene a nuestro amor; hablemos ahora de la recompensa que ha unido a nuestro amarle; porque, si bien debemos amar a Dios con independencia de toda recompensa, no por ello dejaremos de ser recompensados por haberle amado. La verdadera caridad no puede quedar sin salario, aunque no es mercenaria ni busca lo suyo. El amor es una salida del alma, no un contrato; no es fruto de un convenio, ni se adquiere por acuerdo; es espontáneo en sus impulsos, y nos hace semejantes a sí mismo; y, además, el verdadero amor es su propia satisfacción. Su recompensa está en el objeto de su amor; porque, sea lo que fuere lo que parezcamos amar, si nuestro verdadero objeto es otra cosa,
en realidad es esa cosa la que amamos, y no aquello mediante lo cual nuestro corazón procura alcanzarla. San Pablo no predicaba el evangelio por su pan de cada día, sino que el pan que lo mantenía con vida le permitía predicar el evangelio. Lo que él amaba era el evangelio, no el pan. El verdadero amor no busca recompensa, pero la merece; es muy cierto que nadie se propone pagar por el amor, aunque este no solo merece su recompensa, sino que ciertamente la tendrá. En un orden inferior de cosas, ¿quiénes son los que se animan con el ofrecimiento de recompensas? Los flojos y los que no aman. ¿Se le ocurre a alguien persuadir con paga a quienes arden por que se les permita servir? No se da dinero a un hambriento para moverle a comer, ni a una madre tierna para inducirla a amamantar a su hijo, ni a un viñador para que proteja sus viñas, ni a un dueño de casa para que reconstruya la suya caída. Mucho menos necesita el que ama a Dios ser urgido por la promesa de una recompensa que sea otra que Dios mismo; de lo contrario, sería la recompensa lo que amaría, y no a Dios.
Es natural en un ser racional desear aquello que, según su particular modo de pensar, le parece mejor que lo que posee; y no quedar jamás satisfecho si una cosa buena carece de la cualidad particular que él prefiere. Si ama la belleza, deseará lo que le parezca más hermoso. Si se envanece de poseer una joya muy preciosa, deseará poseer otra aún más espléndida; y por muchas riquezas que tenga, su naturaleza es querer más. ¿No es algo que vemos cada día: el dueño de inmensas propiedades y riquezas comprando más tierras, y nunca contento sino en extender sus dominios? Los que habitan en vastos palacios, ¿no están para siempre edificando otros nuevos, alterándolos sin cesar, haciendo redondo lo que era esquinado, y esquinado lo redondo? ¿No aspiran los hombres de alta posición constantemente a otra más alta, esforzándose sin cesar por subir, movidos por una ambición cada vez más difícil de saciar? No hay límite para tal inquietud, porque en todas esas cosas es imposible llegar a un punto absolutamente bueno y elevado. Pero no es de extrañar que, mientras un hombre pueda ver más allá de sí algo mayor y más perfecto, esté descontento con la posesión de lo que es menor y peor. Lo que sí parece necio sobre toda expresión es anhelar siempre cosas que ni siquiera pueden adormecer nuestros deseos, mucho menos satisfacerlos. ¿Qué se sigue de ello? Esto: que el corazón, tentado por muchos encantos engañosos, se fatiga en vano, siempre codicia, y tiene por nada lo que ha disfrutado en comparación con lo que quisiera tener; y es atormentado por el deseo de lo que no tiene, hasta perder todo deleite en lo que posee. No se puede tener todo; por lo poco que es posible alcanzar hay que pagar el precio del trabajo, y hay que disfrutarlo con temblor; más aún, con la miserable certeza de que un día habrá de perderse, aunque no se sepa la fecha de ese día.
He descrito la conducta de una voluntad pervertida que busca a ciegas el bien soberano. En vano se apresura, juguete de su propia vanidad, engañada por la iniquidad. ¿Por qué gastar el día en luchas infructuosas de un lado a otro, y ser sorprendido por la muerte sin haber quedado satisfecho? En tales afanes se enredan los profanos que andan buscando, como necios, el cumplimiento de los deseos de su alma. Consumen su vida en esfuerzos inútiles y no llegan a felicidad perfecta alguna; porque están enamorados de las cosas creadas, y no del Creador, y las prueban, una y luego otra, antes de que se les ocurra probar al Señor que las hizo todas. Y sin embargo, aunque pudieran alcanzar el deseo de su corazón y llegar a poseer el mundo entero, menos a Aquel que es su autor, sentirían al fin, por la misma ley que ha regido su vida, que a Él han de tener, o jamás descansar. Han ido de una ambición a otra, codiciando siempre algo mejor; y ahora, señores de todo cuanto hay en el cielo y en la tierra, pronto hallarían que todo es insuficiente, y descubrirían que se veían forzados a buscar a Aquel que aún les falta: han de buscar a Dios mismo. Una vez que se descubre esto, una vez que se le alcanza,
en Él hay paz; es imposible ir más allá. El alma ha de exclamar: “Bueno me es allegarme a Dios”; o bien: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra”; y otra vez: “Tú eres el Dios de mi corazón, y el Dios que es mi porción para siempre”. Aun por este camino terminaría necesariamente un alma en Dios, si pudiera probar en sucesión todas las cosas menores que Él. Pero la vida es demasiado corta, y las fuerzas faltarían para tal empresa; además, el número de competidores es demasiado grande. Sería imposible probar todas las criaturas y hallarlas faltas. Más fácil y más provechoso sería hacer la obra en la imaginación que en la realidad. Nuestra mente ha sido dotada de más actividad y perspicacia que nuestro corazón precisamente para este fin: para que se adelante e impida que el corazón se apegue a lo que la mente no ha hallado antes deseable. “Examinadlo todo; retened lo bueno”. Lo primero debe preparar el terreno para lo segundo, de modo que el corazón siga el juicio de la mente. De otra manera no hay esperanza de “subir al monte del Señor y morar en su lugar santo”; y en vano poseemos una mente racional si obramos como las bestias y solo obedecemos a nuestros sentidos, sin que la razón intervenga. Los que no son guiados por la razón corren, en verdad, en la carrera, pero corren sin posibilidad de ganar.
¿Cómo habrían de ganar, viendo que no se cuidan primero del premio, sino que lo ponen en último lugar? ¿Cómo podrían hacer otra cosa que enredarse en un laberinto sin principio ni fin? No así los justos. Advertidos por la censura dirigida a los que así yerran (pues ancho y muy trillado es el camino que lleva a la muerte), escogen la senda real que no se desvía ni a la derecha ni a la izquierda, porque “la senda del justo es recta”. Toman el camino más corto, guiados por una palabra tan sencilla como simplificadora, que les manda no atender a lo que sus ojos vean, sino vender todo y darlo a los pobres; porque bienaventurados en verdad son tales pobres, y de ellos es el reino de los cielos. Conoce el Señor el camino de los justos, y lo aprueba. Conoce también el camino del pecador, en el cual no puede sino perecer. Los justos son felices en su pobreza, y los ricos, insatisfechos en su abundancia; porque dice el sabio: “El que ama las riquezas no sacará fruto de ellas”. Pero los que “tienen hambre y sed de justicia serán hartos”. La justicia es su alimento necesario. En cuanto a las cosas de este mundo, el alma no se nutre de ellas más de lo que el cuerpo se nutre del aire. Si viéramos a un hambriento aspirando con la boca muy abierta, bebiendo largos tragos de viento para saciar su sed, diríamos: ¡Pobre necio! Así es con los que buscan saciar el alma con bienes mundanos, que solo la hinchan como con viento, y no la alimentan más de lo que las cosas espirituales alimentan nuestros cuerpos. “Bendice, alma mía, al Señor, que sacia de bien tu deseo”. Él te llena de su plenitud, dándote a la vez tu deseo y excitándote a desear más. Él previene, Él sostiene, Él te llena; Él enciende el deseo en tu corazón, y Él mismo es el objeto de todo deseo.
He dicho que el motivo de nuestro amor a Dios es Dios mismo, y bien dicho está, porque Él es a la vez la causa eficiente y el fin último de nuestro amor. Él es tal, que es imposible conocerle y no amarle; e imposible también no esperar en Él; porque, si no esperásemos amarle perfectamente en el más allá, nuestro amor presente por Él no sería nada. Nuestro amor es preparado y recompensado por el suyo. Él nos ama primero por su inmensa bondad; luego reclama el debido retorno de amor, y nos permite para el futuro las más gloriosas esperanzas. Es generoso con los que le invocan, pero nada mejor puede dar que a sí mismo. Él mismo es el fin de nuestros méritos y nuestra recompensa. Es el alimento de las almas santas, el rescate de los que aún están en cautiverio. Si el Señor es bueno para el alma que le busca, ¿qué será para el alma que le ha hallado? Mas esto puede parecer extraño: que nadie puede buscar al Señor si no le ha hallado ya; porque su voluntad es ser hallado para ser aún más buscado, y ser buscado para ser más plenamente hallado. Pero, aunque pueda ser buscado y hallado, nunca puede ser anticipado. Él es siempre el primero; y si decimos: “Por la mañana se anticipará a ti mi oración”, no por ello es menos cierto que esa oración sería muy fría si tú, oh Dios, no la precedieras con tu inspiración.
Hemos hablado de la consumación del amor de Dios; veamos ahora cuáles son sus comienzos.