Del amor de Dios ·El deber de amar a Dios

Capítulo 5 · 4 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

El deber de amar a Dios

TODO lo que se ha dicho prueba con la mayor claridad el deber de amar a Dios, y su derecho a nuestro amor. ¿Qué diremos del infiel? Como no conoce a Dios el Hijo, así también ignora al Padre y al Espíritu Santo; y como no da gloria al Hijo, tampoco glorifica al Padre que lo envió, ni al Espíritu Santo, el don de ambos. Conoce a Dios menos que nosotros; por tanto, no es de admirar que lo ame menos. Una cosa, sin embargo, sí conoce: que a Aquel que lo creó se debe enteramente a sí mismo. Pero ¿qué será de mí? porque yo no puedo alegar ignorancia. Sé que Dios me hizo sin mérito alguno de mi parte, que satisface todas mis necesidades, me consuela con piedad, y me gobierna con solícito cuidado; y no solo esto, sino que sé, además, que es mi Redentor, el Autor de mi eterna salvación, mi tesoro y mi gloria. Como está escrito: “En Él hay abundante redención;” “Por su propia sangre entró una sola vez en el Santuario, habiendo obtenido eterna redención.” Él nos guarda seguros, como está escrito: “Conoce el Señor los días de los perfectos, y la heredad de ellos será para siempre.” Nos enriquece, como ha dicho: “Medida buena, apretada, remecida y rebosando, darán en vuestro seno;” y en otro lugar: “Ni el ojo ha visto, oh Dios, las cosas que has preparado para los que te esperan.” Nos colma de gloria, como dice el Apóstol: “Esperamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro cuerpo, ahora vil y abyecto, y lo hará semejante al suyo, que está lleno de gloria.” Y de nuevo: “Las aflicciones del tiempo presente no son dignas de compararse con la gloria que en nosotros ha de manifestarse;” y este tiempo presente de la aflicción de este mundo (tan breve, tan fugaz) produce en nosotros (si, despreciando lo visible, fijamos los ojos en lo invisible) “un eterno e incomparable peso de gloria.”

Por todo esto, ¿qué pagaré al Señor? Tanto la razón como la ley de la Naturaleza me obligan estrechamente a entregarme sin reserva a Aquel de quien tengo cuanto poseo, y a consagrar todo mi ser al amor de Él. Y la fe me revela que estoy obligado a amarlo más que a mí mismo, cuanto más comprendo que debo a su munificencia no solo todo lo que soy, sino además el don de sí mismo.

Pero consideremos que, antes aún de que llegara el día de la fe cristiana, antes de que Dios se revistiera de nuestra carne y muriera en una cruz, descendiera al infierno y ascendiera al Padre, es decir, antes de que resplandeciera la plenitud de su amor por nosotros, mucho antes, ya se había mandado al hombre amar al Señor su Dios con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas, esto es, con todo su ser, con todo el amor de que es capaz, como criatura dotada de inteligencia y voluntad. ¿Podría ser injusto de parte de Dios reclamar para sí su propia obra y sus dones? ¿Por qué no había de amar a Dios la obra que Él hizo, habiendo recibido también el poder de amar; y por qué no amarlo con todas sus fuerzas, si solo por Dios posee alguna? Considera, además, que el hombre no solo ha sido llamado al ser de la nada, sin ningún derecho anterior, sino que ha sido así llamado para ser elevado a alta dignidad. Veremos así con mayor claridad nuestra obligación de amarlo enteramente, y su derecho a nuestro amor. Más aún, cuando el hombre había caído al nivel de las bestias que perecen, ¿no intervino Dios para restablecerlo y salvarlo? ¿No es este el prodigio de su bondad y de su misericordia? Pues por el pecado habíamos caído de la dignidad de nuestra creación, hasta embrutecernos como el buey que come hierba y no tiene la luz de la razón. Si debo todo mi ser a mi Creador, ¿qué no deberé a mi Redentor, y a tal Redentor! Fue obra mucho menor crear que redimir; pues a Dios le bastó decir la palabra y todas las cosas fueron hechas; pero para reparar la caída de aquello que una sola palabra había creado, ¡qué maravillas no hubo de realizar, qué crueldades, más aún, qué humillaciones no hubo de padecer!

¿Qué, pues, pagaré al Señor por todo lo que ha hecho por mí! Al crearme, me dio a mí mismo; pero me restituyó a mí mismo cuando se me dio a sí mismo: dado primero y luego restituido, doblemente me debo a Él. Mas ¿qué debo a Dios por el don de sí mismo? Si le diera mi ser entero mil veces, ¿qué sería eso en comparación de Dios?

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Del amor de Dios Bernard of Clairvaux

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