Capítulo 6 · 1 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Un resumen
CONFIESO que Dios merece ser amado en gran manera, o más bien que debe ser amado sin medida. Él fue el primero en amar; Él tan grande, nosotros tan pequeños; nos ama con exceso, tal como somos, y sin derecho alguno de nuestra parte. Por eso la justa medida de nuestro amor a Dios es exceder toda medida; pues siendo infinito Dios, objeto de nuestro amor, ¿cómo podremos pesar o medir lo que le debemos en amor? Además, nuestro amor no es una ofrenda libre; es el pago de una deuda. Y, por otra parte, siendo el Yo Soy, eterno e inmenso, el Amor Divino, Dios, cuya grandeza no tiene límites ni su sabiduría términos, que es la “Paz que sobrepuja todo entendimiento;” siendo, digo, tal Dios el que nos ama, ¿nos es posible decir que lo amaremos hasta cierto punto y no más? “Te amaré, oh Señor, fortaleza mía y defensa mía, refugio mío y salvación mía,” que eres para mí todo lo que mi alma necesita, y todo lo que mi corazón desea. Dios mío y auxilio mío, te amaré con todas mis fuerzas; no según lo que mereces, sino según mi pequeña capacidad. Te amaré más cuando me hayas dado mayor poder de amar; pero nunca, nunca como debieras ser amado. Tus ojos ven mi necedad, mi impotencia; pero sé que Tú escribes en tu libro a los que hacen lo que pueden, aun cuando no pueden hacer lo que deben. ¿No he dicho ya bastante para probar cómo debe ser amado Dios, y por qué dones ha merecido nuestro amor? Solo nombro sus dones, porque la excelencia de ellos ¿quién la puede expresar, quién comprender, quién sentir?